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Para empezar de cero

02/05/2003 - Autor: Seyyed az-Zahirí - Fuente: Webislam
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Semilla
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Y Él es quien hace la noche como vestidura para vosotros, y vuestro sueño descanso, y hace que cada nuevo día sea una resurrección.

Y Él es quien envía los vientos como anuncio de Su gracia inminente; y así, también, hacemos caer del cielo agua pura, para vivificar con ella la tierra muerta, y dar de beber a muchos seres de Nuestra creación, animales y hombres.

Qur’án, Sura 25, al-Furqán, aleyas 47-49

Existe en el hombre y la mujer una potencialidad para la creación, para aumentar vida en la vida. Una capacidad asombrosa de hacer y tejer hilos de seda, de dar a la seda una forma y convertir al cuerpo en mariposa, creadora de hilos, creadora. Una capacidad orgánica de crecer haciendo, de recibir el agua de la vida. Renacer viendo el horizonte, a partir de una señal que el cuerpo vivifica. Una organicidad del hombre que sabe a mar, de la mujer que sabe a tierra. Potencia deseosa que sabe a luz mojada, exploración de lo diverso en la mirada, en cinco dedos y una sola mano. Existe un ciclo, existe una golosa apariencia que cada día empieza, una constante renovación de lo visible. Convocatoria en torno a una taza de café, en torno a la ronda creativa de los sentidos en su laberinto.

De lo uno a lo otro hay un campo de sueños, una travesía de hormigas que cruza lentamente. De lo uno a lo otro se cierran y abren caminos. Se esconden secretos, sentidos y labios. De lo uno a lo otro lo uno y lo otro se enfrentan, se miran, se tocan, se besan, se rabian, se abruman con tanta caricia. Se miden las cosas con una paciencia de grito. Todo está bien, todo tiene su tiempo y el ritmo es decisivo. Es la buena manera de estar enlazado, de arder con el día que pasa. Manera de ser y de estar, pertenecer al mundo que decide. Decide el estar en un sitio, en el lugar cualsea que trasiega, que existe y se da a la sustancia que está en su costumbre. En esa reunión siempre se escapa el ogro, se esfera lo sabido y nos deja cerrados en una mansa máscara. Frente a la perfección sellada están los otros, los buenos amigos y la buena mesa. Es un regalo del cielo, la reunión de espíritus acordes, de buenos vecinos, de la existencia al ser creada. Oh el sol en una taza de café.

Pero existe también un aroma de día perdido, una substancia trastocada, sin voz ni voto ni una sola sombra. Frente a la perfección de la caricia dada y recibida, existe un firmamento incuestionable, una cadencia que reconoce del mal la paradoja. Existe una sed que no se toca, una tiniebla que la luz recoge, un sol estallando en medio de la noche. Existen modos que no sé su nombre, cisternas llenas de voces inconexas, caminos sin pisada. Existe todo eso en el hombre y la mujer, la potencialidad de abarcar más allá de la línea del horizonte, de convocar otro destino, de salir al encuentro de lo incondicionado. No es el delirio anterior a la sombra, esa necesidad de romperse, de separar las palabras de las cosas. No es tampoco el camino de la muerte, sino un rito de asombro a la deriva. Y sin embargo rompe estando quieto, se mueve y no se mueve. No rechaza la taza de café, no rechaza la buena compañía. Es un lugar sin lugar, un ojo sin mirada, pero que mira y mira, que viese viendo azul subiendo a rojo. Un subidón de niebla, una promesa que no puede saberse pero empuja. Es esa posibilidad que siempre se evapora, que está pendiente de un hilo de seda.

¿Hay que romper la línea causal, o es en la causa donde asoma la posibilidad más deseada? Es en la encrucijada del día con la noche, en el instante donde el hombre acaba y recomienza su círculo de vida. En cada intersección está el inicio, vivir intercediendo, en una encrucijada permanente, con siempre el horizonte llamando a la deriva, al más allá del más allá, al más allá de lo invisible. Habitar ese instante como respiración, como saber que difumina sus manos y se deja saber por otra cosa. Saber que se agazapa, que se deja querer por otra cosa. En la respiración sufrimos la metamorfosis, en cada amanecer late la criatura. La naturaleza más íntima de cada criatura es su capacidad de transformar el mundo por el eco de su nacimiento. Somos seres nacidos, nacidos para nacer a la conciencia de nuestro nacimiento. Es la línea maestra del deseo, la escritura automática del cero. Para nacer hay que mirar las cosas en vacío, separadas del ego que las tumba, que las sitúa sobre el plano.

