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Sobre el carácter sexual del paraíso

21/07/2003 - Autor: Seyyed az-Zahirí - Fuente: Webislam
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¿Qué es el paraíso? Nosotros no sabemos, apenas intuimos, y tomamos muy en serio los Signos coránicos. Estamos hechizados: el paraíso es una forma circular, son jardines concéntricos envueltos por un muro. Si soñamos penetrar en ese círculo sentimos brotar la sobrenaturaleza, que está más allá de nuestra percepción, pero es naturaleza. El Corán contiene largas descripciones del Jardín eterno: "extenso como el cielo y la tierra", "con valles regados por manantiales" donde "crecen árboles sin espinas que dispensan una sombra generosa", y cuyas "frutas cuelgan hasta la tierra". Un Jardín donde los "bienaventurados ataviados de ricas vestiduras reposan sobre lechos bordados de oro". Es un Jardín de abundantes fuentes, atravesado por manantiales que rocían su agua, junto con la leche, la miel, y el vino "que no emborracha", pero embriaga. Unas fuentes son especiadas de alcanfor o de jengibre, y su agua, mezclada con el vino, es servida a los creyentes por "adolescentes eternamente jóvenes" y donde los creyentes tendrán por compañeras a "huríes vírgenes", "de piel blanquísima y grandes ojos", bellezas paradisíacas "de redondos senos", "comparables a perlas cuidadosamente resguardadas".

La sobrenaturaleza no es anti-naturaleza sino su máxima expresión, su Signo más logrado. No es una madre ni es una madrastra: son frutos al alcance de la mano. Penetrar esa sobrenaturaleza es vestirse de luz para los ritos ancestrales. La unión se anuncia como un latir solemne, acompasado. El paraíso es un jardín por el que cruzan ríos, un jardín ensimismado en su propia belleza. Nuestro propio cuerpo son canales, cauces donde transcurre el tiempo. Las huríes están cerca, al alcance de la mano. Dulzura de pechos como peras, redondos pero no abundantes: pechos de hurí, no pechos de matrona. Enaltecida creación, fluir sin otro objetivo que el logro de su esplendor. Donación si espejo, metáfora sin márgenes ni orilla.

¿Qué sabemos nosotros, qué podemos decir sino aquello que evoca en nosotros la propia palabra paraíso? Esta palabra es inmediata, esta en boca de todas las criaturas. El jardín está siempre aquí, al comienzo y al final de todos los procesos. El Edén y el Paraíso abrazan el destino de la humanidad: Zoroastrismo, Mazdeísmo, Budismo, Cristianismo, Taoísmo, Judaísmo, Hinduismo. Todos los - ismos se orientan a un lugar llamado paraíso, y también el Islam... Los poetas de todas las culturas no han dejado de evocarlo nunca: la poesía prepara al hombre para la resurrección. Incluso en la tradición agnóstica o atea nos encontramos con formas degradadas del mismo lugar, como si la mente humana no fuera capaz de desprenderse de él. El paraíso forma parte de nuestra mundo arquetípico. Creyentes y no creyentes acuden a la misma palabra para expresar un estado de placidez, de satisfacción y de exultante belleza. El turista evoca lugares paradisíacos, donde se olvida de las fatigas del trabajo. Sol, desnudez, naturaleza: ese es el paraíso del oficinista. Se habla también de paraísos sexuales: búsqueda de comercio carnal en países exóticos, oprimidos por el colonialismo. En esto, como en tantas otras cosas, las realidades escatológicas han sido banalizadas. Es la sociedad del espectáculo, que usa y abusa de las metáforas para venderse. El espectáculo pretende sustituir la verdad de la escatología, pero en realidad es el precio dado a cada uno por su conocimiento, la justa retribución que ha sido anunciada. El paraíso que es capaz de imaginar un castrado (moral y mental) es una parodia de aquel que habitarán los hombres de conocimiento, pero es su paraíso:

"Cada hombre es rehén de lo que forja"

(Corán, 52; 21)

