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La muerte como el otro siniestro o benéfico

25/06/2003 - Autor: Marie-Louise Von Franz - Fuente: del libro Sobre los sueños y la muerte
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Marie-Louise Von Franz
Marie-Louise Von Franz

La aproximación de la muerte a menudo está representada con la imagen de un ladrón, es decir como algo extraño que irrumpe en nuestra vida. Un hombre de negocios, de unos cincuenta y cinco años, me pidió que lo tomase en análisis. Se sentía frustrado en su actividad profesional y buscaba un sentido más profundo para su vida. Su primer sueño fue el siguiente:

(En el sueño) se despierta a medianoche en la cama, en una habitación oscura semi-subterránea. A través de la ventana entra un rayo claro de luz. De repente se encuentra a un desconocido en la habitación que le provoca un miedo tan terrible e inhumano que despierta bañado de sudor.

El primer sueño del análisis es la mayoría de las veces profético, en cierto modo anticipa simbólicamente la futura evolución que se gesta en lo inconsciente. En ese momento no entendí el sueño y me limité a señalar al soñador que seguramente se le acercaría algo extraño, que le provocaría miedo; pero que en ello también habría luz, es decir iluminación, inteligencia. Después de algunas horas de análisis el soñador no volvió a presentarse; de vez en cuando me avisaba por teléfono sus intenciones de continuar pero que la sobrecarga de trabajo no se lo permitía. Un año más tarde me llegó la noticia de que estaba a punto de morir de un cáncer de médula. ¡El siniestro "ladrón" del sueño inicial no era otro que la muerte!

Un sueño semejante de un hombre moribundo nos es relatado por R. Lindner:

"Llego a casa y abro la puerta con la llave. Al entrar tengo la sensación de una presencia... Miro en mi habitación y allí hay un señor mayor (de más de 60 años, al cual ya había visto algunas veces en el tranvía) con el aspecto de la muerte. Había entrado como un ladrón. Totalmente espantado salgo corriendo de casa pero desde fuera no puedo cerrar la puerta con llave; toco el timbre de un vecino y grito auxilio. Nadie aparece ni tampoco nadie me abre. Estoy totalmente solo y vuelvo a mi casa donde se encuentra el hombre siniestro: a mi habitación."

También el paciente ya mencionado de Edingers vivió la premonición de la muerte de manera similar. Seis meses antes de su muerte soñó lo siguiente:

"Estoy en casa pero es un lugar en donde no había estado nunca antes. Voy a la despensa para buscar algo de comer. Los estantes están llenos de salsas y condimentos, todos de la misma marca, pero no hay nada para comer. Tengo la sensación de no estar solo en casa. ¿Cae la tarde o hay una luz clara de luna? Abro el interruptor de la luz, pero la luz viene de otra habitación. Algo cruje. No estoy solo. Me pregunto dónde está mi perro. Necesito más luz y más valor. Tengo miedo."

También esta presencia invisible de un "otro" siniestro alude a la muerte. Otro sueño de este tipo, el de una mujer de 78 años, nos lo relata Kurt Lückel:

"Llaman la puerta de fuera, luego a la de dentro. Después entra alguien a mi habitación, permanece de pie en el umbral y espera. No puedo reconocer si es hombre o mujer. Él (!) sigue en el umbral, no se acerca, está de pie y espera. Me asusto, enciendo la luz y grito: ¡Fuera! Él se queda un momento y después desaparece. Estoy muy asustada. Me siento inquieta. Incluso le grito: ¿Qué quieres de mí? ¡No aparezcas más por aquí!... Pero después ya no me puedo dormir."

Más tarde, conversando, ella misma se da cuenta de que podría haber sido un "enviado de Dios", es decir la Muerte.

En la mitología de muchos pueblos, la Muerte está descrita como una figura masculina o femenina. Edgar Herzog ha reunido una imagen muy sugerente de la figura de la muerte mítica personificada (femenina o masculina), y ha mostrado que los nombres de la diosa Hel y la ninfa Calipso derivan de una misma raíz, kel(n), que significa esconder (en la tierra). Los pueblos paleoasiáticos conocen un demonio, o demonios, Kalan, Kala (éste último con cara de perro), que personifican la muerte y la enfermedad.

