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Los judíos sefardíes y Turquía

25/06/2003 - Autor: Francisco Bueno - Fuente: es.geocities/judios_sefarad/
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Sefardies del Imperio Turco
Sefardies del Imperio Turco

El Imperio Turco era una gran potencia mundial. Constantinopla fue la Segunda Roma. Cuando es tomada por los turcos en 1.453 se produce una gran conmoción en todo el mundo cristiano. Todo iba a cambiar allí. De entrada la ciudad cambia su nombre. Ya no va a llamarse Ciudad de Constantino, con sus reminiscencias griegas y cristianas. Se abandonará ese nombre, ironías del destino, por otro también griego, Eis ten Polin, Hacia la Ciudad probablemente significando que esa había sido la ciudad deseada por los turcos, su meta, su sueño, su dirección durante tantos años. Hacia la Ciudad, es el nombre nuevo de la capital del nuevo Imperio. La ciudad con las iglesias cristianas más bellas que nunca he visto pasará a ser musulmana.

Cuando Mehmet II conquista la ciudad en 1.453, hacia allí va un número considerable de judíos de origen griego, los llamados romaniotas, que pronto comprenden que con los turcos podrán gozar de la misma libertad de acción que gozaron con los musulmanes en otros lugares del mundo.

Mehmet, tras la conquista, se planteó la necesidad de repoblar la ciudad. Para ello dio una orden por la cual todos los judíos de su Imperio debían dirigirse a Estambul. Pensaba que con una gran comunidad judía, la nueva ciudad que soñaba iba a ser más fuerte, más moderna y poderosa.

Por su parte el rabino Serfati se dirige a los judíos centroeuropeos en una carta, animándoles a venir a Turquía después de haber constatado que bajo dominio musulmán vivían los judíos mejor que con los cristianos.

Así pues vemos que los judíos del mundo se dirigen hacia Estambul. Todos. Romaniotas, griegos, antiguos habitantes de esas tierras u otras cercanas y los askenazíes, procedentes de centroeuropa.

La emigración sefardí al Imperio Turco no comienza realmente con la expulsión de 1.492. Cien años antes, desde las persecuciones del arcediano de Écija, cuando la vida en España se les hace cada vez más difícil, poco a poco inician una lenta marcha hacia el otro lado del Mediterráneo. Unos se iban directamente, otros con escalas intermedias en Portugal, en Italia, en África, muchos de ellos se van a Turquía, a Estambul.

Tras la expulsión los sefarditas se van poniendo en camino cuando conocen la actitud del sultán hacia ellos. La Via Egnatia, la calzada romana que se extendía desde Dubrovnik hasta Constantinopla, se va llenando de judeoespañoles caminantes que invaden los pueblos del trayecto y van ocupando las aldeas desiertas y las van bautizando con nombres de ciudades españolas.

Salónica, una de las ciudades de esa calzada, ve aumentada su comunidad judía con multitud de sefarditas. Después las ciudades del trayecto como Drama, Serrai, Edirne, la antigua capital del Imperio, todas las ciudades de una ruta que he hecho con mis hijos, tan lejana y tan preciosa, para llegar a Estambul. Todas ellas se pueblan de españoles.

Recuerdo con enorme impresión nuestro viaje en autocaravana por esas tierras. Íbamos los cinco en nuestro flamante vehículo asustados, emocionados, con la tremenda impresión de recorrer caminos imposibles y llenos de aventura. Íbamos, sin embargo con dinero, con medios para volver. Pero me acordaba al pasar por allí de unos pobres harapientos, llenos de miedo, que habían abandonado sus casas y todo lo que tenían por su fe. Y en un acto lleno de gran heroísmo caminarían a pie por aquellos caminos que nosotros, también en familia, recorríamos en 1.988. Nuestro viaje entero de aquel año por Venecia, Ljublana, Zagreb, Belgrado, Niss, Sofía, Edirne hasta Estambul fue en la práctica seguir el caminar de nuestros hermanos sefarditas desde esta hasta la otra orilla del Mediterráneo. Sólo que ellos no pasaban de largo. En el camino dejaban comunidades que aún hoy perviven. Dejaban por el camino a los suyos muertos y a los suyos que cansados de caminar determinaban vivir en aquellas aldeas. Otros seguían, seguían sin cesar hacia la ciudad. Eis ten Polin.

