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Las huríes del paraíso

25/06/2003 - Autor: Huseyn Vallejo
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Dua
Dua

Toco cuerpos que me son interrogantes,

reinos que van y vienen,

capaces de sentido,

capaces de entregar el sol de este poema

aún sin nombrar la espada que libera.

Mundos capaces de derretir la nieve

de la pureza siempre insatisfecha

y convocar a todos los amigos

de la fiesta incontable, del placer jamás imaginado,

de la penetración en la alegría

del más sublime cuerpo, en este día.

 

¡Oh tentación de los rápidos,

de los fugaces, ebrios territorios!

Oh mundos paralelos y voz que lo interpreta,

que le da forma sin saber su modo,

sin saber en que lado del espejo,

cual es la realidad, cual es su paralelo.

 

Para desbloquear esta tensión

habrá que imaginar el paraíso,

convocar en la imagen la dicha interminable

en un icono trasnochado.

¿Trasnochado? ¿Que importa

lo que digan escribas, juristas, fariseos?

¿qué importa el catedrático insidioso?

Soñamos y soñamos.

Para armar un poema

habrá que desflorar una virgen

o destruir una distancia.

No se puede frenar esta alegría

de vida azarosa sumándose a más vida.

Es el abismo ahora que el sueño descontrola

y nos hace estallar en versos donde nadie parecía...

 

Soñamos y soñamos.

Son formas que apenas dan consuelo

a no ser que se sueñe su raíz primera.

Procacidades sin sentido,

traseros y orgasmos al descubierto,

oh huríes del paraíso.

 

No entrarán las huríes en el poema

sin claudicar ante la desmesura.

La imagen espejea y se contrae

en una paradoja sin sentido.

Si la serenidad habita el paraíso,

¿cómo conciliar la imagen del encuentro,

el furor del orgasmo y el vértice absoluto?

Habrá que imaginar, convocar a la imagen

sin fin de la ventura,

sin aventura acaso.

Habrá que evaporar lo realizable

y espejear lo dado,

saberse ya salvado, cumplido su deseo

de acento boreal a germen de este día.

 

Imaginad ahora

la perfección completa, el cumplimiento del deseo

en el mismo instante del deseo,

sin darle tiempo a proyectarse,

a sufrir el dolor de la carencia.

Imaginad que el deseo y su objeto son lo mismo,

que ha desaparecido la distancia,

y sin embargo existe el deseoso.

La inmediatez de lo creado

satisfecha en la fuente de todo lo posible,

entre diferenciado y no diferenciado,

en un instante donde se combinan

el ser y el no ser con mágica entretela.

Si fuese necesario

imaginad la orgiástica manera

de existir y morir sin límite ni modo.

Imaginad la concurrencia

de las imágenes sublimes

con la trastienda más grosera.

El aleluya de lo siempre vivo,

el cuerpo del poema hecho luz

y hecho modo de armar este poema.

Imaginad, si fuese necesario,

que todo os acaricia,

y cien huríes lamen vuestro sexo...

 

Dios mío, ¿qué dirán los sublimes

de tanta blasfemia, oh sol de la poesía?

¿Qué dirán los teólogos, los enemigos de las imágenes,

qué dirán de este método grosero de imaginar el paraíso?

Tampoco nos importa.

Por desflorar ahora la flor de este poema

ya habremos convocado al paraíso.

¡Y a trabajar, que quedan

amaneceres y puertas todavía!

¡A destruir, poetas,

que quedan dogmas todavía!

¡A arder y arder, que voy de vuelo,

paloma y que me muero

porque no muero!

 

¿Cómo que Dios no estaba, quién dice que no estaba?

Yo supe del sabor de la cereza

y la evidencia de la nube.

Yo supe amanecer y estar callado,

triturar las visiones que el ego proyectaba.

Supe andar y estirar las manos en plegaria,

señalar cada fuente como una.

Supe ver y adorar aún cuando la paloma

cruzaba ensangrentada.

Supe escoger palabras:

matriz, asombro, analogía,

inmediatez, sentido, transparencia…

Y actuar a través de esas palabras:

postrarme y recibir del barro la forma,

tocar el suelo con la mente

y amamantar la forma de este día

como si fuera sombra de otra vida.

 

Oh suave entrechocar de líquidos la aurora.

Oh suave aparecer, y estar, y dar cobijo

de toda su potencia realizada.

Fluido boreal que entra en mi seno

y hace de mi mujer, hurí de otro deseo

que el alto amor supiera.

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