La muerte está representada más frecuentemente como lobo o perro que como un "otro" siniestro con forma humana. La Hel germánica es la hermana del lobo Fenrir, al que corresponde el Cerbero griego, hijo de la serpiente Equidna. En las creencias populares alemanas y suizas se conservaron hasta el día de hoy dichos, en los cuales la aparición de un perro negro anuncia la muerte al hombre. En la noche en que murió su madre, sin que de ello supiese nada, C.G. Jung soñó lo siguiente:

"Me hallaba en un bosque espeso, tenebroso;... era un paisaje heroico, primitivo. De repente oí un silbido estridente... las rodillas me temblaban de espanto. Entonces se oyó un ruido en un matorral y saltó un enorme lobo con terribles fauces... Pasó ante mí como una flecha y yo supe que el cazador le había ordenado que capturase a un hombre...a la mañana siguiente recibí la noticia de la muerte de mi madre."

Jung explica que el cazador salvaje era Wotan, el Mercurio de los alquimistas. Así el sueño expresa que el alma de su madre "había sido acogida en aquella adhesión al Sí mismo... en la totalidad de la naturaleza y el espíritu que supera el conflicto antagónico". El perro se explica muy a menudo también como un acompañante al más allá, curandero y protector. Así, en Egipto, el dios Anubis con cabeza de chacal es en realidad el portador de la resurrección, y en la creencia azteca un perro amarillo o rojo, Xolotl, trae de nuevo a la vida a los muertos que están en el más allá. También en India, Shiva, el destructor y dios de la muerte, se llama "Señor de los perros". La diosa de la muerte Nehalenni se representaba con un cesto de manzanas (=¡los frutos!) junto con un perro lobo, y Virgilio dice en la Eneida, que el perro de los infiernos Cerbero es en realidad la tierra que absorbe a los muertos. También la serpiente y el pájaro pueden representar a veces la muerte.

En su significativo artículo Sterbeerfahrungen psychologisch gedeutet , Liliane Frey informa sobre un caso interesante en el cual el "otro" aparece en forma de diablo. Es el sueño de un joven, sano y con éxito, durante un viaje al Próximo Oriente:

Huía con un muchacho por la falda de una pradera empinada. Antes de que llegase a la parte alta,...apareció por detrás el diablo. Se dio cuenta de mi presencia, se acercó y me dijo que pronto tendría trabajo conmigo. Yo estaba allí un poco asustado pero también desafiante y le comenté. "Esto ya lo sé, cuando llega el momento de ver si se sale de esto con vida". El diablo rió y dijo que para entonces habría algunas alegrías. Llevaba puesta una camisa árabe, larga y oscura, su cara era negra amarronada, pero cuando estiró el traje, aparecieron en las arrugas todo tipo de colores. En una mejilla tenía una mancha bermellón; la percibí como un estigma, como la araña negra.

Unos días después de este sueño, el soñador encontró la muerte víctima de un accidente aéreo en el desierto árabe. La "araña negra" aludía a la "gran madre", tal como él había tenido oportunidad de escribir. Asi sucumbió, como interpreta Liliane Frey, al poder superior de lo inconsciente, es decir a su unión con la gran madre.

Si nosotros amplificamos un poco más este sueño, este diablo vestido de árabe recuerda a ciertas tradiciones alquímicas arábigas, en las que aparece la "piedra filosofal", el Sí mismo, primero como enemigo mortal de los adeptos. En el Libro de Ostanes se dice acerca de la piedra filosofal, que es "un árbol que crece en las laderas de la montaña (!)... un joven nacido en Egipto; un príncipe proveniente de Andalucía que quiere torturar al buscador... los instruidos no pueden luchar contra Él. No conozco otra arma que la entrega, otro caballo de batalla que la sabiduría, ningún otro escudo que el entendimiento. Cuando el buscador se encuentra enfrentado a Él con estas tres armas y le mata, revivirá después de su muerte; ésta perderá todo poder sobre Él y le otorgará la máxima fuerza, de tal manera que éste llegará a la meta de sus deseos...".