También nosotros estamos sujetos a esta ley: tan solo aquello que seamos capaces de forjar será nuestra morada. Siendo así, ¿qué no esperamos de la imaginación, qué esperamos para ejercitarla? Para el musulmán, el paraíso está en el Corán, donde acudimos a alimentarnos de existencia, a reconocernos como criaturas. Más allá de las interpretaciones, de las explicaciones que nos damos los unos a los otros para apaciguar nuestra ignorancia, es el contacto directo con el sabor de la Palabra donde la intensidad del Signo se revela. En la recitación se invocan las sombras de la noche, se activa la imaginación y se despierta a la Palabra. Descubrimos, no sin maravillarnos, la carga erótica del Jardín. Podemos presentir el carácter eterno del placer paradisíaco, y esta eternidad resulta turbadora. En buena lógica, decimos, placer y eternidad no deberían encontrarse...

 

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¿Qué es el placer? No hay definición que no sea contagiosa, buscamos a través de lo sabido. Sentimos placer en la unión sexual o al comer un fruto, al sentir una hermosa melodía, al saborear un paisaje o las caricias del sol sobre la cara, o en esos momentos de bienestar indecible, cuando el instante resplandece. Sea cual sea su grado o su origen, el placer es algo que sucede, que se sitúa como una excepción dentro del tiempo y es precedido y seguido por masas enormes de tiempo.

Se ha repetido hasta la saciedad: todo placer es efímero. Banalidad que no logra decir lo importante: su carácter efímero es lo que le otorga su sentido. Buscar el placer es buscar algo efímero, que se desvanece en el instante. Pero, ¿acaso no hay instantes de fulgor que duran más que horas enteras de tedio? ¿Acaso el placer no muestra que todo tiempo es relativo? Pensemos en el orgasmo: horas de seducción y esfuerzo para lograr algo que se consume en si mismo dejándonos tirados. Nada de esto tendría sentido si el carácter efímero del placer no escondiese su secreto, a saber: la realización de una promesa. La promesa es la unión, que nos recuerda el momento anterior a la fractura. El placer sexual es fusión: borra las distancias. Esta fusión no es confusión, logra lo indecible: hacernos sentir al mismo tiempo fundidos en el otro sin dejar de ser nosotros mismos, de conservar nuestra individualidad. Esto ya es un tópico: el orgasmo es una metáfora del éxtasis místico: el estado de fusión con la divinidad, apenas perceptible. Dura un segundo y después se desvanece, nos devuelve al tiempo de la separación y la distancia.

Si el placer es efímero y viene precedido por un tiempo y es seguido por un tiempo, el infinito no es algo que suceda, ni es precedido ni es seguido por nada. Lo infinito no nace, siempre ha sido. Es el tiempo sin instantes, el tiempo como un todo que fluye ininterrumpido. No es humano, se cruza con la criatura. La criatura nace en el tiempo y desaparece con el tiempo, pero lo infinito permanece. La vida de la criatura, al lado del infinito de Al-lâh, es casi tan efímera como el placer. A diferencia del placer, la vida de la criatura esta cercada por lo infinito, donde no existe la distancia. Así, el placer es percibido como un efímero dentro de otro efímero que no se percibe como tal.

Infinito y placer, humanidad y eternidad, son aguas que van por cauces diferentes. Y sin embargo se buscan y se encuentran como posibilidad en la conciencia. A la unión entre el placer y el infinito se le da el nombre de paraíso. El lugar donde el placer se hace infinito y donde el infinito cobra vida: se hace sabroso, se humaniza. La eternidad del hombre es un misterio: de cómo no somos tan solo criaturas en el tiempo de nuestra experiencia limitada, sino que somos eternos en Al-lâh. Esto quiere decir que ya existíamos antes de nuestra existencia concreta, que estábamos inscritos en Al-lâh como una posibilidad de vida. Quiere decir que el tiempo vital que nos ha sido asignado no revoca nuestra eternidad en Al-lâh.