Otros de los que en 1.492 se fueron directamente, sin escalas intermedias, embarcaron en Cartagena, donde Luis de Santángel y Francisco Pinedo habían fletado para ellos unas naves parecidas a las carabelas y más antiguas que ellas llamadas carracas. En ellas harían ese entonces tremendo viaje.

Muchos de los que habían embarcado en Barcelona y Valencia, procedentes de la Corona de Aragón, se refugiaron primero en Italia, luego en Turquía y en general en los Balcanes.

Muchos destos desterrados passaron a Levante, los cuales fueron acariciados de la casa Othomana, maravillándosse todos los Reyes sucessores della, de que los españoles que hacen professión de prudentes, echassen de sus reinos tal gente. Antes Sultán Bayazit, y Sultán Soleiman, los recibieron muy bien, y les fue gratísima la venida de dichos Hebreos y ansí lo hicieron todos sus sucessores viendo de cuan grande utilidad y beneficio les era la estancia de ellos en sus estados.

(Aboab, pg. 317.)

Cuando comienzan a llegar los emigrados de España encuentran una favorable acogida, no sólo porque ya había una considerable colonia judía en el Imperio sino porque Bayaceto II ve que con los judíos va a recibir tecnología, ciencia, comercio, todo aquello, en suma, que había hecho grande a España y que él tanto deseaba.

Mirad lo que dijo, en los primeros años del siglo XVI, el rabino Capsali.

Cuando Bayaceto, rey de Togarmah, se hubo enterado de todo el perjuicio que el rey de España había causado a los judíos y que estos buscaban un lugar donde refugiarse, tuvo piedad de ellos y envió heraldos por todo su reino proclamando la prohibición total de perseguir o expulsar a los judíos, acogiéndoles con benevolencia. Los que les maltratasen serían condenados con la pena de muerte.

Capsali es nombrado Gran Rabino ante el Diván y tendría voz en el Consejo del Sultán, al lado del Mufti musulmán y el Patriarca Ortodoxo.

El sultán Bayaceto II (1.481-1.512) da hospitalidad y digna acogida a los exilados judíos llamó torpes a Isabel y Fernando por haber permitido que salieran de sus reinos unos súbditos tan sumamente provechosos para sus intereses.

-Vosotros decís que Fernando es un rey sabio, él que, desterrando a los judíos, ha empobrecido su país y ha enriquecido el nuestro.

(Imanuel Aboab.)

Un viajero francés llamado Nicolás de Nicolay, que acompaña a Constantinopla al embajador francés M. d’Aramon y permanece en esta ciudad desde 1.551 hasta 1.554, reflexiona sobre los grandes beneficios que Turquía ha obtenido a causa de la emigración masiva de judíos españoles y portugueses. Dice así:

La cantidad de judíos que habitan en las ciudades de Turquía y Grecia, principalmente Constantinopla, es tan grande que es cosa maravillosa e increíble. Ellos se dedican a los cambios de moneda, prestan dinero y trafican con toda clase de mercancías, oro, plata, etc., que gracias a ellos llegan de todas partes, tanto por mar como por tierra. Se puede decir con propiedad que ellos tienen en sus manos todos los grandes tráficos de mercancías que se hacen en Levante. En las tiendas de Constantinopla se pueden encontrar toda clase de mercancías. Los judíos son especialistas en todas las artes, en las manufacturas son excelentes, especialmente los marranos que hace bien poco tiempo abandonaron España y Portugal. Esto ha perjudicado a la cristiandad y ha dado a los turcos muchos beneficios, como invenciones de máquinas de guerra, piezas de artillería, arcabuces, pólvora para los cañones, balas y otras armas.

(Nicolás de Nicolay. Les Navigations, peregrinations et voyages, faicts en la Turquie. Anvers, MDLXXVI. pgs. 239-240).

Gracias a ellos se desarrolló el que posteriormente sería el gran poder militar turco. Se encargaron de las fundiciones de cañones y otras armas de fuego y de la fabricación de pólvora, del comercio y las finanzas. Desde luego fueron mejor considerados que los que emigraron a Portugal o al norte de África.

Los propios judíos ya asentados en Turquía prepararon la acogida de los suyos con colectas y acciones de las comunidades que facilitaran el asentamiento de los recién llegados.

Por tanto los judeoespañoles fueron recibidos realmente bien en el Imperio Turco.

Así pues fueron llegando poco a poco. Unos en marcha directa desde España renunciando a una falsa conversión, otros de forma indirecta, bien por no haber encontrado un buen asentamiento al principio, bien por comprender que como conversos o marranos tenían las cosas muy difíciles en España.