Jung explica este texto recordando en primer lugar a Enkidu, el rival terreno del héroe Gilgamés, quien también aparece primero como enemigo para convertirse en amigo después de la victoria. "Psicológicamente esto significa que el primer encuentro con el Sí mismo puede hacer aparecer todos los aspectos negativos, los cuales son generalmente característicos del choque no preparado con el inconsciente". Otro texto alquímico dice de la piedra filosofal: El "otro siniestro", que en los sueños mencionados he interpretado como la muerte, no es en realidad otra cosa que el Sí mismo. Muerte y Sí mismo, es decir la imagen de Dios, de facto no se pueden diferenciar.

Los colores que aparecen en las arrugas del traje del diablo de este último sueño muestran que esta figura llamada "diablo" es en realidad la de Mercurio, pues del espíritu mercurial se dice con frecuencia que tiene omnes colores, todos los colores. El juego de colores (cauda pavonis) surge en el proceso alquímico después de la nigredo (ennegrecimiento), tal como en este caso menciona el "diablo", que daría todavía algunas alegrías -es decir, que todavía habrá vida después del paso por la nigredo.

A pacientes moribundos indios se les presenta a menudo el dios de la muerte Yama "todo de negro, mayor, robusto" o uno de sus enviados, el llamado Yamdus, para recogerlos. Pacientes con educación cristiana visualizan ángeles en el mismo papel. Considerado psicológicamente, el ladrón siniestro es en primer lugar más una imagen general de la "otra mitad del alma" personal del moribundo, mientras que las figuras mencionadas ulteriormente, Hermes, Diablo, Yama, Ángel, aparecen más como un símbolo del Sí mismo en su aspecto suprapersonal. Estos aspectos, vistos psicológicamente, se entremezclan unos con otros aun cuando, por lo general, se los describe muy diferenciados de acuerdo con cada una de las culturas.

Me parece, según mi experiencia, que el aspecto terrorífico y siniestro del "otro" cobra realmente importancia cuando el soñador no posee todavía ninguna relación con la muerte o no la espera. Básicamente la figura de la muerte personificada (Muerte, Diablo, Yama, Zeus, Hades, Hel, etc.) no parece ser otra cosa que un lado oscuro de la imagen de Dios. En realidad es Dios o una Diosa quien trae la muerte al hombre y, cuanto más desconocido resulta este oscuro lado divino, más es considerado como negativo. Pero las grandes religiones siempre han sabido que la muerte y la vida son parte del mismo misterio divino que se encuentra más allá de nuestra existencia.

En los sueños, la muerte personificada o el "otro" que viene a recoger al vivo, también aparecen a veces como una figura claramente positiva. Éste fue el sueño inicial de un paciente, que al comenzar su análisis se hallaba en la mitad de sus cincuenta:

Se encontraba en una superficie gris, había niebla y estaba pesado, el cielo estaba recubierto con nubes grises. De pronto las nubes se abrieron y de ellas salió una luz, un adolescente desnudo con zapatos alados miraba hacia abajo. El soñador sintió un infinito amor hacia él y experimentó una sensación de profunda felicidad.

Me asusté mucho con este sueño, pues inmediatamente pensé en Hermes, el acompañante de almas, quien conduce las almas de los fallecidos al mas allá. Efectivamente muy pronto se vio que !a salud del soñante estaba perturbada, y el análisis se convirtió en un compañero de su temprana muerte. Hermes es el intérprete y guía de los sueños, el mediador de los contenidos de lo inconsciente. Pero en la escritura etrusca también se llama turmaitas=¡Hermes del Hades!

