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La religión de los antepasados

04/07/2003 - Autor: Abdelkarim Osuna - Fuente: Webislam
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Religion ancestral
Religion ancestral

Para Hashim Ibrahim Cabrera

La palabra árabe islam significa, literalmente, sometimiento a Al-lâh. Por Su parte, Al-lâh se nos presenta como una Inmensidad no codificable, como el carácter Abierto e Infinito de la Misericordia Creadora, la Belleza y la Majestad de una Realidad inabarcable para el hombre. La expresión Al-lâhu Akbar, constantemente en boca de los musulmanes, significa eso: Al-lâh más grande, refiriéndose el más a cualquier cosa que se pueda pensar, imaginar, llegar a creer o a percibir. Al-lâh está siempre más allá de todas las determinaciones, de todas las limitaciones, de todas las concepciones que sobre Él puedan hacerse los humanos. Por muy sublime que sea la imagen que de Él construyamos, siempre será menor que Al-lâhu Akbar.

Renovar la shahada

El acto por el cual un ser humano pasa a considerarse musulmán es la shahada, dar testimonio de la Unicidad de lo creado y del fenómeno universal de la revelación. Lâ ilaha illa Al-lâh, Muhammad rasûlul-lâh. Con esto reconocemos que la Realidad es Una y la misma para todos los seres de la tierra, y que esta Realidad se comunica con el hombre. El modo de comunicarse es lo que llamamos revelación, mensaje o profecía, según los casos. Es considerar todas las manifestaciones como signos de Al-làh, modos a través de los cuales la Realidad nos comunica sus secretos. El mundo es un espejo para el hombre: en él se ven reflejados todos sus anhelos, como una escritura que le habla de sus carencias y de sus estados. A través de los Signos Al-Làh se nos revela: nos muestra Su carácter dinámico y abierto, su potencialidad ilimitada. Ante la Creación el hombre consciente se desmorona: Lâ ilaha illa Al-lâh, Muhammad rasûlul-lâh. Este testimonio debe ser actualizado por cada criatura, según esta escrito:

Y siempre que tu Sustentador saca de las entrañas de los hijos de Adán a su descendencia, les hace dar testimonio de sí mismos: "¿No soy acaso vuestro Sustentador?" —a lo cual responden: "¡Así es, en verdad! ¡Damos testimonio de ello!"

Al-Aaraf, 172

La renovación de la shahada es necesaria, con todas sus implicaciones: afirmar en uno mismo, en cada nueva situación o estado, esa pertenencia a un orden increado, volver a mirar a los cielos y reconocer la inmensidad de una Creación que nos desborda. Tener presente eso es habitar en el recuerdo de lo anterior a nuestro propio nacimiento: es hacer dikra. Actualizar la shahada implica reconducir todo lo que somos a la fuente, contestar uno mismo a la pregunta que Al-lâh nos lanza: "¿No soy acaso vuestro Sustentador?"… En otro caso, corremos el riesgo de quedar atrapados por las prácticas idolátricas en que hayan podido caer nuestros antepasados:

Os recordamos esto, no fuerais a decir en el Día de la Resurrección: "En verdad, nada sabíamos de esto"; o fuerais a decir: "En verdad, fueron nuestros antepasados quienes ya antes atribuyeron divinidad a otros seres junto con Al-lâh; y nosotros somos sólo sus últimos descendientes: ¿vas, pues, a destruirnos por lo que hicieron aquellos falsarios?"

Al-Aaraf, 172-173

Para que esto no suceda, es importante recordar que el sometimiento es debido únicamente a Al-lâh, y que cada criatura no puede sino reconocer ese sometimiento desde si misma, con todo lo que es aquí y ahora. Siendo así, y siendo Al-lâh irrepresentable, podemos decir que ese sometimiento tiene por objeto liberarnos de cualquier forma de imposición externa. Para vivir el islam no dependemos de una iglesia, de unos sacerdotes o de una teología. La vivencia del islam es algo que cada uno realiza de un modo inmediato, y la profundidad depende de cada uno, sin que nadie tenga derecho a inmiscuirse en ello. Someterse únicamente a Al-lâh nos acerca al anarquismo, aunque frente al musulmán el anarquismo se presenta como una doctrina más en el mercado, un "ismo" (cristianismo, dadaísmo, budismo, socialismo, sincretismo...). Dado que los musulmanes no aceptamos a ningún otro Señor que Al-lâh, incluso la discusión sobre la teocracia y el laicismo carece de sentido. No aceptamos a los que pretenden erigirse en señores de la tierra: ni presidentes, ni reyes, ni ‘ulemas.