¿Método? Hay que dejar escapar las oportunidades, dejar pasar al autobús, quedarse esperando que cruce una piragua. Hay que salirse de la típica encuesta, del típico perfume. Conversar a partir de lo incondicionado, combinar las cosas sobre el plano en una disposición inesperada. No es escapar del tiempo y del espacio, Dios nos libre de esos esoterismos. Es activar la potencialidad absoluta que late y se asemeja, la potencialidad no nuestra, que es nuestra porque somos Suya, la potencialidad sin sombra, sin límite ni modo de ser asimilada. Ese presente eterno alcanza a la mirada, que nos sale al encuentro, retadora. Esa potencia habita en cualquier pliegue, es un vacío en la pared. Habita en los rincones, en las capacidades olvidadas. En el mirar perdido, que ya no sabe a donde se dirige. En la ausencia de intenciones de un gesto, de una palabra imprevisible. Ese pliegue o rizoma deja cruzar la línea, separar linderos, acotar terrenos, mostrar el otro lado. Es un hueco de luz o un agujero, un espacio de sombra que sonríe. En ese tiempo muerto surge la imagen, la imagen que no se sabe imagen, que imagina. Es una posibilidad que se muestra en una oscura noche inesperada, o es un descuido de lo que nos tiene prisioneros, un resquicio de luz en lo sabido. Allí cae la lluvia y vivifica. La lluvia necesita de ese hueco, de ese resquicio en la mirada. Para la resurrección el no saber nos vale, lo desconocido de nosotros mismos, el mensajero que viene y va del mundo a la potencia.

El hombre contiene la semilla, la semilla lo contiene. La contención de la semilla es la respiración pausada, que se ha dejado poseer por el tiempo y el espacio, por el aquí y ahora. Contenerse es tenerse contenido, es habitar en la potencia. El hombre asimila el espacio como contemplación o campo de batalla. Es el hacer desnudo donde habita la ternura, la potencia del niño que ha nacido, pero se sabe siendo. Es el desnudo campo de batalla. El hombre asimila ese campo como una proyección del logos circundante. Ese logos es el límite y el límite es la puerta. Abrir la puerta es saborear la concurrencia de los mundos, la encrucijada de los mares. Abrir la puerta es ver de nuevo el mundo, las nuevas posibilidades vitales, los horizontes que se abren. Es la contemplación de la acción en la batalla.

No se trata, repetimos, de escapar del tiempo y el espacio, de volver a cruzar la noche oscura. Esa noche pasó y nos dejó su juego. Es aplicar el juego como parte del mundo deseoso, del horizonte de nuestras construcciones cotidianas. Hacer y crecer al mismo tiempo, dar a la resistencia una promesa, un suspiro de gloria y un instante a la pura mirada abarcadora de todo lo posible. Iniciar las cosas siempre desde cero, desde ese imaginario que puebla y que despuebla, que se arrebata y vuelve con luz inesperada, con un nuevo proyecto para la Palabra. Abrir las puertas de la más intensa fiesta creadora, la que ha de compartirse en torno a una taza de café. Ya se abrieron los cauces de una individualidad para lo colectivo. Desde la soledad invertebrada, hacia el cuantitativo deleite que rodea, que nos envuelve como mundo que ha de nacer y nace.

Dar al hacer morada, acontecer como acontece el día, como un organismo que teje su traje de seda. Alcanzar el instante donde recomenzar nuestra aventura. Recordar el principio del mundo al ser creado, donde pasamos de la potencia al acto, del ser a la semilla. Alcanzar el instante de veras, como nuestra eterna morada, en el aquí y en el ahora. Es estar siempre abiertos a todos los posibles, es no avanzar hacia una estrella fija, es recorrer toda distancia como amiga que se abre a la promesa.

Desde aquí, desde este ahora, desde el alegre minuto en que la vida se decantó hacia el cáliz de agua viva. Desde el mismismo instante de parirte, oh madre mía, recibo una promesa de búsqueda y trasiego, recibo una alegría de niño que respira.

¿Método? No olvidar nunca que todos los trasiegos contienen un secreto, que a lo mejor una cosa era por otra cosa, que vamos por caminos conocidos hacia extrañas metas. No olvidar que ese comienzo existe, que nada te ata más que a la alegría de nacer y crear en este ahora. Estar atentos a las sutiles revelaciones, a los sentidos paralelos, a las cosas que pasan sin que nadie las suceda. Estar atentos a los colores, a lo que dicen los semáforos. En medio de la historia, en pleno centro de la ciudad, los habitantes del desierto sueñan su sed incontestada. Estamos vivos, estamos en el aire. Así sí, así se puede. Así es continuar sin dar a torcer lo más precioso. Nacer y nacer en un día acotado por dos noches, sin olvidar que el sueño es parte de la profecía.

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