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España, Andalucía, la guerra y los musulmanes

11/04/2003 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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manifestación ciudadana contra la guerra
Manifestación ciudadana contra la guerra

En las diferentes comunidades autónomas que conforman el estado español se están viviendo los momentos de más dura confrontación política entre los partidarios del gobierno y los de la oposición. La ciudadanía se está manifestando masivamente en contra de la guerra, mientras el gobierno se debate entre las medidas represivas y el intento de frenar la clara pérdida de apoyo popular ante su postura favorable a la intervención militar. En España se expresan diferentes sensibilidades políticas con respecto al islam y los musulmanes. En las comunidades autónomas donde gobierna la izquierda socialdemócrata, como es el caso de Andalucía, se está iniciando un proceso de desarrollo y normalización constitucional con respecto al islam como forma de vida y a los musulmanes como ciudadanos, no sólo de pleno derecho, sino como valedores de la pluralidad que ha de tener toda sociedad realmente democrática.

España está viviendo tal vez una de las situaciones internas más tensas de su andadura como estado democrático. Desde la intentona de golpe de estado de 1981 no habíamos presentido los ciudadanos y ciudadanas de este país un riesgo tan claro de involución política y de regresión social.

El Partido Popular era un proyecto de partido democrático de centro-derecha cuando llegó al poder hace seis años. No tenía antecedentes democráticos inmediatos, y se disponía a ensayar precisamente una forma de gobierno de la que no tenía más referencias políticas propias que las de la dictadura y las de la primera transición. Ahora, ese proyecto político nos muestra precisamente las fórmulas de gobierno de la derecha autoritaria, la censura informativa, el fortalecimiento policial y militar, el rostro fantasmal del más rancio autoritarismo, el desprecio hacia el clamor de la mayoría. Los españoles hemos tenido ocasión de comprobar cómo esta derecha, que se presentaba como civilizada y democrática, ha vulnerado una vez tras otra los límites de la equidad. Hemos visto cómo su arrogancia y beligerancia han hecho que la negociación trabajosamente construida entre la nueva administración democrática y los pueblos que componen la España de las Autonomías, se haya convertido en una confrontación que en algunos casos roza el conflicto civil, como en el País Vasco.

Las manifestaciones masivas en toda España en contra de la guerra son una expresión clara y rotunda de una mayoría ciudadana que no se siente bien representada por un gobierno y un partido que propugnan la rapiña, el genocidio y el choque de civilizaciones. Los españoles y españolas nos damos cuenta del riesgo y la contradicción que supone vivir en una democracia en la que se vulneran los derechos constitucionales. Constatamos que, en la práctica, estamos sufriendo una especie de golpe de estado, una suspensión y filtración del derecho a la información, una justificación de la represión a la ciudadanía, una vulneración de nuestro contrato político fundamental, una estafa política.

El pueblo, más del noventa por ciento de la población según las encuestas, no cree a su gobierno, no puede creerlo porque su discurso es como el de sus señores americanos, indigerible, una farsa burda y mal construida. También porque están expresando una clara y arrogante soberbia, cualidad que no es muy bien vista aquí por la mayoría.

En la calle y en las sedes del Partido Popular, sus militantes y seguidores son abucheados y denunciados. Más de ciento cincuenta sedes del Partido Popular han sido objeto de actos vandálicos entre exageradas y violentas medidas represivas. Se suceden los abandonos, sobre todo en Andalucía. Por su parte, la socialdemocracia, la izquierda ecopacifista y los sindicatos construyen un discurso que se legitima en favor de la paz y la sensatez. La temperatura del Parlamento ha subido muchos grados desde que comenzó la guerra. La tensión ha alcanzado cotas importantes como el requerimiento que ha hecho al Rey un parlamentario vasco, urgiéndole a pronunciarse sobre la situación real de nuestro país con relación al conflicto de Irak.

Pero no hemos de extrañarnos por una situación así. Muchos musulmanes españoles hemos tenido ocasión de constatar y sufrir este talante autoritario durante muchos años. No nos coge de sorpresa, porque incluso algunos hemos llegado a sentir el viejo espíritu de reconquista en las actitudes de nuestros administradores públicos.

La derecha española tiene poca o ninguna tradición democrática. Le cuesta asumir de hecho la pluralidad, el derecho de los que nos son como ellos. En lo que al pluralismo social y político se refiere han dado reiteradas muestras de intransigencia, tanto en lo que se refiere a las comunidades históricas españolas como en lo que atañe al tema de la inmigración. Los sucesos de El Ejido en Almería, entre el debate de la Ley de Extranjería, hace dos años, mostraron el rostro intransigente de un gobierno que no sabe cómo resolver de manera sensata y ponderada los problemas que hoy se le plantean a nuestra sociedad y, en general, a todas las sociedades y culturas que hoy se encuentran ‘sufriendo’ la globalización.

