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Jutba de la memoria del Tawhid

El Ibrahim de nuestro ser soporta el fuego y no se quema

01/08/2003 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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El Ibrahim de nuestro ser soporta el fuego y no se quema.

Cuando el fuego nos cerca despierta el Ibrahim de nuestro ser. Las llamas no perdonan nada, ni siquiera los signos que nos mantienen vivos. Nos sentimos vivir en un fuego ardiente que no nos quema, sino que nos está purificando, lo mismo que nos purifica el ayuno.

"Aquel que del árbol verde produce para vosotros fuego, pues, ¡he ahí! que encendéis vuestros fuegos con él."

(Qur’án, sura 36, Ya Sin, aya 80)

La vida es una transmutación inabarcable para nosotros. No podemos coger las llamas, sólo aprovechamos las brasas de esa transmutación inmensa, la materia candente. Es Allah quien hace que de las plantas verdes surjan las llamas, y nos revela el secreto del fuego, su necesariedad para compensar nuestro vacío, nuestra humedad diáfana, para disolvernos de nuevo en la estructura ausente, en el dios escondido.

Nosotros no podemos crear el fuego, sino tan sólo aprovechar las brasas que producen las plantas verdes y los seres sintientes, mirar en las expresiones de sus rostros atenazados por el calor, en la cadencia de sus palabras. Este sería el mundo del Yahannam si no fuese porque aquí tenemos la posibilidad de acudir a la fuente a refrescarnos, si no fuera porque en medio de las llamas podemos oír el murmullo del agua. En Yahannam no hay agua ni murmullo ni nada más que un inacabable consumirse. La tierra y todo lo que produce acaba siendo consumido por el fuego. Iblis le dice a Allah que no se ha postrado ante Adam, la paz sea con él, porque:

"…a mí me creaste de fuego mientras que a él le creaste de arcilla".

(Qur’án, sura 38, Sad, aya 76)

Es el fuego el que acaba cociendo la tierra, carbonizando lo vivo, ennegreciendo lo verde. Iblis se siente superior por esta razón de poder y de permanencia. Sentimos el universo crepitando y exhalando vapores cargados de propósito, miramos a nuestro alrededor y encontramos las expresiones supervivientes. Podemos ser devorados por las llamas en cualquier momento. El mundo es un incendio gigantesco y desmesurado, voraz y sin otra razón que devolver a los seres a su primera condición.

"y, ciertamente, a los que se empeñan en negar la verdad de Nuestros mensajes les haremos sufrir el fuego: y cada vez que se les consuma la piel, se la cambiaremos por una piel nueva, para que puedan gustar el castigo completo. Ciertamente, Allah es poderoso, sabio."

(Qur’án, sura 4, An Nisá, aya 56)

El mundo es un mar de negaciones, omisiones, silencios, actos erráticos y expresiones sin sentido que se van sedimentando y mineralizándose. Nuestra conciencia se va llenando del mundo, de sus oscuridades y cenizas. Estamos a merced de aquello que nos traen las aguas y los vientos. Si las aguas vienen claras dejan poco residuo, pero si proceden de lugares turbulentos y han arrancado materiales oscuros, todas esas oscuridades se quedan dentro de nosotros y el agua no nos cura y nos sacia sino que nos enferma, nos vuelve opacos y turbios.

Cuando la turbiedad alcanza la solidez surge el fuego para poner las cosas en su sitio, para eliminar aquellas impurezas que la existencia ha ido dejando en nuestro interior, para curarnos del shirk que es la enfermedad más grave de todas, para evaporar las adherencias que se han llegado a convertir en un lastre. Lo mismo ocurrirá cuando muramos, masha Allah, que nos encontraremos en la conciencia que seamos capaces de vivir realmente. Si el fuego de este mundo nos ha purificado ya no necesitaremos más fuego, porque entonces estaremos listos para nuestra maravillosa disolución en una creación nueva y más perfecta, tal y como nos está sucediendo ahora, pero sin ninguna distracción ni velo que nos aprese en aquello que muere. Alhamdulilah.

Allah hace que crezca la piel nueva sobre el campo quemado y hace surgir la hierba de la tierra muerta. Y hace surgir el fuego de lo verde y lo verde del fuego. Él puede hacer cualquier cosa y hacerla perfectamente, de manera que siempre Su Sabiduría será un misterio para nosotros, que somos incapaces por nosotros mismos, salvo por Su Rahma, de vivir la belleza y la perfección de una manera convincente.