Isaac Abarvanel asegura que llegaron a Estambul 10.000 judeoespañoles. Sin embargo es imposible cuantificar una emigración tan variada y anárquica. Baste decir que de ser una ciudad con presencia judía poco menos que simbólica, pasó a ser la ciudad con mayor presencia judía del mundo. En 1.594, un siglo después de la expulsión, un inglés afirma que hay en Estanbul 150.000 judíos.

Tengo en mis manos cuadros con la emigración y la progresión de los habitantes en las ciudades turcas y el crecimiento es tremendo. Hasta tal punto que cuando se ordena hacer un empadronamiento, se especifica de dónde proceden los elementos de ese asentamiento, o al menos los más característicos. De Toledo, de Sevilla, Córdoba, etc.

Las comunidades judías en Turquía se organizaron rápidamente. Desde España se llevaron sus modos de vida y sus sistemas de organización comunitaria. Cada ciudad o kahal, tenía un sistema propio y una autonomía con relación a los demás. Contaba con su asamblea, sus comités de hombres buenos y su organización, verdaderamente meticulosa en todos los pormenores de la vida, tanto pública como privada.

Contaba con sinagoga donde se guardaban los rollos de la Torá, una escuela elemental, un seminario, biblioteca, instituciones para las obras de caridad, hospitales, etc.

Poseo documentos que muestran hasta qué punto Estambul llegó a ser en algunos aspectos como una ciudad española. El libro del Dr. Pulido nos da datos de sus asentamientos, sus costumbres y su literatura. Poemas, obras de teatro para ser leídos y representados en castellano, tan lejos de España. No me extiendo en ello pero es algo que impresiona. Quiero resaltar que en Turquía y en general en las poblaciones del Imperio Turco fue donde mejor y más puro se conservó el ladino como idioma de los sefarditas. En el norte de África, en Italia, o Francia, o los Países Bajos desaparece por el influjo de los idiomas autóctonos y del castellano. Allí aún hoy pervive en toda su pureza como una reliquia entrañable y bellísima.

Los sultanes les llamaron a desempeñar puestos de alto rango. Gracias a su ingenio y trabajo, a su habilidad como financieros y a sus conocimientos médicos, sirvieron a Turquía grandemente. Llegaron, poco menos que a copar también allí algunas profesiones.

En Turquía, especialmente en Constantinopla, hay muchos turcos que ejercen la medicina. Pero hay muchos más médicos judíos que turcos. Están muy bien formados teóricamente y tienen mucha experiencia. La causa por la cual están tan bien preparados es porque tienen un amplio conocimiento de las lenguas como el griego, las arábigas, caldeas y hebreas.

(Nicolas de Nicolay. o.c.)

Os voy a dar un ejemplo de una familia de emigrantes. Hablemos ahora de una saga de médicos de origen granadino, que marchan a Estambul y hasta allí trasladan su saber, la ciencia médica que estudiaron, amaron y practicaron en la Granada de Muley Hacen y Boabdil.

¿Me creéis? ¿No es otra alucinación? Me refiero a la familia Hamon. Tres generaciones de médicos granadinos en la corte de Estambul.

Vivo habitualmente rodeado médicos granadinos, en el sentido amplio de la palabra. María Jesús lo es y entre mis mejores amigos hay grandes médicos y mejores personas. Son hombres que o han nacido en Granada, o han estudiado en Granada, o ejercen su noble y magnífica tarea en Granada. De cualquier manera se sienten granadinos y viven como tales.

¿Alguno conoce, ha oído hablar de estos grandes médicos judíos, que tienen sus raíces en Granada y que llegan a ser personas de gran importancia ante los sultanes turcos? Dejadme que os cuente lo que sé de ellos. Volvamos atrás en la historia.

La colonia judía en la Granada nazarí era grande y sus miembros ocupaban puestos importantes en la política y en la ciencia. Lo he reflejado abundantemente en estos resúmenes de mis lecturas. He hablado de grandes médicos judíos como Hasday, Maimónides, Zarzal, etc. y no me he extendido en contar la vida de otros muchos por no hacer más largos estos relatos. Ahora sí lo hago porque pienso que estamos ante personajes singulares. Vamos a ello.

Tengo datos que atestiguan que uno de los últimos reyes musulmanes de Granada tomó como médico al judío granadino Isaac Hamon.

