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Imponer la religión

15/09/2003 - Autor: Rosa Regás - Fuente: El Mundo
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Volviendo de un viaje por el sur de Inglaterra he atravesado Francia en coche y he tenido ocasión de solazarme en un paisaje que nadie ha machacado, ni se han arrasado los pueblos, ni las fábricas y talleres de las afueras de las ciudades han convertido los arrabales en un asqueroso cinturón de caos, desorden, fealdad.

Francia crece, qué duda cabe, como crece España, pero ha sabido encontrar el modo de hacerlo sin destrozar la geografía ni vulnerar los principios estéticos y medioambientales que nosotros ignoramos.

Los ríos franceses siguen vivos, como los prados, los montes, los pueblecitos al borde de los canales. Es cierto que ya no navegan como antaño las grandes barcazas negras que transportaban trigo hacia el norte y vino hacia el sur, pero aún invadidos los canales por el turismo, nunca tenemos la impresión de que la modernización de los transportes haya traído consigo el horror y la horterada.

Cierto que también en Francia la especulación ha dejado su huella en la costa, pero de ningún modo en la brutal medida en que lo hemos hecho nosotros, de esa forma que nos es tan propia, sin infraestructuras que se avengan al crecimiento dislocado de la construcción.

¿Será que los especuladores franceses tienen mejor gusto que los nuestros? ¿O serán sus leyes más racionales y dejarán menos resquicio a la estafa y la chapuza? ¿O simplemente habrá más vigilancia y los partidos, sean de derechas o de izquierdas, estarán más pendientes de quién las vulnera y aplicarán las medidas propias para que no cunda ese deterioro que nosotros vemos en nuestro país? No lo sé, porque lo cierto es que no se trata de que los franceses tengan una naturaleza mejor que la nuestra, nuestros paisajes son tan bellos, o lo eran, como los suyos; pero mientras el viaje por tierras de España nos hace llevarnos las manos a la cabeza a cada kilómetro, el viaje por Francia es una verdadera delicia que refleja la educación cívica de una ciudadanía y la sagacidad de unos políticos que nosotros, tan ufanos de ser como somos, a falta de capacidad para emular, ni siquiera hemos sabido imitar.

Tal vez, a fin de cuentas, sea cierto que la democracia bien entendida, es decir, el Gobierno que cuenta con el pueblo para gobernar -que esto es la democracia-, acaba dando sus frutos en la ciudadanía. Aunque, bien mirado, no es tan extraño que todo esto ocurra, porque los franceses parten de una ventaja que nosotros ni hemos tenido ni al paso que vamos tendremos jamás: la escuela pública y laica.

Una vez, un nuevo rico le preguntó a un jardinero inglés cómo había conseguido un césped tan primoroso a la vez que fuerte y denso como una alfombra. «Es muy sencillo», respondió el jardinero, «se trata de segar y regar». «Esto es lo que yo hago», protestó el nuevo rico, «y mi césped está escuálido y amarillento». «Bueno, aclaró el jardinero, es que aquí lo hacemos desde hace 700 años».

Con la escuela pública pasa otro tanto. Los franceses tienen escuela pública y laica desde hace más de dos siglos, y nosotros, en cambio, tuvimos dos periodos de menos de cinco años en cada República y estos 30 años de Constitución y democracia de los que estamos disfrutando. Pero si al menos los hubiéramos aprovechado los resultados comenzarían a ser visibles, como lo fueron en las magníficas escuelas públicas y laicas que estableció la Segunda República y cuyo nivel todavía no hemos alcanzado hoy.

Es más, nuestra escuela pública languidece por falta de medios, de atención en los Presupuestos Generales del Estado y por las exigencias de una ministra que ahora se ha empeñado en que todos los niños de España tengan educación religiosa, o ética, que se valorará lo mismo que las Matemáticas o la Historia. Dejando aparte el hecho incontrovertible de que, según nuestra Constitución, éste es un Estado laico, y según ella, cada ciudadano tiene derecho a dar a sus hijos una educación laica; dejando al margen la falta de justicia y de rigor que supone que sea la Iglesia la que elija unos profesores, tanto para Religión como para Etica, cuyo sueldo pagamos todos los españoles, incluso los miles que como yo, ni son ni quieren ser católicos.