Fuego que nos torna humildes ante el pavoroso poder de sus llamas, ante su fuerza aniquiladora. Llamas que no cesarán mientras seamos sus prisioneros, mientras no reconozcamos a su Verdadero Productor y Le adoremos sinceramente, sin ningún otro propósito que el de adorarLe, sin miedo a quemarnos o sin deseo de desaparecer. Mientras tanto seremos como esos adoradores del fuego que, mientras no reconozcamos la verdad en aquello que vivimos estaremos destinados a consumirnos sin cesar, como nos dice Allah en el Qur’an:

"En verdad, si quienes se empeñan en negar la verdad ofrecieran todo cuanto hay en la tierra, y aún el doble, para rescatarse del castigo del Día de la Resurrección, no les sería aceptado: pues les aguarda un doloroso castigo. Querrán salir del fuego, pero no saldrán de él; y les aguarda un castigo duradero."

(Qur’án, sura 5, Al Maída, ayat 36-37)

Es el káfir quien está destinado al fuego de manera permanente, porque el káfir no puede reconocer al Verdadero Creador del fuego, sólo siente las llamas, no puede ver más allá de su dolor. Ese es su castigo, esa su enfermedad. Subhana Allah. Esa es la peor enfermedad que puede azotarnos. Que Allah Subhana wa Taála nos libre de ella. Nada podemos ofrecer nada más que nuestras expresiones y nuestras obras. Y sólo podemos trascender a través de las intenciones que exhalamos con ellas.

Es el shirk lo que nos quema, por eso nos acordamos de Ibrahim, la paz sea con él, porque él supo vivir en medio de las llamas conservando la ternura del corazón, la capacidad de comprender y asumir su propósito existencial en medio del incendio del mundo. Y por eso es él quien construye la Kaaba, quien levanta una imagen real del Único Refugio. Desde dentro de la Kaaba Celeste, el maqam de Ibrahim aparece como la expresión pavorosa de un mundo en llamas, un incendio que no es capaz de quemar lo que vive en un interior consciente, purificado.

"Allah ha prometido a los hipócritas y a las hipócritas —y también a los que abiertamente rechazan la verdad— el fuego del infierno, en el que permanecerán: esta será su porción asignada. Pues Allah les ha rechazado, y les aguarda un castigo duradero."

(Qur’án, sura 9, At Tauba, aya 68)

No podemos saber por qué Allah rechaza a algunas de Sus criaturas. No sabemos por qué guía a otras hasta Sus remansos. No conocemos el sentido de Su creación perfecta. Reconocemos Su poder y Le adoramos. ¿Qué otra cosa podemos hacer? Si nos negamos, si nos engañamos a nosotros mismos y a los demás, si rechazamos el envite de la realidad, estamos siendo pasto de las llamas. Nuestra piel se quema porque no hay nada. Fuego que es nuestra propia piel y el propio ser ardiendo cuando nos empeñamos en negar, como dice Allah en el Qur’án:

"…se les cortarán trajes de fuego; ardiente desesperación será derramada sobre sus cabezas, y hará que todo lo que hay en sus entrañas, y también sus pieles, se consuma. Y estarán sujetos con ganchos de hierro; y cada vez que en su angustia intenten escapar, serán devueltos a él y se les dirá "¡Gustad a fondo el castigo del fuego!"

(Qur’án, sura 22, Al Hayy, ayat 19-22)

Aunque no podemos escapar de las llamas, y somos devueltos una y otra vez a la destrucción, podemos, en la danza de las lenguas de fuego, sentir la inteligencia contenida en las llamas. Rozamos el mundo de los yunnun, de los seres que apuntalan nuestros pensamientos y hacen posible la ilusión de los mundos. Yunnun que, en unos casos nos ayudan a vivir la revelación y a mantener nuestra humedad y en otros nos precipitan hacia la quemazón y hacia la locura. Por eso Allah los ha puesto a nuestro servicio, tanto para articularnos la guía como para sumirnos en la distracción y el olvido.