Someterse a lo anterior a nosotros que nos ha dado nacimiento es reconocer nuestra pequeñez de criaturas, nuestro carácter contingente. Ser musulmán implica reconocer nuestra sujeción a aquello que rige la existencia sin tratar de dominarlo, y actuar en consecuencia. Para ello son necesarias unas prácticas concretas, seguir una tradición determinada. En el islam estas prácticas son, básicamente, las salat (oración), el zakat (solidaridad), el hajj (peregrinación) y el saum (ayuno), practicadas por la mayoría de los pueblos tradicionalmente de una manera u otra. Es algo natural, mucho más que ver la televisión o desear poseer esto o aquello, mucho más natural y liberador que toda esa basura luminosa que los anuncios nos ofrecen. Estas prácticas surgen como una necesidad interna en aquellos que verdaderamente se someten. Hay que buscar el vínculo, encontrar esa incitación interna hacia la postración y no pensarla como mera negación de toda idolatría. La postración es afirmación de nuestra entrega, vínculo interior que nos une con Al-lâh.

A esas comunidades anteriores —algunas de cuyas historias te relatamos ahora— les llegaron ciertamente sus enviados con todas las pruebas de la verdad; pero no estaban dispuestos a creer en algo que ya hubieran desmentido antes: así es como Al-lâh sella los corazones de los que rechazan la verdad; y en la mayoría de ellos no hemos hallado un vínculo interior con nada recto y hallamos que la mayoría de ellos eran en verdad malvados.

Corán, Surat 7, 101-102

El vínculo interior con la práctica de adoración es lo que garantiza nuestro islam, nuestro sometimiento. Si ese vínculo existe, nuestra práctica es debida únicamente a Al-lâh. En caso de que ese vínculo no exista, no existe comunicación entre el hombre y su Sustentador, con los cuales sus actos caerán en el vacío. Es en este momento cuando las prácticas de adoración se transforman en un asunto humano, y el Islam pasa a ser una cuestión socialmente discernible, una religión antes que un estado de conciencia.

El "vínculo interior" (ahd) se reconoce de un modo directo. En realidad se trata de la inmediatez del Creador, de Su cercanía con el hombre: está más cerca de nosotros que nuestra vena yugular. A partir de esta inmediatez, el islam se nos presenta como algo ajeno a cualquier idea preconcebida sobre lo que es la espiritualidad, la religiosidad o la moral. Para nosotros es algo completamente necesario para seguir creciendo como seres libres, mantenernos vinculados al Uno en cada uno de nuestros actos. Libertad es desapego, ausencia de idolatría. Al-lâhu Ahad, Al-lâh Uno, quiere decir que nuestros actos son inseparables de Al-lâh, que Él está en cada uno de ellos.

En el Corán Al-lâh nos dice que Él es El Evidente (az-Zahir): podemos reconocerlo también en la apariencia: ¿es que no veis las nubes? Si realmente vemos las nubes, independientemente de la costumbre que nos dice que son formas pasajeras, estamos viendo a Al-lâh. Las nubes son portadoras de Misericordia, de agua de lluvia que ha de fecundar la tierra. La revelación se ofrece a toda conciencia liberada, a través de los signos de la Creación: la lluvia, el mar, los frutos, la mirada... todo es susceptible de revelar a Al-lâh, el modo como la Realidad se muestra y se despliega. También el sueño es parte de la profecía, lo cual quiere decir que la profecía no es algo cerrado, sino que puede sucedernos a cada uno de nosotros. Mantenerse vinculado al Uno es ponerse en conexión con los signos a través de los cuales Al-lâh despliega Su Mensaje.

Y en la tierra hay signos para quienes están dotados de certeza interior, como hay también signos de ello en vosotros mismos: ¿es que no veis?

