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Sidi Hamza, el santo viviente

25/06/2003 - Autor: Zakia Zouanat * - Fuente: Le Journal
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Sidi Hamza
Sidi Hamza

Mis dedos tiemblan sobre el teclado. Hablar de una persona excepcional que inspira realmente un sentimiento de temor reverencial hace mis impresiones inciertas. De una gran simplicidad, la estatura majestuosa, la complexión lozana, la faz deslumbrante de luz, el Seijh Hamza al-Qâdiri al-Bûtshîchî- Sidi Hamza para los fûqara, sus discípulos-manifiesta la serenidad propia de los que han cortado amarras con el bajo mundo; quien lo ha visto una vez no puede olvidarlo. Es como un arquetipo viviente, salvado de los tiempos espléndidos de nuestra cultura. Rodeado de sus discípulos, recuerda las miniaturas que figuran de Jalâl al-Dîn al-Rumi rodeado de los derviches mewlewi. Veamos los orígenes geográficos e históricos de este maestro sufi que habla a las mujeres con los ojos bajos.

Sobre una vertiente dominando la verde meseta de Trifa, al pie de las montañas de los Banî Iznâssen, se encuentra la zawiya Bûtchîchîyya Qâdiriyya de Madâgh (Berkane) donde Sidi Hamza recibe y educa a millares de discípulos desde que sucedió en esta misión a su padre Sîdi al `Abbâs, muerto en 1972.

En la pared de una de las salas de la zawiya, una foto sacada del periódico "L´Illustration", datada de enero de 1908 muestra un hombre mayor, de apariencia señorial, sentado cerca de un caballo. El hombre es Sidi al-Mukhtar al-Bûtshîshî, abuelo de Sidi Hamza, obligado a deponer las armas después de una resistencia feroz a la penetración militar francesa en la región de los Banî Iznâssen. Espera al general Lyautey con el cual va a enterrar el hacha de la guerra. Este documento nos habla del pasado glorioso de la familia Bûtchîchî en la lucha contra el ocupante, y aleja los prejuicios sobre los "morabitos colaboracionistas".

Después de esto, los Butchîchîs, que sacan su patrónimo de la abundancia de víveres donados en periodos de penuria, dejan la montaña donde han gozado durante seis siglos de la veneración debida a los descendientes del gran seijh de Baghdad Mawlay Abd al-Qâdir al-Gilâni.

En Madâgh, el seijh al `Abbas renueva la búsqueda de sus ancestros junto a un gran maestro de la vía, Sidi Bu Madian al-Munawwar de afiliación darqawa, tan escrupuloso que rehúsa comer en la mesa de los enriquecidos con una fortuna dudosa, y conocido por su ascetismo y rigor ortodoxo. Cerca de él, el joven Hamza es iniciado a la doctrina sufi y recibe una gran parte de flujo espiritual.

En Sidi Hamza, se reconoce un "heredero mohamediano" que tiene una doctrina, una ética, una política, una estética, pero que permanece inasible para el que no se inscribe en su filiación espiritual, esta gracia que permite a los pecadores acceder a la pureza interior.

Sidi Hamza comparte con las doctrinas políticas una idea fuerza, la de la aspiración a la libertad. Y si para los políticos, se trata de reaccionar contra la servidumbre del hombre por el hombre, el trabajo contracorriente de la doctrina sufi apunta a liberar a la persona de sí misma, de sus debilidades, de sus carencias, de su ego, pues la esencia del pacto (al-musafaha) es una responsabilidad ontológica y deontológica.

A un inquisidor tendencioso que le preguntar "¿Sois un hombre de Dios?" responde "No. Pero puedo mostraros un hombre de Dios entre mis compañeros". Respuesta digna de la sabiduría de un gran maestro y réplica del adagio sufi según el cual solamente puede conocer a un santo otro santo. Dicho de otro modo, inútil identificarse verbalmente como santo ante el que no puede conocerlo esencialmente.