 

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El paraíso es signo: un espacio circular donde se dan condiciones espaciales. Placer, abundancia, eternidad, potencia, serenidad y cercanía. Inmediatez del objeto del deseo, ausencia de dolor. Todos tenemos al alcance de la mano cuantas huríes y frutas deseemos. Eternidad del goce y de la cercanía. El goce es eterno cuando proviene de la unión, cuando se ha sustraído a cualquier condición temporal, cuando no es limitado sino pleno, directo al centro de la serenidad rebosa. Cercanía del placer y lo divino. Placer sereno y abundante, potencia circular capaz de hacerse eterna...

Hacer el amor es un hechizo, y aún más si este hechizo se produce dentro de un círculo de hechizo. Lo temporal se imanta de su fragmento eterno, ya somos solo cuerpo. Cuerpo espiritual y sin embargo deseoso, ruptura de los estereotipos: lo espiritual es carnal, se encarna en una imago que traspasa los mundos y destruye la distancia. En la recitación del paraíso nos hacemos capaces de arder y de aflorar a la potencia, capaces de regar el vientre de la hurí.

El acto sexual interrumpe el fluido temporal como un fogonazo luminoso, que es la muerte del yo que nos limita. Es un imán del paraíso: no venimos del pasado, fluimos hacia la eternidad. El futuro no temido, siempre deseado: lo propio de todo desarrollo. El acto sexual atrae el paraíso hasta el presente: lo convoca y revoca la distancia. El acto sexual es rito: convocatoria de un futuro que se sitúa al margen del fluido temporal, como culminación de todos los procesos. Es el eros de la cercanía, el horizonte convocado. Penetrar el sexo de la hurí es habitar la aurora, ese espacio que se abre entre el cielo y la tierra cada amanecer.

Eros pertenece al cosmos primigenio: es anterior a nosotros. Es la energía creadora, esencialmente beatífica, cargada de baraka. Las frecuentaciones eróticas que tienen lugar en el paraíso son la celebración de esa energía. La energía sexual es turbadora: nada la controla. La descripción coránica del paraíso tiene la capacidad de despertar esa energía. La recitación de estas aleyas provoca una catarsis, por eso se dicen en voz baja. La recitación es tremenda: hacemos descender por la garganta aquellos signos mediante los cuales la Creación es realizada. Nuestro presente se desestabiliza, pierde sus contornos. Ante la imagen turbadora de la hurí, se espantan los clérigos y los orientalistas. Ellos tratarán de explicarla, de racionalizar y buscar un sentido alegórico a todos estos signos. Pero no nos confundamos: el paraíso de Al-lâh se presenta de un modo abiertamente erótico.

No se trata de que vayamos a hacer el amor al cielo, entre las nubes, ni de creer o no creer en la literalidad de todas las descripciones. Se trata de que algunos de los signos escogidos por Al-lâh para representar la dicha suprema nos remiten a la sexualidad humana. Esto es algo que numerosos comentaristas de la tradición profética han notado, con más o menos conciencia de sus connotaciones, con más o menos complacencia. Todo esto no implica que los musulmanes seamos unos obsesos sexuales. Más bien pone de manifiesto la alta estima en que Al-lâh sitúa el placer sexual y el cumplimiento del deseo. Quien no quiera darse cuenta de esto permanecerá cegado, ajeno al paraíso.

 

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Que el islam no es puritanismo es algo sabido. Los orientalistas se dieron prisa en divulgar los aspectos más sensuales, y los teólogos han remarcado la representación carnal del paraíso como una aberración. Unos y otros responden a la necesidad de resaltar aquellos aspectos de una cultura "otra" que les son chocantes. Ese choque tiene el fin de repercutir en su propia cultura, puede desencadenar toda una serie de imágenes oníricas ocultas. Es lógico que los teólogos y los orientalistas quedasen atrapados por esas imágenes ajenas a su universo conceptual. Eso ha provocado siglos de incomprensión, el tiempo necesario para que una nueva imagen del cuerpo y de la función de la escatología se hiciese comprensible. Siglos de incomprensión en los cuales se ha hablado de la lascivia de los árabes, citando los sucesivos matrimonios del Profeta, que la paz sea con él. Pasando por alto el carácter insultante de algunas de estas presentaciones, hay que sentir compasión por las dificultades a la que se enfrentan los orientalistas: la imposibilidad de superar la represión en la que fueron educados. Comprender esto es ponerse en disposición de superar esa mirada, de prepararnos para recuperar el secreto de una sexualidad luminosa, que se presenta como la superación de ciertas antinomias que han sido fijadas por el idealismo platónico-cristiano.