Ad-Dariyat, 20-21

Los signos son tanto internos como externos, están en la naturaleza que nos rodea así como en nuestra naturaleza: son parte de nosotros mismos hasta el punto de que somos signo. O, dicho de otro modo: sin revelación no somos nada, existimos como objetos inhertes. Sin signos somos individuos con una historia, un ego, unas ficciones, pero sin conexión con el resto de las cosas. Sin revelación fingimos estar escindidos del todo del que formamos parte, fingimos ser por nosotros mismos. Los signos y los mensajes de Al-lâh son transparentes para aquellos que permanecen abiertos (o en confianza, que tienen iman), están dotados de certeza interior y hacen uso de la razón:

Ciertamente, en los cielos y en la tierra hay en verdad mensajes para todos los que tienen confianza.

Y en vuestra naturaleza, y en la de todos los animales que Él disemina por la tierra hay mensajes para gente dotada de certeza interior.

Y en la sucesión de la noche y el día, y en los medios de subsistencia que Al-lâh hace descender del cielo, dando así vida a la tierra cuando estaba muerta, y en la variación de los vientos: en todo esto hay mensajes para gente que hace uso de la razón.

Corán Al-Yáziya, 3-5

Usar la razón para encontrar el vínculo que nos pone en simpatía con los ciclos del día y de la noche, encontrar el ritmo interior que nos compasiona con el movimiento de los astros. Esta es la única manera de no estar ejerciendo una violencia sobre nuestro entorno. Entrar en compasión con todo lo que nos rodea es comprender que todos somos Uno, que no hay distancia entre lo aparentemente separado, sino que todo permanece unido en el sustentador de todos los mundos. Para ello existen unas prácticas, que ya hemos enumerado, pero no únicamente. Se trata de un modo de estar en el mundo: la conciencia, la apertura, la generosidad y la paciencia nos ayudan a mantener la armonía entre lo interior y lo exterior, una armonía que se expresa de múltiples maneras.

El estado de las cosas

Según lo estamos experimentando, practicar el islam es desapego a todo lo mundano y vinculación con los ritmos de la Creación. Decimos que la ‘ibâda —la práctica de adoración— es todo aquel acto realizado con conciencia que nos permita desarrollar las energías y latencias que todos poseemos hasta su máximo posible. Por ejemplo: el islam, sometimiento a la Realidad, mejora considerablemente nuestra vida sexual. ¿Por qué? Porque el sexo es entrega a lo otro, a nuestro complementario. La sexualidad es la búsqueda del Uno, un encuentro que solo se realiza mediante el reconocimiento de que (como diría Rimbaud) nosotros somos otro. Yo soy Tú, la unión sexual es Tawhîd, el Tawhîd es el Tao. Todo aquello que nos vincula al Creador es una práctica de adoración. Vincularnos al Creador es participar creativamente de Su Creación como instrumentos.

Esta es la famosa intromisión del islam en todas las facetas de la vida, algo que tanto molesta a los orientalistas. Ellos no soportan que el islam, sometimiento a la Realidad, se exprese de múltiples maneras, no soportan ver como los musulmanes escapamos a toda definición, que no actuamos según lo que se pretende de nosotros. No soportan ver como nuestro islam ennoblece nuestros actos, rompiendo las bien trazadas fronteras entre religión y vida. Quien da placer a su pareja es musulmán, criatura sometida al Creador de los cielos y la tierra, que ha creado los cuerpos para Su alegría, que ha creado los corazones como recipientes de las caricias más sublimes.

En este caso pocas personas sanas dudarían en reconocer el islam, pues éste se nos presenta como una necesidad inherente a nuestro propio desarrollo como seres humanos, una necesidad ineludible para aquellos que quieren vivir lucidamente en la existencia, a la vez luz y entendimiento. No hacerlo sería una inconsistencia, como pretender vivir creyéndose perro siendo ser humano, o afirmar haber nacido en Rumania habiéndolo hecho en España...