Y como quiero ser preciso os doy las fuentes de mis lecturas para ver si alguien profundiza más en el conocimiento de estos grandes médicos.

En la Revue des Estudes juifs, XXIV, pg. 1, Isidoro Loeb afirma que la obra Chebet Jehuda, La Vara de Judá, escrita por Salomón ibn Verga, es

de toutes les choniques hebraïques consacrées à l’histoire des juifs au moyen age, la plus originale et la plus vivante.

Pues esta obra, las de Cardoso, Aboab y Usque, además de el artículos citados y otros, me han servido para recopilar estos datos.

Ibn Verga vivió en Edirne (Adrianópolis) y allí escribió su obra. En esa ciudad coincidió con uno de los miembros de la saga, Moséh Amon. Y varias veces, en su libro, cuenta los hechos que dice los oyó de boca de Moisés Amón. La primera referencia que he encontrado de Isaac Amón es del año 1.480.

Por situar un poco la historia, os recuerdo que Muley Hacen comenzó a reinar en el año 1.464. Juan de Vera va a Granada a exigir el pago de impuestos en 1.478. Muley Hacen toma Zahara en 1.481 y los cristianos toman Alhama en 1.482. Decía que es el año 1.480 y estamos en Granada. Escuchad lo que cuenta ibn Verga, pg. 164 de su libro.

Vivía en Granada un médico del rey llamado Isaac Amón, de bendita memoria. Todos los días iba al palacio real a tratar a sus pacientes y a aconsejar a su rey y un día vio en la plaza a unos musulmanes que se estaban peleando. Isaac era prudente y quiso volverse atrás pero no pudo. Al pasar él por allí dijo uno de los musulmanes a uno de los que peleaban:

-¡Por la vida de nuestro Profeta, deja a tu compañero y no le persigas!

El que estaba peleando no le hizo ni caso. Entonces volvió a exclamar

-¡Por vida del médico del rey, déjalo en paz!

Entonces lo dejó.

Inmediatamente se reunieron todos los musulmanes y comentaron:

-¡Qué pena! ¡Fijaos hasta dónde ha caído nuestra religión! Le han jurado por la vida de nuestro Profeta y no ha hecho ni caso y cuando le han recriminado por la vida de un judío, entonces le ha dejado. Los judíos han levantado la cabeza hasta colocarla más alta que la de nuestro Profeta. ¡Levantemos nuestras espadas hasta exterminarlos!

Entonces los musulmanes de Granada tomaron sus espadas y atacaron a los judíos que tanto habían conseguido medrar en su ciudad y en su reino. Los principales huyeron a refugiarse al palacio real, donde el rey les protegió. Los pobres, muchos de ellos, murieron y otros huyeron de Granada.

A partir de aquél día los judíos principales de Granada, especialmente los médicos, cuando caminaban por la ciudad, trataban de pasar desapercibidos para no concitar las iras del pueblo que les odiaba por haber medrado tanto en el reino.

Hasta aquí el relato de ibn Verga.

Empecemos por precisar que el rey de Granada a que hace referencia era Muley Hacen.

Por el repaso que hemos dado a la historia de los últimos reyes granadinos, no nos consta que Boabdil padeciera enfermedad alguna. Sólo heridas, lances de guerra de los que fue curado en la España cristiana. Además, en esa época era un chaval, aborrecido por su padre y por su madrastra Zorayda y solamente protegido por su madre Aixa la Horra. El Zagal no padeció, que sepamos, más enfermedad que una supuesta medio depresión en Guadix, cuando Cid Hiaya, el baztetano fue a consolarle y a traicionarle, ya convertido al cristianismo. De cualquier manera una enfermedad pasajera. Y en esta época sabemos que andaba a la sombra de su hermano.

Muley Hacen sí que estuvo enfermo bastante tiempo. La historia, los cronistas le refieren enfermo, viejo, apoyándose en la nobleza, en Zorayda su esposa, hasta que murió en Mondujar, acompañado por sus seres más cercanos.

Sí. Muley Hacen debió ser el que contrata a Isaac Hamon como su médico en la corte. Pudo ser que Boabdil tuviera más adelante en su corte a este gran médico. Lo mismo el Zagal. Pero es claro que quien realmente necesitó atenciones médicas fue Muley Hacen. Por eso digo que entiendo que esto fuera lo más seguro, contemplando además la fecha de la primera referencia. A veces siento ganas de novelar su vida.