Si lo observamos más de cerca, el discurso orientalista sobre la sexualidad en el islam es paradójico. La lascivia proverbial de los musulmanes se presenta bajo la máscara del puritanismo. Al lado de la carnalidad del paraíso, nos encontramos con un discurso paralelo en torno a la tahara, que presenta a los musulmanes como unos maniáticos de lo puro y de lo impuro, empeñados en mantener a raya sus fluidos corporales. Parece como si lo interno correspondiese al mundo de la víscera, que debería quedar delimitado por el cuerpo. La superficie corporal nos sirve de protección para lo verdaderamente obsceno: lo descarnado, la sangre y otras secreciones.

Pero las normas de higiene que presentan los juristas no tienen un sentido puritano. El puritanismo, al contrario que el erotismo, tiende a preservar las identidades, a acotar un espacio para cada aliento, para cada esencia. El puritanismo pretende perpetuar la diferencia entre las criaturas más allá de la carne. En el plano de los espíritus, sin embargo, todo es indistinto. Todos los alientos emanan del hálito divino, del soplo de Al-lâh en la criatura. Paradójicamente, el mundo de los espíritus se nos presenta con todos los signos del erotismo, el lugar donde se fusionan las criaturas, donde se hacen Uno. En la unión amorosa los espíritus se hacen jadeo compartido.

Trascender el propio cuerpo corresponde a un erotismo que alcanza los alientos y los vuelca, es la respiración mezclada, la indistinción. Paradójicamente, esta superación de nuestra condición de criatura separada se da como verificación de nuestra animalidad. Es el deseo carnal el que nos impulsa a descubrir el hálito divino como algo que está más allá de la separación, como una fuente única, por siempre realizada. Nos encontramos con una doble paradoja: un puritanismo animal, un erotismo espiritual.

La paradoja es el modo que el lenguaje tiene de resolver la fractura entre la palabra y el objeto. Hablamos de una música callada, de una malicia buena, de un instante eterno, como un modo de poner un fin a las separaciones arbitrarias que traza nuestra mente. La búsqueda del cuerpo tiene que ver con el lenguaje que lo nombra. El lenguaje emana del silencioso cuerpo capaz de hacerse recipiente. El cuerpo es el silencio que recibe la palabra, mientras el lenguaje trata de separarse del cuerpo que lo inicia. De ahí los jadeos y los sonidos que emiten los amantes, el retorno del lenguaje al balbuceo de la infancia. Es el deseo de la palabra por retornar a la fuente del lenguaje. Para ello debe encarnar un cuerpo, traspasar la materia alucinada, romper la línea recta del discurso para dar cabida a una finalidad desconocida. Es la transfinalidad, el hecho de que cada uno de nuestros actos tiene un motivo que se desconoce, que solo Al-lâh sabe: son el premio y el castigo. La transfinalidad es lo que nos permite emerger hacia la finalidad suprema, llamada Jardín, llamada encuentro, fusión de los contrarios. Es la finalidad suprema, el signo supremo, la resurrección de las presencias. ¿Por qué la carne resucita? Porque el lenguaje tiene que transmutarse en carne, no puede decirse a si mismo como fin. El lenguaje tiene que dar cabida al cuerpo, a la luz de lo imposible. Es lo imposible ahora, el signo supremo que puede desdecir toda maquinación, que es capaz de permitir la fuga del sentido hacia un horizonte que abarca y unifica. La superficie se corresponde ahora con la profundidad más necesaria, con la doblez y el espejeo del hombre en el universo de la escatología. Necesitamos del infierno y del paraíso para tener un cuerpo, para habitar ese cuerpo sin quedar atrapados en las redes sutiles de la identidad y la separación. Necesitamos de la escatología para que nuestro cuerpo sea nuestro y al mismo tiempo pertenezca al otro.