Y sin embargo… existe otra concepción de la palabra islam según la cual ésta se refiere a una religión determinada, revelada en Arabia al Profeta Muhámmad —paz y bendiciones— y que consiste en el cumplimiento de unos determinados ritos para conseguir los premios del Paraíso y eludir los castigos del Infierno. Este Islam es una opción conocida en el mercado de las religiones, una doctrina de la salvación que pasa por cumplir con unos ritos concretos, y cuyo control está en manos de los ‘ulema o expertos religiosos, sin los cuales sería una temeridad tratar de interpretar el Libro. Esta religión estaría representada por unos señores con barba llamados ulemas, que representan la ortodoxia y que se dedican a amonestar al resto de los fieles, dirigiéndolos hacia lo correcto, vedando lo incorrecto. Personalmente no tengo nada que ver con esta religión, salvo el hecho de que tanto el ulema al servicio del Estado como el resto de los musulmanes nos remitimos a las mismas fuentes, a la misma Palabra revelada.

Este hecho justifica la distinción entre los términos islam e islamismo. La palabra islam indica el sometimiento a nada más que Al-lâh, el reconocimiento de la revelación como algo susceptible de sucederle a todo ser humano. Por otro, islamismo indica una doctrina recibida y transmitida por Muhammad (sala al-lâhu aleihi wa salam), que el musulmán debe aplicar externamente, siguiendo la codificación que de esa transmisión han hecho los sabios del pasado. Según esto, la revelación es algo que únicamente han recibido los profetas, y que el hombre solo puede gustar mediante la imitación ritual y rigurosa. La distinción entre islam e islamismo no es caprichosa. Tiene sentido escribir islam cuando nos referimos a la forma verbal, derivada del verbo istislam, que significa rendición. Cuando escribimos islamismo, señalamos la transformación de esta forma verbal, convertido en un nombre, en una doctrina humana, un -ismo. Lo primero denota una acción que emana de un estado de conciencia. Lo segundo se refiere a una religión ya constituida, una religión ya acabada que solo puede ser heredada, jamás actualizada directamente de la Fuente.

Esta última es la imagen que tiene la mayoría de los occidentales, y recorrer el camino que va de la segunda a la primera no es otra cosa que ejercitar las facultades mentales con que Al-lâh nos ha dotado. Quedarse con la definición orientalista es permanecer velado, en el universo de las definiciones y los dogmas. Todo esto no sería importante si no fuese porque esos hombres se apropian de la Sharî’ah, del camino manantial que puede unir a una comunidad en torno a la Palabra revelada. Al actuar así están reproduciendo entre los musulmanes la idea de la Iglesia, de un modo completamente contrario a las enseñanzas del islam tal y como fue transmitido por Sidna Muhámmad, que la paz y las bendiciones de Al-lâh sean con él, como Dîn primigenio del hombre.

Cuando les decimos a nuestros compatriotas que todo eso que aborrecen del catolicismo (clericalismo, dogmática, ortodoxia, jerarquía…) fue abolido en el siglo VII d.C. por la revelación coránica, y que en realidad el islam presenta un sistema de vida mucho más sutil y liberado que el de nuestras sociedades tecnológicas, nos miran con cara de fiesta. Nos dicen que eso no es lo que ven en los medios de comunicación, que casi todos los países de mayoría musulmana tienen regímenes corruptos, que en Arabia Saudí existe una "policía de la moral" —que parece sacada de una novela de George Orwel— que se pasea por las calles con barras de hierro para meter a los hombres en las mezquitas a la fuerza. Nos dicen que en el Yemen existe la crucifixión, y que en Arabia se cortan las manos de los emigrantes que han robado una manzana mientras los reyezuelos se pasean en sus coches de lujo con cuatro concubinas.

Teniendo como paradigma del musulmán a hombres como esos y situaciones como estas, tienen razón al pensar que el Islam es una religión terrible, que no merece el más mínimo respeto. Nos dicen que los musulmanes son bárbaros y que está en la edad de las cavernas. El problema, les decimos, es el colonialismo, que ha despojado a la vida tradicional de su sentido, desarraigando a las masas mediante un proceso de industrialización forzada. La herencia colonial no se reduce a una serie de regímenes corruptos, sino a la propia estructura del Estado. Claro que esta respuesta no resulta convincente para nuestros compatriotas, que leen al día siguiente en la prensa como una mujer ha sido lapidada en Irán, país que se jacta de aplicar la Sharî’a, y que se ha librado del colonialismo mediante una revolución "islámica"...