La imagen del incendio se graba inevitablemente en nuestro corazón y el ascua de oro de la verdad se torna opaca y plomiza. El Qur’an desvela sus aspectos más categóricos mientras los genios van tejiendo metáforas que nos mantienen prisioneros. Los yunnun son tejedores de sueños, de poesía, de proyectos. Son llamas que nos ofrecen por un momento formas inteligentes, que también nos procuran la ilusión de ser alguien, de la misma manera que los ángeles, pero en una dimensión menos luminosa, más agotada por la entropía, más reconocible para quienes caminamos hacia la muerte. Subhana Allah. Los ángeles nos ayudan desde el cielo y los genios lo hacen desde la tierra. La voz de los genios, la inteligencia de las llamas, surge de la profundidad de la tierra, que es en el único sitio en que pueden sobrevivir, en grutas húmedas y oscuras entre fuentes de aguas subterráneas. Tal es su calor y su sequedad esencial. Los genios nos hablan desde nuestras entrañas húmedas de vida. Son chispas que revientan produciendo formas de intensa belleza, gotas de agua que se inmolan ante su Señor con el único propósito de servirLe, de servir impecablemente a Su creación.

Allahumma: que el fuego de la realidad nos purifique hasta que seamos como nuestro Ibrahim.

Haznos encontrarTe, aunque sea entre las llamas.

Haznos conscientes del sentido del fuego.

Líbranos del sufrimiento por el fuego.

Amin.

2.

Sentimos que no puede ser otro que Él quien nos está creando, Quien nos hace vivir lo que vivimos para que tengamos conocimiento y existencia. Sentimos que Él es Al Hadi, el conductor que traza y conoce nuestro camino. Sentimos que es Su Rahma lo Único capaz de evitar que las llamas nos hagan daño.

No se trata de sufrir por sufrir, sino de que asumamos la dura realidad de sentirnos lejos de Allah, de que reconozcamos que estamos completamente perdidos y acabados mientras vivamos prisioneros de nosotros mismos. Porque el mayor de todos los shirk es el propio nafs, la propia alma que cree existir y se empeña en mantener la apariencia del mundo. En esa tarea tienen mucho que ver los genios, los que nos acercan y los que nos alejan, siendo todos ellos siervos de Allah que cumplen escrupulosamente Su decreto. Los genios nos procuran los materiales y los argumentos. Ellos son los encargados de fijar las imágenes y de suspender por un momento la conciencia para que aparezcan las formas y los colores, las huellas y los signos, ellos son constructores de teorías y narradores de historias, nos ayudan a fabricar objetos y a acomodar espacios.

Sentimos que los genios se enfurecen cuando los signos se atropellan sin pausa, cuando los significados se relativizan y nuestra conciencia se está enturbiando. Sentimos calor y roce en nuestra piel, sentimos la fricción de lo real y nos quedamos absortos entre las llamas, letárgicos como la salamandra que vive entre las ascuas sin quemarse, escondida entre las cenizas. Allahu Akbar.

Pues aunque estemos en medio de las llamas, incluso aunque las sintamos como alguna forma de sufrimiento, éste no es sino otra forma del recuerdo de Allah, un ámbito en el límite de nuestra creación. Sólo sintiendo los rigores del fuego podemos acordarnos de la humedad y de añorarla, dirigir nuestra conciencia hacia lo bueno. Sólo entre la llamas nos acordamos del aspecto benéfico de nuestra creación, de los regalos y de los dones que Allah no ha cesado de darnos y que nosotros rechazamos a cambio de una identidad personal. Qué cara pagamos nuestra identidad personal, Subhana Allah, cuánta miseria y cuanta tontería llegamos a albergar a cambio de un sentimiento de permanencia que no alcanzamos jamás.

Allah rechaza sólo a quien le rechaza a Él, a quien se niega a cruzar el círculo de fuego, a quien cree que no es posible creer y a pesar de todo dice que cree. A quien dice lo contrario de lo que siente, a aquel cuyo corazón su lengua esconde.

Tierno de corazón, sobrio por fuera, buscador de la verdad entre las piedras de los desiertos, bajo el calor del sol, entre las brasas, ante el espejo líquido de la luna, suspirando esperanzado al declinar la estrella. El Ibrahim de nuestro ser soporta el fuego y no se quema, es capaz de segregar sus lágrimas en medio de la hoguera. Un corazón tierno cruzando un fuego que no alcanza a producir sino grises y melancólicas cenizas, ávidas de agua para revivir, un corazón que puede latir entre los rastrojos, un latido que comprende los ciclos y estaciones.

El corazón de un fata’, el sendero de una futuwwah. Una épica de la realidad que instaura una Ummah capaz de resistir el incendio.

Allahumma:

Guíanos por el camino de la conciencia de Ti, de la taqua

Líbranos del shirk y de la impaciencia

Acaba con nosotros con el menor sufrimiento

Haz que conservemos la esperanza en Ti y la calma en Ti

Amin.


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