Si habéis leído mis resúmenes de los últimos años del reino nazarí en Granada, seguidme. Imaginad su trayectoria, su caminar. Isaac Hamon se formaría en los mismos lugares y escuelas en que se formaron tantos médicos judíos como Aben Zarzal y otros que ejercieron la medicina en Granada. Seguramente su fama y su formación le hacen ser conocido por los reyes que le mandan venir a la Alhambra a atenderles en sus necesidades.

Isaac, ya en la corte, acompañaría a Muley Hacen en sus inquietudes, sus luchas, su odio a Boabdil, el Desgraciado. Le vería acompañado por su dulce esposa Zoraida en los rincones y jardines de la Alhambra, en su palacio de los Alixares, lejano a la corte, sólo con el aire, el perfume, el agua, el paisaje de Granada.

Estaría al lado de Muley Hacen cuando decide que le suceda en el trono su hermano el Zagal y sale de Granada hacia una vida más tranquila que ya no encontraría nunca.

Seguramente acompañaría a su rey en el último trayecto de su vida, cuando, ya muerto, deciden que su cuerpo vaya a algún lugar lejano y cercano a Granada. Tan lejano que nadie, ninguna persona, pudiera perturbar su paz, su sueño eterno. Y tan cercano que pudiera sentir, ver, dominar desde lo alto su Granada. Y allí, en la cumbre del monte grande, alto, dejaría a su rey ya muerto.

En todos estos momentos acompañaba a Isaac Hamon, el médico del rey, su hijo José, joven, médico también como él, que después de hacer sus estudios en Granada, continuaría su formación al lado de su padre, aprendería de él como tantos ilustres médicos que he conocido.

Muerto su rey sería llamado a la ya efímera corte de Boabdil para prestar sus servicios a Aixa, Moraima y demás personal cercano al rey Chico. Y luego vería acercarse cada vez más a los ejércitos cristianos, consciente de que los que iban a conquistar aquella preciosa ciudad eran intolerantes con judíos y musulmanes. Isaac Hamon y su hijo José viven el día en que Boabdil entrega la ciudad a Fernando e Isabel.

Luego, con toda seguridad se entrevistan con Abraham Senior, con Isaac Abarvanel y con los demás prohombres judíos que acompañan a los ejércitos cristianos. Estas entrevistas les tranquilizan, les dan algo de sosiego pero pronto conocen que aquellos reyes conquistadores acababan de firmar un edicto por el que deberían, o renunciar a su fe o abandonar su ciudad, su tierra para siempre.

Por fin, puestos en el dilema de convertirse o dejarlo todo y marchar lejos, Isaac, su hijo José y su familia, salen de Granada. Prefieren irse con su fe y sus recuerdos. Ellos seguramente, al despedirse, cantarían llenos de nostalgia Adiós Granada, Granada mía. Ya no volveré a verte más en la vida. Prefieren la soledad del destierro al marranismo.

Dejadme que haga otro paréntesis, otro apartado en mis relatos. ¿Cómo era la medicina en la Granada nazarí? Probablemente por la influencia que les llegaba del Magreb y por su antigua tradición de ciudad judía, la medicina fue la ciencia más cultivada en Granada. Los reyes nazaríes promueven su estudio y dan su protección a los médicos que llegan a Granada desde otros lugares de la Península.

Muhammad II (1.273-1.302) admite y protege en Granada a grandes médicos murcianos que venían atraídos por la paz y el buen gobierno nazarí. Uno de ellos, al-Riqutí, crea en Granada una Escuela de Médicos que tendrá una magnífica trayectoria. Continuadores de ella son al-Tuyibí, maestro a su vez del más conocido médico e historiador Ibn al-Jatib.

El lugar donde se enseñaba la medicina era la Madrasa. El edificio en sí es del siglo XIV y en él se enseñaban junto a la medicina, la teología, el derecho y la filosofía. El libro de texto para la enseñanza de la medicina era el famoso Uryuza, una especie de poema en el que recitaban y aprendían con reglas de mnemotecnia las enfermedades, la anatomía y los remedios a aplicar. El autor de este primer libro de texto era Avicena. El libro fue fundamental en las escuelas médicas musulmanas y en el mundo Occidental, donde se le conoció, latinizando el nombre, como Canticum. Así, ya estáis imaginando a los alumnos cantando músculos, remedios, venas o arterias como en mis tiempos de niño hacíamos con la tabla de multiplicar. El sistema lo podemos discutir ahora. Entonces valía para la medicina, la gramática o las matemáticas.