Lo que hacen los ancestros

Para comprender el hecho de que en los países de mayoría musulmana se den prácticas tan claramente contrarias a la Palabra de Al-lâh y a la Sunna del profeta (paz y bendiciones), y que éstas pasen en esos países por islámicas, debemos referirnos a lo que el Corán denuncia como la "religión de los antepasados":

Pero cuando se les dice: "Seguid lo que Al-lâh ha revelado," algunos responden: "¡No!, seguiremos sólo lo que hemos hallado que creían y hacían nuestros antepasados." ¡Pero! ¿Aun si sus antepasados no usaban la razón y carecían de toda guía?

Y así, la parábola de aquellos que se empeñan en negar la verdad es la de una bestia que al oír el grito del pastor no percibe sino el sonido de una voz y una llamada. Son sordos, mudos y ciegos: porque no usan su razón.

Corán, al-baqara 170-171

La negación de la revelación es equiparada al no uso de la razón: la imitación ciega de las costumbres de los antepasados. Estos hombres son como las bestias.

Y la mayoría de ellos nunca usa su razón; pues cuando se les dice: "Venid a lo que Al-lâh ha hecho descender, y al Enviado"—responden: "Nos basta con lo que hemos hallado que creían y hacían nuestros antepasados." ¡Vaya! ¿Y si sus antepasados no sa­bían nada y carecían de toda guía?

Corán, Al-Ma’ida, 105

Estas aleyas son aplicables a unas gentes que "creen estar siguiendo la revelación", a pesar de que no razonan por ellos mismos, sino que adoptan las soluciones heredadas. En el Corán se nos presenta la historia de diferentes Mensajeros, que la paz sea con todos ellos, los cuales tienen como misión el liberar a los hombres de la religión de los ancestros y devolver al hombre su mirada hacia lo abierto, hacia Al-lâh. Esto es necesario cada vez que una comunidad se cosifica, convirtiendo la revelación en cosa del pasado.

Sus enviados dijeron: "¿Acaso cabe duda acerca de la existencia y la unidad de Al-lâh, el Creador de los cielos y de la tierra? Él es quien os llama, para perdonaros vuestras faltas pasadas y concederos una prórroga hasta que un plazo fijado por Él se cumpla."

Pero respondieron: "¡No sois sino hombres como nosotros! ¡Queréis apartarnos de lo que nuestros antepasados adoraban: traednos, pues, una prueba clara de que sois emisarios de Al-lâh!"

Sura 14, Ibrahim, 10-12

Una y otra vez la dialéctica es la misma: los mensajeros de Al-lâh (paz y bendiciones) llaman a las gentes a dorar únicamente a Al-lâh, y las gentes invocan la religión de los antepasados como referencia. Este patrón se repite en el caso de Muhammad, paz y bendiciones:

Y así pues, Oh Profeta, no albergues dudas acerca de lo que adoran esas gentes extraviadas: sólo adoran sin reflexionar como adoraban antes sus antepasados; y, ciertamente, les pagaremos cumplidamente la parte que les corresponda por el bien o el mal que hayan hecho, sin disminuirla en nada.

Sura 11, 109

Así es caracterizada la misión del Profeta Hud, paz sobre él:

Hud dijo: "¡Pueblo mío! No hay insensatez en mí sino que soy un enviado del Sustentador de todos los mundos. Os transmito los mensajes de mi Sustentador y os aconsejo fielmente. ¿Os resulta extraño que os llegue una amonestación de vuestro Sustentador por medio de un hombre de entre vosotros, para advertiros? Recordad cómo os hizo herederos del pueblo de Noé y os dotó de gran poder: recordad, pues, las bendiciones de Al-lâh, para que consigáis la felicidad!"

Respondieron: "¿Has venido a nosotros a exigir que adoremos sólo a Al-lâh, y abandonemos todo aquello que solían adorar nuestros antepasados? ¡Haz, pues, que caiga sobre nosotros ese castigo con el que nos amenazas, si eres un hombre veraz!"