El seijh Hamza tiene una gran esperanza en lo que se ha convenido en llamar nueva era de Marruecos. Sabe que en lo sucesivo puede ir a hacer sus check-up a Casablanca, o visitar a sus hermanos y discípulos en París, Londres o Montreal sin tener que pedir autorizaciones, que las reuniones de su cofradía no serán prohibidas, o seguidas de interminables interrogatorios y que sus discípulos no serán más despedidos a causa de su afiliación. Acabadas las exacciones y otras prácticas de opresión sufridas por los miembros de la vía en el silencio y bajo el yugo de una libertad provisional, especialmente desde el desmarque en 1975 del antiguo discípulo, Abdesalam Yassine. Por su parte, Sidi Hamza afirma a través de su enseñanza que no hay ningún desviacionismo a temer pues sabe mejor que nadie que el último jefe de la zawiya dilâya del siglo XVII no ha pretendido el poder temporal sino porque no era un perfecto iniciado en materia de autoridad espiritual.

La obra de Sidi Hamza es un trabajo de puesta al día de una ética inspirada en el sufismo y adaptada a los tiempos. Etica de renunciamiento, sobriedad y desprendimiento. Su implantación se hace por medio de sus discípulos. Afiliados a la vía y actores sociales neutros o pertenecientes a partidos políticos, son verdaderos reguladores de los principios fundamentales, incluso si los programas sobre los modos del desarrollo pueden dividirlos. Rechazando toda conciencia común Sidi Hamza afirma que "las divergencias de detalle son una gracia". El maestro de Madagh está por la protección de las mujeres contra los abusos. En ellas fija grandes esperanzas para la propagación de los principios de la vía,. Está por la apertura y tolerancia comprensiva (al-was). Sin duda la ilustración más elocuente de esta apertura es la percepción de misericordia que fundamenta el desenlace de la novela de Ahmed Toufiq "Jârât Ab; Mûsa", pues se inspira directamente de lo vivido en la vía cerca de este maestro.

Como un maestro de al Hora, este octogenario cuyo frescor de espíritu fascina a los jóvenes y al que los rígidos de la tradición dificultan sus ímpetus, se revela abierto a las novedades de los tiempos. Con él, es todo el sufismo que realiza su mutación para devenir lo que siempre ha sido "la parte esencial". Para Sidi Hamza que ama los cantos sagrados (al´sama), el "trance" rigurosamente regulado es un estado constructivo, literalmente "imâra".

Conocedor (`arif) y sabio, fascina a los eruditos que tienen fe en la elocuencia de su silencio interior, y saben en su intimidad espiritual que detenta esa otra ciencia, medicina de los males de los corazones, y origen y soporte legítimo de la santidad en el Islam. Más allá de las contradicciones del logos y del entendimiento, hace acceder a una verdad que irradia sobre el ser para sacarlo de sus incertidumbres, reuniendo sus pedazos esparcidos y haciéndole encontrar su unidad original. Un agua pura ofrecida a cada uno según el grado de su sed. Queda al buscador acompañar con su corazón al maestro que ya ha hecho el camino. Método común a los grandes hombres de nuestra espiritualidad, los casi mudos como Abû Ya´za, y los prolijos como Ibn `Arabi. Los discípulos en Marruecos y en otros lugares de este hombre irrigado por los Nombres de majestad y belleza ven en él un par de estos.

Es ya un hecho histórico. En su proximidad, se vuelve normal creer en el santo que os hace acordaos de Dios, pues tiene esta aura envolvente y este "poder" que el mismo asimila a una "quimioterapia" dulce a la cual es preciso exponerse para recibir sus efectos.

Sus particularidades son desconcertantes. Es la familiaridad misma cuando conversa con los agricultores "fellahs" sobre la recogida de mandarinas o alcachofas. Y aunque sus discípulos cuentan sus virtudes espirituales (milagros) (karâmât) por centenar, su adagio particular es esta fórmula heredada de los grandes maestros ortodoxos: "la rectitud es la mayor virtud (milagro) que se pueda atribuir a un hombre de Dios". Un santo verdadero no está verdaderamente vivo sino cuando está muerto... ¡muerto a su yo! ¡Rivalice el que pueda!

* Zakia Zouanat. Investigadora en el Institut des Etudes Africaines, en Rabat. Es antropóloga y especialista en el sufismo. Trabaja particularmente sobre la herencia sufi de Marruecos y su influencia. Ha publicado; Ibn Mashish, maître d´al- Shadili. Najah El Jadida, Casablanca, 1998, y la tradución y presentación de Shaykh al-Dabbâgh, Paroles d´or, Kitab al Ibrîz, Le Relie, 2001. En el siguiente artículo nos habla del maestro espiritual más celebrado del Marruecos actual.
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