En el momento en que este hombre murió en el hospital murmuraba una y otra vez (según me comentó su amigo): "¿Qué desea de mí esta bella india?" En este caso, la visión que venía a buscarlo se había convertido en la figura del ánima, así como en el sueño de la página 71, "indio" significa para un europeo: exótico, misterioso, ininteligible. Un aspecto todavía desconocido de su propia alma se acerca al moribundo para llevárselo al otro lado. No parece ser tan importante si es masculino o femenino, anima (en una mujer: animus) o Sí mismo. Se trata siempre de una personificación inconsciente de lo todavía desconocido. Por ello la muerte aparece en las mitologías de todo el mundo personificada tanto en hombre como en mujer. Los antiguos persas creían, tal como ya he señalado, que los difuntos debían atravesar el puente Chinvat para pasar al más allá; para los hombres malos era tan estrecho como un cabello, de tal manera que caían al mundo de los demonios. Para los creyentes, sin embargo, venía al puente un bello adolescente, o más frecuentemente una muchacha de unos quince años, y los ayudaba a cruzar. Henry Corbin explicó con más profundidad el significado de esta visión: Es idéntica al Xvarnah persa, que puede entenderse como "brillo" o "fortuna" personal. Xvarnah es también el órgano visionario del alma, la luz que posibilita "ven" y es vista, la visión del mundo celestial que fue vivido como religión y fe, y con ello la individualidad esencial, el "yo" trascendente ulterior. Es también la "imagen" que estaba creada antes del difunto, antes de su nacimiento, y la "imagen" que finalmente éste ha deseado en la vida. Es el tiempo de vida (Aion) y la eternidad de cada ser humano. Si el muerto ha traicionado esta "imagen" cae en el puente Chinvat al lado de los demonios.

También en el maniqueísmo existían representaciones similares. Manes mismo obtuvo sus revelaciones por medio de una especie de ángel, el "al-Taum" = mellizo, su doble, quien fue el "intercesor" Paráclito. Según su enseñanza, el alma de todo muerto vislumbra la imagen de su "maestro". "Tan pronto el alma ha abandonado el cuerpo, percibe a su redentor y salvador. Asciende junto con la imagen de su maestro y la de los tres ángeles que están con él y se entrega ante el juez de la verdad y recibe la victoria." El "intercesor" es una figura luminosa, una forma de aparición del espíritu cósmico. Después el alma entra en "la cámara nupcial de la luz".

En éxtasis místico se puede experimentar a este doble que nos viene a buscar, la imagen del Sí mismo, incluso durante la vida. Por ejemplo, el místico islámico Ibn Arabí lo vio en una visión como a un bello adolescente, como "el orador taciturno que no vive ni muere, al que no está reunido, el que lo abarca todo". Lo visualizó cuando transformaba la Kaaba y en cierto modo lo entendió como el alma de la piedra sagrada. Mientras que el creyente ortodoxo sólo ve en la Kaaba un "mineral inmóvil sin vida", Ibn Arabí visualiza "con el ojo del corazón" su propia esencia. Este adolescente sólo habla en símbolos. Le dice al visionario: "Observa la articulación de mi naturaleza y la disposición de mi estructura; así encontrarás apuntado lo que tú me has preguntado, pues no soy uno que hable con palabras o a quien se dirigen con palabras. Mi saber se refiere sólo a mí mismo, y mi esencia no es otra cosa que mi nombre. Yo soy el saber, la obra de la sabiduría y el sabio." Y un poco más adelante: "Yo soy el jardín, el fruto maduro, soy el fruto de la totalidad. Levanta mi velo y lee todo lo que se muestra en las líneas que se han enterrado en mi ser."

La misma imagen arquetípica del Sí mismo también se encuentra de una forma mucho más ingenua en el material presentado por Moody, Hampe y Sabom, que describe las vivencias de personas que estuvieron durante un tiempo breve clínicamente "muertos" y que volvieron a la vida por medio de tratamientos cardíacos. Muchos de estos pacientes informan sobre una luz o un "ser luminoso" con el cual se encontraron. Una testigo de Moody lo formula así: "Vi venir sobre mí una luz increíble... Una luz semejante no se puede describir aquí, en la tierra. Miraba la luz no como a una persona, pero tiene sin duda una individualidad personal. Es una luz de máxima comprensión y de amor absoluto." (La luz le habla después con una "voz" .)

Otro testigo informa: "Me daba la vuelta y quería colocarme en una posición más cómoda; en ese preciso momento apareció una luz en la esquina de la habitación, debajo del techo. Era algo así como una bola de luz, como un globo de luz, no demasiado grande; diría de unos 30 ó 40 cm de diámetro, no más. Cuando apareció esta luz me sobrevino un sentimiento, no era un sentimiento horroroso, eso no, era más una sensación de paz absoluta y de disolución maravillosa. Podía ver cómo una mano se dirigía hacia mí desde la luz, y la luz habló: "Ven conmigo, quisiera mostrarte algo". No dudé ni un segundo e inmediatamente estiré la mano y cogí la mano que veía. Al hacer esto me sentí elevado y apartado de mi cuerpo; al darme la vuelta lo vi allí abajo, sobre la cama, mientras yo me elevaba hacia el techo.