 

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La revelación nos dona la amplitud del cuerpo, la vastedad de la tierra de Al-lâh. La revelación es al cuerpo lo que el sentido es a la permanencia: un modo de ampliar nuestra presencia, sin dejar de ser cuerpo, sin dejar de existir aquí y ahora. Lo que sucede en el cielo se refleja en la tierra, todos los procesos del macrocosmos tienen su correspondencia en nuestra vida cotidiana. Así, la conexión entre el cielo y la tierra simbolizada por la lluvia, entre las fuerzas activas y pasivas, fluidas y estáticas, entre lo abstracto y lo concreto. Toda dualidad se congratula de la unión, proceso de retorno. En la Unidad se desvanece la oposición, deja de ser lineal y se desvela el sentido de la diferencia. Ya no hablamos de opuestos sino de complementarios, de formas que se anudan y se desanudan según un ritmo predeterminado.

Así, la unión entre el hombre y la mujer refleja un proceso cosmológico, que afecta a todos los ordenes de la naturaleza. Proceso generador de vida, lo Uno que no se queda quieto. Unificador de lo masculino y de lo femenino en una unidad superior que llamamos matrimonio. Mientras no exista conciencia del papel de lo masculino y de lo femenino en cada uno de los miembros de la pareja, no existe matrimonio. Este se da como la estancia donde cada miembro de un par es capaz de integrarse con el otro.

La palabra árabe usada para designar al matrimonio — nikâh — también designa al coito. Nikâh tiene un sentido muy concreto: "la lluvia se desposa con la tierra"... es algo que sucede, que forma parte de los ciclos de la naturaleza, del mismo modo que suceden el islâm, el imân y el ihsân. La identidad lingüística entre el acto sexual y el matrimonio dificulta el discurso moralista: siempre que hay coito hay matrimonio. Si no hay una diferencia en el plano lingüístico, sí existe diferencia en el grado de conciencia. el coito es un encuentro entre el ying y el yang, lo activo y lo pasivo. ¿Qué es el matrimonio sino la unión de los contrarios? Lo masculino y lo femenino tienen que reconocerse, buscarse, desearse. Tiene que aceptarse, tanto a si mismos como al otro: aceptar la propia masculinidad es reconocer la feminidad como su complemento, y viceversa. En el hombre y la mujer, para que el matrimonio se realice, es necesario que se convierta en un proceso de conciencia, según el dicho del Mensajero de Al-lâh, que la paz sea con él:

"Nikâh es la mitad del Dîn, la otra mitad es Taqua".

Taqua (conciencia) y nikâh (coito) son las dos mitades del Dîn (cauce) del islam (sometimiento). Cada una de ellas apunta en una dirección, el coito hacia lo enteramente otro, y la conciencia hacia si mismo uniéndose a lo otro. Cada una de ellas debe mostrarse en cada uno de los pasos del camino. Taqua y nikâh existen en la salat, en el hajj, en el zakat, en el saum. A través de ellos se cumple la inmediatez entre el Creador y la criatura. La complementariedad de taqua y nikâh es equivalente a la complementariedad entre lo masculino y femenino que nikâh representa. Así, nos encontramos con una dualidad que siempre debe resolverse a través de la conciencia. La primacía de la conciencia en el islam es absoluta, es lo que posibilita la reintegración de todos los elementos dispersos en lo Uno. Por eso repetimos, incansablemente, que el islam no es una religión sino un estado de conciencia. Meditar en que grado la taqua-conciencia transforma el nikâh-coito en nikâh-matrimonio... no es una cuestión de papeleo (aunque aquí cobran sentido la dote y el testigo): se consuma el matrimonio cuando se es consciente de que la unión sexual es participación en los procesos cosmológicos...