Hud) dijo: "¡Han caído ya sobre vosotros un mal abominable y la condena de vuestro Sustentador! ¿Vais a disputar conmigo acerca de los nombres vacíos que habéis inventado —vosotros y vuestros antepasados— para los que Al-lâh no ha hecho descender autorización alguna? ¡Esperad, pues, a lo que va a ocurrir: que, ciertamente, yo esperaré con vosotros!"

Corán, Al-Aaraf, 67-71

Hud les dice a los "herederos del pueblo de Noé" que sobre ellos ya ha caído el mal que tanto temen. Esos hombres ya están en el infierno, en la ausencia de fluidez, la cerrazón a la revelación. Han renunciado a la Palabra de Al-lâh para crear una religión, basada en la herencia cultural, y en esa renuncia encuentran su castigo.

¡Oh hijos de Adán! ¡No permitáis que Satán os seduzca de la misma forma en que hizo que vuestros antepasados fueran expulsados del jardín: les despojó de su vestimenta de consciencia de Al-lâh para hacerles ver su desnudez. En verdad, él y su tribu os acechan desde donde no podéis percibirles!

En verdad, hemos puesto toda clase de fuerzas satánicas cerca de aquellos que realmente no creen; y por eso, cuando cometen un acto deshonesto, suelen decir: "Hallamos que nuestros padres lo hacían," y, "Al-lâh nos lo ha ordenado."

Di: "Ciertamente, Al-lâh no ordena actos abominables. ¿Vais a atribuir a Al-lâh algo de lo que no tenéis conocimiento?"

Corán, al-A’raf, 27-29

La excusa de los que realizan "actos abominables" es siempre la misma: refugiarse en la costumbre, en un saber ya constituido, acabado. Siendo así, es comprensible que todas las llamadas escuelas modernistas (o reformistas) hayan realizado la llamada a "volver al Corán", reconociendo que en los países de mayoría musulmana se habían producido una serie de "desviaciones" o interpolaciones culturales, muchas de ellas contrarias a las enseñanzas del profeta, que la paz sea con él.

El islam como lo anterior a la religión institucionalizada

La confusión de la Palabra revelada con las características culturales de un determinado pueblo hace que se erijan símbolos de identidad como representativos del islam, con lo cual este se convierte en algo externo. ¿Por qué se produce este fenómeno? Aquí solo queremos hacer una pequeña reflexión sobre las causas.

Históricamente todas las religiones han surgido como un método que permitía establecer a sus practicantes una comunicación directa con el principio Creador que rige la existencia. Bajo el amparo de lo religioso el hombre desarrolla sus fuerzas, adquiere un sentido de la trascendencia y se siente pertenecer a una comunidad de hombres enlazados por una misma búsqueda inefable. La religión nos procura el método a partir de la fuente, hace posible la concurrencia de un enigma bajo unas determinadas formas.

Las religiones, al institucionalizarse, se han convertido en una tutela para el hombre. Han sustituido la comunicación directa entre el Creador y la criatura por una doctrina y unas normas de conducta que le proporcionan seguridad y le contentan en su pequeñez de criatura, al mismo tiempo que le ayudan en su desarrollo social. El problema básico en dicho proceso es que la Revelación recibida queda velada tanto en su universalidad como en sus nuevas manifestaciones.

Toda institución pertenece a su tiempo, y se ve atrapada por las características culturales de un momento y de unas circunstancias que pueden desaparecer bajo la apisonadora de la historia. Al mezclar la Revelación con las particularidades culturales de un pueblo concreto en un tiempo concreto, corremos el riesgo de separarnos del carácter Viviente de Al-lâh, no hacemos más que cosificarlo, domarlo para el uso de los hombres. Deja de ser al-Hayy (el Viviente) para quedar como el origen remoto de la existencia, que llevó a cabo la Creación en un momento determinado del tiempo (creacionismo, historicismo). Eso es lo que hace parecer hoy en día a muchos musulmanes como un anacronismo, anclados en un momento histórico pasado.