Ya se sabe que la experiencia hace al hombre. Pues en el año 1.348 entró por Almería una peste bubónica que acabó con un tercio de la población del reino de Granada. Algún barco, alguna rata y esas visitas al puerto a ver qué pescan y pescaron una bien gorda.

Decía que los grandes médicos granadinos se ocuparon de estudiarla, escribir sobre ella e intentar curarla. Ibn al-Jatib escribe su libro, otro médico de Almería el suyo y hasta un médico de Segura de la Sierra llamado al-Saquri nos da el suyo con el título de Información exacta sobre la epidemia.

Los consejos que dan no se mejorarían ahora demasiado. Medidas de carácter higiénico, limpieza, lavar con estropajo y jabón, frotar fuerte, tomar buen aire y poco más. Bueno, también prohibían a la gente ir a los baños públicos, que eso era algo disoluto, mal visto por los ulemas y ahora había que estar a bien con Alá por si las bubas.

Los remedios para todo eran el vómito, la defecación y el sudor. Así salían del cuerpo las cosas malas. Por eso aconsejaban beber vino. Incluso emborracharse una vez al mes era bueno. Mirad lo que decía un libro del siglo XIV titulado Lilio de la Medicina.

Como dice Avicena, es bueno emborracharse una vez al mes, non por la bondad de la borrachera sino porque a causa de ella se produce vómito, sudor y defecación que limpian el cuerpo.

En cuanto la cirugía, pues también la había, caramba, que no se ha inventado ahora.

Un médico de Crevillente que se formó en Granada, llamado Muhammad al-Safra, escribió un libro en el año 1.344 para enseñar cirugía a los alumnos. Describe 36 tipos de tumores y muestra a sus alumnos cómo operarlos, cómo curar las heridas, extraer flechas o reducir las fracturas y dislocaciones. Al Safra sigue la tradición islámica del cordobés Abulcasis que escribe un libro de cirugía que fue traducido al latín y muy estudiado por los europeos.

La Granada nazarí tuvo también al menos un hospital. Se llamaba el Maristán y es el primer hospital granadino del que yo tengo noticias. Lo fundó el gran Muhammad V, el rey nazarí que más tiempo se mantuvo en el poder, cerca de cuarenta años, desde 1.351 hasta 1.391. El gran rey fundó este hospital que debía ser precioso, como el resto de las edificaciones que dejó para la posteridad. Era en realidad un hospital que estaba destinado a asistir a los enfermos pobres. En el resto de las ciudades del Norte de África y de oriente los hospitales estaban dedicados a la asistencia médica y a la enseñanza de la medicina, como se hace hoy en los hospitales universitarios. No consta que el Maristán fuera, lo que hoy llamaríamos universitario, adjunto a la madrasa.

(Tengo delante un artículo sobre el particular de Concha Vázquez de Benito, catedrática de Árabe de la Universidad de Salamanca. En él me he documentado al contar lo anterior sobre la medicina en Granada.)

Sigamos. Isaac Hamon, con su hijo José y el resto de su familia, emigran a Turquía en unión de otros muchos exilados españoles. En Estambul les reciben las comunidades judías y según sus capacidades les van colocando hasta adaptarse a su nueva situación. Ellos, padre e hijo, son muy importantes por su conocimiento de la medicina y por la información que pueden aportar en otros aspectos de la ciencia a su nueva patria.

A los oídos de Bayaceto llega la noticia de que un médico muy afamado, antiguo médico de los reyes granadinos, acaba de llegar de España y le llama a la corte. Desea tenerle cerca de sí y servirse de su información y de su ciencia. Padre e hijo comienzan a trabajar en la corte y poco a poco se van haciendo con un puesto de honor ante el sultán, que van a desempeñar durante tres generaciones. Isaac era ya viejo, debió morir pronto, pero su puesto lo va a ocupar su hijo José Hamon.

La referencia que os voy a dar es de Immanuel Aboab. En su Nomología, publicada en 1.626 en Amsterdam, página 330, dice en el original castellano:

Y todos lo príncipes de la tierra los recebían, acariciaban y honravan. Sultán Selim primero desto nombre tomó por su Protomédico al señor Joseph Amon, nuestro noble Andaluz, y el mismo cargo le suscedió su hijo Moseh Amon en tiempo de Suleymán, hijo de Selim.