 

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Al mismo tiempo, el matrimonio no es el refugio del ego, sino su máxima apertura. Mi participación en los procesos cosmológicos deja de lado toda tentación identitaria separada de la comunidad donde me inscribo. Soy algo a través de lo cual se realiza la existencia. No aceptamos un ser eterno al margen de nuestra situación concreta, pues de aceptarlo haríamos de nuestra cotidianidad un accidente en el cual nuestro ser se ve atrapado. A la pregunta "¿quién soy yo?" por fin acude una respuesta que nos satisface: soy hombre, padre, hijo, esposo, oficinista, creyente, criatura... Un hombre sometido, la única forma de estar a Su lado. Mi identidad es ausencia de identidad: sólo Al-lâh es, todos somos uno. Estos quiere decir: nosotros no somos, pero existimos en Al-lâh. De ahí la relación entre nuestros actos concretos y las recompensas: el paraíso es el resultado perfectamente simétrico de lo que nos sucede, y no un lugar abstracto, donde rigen principios generales. Lo de la salvación de "los buenos" y la condenación de "los malos" se lo dejamos a la iglesia. Las condiciones reales del paraíso dependen de cada uno de los actos que hacemos en la vida, de cómo cuidamos nuestro entorno, a nuestros vecinos, a nuestros familiares... No somos buenos o malos porque apenas somos. Más que ser, hacer: eso es lo que determina las condiciones del Fuego y del Jardín.

Cada acción bella o generosa es un acoplamiento con la hurí, y esto vale tanto para el hombre como para la mujer. El paraíso es activo, un movimiento de apoderamiento del telos germinal en el instante. Se produce la cópula entre el intelecto posible y el individuo, objetivándose en la unión amorosa. Esa unión libera las pulsiones y nos prepara para otro encuentro que discurre entre el Creador y la criatura. Al hablar sobre esto, ya lo vamos viendo, corremos siempre el riesgo de caer en el antroporfismo más grosero.

Antes hemos dicho: regar el vientre de la hurí, pero ellas no engendran, su vientre es la dulzura que engendra todo acto virtuoso. El embrión no está en el vientre de la hurí sino en el futuro del amante. El embrión es la eternidad del paraíso, siempre renovado y siempre idéntico a si mismo. Fluir de ríos de miel y de leche, fluir denso pero acompasado. La eternidad es la salud del cuerpo. El goce no se gasta, se transmuta en energía, capacidad de abrirse camino más allá de la línea del horizonte. Pero en el paraíso no hay paisaje: todo es inmediato. El Jardín de Al-lâh contiene, como extensión de luz, todo aquello que hay bajo los cielos y la tierra. El huevo cósmico y alado, imagen gnóstica de la resurrección.

En el paraíso el hombre es también mujer, y la mujer es también hombre. Somos, además, los árboles y frutos al alcance de nuestra propia mano. El paraíso es el cuerpo del creyente. El cosmos es un cuerpo, nuestro cuerpo. Todo es la misma luz: compasión transmutada en círculos de hechizo, del caos a la risa, y desde ahí al nido de la golondrina.

 

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Alguien ha señalado que la liberación sexual viene de la mano del islam. Esta frase parece un slogan, nosotros no sabemos. En todo caso: auténtica liberación y no solo rebeldía. Los llamados movimientos de liberación sexual se han quedado como reacciones ante la represión de épocas pasadas. Reacciones no son superaciones: el que niega queda atrapado por aquello que niega. En la sociedad del espectáculo, la sexualidad humana es una mascarada: algo que representar, que presentar para el consumo. Es el momento de la prostitución, de la promiscuidad y la pornografía, que no son liberación sino transformación del cuerpo en un objeto. Aquí se ha dado otra vuelta de tuerca a la antinomia entre la carne y el espíritu: se ha negado el aliento para que la cárcel quede liberada. La libertad sexual ha instaurado el comercio de los cuerpos como panacea.