Tan pronto había abandonado mi cuerpo, tomé la misma forma que la luz... No era ningún cuerpo, sólo un hilo de humo o un velo de vapor... No obstante, la forma que cogí tenía colores. Había naranja, amarillo y un tono de color que no puedo definir exactamente; lo veía como índigo, un matiz azulado. Esta forma espiritual no tenía contornos como un cuerpo. Tenía más o menos forma de bola, pero tenía algo así como una mano..."

Lo importante en este informe es que el ser vivo se asemeja a ese "ser luminoso". Volveré sobre este asunto. Pero ahora me centraré en el ser luminoso que lo viene a buscar. Algunos testimonios de Moody lo denominan también Cristo o Ángel. En el lenguaje de la psicología jungiana se trata de una forma de aparición del Sí mismo. Por último parece ser una fuente de desencarnación, algo que por su gran intensidad extingue la conciencia corporal natural. Las experiencias de luz mencionadas anteriormente a menudo van acompañadas de una iluminación espiritual, una especie de enseñanza para el moribundo. Así lo explica un informe citado por Hampe:

"Me encontré nuevamente cuando me hallaba en la oscuridad, en el intenor de un túnel con forma de espiral. Lejos, al final del túnel, que era muy estrecho, vi una luz clara. En aquel lugar comenzaba a hablar alguien conmigo. Había alguien en la oscuridad. Él comenzó a explicarme el sentido de la vida. Me fueron contestadas todas las preguntas que un hombre puede plantear..." Después la voz le ordena volver a la vida; su momento todavía no había llegado.

Un analizando, que murió a los sesenta años de una enfermedad pulmonar, le contó a su hijo su último sueño:

Abandonaba el hospital a pie y se dirigía a una puerta antigua de la ciudad, que en la Edad Media representaba el límite de la ciudad. Allí se encontraba a C.G. Jung (quien ya hacía algunos años había muerto). Se había convertido en el soberano del reino de los muertos. Jung le decía: "Ahora te tienes que decidir, si deseas continuar viviendo y con tu trabajo (era pintor artístico) o si deseas abandonar tu cuerpo". Después veía que la cama de su hospital era de alguna manera también su caballete.

Cuarenta y ocho horas después de este sueño murió en paz. Este sueño parece querer decir que es importante enfrentarse a la muerte conscientemente, que en cierto modo se debe decidir a favor o en contra de ella. Que la cama del hospital se vuelva idéntica al caballete parece expresar que el soñante debe concentrar ahora toda su fuerza creativa en morir, tal como antes lo había hecho para pintar. En este caso el compañero instructor es Jung, a quien el soñador tenía una gran admiración y sobre quien proyectaba la imagen del Sí mismo.

Lo más frecuente es el "otro" que viene a buscar al moribundo representado por medio de un pariente muerto (a menudo la madre), un consorte o parientes muertos recientemente. De ello hay tantos ejemplos que han dado pie a los espiritistas para establecer como representación fundamental que es un muerto quien viene a buscar al moribundo y le ayuda a adaptarse a las condiciones del más allá. Por ello me contento aquí con presentar unas pocas experiencias que me parecen auténticas. Éste fue el sueño de una mujer que veía a su difunta hermana menor "con risa radiante... con una corona fúnebre blanca como la nieve en las manos". Al día siguiente le llegó la noticia de que el ahijado de su hermana, que tenía diez años, había muerto en un accidente. Otro testimonio informa de que había soñado que su hermana, muerta hacía tiempo, aparecía vestida de blanco y decía: "Vengo a buscar a mamá". La madre murió exactamente dos meses después.

Las visiones no se diferencian de estos sueños. También en ellos son frecuentemente parientes, amigos o la pareja quienes vienen a buscar al moribundo. Emil Mattiesen reunió gran cantidad de testimonios más antiguos de este tema recogidos por allegados y parientes. Por ello me resisto a continuar relatando otros ejemplos.

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