Se conserva un manuscrito que contiene un trabajo de Joseph Meir Garçon, rabino de Damas, lugar donde murió. En él hay copia de una serie de discursos pronunciados con motivo de hechos importantes. Uno de ellos se compuso con ocasión de la muerte de José Hamon. Dice cosas sobrecogedoras.

El orador describe las dificultades del servicio en la corte y los peligros que comportan, especialmente para un judío, las relaciones con un príncipe ambicioso y del que todo depende. Si un judío quería medrar en esa corte debía ser experto en sortear dificultades y más si deseaba mantener la posición que tanto trabajo le había costado conseguir.

José había ejercido como médico en la corte durante veinticinco años de lo reinados del sultán Bayaceto (1.481-1.512) y luego con su sucesor Selim II (1.512-1.520). En este tiempo había sido hombre de confianza de los dos sultanes y se había ganado la amistad de toda la corte.

Él, sin embargo, jamás olvidó a sus correligionarios. Al contrario, interviene siempre que puede a favor de ellos. Muchas veces se vio en dificultades a causa de su fe y de ellas salió muy bien gracias a su lealtad y a su bien hacer.

En una ocasión el sultán Bayaceto le ordena categóricamente abrazar la religión musulmana y colocarse el turbante blanco en señal de conversión. Le dice que no comparezca ante él sin haber resuelto su problema religioso. Le da tres días para reflexionar y decidirse. Cuando pasó el plazo y comprobó que José Hamón no comparecía ante su presencia tocado con el turbante blanco, Bayaceto le ordena venir ante él. José se presentó pero sin el turbante en la cabeza y todavía ataviado a la manera judía.

José se dirige al sultán con estas palabras:

-Poderoso y glorioso príncipe, dígnate escuchar mis palabras con clemencia. Si nosotros los judíos hubiéramos querido renegar de la fe de nuestros padres a cambio de favores terrenos, nosotros no estaríamos hoy en tu imperio, sino que viviríamos aún en nuestro país natal, España, al que nosotros amamos como nuestra patria. Poseeríamos aún las riquezas que habíamos conseguido con nuestro trabajo y viviríamos en las magníficas casas nuestras, hoy abandonadas.

Pero puesto que se nos exigió traicionar nuestra fe, la fe de nuestros padres, a la que ellos habían permanecido siempre fieles, nosotros rehusamos con todas nuestras fuerzas abandonar nuestro bien más sagrado. Nosotros hemos sacrificado todos los bienes terrenos y toda nuestra felicidad aquí abajo ante este bien preciado.

La firmeza con que nos hemos aferrado a la fe de nuestros mayores nos ha valido ser lanzados sin piedad de nuestra patria. Nos hemos puesto bajo tu protección porque sabíamos que eras sabio y justo. Teníamos confianza en tí esperando, oh príncipe, que tú no violentarías nuestras convicciones religiosas.

Por tanto, si tú mantienes tu orden, oh poderoso soberano, yo, a pesar de mi entera sumisión hacia ti, rehuso obedecerte en este único punto, aunque esto me cueste la vida.

El sultán quedó muy sorprendido ante estas palabras. Reflexionó durante unos instantes y después dijo a su médico:

-Yo admiro tu fidelidad. Yo alabo la firmeza de tu carácter y te mantengo en todo mi aprecio.

El rabino, que hace este relato durante los funerales de José, concluye así:

Nosotros hemos perdido a un hombre que ha conocido la prueba cruel de morir en un país lejano, lejos de los suyos. Ha sido nuestro protector más ferviente, caluroso y enérgico, de quien nosotros hemos obtenido una eficaz ayuda en muchísimos casos. ¡Imitemos sus virtudes y actuemos como él en nuestra vida!

José Hamón acompañó al sultán Selim II en 1.517 en su campaña a Egipto, cae enfermo al final de ese año en el camino de vuelta a Damas y muere en los comienzos del año 1.518. Había llegado a Costantinopla con su padre en 1.492 y con la ayuda del influyente rabino Moises Capsali, había conseguido el puesto de tanta importancia en la corte. Debió nacer hacia 1.450 en Granada y morir en Damas en 1.518.

A la muerte de José Hamon le sucede en el puesto de protomédico de la corte su hijo, que debió ya debió acompañar a su padre en la el viaje a Egipto de Selim II. Se trata de Moisés Hamon.