Liberarse es abrir los ojos, saber doblar la esquina, gozar del apetito. No es el placer que estalla, a contrapelo. Liberación de la obsesión, de la adoración del sexo a través de los iconos. Es la presencia, estar en el todo y al todo enlazado. La concordancia, el mar, la analogía. Saber que toda aparición es simulacro, renunciar a la imposición del simulacro. La imposición del simulacro es la tendencia a dar realidad a las pulsiones fuera de la conciencia, pensar que hay más placer en la ceguera de la animalidad que en la luz del matrimonio. La promiscuidad sexual es el triunfo de la cantidad, inseparable del libre mercado. El promiscuo necesita siempre más, tiende a la acumulación. Esto quiere decir que la verdad de los cuerpos se realiza en el adab, en la cortesía, que la promiscuidad trafica con los cuerpos.

Según nos dice Al-lâh en el Corán, uno de los nombres del Jardín es Dar as-Salam, la casa de la Paz. La Paz es la sutilidad de un movimiento placentero, que evita los conflictos. Es saber estar, saber dar, saber tocar un cuerpo sin ejercer la más mínima violencia. El adab es conceder: compartir y ceder un espacio para que todas las criaturas se desarrollen libremente. Ese espacio es morada, intimidad, recogimiento. Tendencia vertical del gesto, la sutileza de un despertar que condena lo estancado. Fluir en lo indistinto, con suavidad de árbol que se eleva. De ahí los ríos, de ahí la ausencia de definición de las esposas en el Paraíso: ¿son las huríes o las esposas terrenales? Pero, ¿quiénes son las esposas y los esposos terrenales? ¿Qué significan hombre y mujer en el momento de la unión? ¿Qué significan en la muerte? Los dones de la cópula borran la diferencia, se identifica el símbolo y la carne, la situación y el arquetipo, lo activo y lo pasivo. Para que ello se produzca, lo femenino y lo masculino tiene que complementarse, asumir su diferencia. Son modos de estar aquí y ahora y al mismo tiempo más allá de la apariencia, cruzando el horizonte con la mano. Es la presencia del todo en la criatura, su eternidad sellada desde el principio de los tiempos, desde la compasión que crea y nos convoca. El Sí (na’am) es el Placer (na’îm) de la existencia dándose a su nada.

Hemos utilizado demasiadas veces la palabra placer, deberíamos hablar más bien de goce: gozar no es exprimir el fruto, es un estado que aspira a la quietud. Se puede gozar largamente, sin apenas movimiento, sin la angustia de su cumplimiento. Capacidad de gozar del propio apetito, servirse del deseo como pasividad que nos invita a otros dones, a la lenta manera de descender del cielo. La invitación al paraíso: una voz que nos llama a saciarse en la luz como un vaciamiento de imágenes sin brillo. El goce es la aceptación de toda la vida que hay en nuestro cuerpo, dar lugar a la luz que él atesora. El goce es la luz, la claridad mental unida al ritmo, al resplandor de un cuerpo que se entrega a los ríos de leche y de miel que fluyen en su seno. El paraíso es luz que une el cuerpo a la conciencia. Cuando el hombre y al mujer toman conciencia de que sus cuerpos son luz, entran en el paraíso. Cada una de las células o pliegues de nuestro cuerpo tiene vida propia, es en si misma una criatura que vive y desea independientemente de que nos demos cuenta. Cada una de las células aspira al Jardín, al cumplimiento de su anhelo. La trascendencia es la percepción del cuerpo como un todo, un organismo vivo, completo en su inmanencia. Sin lentitud no hay goce.

También hemos hablado de energía creadora: ¿qué fin último tiene esa energía, qué hace el hombre con ella? La misión de las criaturas en la tierra es la alabanza, la adoración debida al Creador, una alabanza que conduce al paraíso. En el paraíso, la energía creadora se derrama como un don soberano: no es por nada y para nada, se tiene a si misma como fin y como sentido. Nada de utilitarismo, no obtención de cosas: celebración de la vida por la vida. No se trata de generar nada con esa energía, sino de devolverla a sí misma, constantemente usarla para el placer y la satisfacción de los deseos. La energía ya no es energía, sino misericordia. Es entonces cuando nace el niño.

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