Lo que son unos métodos para facilitar la comunicación del hombre con la Realidad, pasan a ser controlados por unas castas sacerdotales que imponen una norma estricta y se arrogan la función de mediadores. Esas usurpaciones funcionan mediante la dogmatización y el cierre de lo que es correcto e incorrecto en materia de espiritualidad. Esto es lo que en el Corán se denuncia como "la religión heredada" o la religión de los antepasados. El proceso idolatrizador consiste en identificar a Al-lâh con cualquier representación, en darle una forma, un color, un sexo, una medida: dios padre, bueno, perfecto, puro espíritu. Idolatría es también considerar que Al-lâh es el dios de un determinado pueblo, que ampara sus costumbres ancestrales. La representación, más allá de los ídolos, es realizada por el sacerdote: cejijunto rostro de un saber arcano. El sacerdote pertenece a este y otro mundo, la maliciosa máscara que trata de hacerse transparente, de controlar las representaciones bajo su mirada: esto tiene que ser así y así y así...

El Corán es un "último Mensaje", que vino a acabar con ese estado de cosas, desechar toda mediación como contraria a la naturaleza de las cosas. Todo, en efecto, recibe sustento únicamente de Al-lâh, que se muestra a aquellos que se atreven a apartarse de toda mediación para mirar directamente al mundo, que es donde Al-lâh se manifiesta.

Lo que el Corán viene a proponer a la humanidad es que se sitúe en el mismo tiempo y espacio en el cual la Revelación sucede, y no en el posterior momento en el cual es institucionalizada. Es en este sentido decimos que el islam es anterior a todas las religiones, pero que las contiene en potencia, respeta de ellas todo aquello que permanece abierto y rechaza las idolatrías creadas por el hombre. En otras palabras: el islam preserva lo instituyente frente a lo instituido, lo Creador frente a lo creado.

Por eso el islam implica ineludiblemente la ausencia de cualquier clase de casta sacerdotal, de expertos religiosos, de guardianes de la tradición. Ese hecho es decisivo, y su inevitabilidad debería hacernos meditar. Todos tenemos que "hacer nuestra" la Revelación, y con ello corremos el riesgo de desvirtuarla: esa es nuestra responsabilidad. Hacer nuestra quiere decir, precisamente, someternos desde nosotros mismos, con nuestras características y posibilidades concretas, desde nuestro estadio cultural preciso. Significa particularizar en nosotros la universalidad del Mensaje, abrirnos a la Palabra revelada como si descendiese ahora.

Para los que no hemos nacido en un país de mayoría musulmana puede suceder que el islam se nos presente con uno de los rostros que hemos mencionado: puede que lo reconozcamos como una necesidad inherente a las cosas o que nos aferremos a él como una religión extranjera, propia de los pueblos de "mayoría musulmana", y que nosotros tan solo podemos imitar externamente. En cualquier caso nuestro islam será el mismo, solo que vivido con una conciencia diferente. Sin duda le daremos más importancia a uno u otro aspecto e incluso acabaremos enfrentados, reproduciendo esa tensión eterna entre el islam legalista y el islam tradicional que solo estuvieron perfectamente unidos en los tiempos del Profeta, paz y bendiciones.

Los moros nuevos vivimos el islam como parte de nuestra propia naturaleza, pues ha llegado a nosotros desde nosotros mismos, jamás como una cosa externa que hemos adoptado. He tratado de trazar ese recorrido como posibilidad de encuentro entre el islam y occidente, pues ha sido siguiendo el pensamiento occidental como he llegado al islam. Fuera de las doctrinas y las apariencias, he comprobado que el islam es algo latente en occidente, en sus formas más aparentemente alejadas de la espiritualidad como son el ateísmo, el materialismo y el arte.

Los musulmanes debemos conocer el riesgo y el don que se nos está ofreciendo, la posibilidad de mantener una relación directa con el Creador de los cielos y la tierra. Si queremos que nuestra entrega fructifique, si queremos responder a la ámana, la confianza que Al-lâh ha depositado en cada uno de nosotros, el único camino posible es el despojamiento, el acceder a la Realidad como si naciese ahora y nada supiésemos de ella, con una mirada libre de determinaciones, abierta a las cosas tal y como se nos presentan a nuestra sensibilidad y entendimiento. Hay que prepararse para recibir la Revelación: ayunar, amar, rezar, recordar, acudir a la cueva de Hira, ir al encuentro de la ni’ama...

Pero solo Al-lâh sabe.

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