Selim II, al morir José, nombra protomédico a Moisés, hijo de José Hamon. A la muerte de Selim II, accede al trono Solimán II, que mantuvo a Moisés como médico. José ibn Verga, que a mediados del siglo XVI vivía en Andrinópolis, ya habla de Moisés, lo que hace suponer que este acompañara a su padre y a Selim II en su expedición a Egipto. En el viaje le vemos ejercer su intercesión y apoyo a favor de los judíos.

También es casi seguro que acompañara a Solimán II en su campaña a Persia en 1.520. Ibn Verga cuenta que el rey persa había decretado que todos los judíos de su imperio portasen una vestimenta infamante. Moisés intecede por sus correligionarios y consigue quitarles esa humillación.

Diez años más tarde, de nuevo le vemos interviniendo a favor de los suyos con ocasión de supuestas maldades atribuidas a la comunidad judía. Samuel Usque, en su obra Consolaçam as tribulaçoes de Israel, le describe como ángel guardián que aparecía siempre que alguien tuviera necesidad de ayuda.

Isaac Cardoso, en su libro Las excelencias de los Hebreos, dice:

El gran Sultán Turco Solimán, Príncipe sabio y valeroso, queriendo informarse de nuestras oraciones, pidió a su médico Amón, el Andaluz, que se las tradujera. Cuando las hubo escuchado dijo que cuando no tuviéramos más que esta oración, bastaba para mostrar y conocer la santidad de nuestras oraciones.

(Cardoso, pg. 354.)

Moisés gozaba del más grande favor de parte de Solimán. Era uno de los más altos dignatarios de la Sublime Puerta. En el tratado de paz firmado con la República de Venecia en 1.540, Moisés es mencionado y recompensado.

Nicalás de Nicolay, en su libro ya citado, testigo presencial de los hechos, menciona a Moisés, ya de sesenta años, gozando de la máxima autoridad ante el sultán y en la corte. Dice que es un hombre respetado por todos por su sabiduría, su medicina, su honor y su hombría de bien.

Otro gran rabino, Salomón Atia, hace de él un panegírico entusiasta en el prólogo de su obra sobre los salmos. Dice así:

En Constantinopla, Moisés está en los más alto de la corte del imperio de Solimán. Sus méritos son considerables y dignos de ser contados y alabados en cada ciudad, en cada familia para siempre a fin de que sea recordado por la posteridad. Si yo quisiera enumerar una a una sus acciones magnánimas sería imposible. Él ha reunido una muchedumbre de seguidores, ha fundado una gran escuela donde se estudia la Ley con entusiasmo. Sus obras de caridad y su intercesión a favor de sus correligionarios son innumerables. Moisés Hamón ha sido respetado por sus hermanos con gran reconocimiento. Le han dado el título de Príncipe, no solamente a causa de su alto rango sino también en el sentido figurado del nombre.

Moisés se interesó y favoreció la cultura hebraica. Se asegura que, invitado por el sultán, tradujo al árabe la Biblia y las oraciones judías.

Gracias a estas ayudas y a la emigración creciente de judeoespañoles a Constantinopla, la comunidad cobra una gran importancia por su número. En época de Moisés había más de treinta mil judíos. Sus comunidades estaban divididas en pequeños grupos, cada una con su sinagoga y su rabino particular.

Existieron grandes rabinos entonces, talmudistas y sabios en otras ciencias, gracias a la escuela fundada por Moisés Hamón.

También interviene para pacificar los ánimos en luchas internas que se desarrollan en la comunidad judía de Salónica. Con posterioridad a estas divisiones internas, en 1.545, se declara una peste en la ciudad que causa muchas víctimas. Acto seguido se declara un incendio que destruye cinco mil casas causando doscientos muertos. Todo esto es puesto en conexión por los rabinos que ven un castigo del cielo por sus maldades.

Moisés interviene. Escribe unas cartas a los hombres importantes de Salónica y que se conservan en la Biblioteca Montefiori de Londres. Por estas cartas puede conocerse cómo eran las comunidades judías de Salónica, sus problemas y su organización. Al final, por mediación de Moisés, que a su vez se apoya en la autoridad del sultán, se pacifican las comunidades y las aguas vuelven a su cauce. Nuestro Moisés se interesó mucho por la poesía hebrea que gracias a su empuje florece en esta nueva diáspora.

Muchas más cosas podría contar sobre esta familia de judíos granadinos emigrados a la Sublime Puerta y que allí desarrollaron su saber médico y humano, el saber que hubieran querido desarrollar en nuestra Granada y que les fue vedado. Al menos que quede ante nosotros un recuerdo.

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