Pues bien, dejando aparte todos esos gravísimos extremos, peor incluso que saltarse la Constitución a la torera es que la educación religiosa y la ética, impartida con los mismos principios, de ningún modo puede ser una educación cívica, puesto que pretende inculcar a los niños principios que no proceden de las ideas, sino de las creencias, es decir que no tienen validez universal, como la tienen los Derechos Humanos, por ejemplo, o la igualdad, la justicia, la libertad.

¿Cómo pueden ser los valores de la Iglesia compatibles con los valores cívicos, cuando se proclama en la Iglesia la inferioridad de la mujer -léase a San Pablo- al no dejarla ser ministro de Dios? ¿Cómo entenderá un niño el racismo si lo aprende de una Iglesia que hace cuatro días rogaba aún «por los pérfidos judíos?» ¿Cómo se compagina la democracia con una institución que estratifica la sociedad como una pirámide donde en lo alto está un ser teórico y misterioso, Dios, debajo sus ministros que lo «interpretan», en el escalón inferior los hombres y más debajo aún, las mujeres? ¿Qué creerá el niño que son la libertad, la sexualidad, el control de natalidad, el divorcio o el aborto si su educación ética depende de la Iglesia? ¿Qué ejemplo supone para él una Historia en que la Iglesia, representante de Dios en la tierra, ha llevado a la hoguera cientos de personas, ha confundido las armas con los crucifijos y tantas veces se ha puesto a favor de los fascistas o los nazis y ha ignorado o incluso justificado sus crímenes sin arrepentirse jamás -véase su arrobamiento con Hitler, Franco, Mussolini y tantos dictadores de América Latina-? ¿Qué sentido tiene que eduque en la ética a nuestros hijos -ni que sea seis horas por semana- una organización que tiene cientos de miembros procesados por violación o pederastia en los países donde esto se puede sacar a la luz? Los valores de obediencia, fe ciega en lo que no entendemos, aceptación de la voluntad de quien nos manda en materia de religión, al menos, se avienen poco con los valores cívicos, los que consideran a todos los hombres libres e iguales en dignidad y derechos. Por más respeto que tengamos a los hombres y mujeres religiosos, la verdad es la verdad y hay que decirla.

Escuela pública y laica es lo que tienen y han tenido los franceses en los dos últimos siglos.

Nosotros, en cambio, y ahora pongo el ejemplo de los catalanes, desde hace 22 años votamos un Gobierno que ha puesto la escuela pública a la cola, no ya de Europa, sino de toda España. Y en cambio ha favorecido y favorece las escuelas privadas, que es el lugar donde no van los inmigrantes sino en su mayoría los hijos de los ricos que todavía no han entendido lo que es la educación cívica, la educación laica.

Porque en contra de lo que defiende Mercedes de la Merced, según la cual favorecer la enseñanza religiosa es defender la libertad del individuo, favorecer la enseñanza religiosa -es más, imponerla en contra de la Constitución a los que no quieren que sus hijos crezcan con esas creencias-, es, precisamente, ir en contra de la libertad. Quien quiera que su hijo sea educado en la religión católica no tiene más que hacerlo por sí mismo o enviarlo a la parroquia del barrio, del mismo modo que ha de hacerlo un budista, un judío o un musulmán. Pretender que sea el erario público el que pague los caprichos de una ministra que ha pactado ese desaguisado con la Iglesia, quizá para hacerse perdonar que un día fue de izquierdas, es un verdadero abuso que además muestra su profundo desprecio por una Constitución que creíamos nuestra salvaguarda. No nos dejemos amilanar por el poder, luchemos por nuestra libertad, por nuestra Constitución. Tenemos la razón, utilicemos al menos la palabra. Y el voto.

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