Con relación a los musulmanes, la política del Partido Popular está ampliamente mediatizada por el integrismo católico que representan los ministros vinculados al Opus Dei. En esta mentalidad los musulmanes aparecemos como enemigos o, al menos, como extraños, incluso aquellos conversos que somos tan españoles como ellos. No pueden evitar revivir su espíritu de cruzada, porque tienen la misma estrecha mentalidad de sus mentores. El mismo o parecido talante exclusivo han mostrado con las diferentes confesiones religiosas españolas.

La libertad religiosa, amparada por la Constitución de 1978, y convertida más tarde en Ley, no existe hoy en España más que sobre el papel. En la práctica, los diferentes gobiernos del Partido Popular no han desarrollado en nuestro país ninguna política tendente a abordar con seriedad y buena voluntad este aspecto básico de nuestro proyecto constitucional y democrático.

La igualdad que la Constitución Española propone no existe en lo que atañe a las conciencias. En la práctica, ser musulmán no es lo mismo que ser católico. Y no sólo por la imagen que se construye sobre los musulmanes en los medios de comunicación, sino porque, desde el Estado, desde donde debería impulsarse la construcción de una sociedad libre y plural, se ha venido realizando una política divisoria y obstruccionista, reactiva e incluso beligerante.

Cierto es que la confesión mayoritaria de España es el catolicismo, pero que sea mayoritaria no le da derecho a construir un estado diferente al que propugna la Constitución, no le legitima como opción exclusiva. El Estado se define como laico, y esa laicidad es la que no han sabido construir ninguno de nuestros gobernantes democráticos. Es un problema que esta ahí y que habrá que resolver, porque las democracias se consolidan en sociedades participativas y plurales, no en la autocracia y la exclusión. Y una autocracia es lo que parece ser ahora nuestro estado aunque vivamos, en teoría, en una democracia que garantiza nuestros derechos como seres iguales. El incumplimiento reiterado de los acuerdos con los musulmanes, sus planteamientos siempre desiguales, y sobre todo, su total falta de apoyo económico e institucional, han sido la expresión más evidente de la ideología y del alineamiento político de la derecha española con las tesis angloamericanas más radicales que propugnan el choque de civilizaciones. Una ideología de cruzada que tiene en nuestro país más que sobrados y horribles antecedentes, una mentalidad que muchos ya creíamos enterrada para siempre, superada por la reconciliación de las Españas.

El estado gasta anualmente miles de millones de euros en sufragar la estructura católica mientras que al resto de las confesiones —reconocidas ‘de notorio arraigo’ y en plano de igualdad legal con la mayoría católica— ni siquiera dedica su atención. Ni un solo céntimo ha salido de las arcas de este supuesto estado de derecho para atender a las necesidades organizativas de los musulmanes, ni a la infraestructura. Ni tan siquiera en un sentido humanitario. Nada de nada. Lo mismo ocurre con el resto de los no católicos, confesionales, agnósticos o ateos.

Ahora, cuando los cruzados del Fin de la Historia expresan su visión dura y monolítica, excluyente e irracional, cuando aparecen las viejas de gobernar mediante la censura informativa y la represión policial, la izquierda española comienza a darse cuenta de la importancia política que tiene el pluralismo religioso, en tanto es la expresión de uno de los derechos básicos que garantiza nuestra Constitución: el de la libertad de pensamiento y expresión, el de la libertad de creer o no creer. El desarrollo de la libertad de conciencia pasa por la igualdad de todas las confesiones y de sus individuos en sus relaciones con el estado, una igualdad que sólo puede ser vivida desde la laicidad, desde una posición de cálida neutralidad, de neutralidad comprensiva de la necesidad espiritual que tiene cualquier ser humano. Y eso no puede vivirse desde el integrismo, sea del signo que sea. Por esa razón el Partido Popular no puede ofrecer ninguna alternativa de futuro al estado plural, a la sociedad multiconfesional. Eso lo está comprendiendo bien la izquierda en lo que atañe a las confesiones religiosas existentes en nuestro país.

Y es precisamente ahora cuando la sociedad española está preparada para abordar el tema del pluralismo religioso, de la libertad de conciencia. La izquierda es ahora más consciente que nunca de esta necesidad. Prueba de ello es que, en las comunidades en las que gobierna, como es el caso de Andalucía, se están comenzando a impulsar proyectos que ayudan a desarrollar estas leyes básicas en un plano de igualdad y en un clima de reconocimiento. La Junta de Andalucía está colaborando con ONGs musulmanas en proyectos de desarrollo islámico, como la alimentación Halal, publicaciones, encuentros y proyectos de intercambio científico y cultural. Los dirigentes políticos andaluces están mostrando un talante abierto y dialogante, lúcido y comprensivo al mismo tiempo.

Estas actitudes son las que pueden enriquecer a nuestra Comunidad Autónoma, porque están favoreciendo la creación de una sociedad del reconocimiento, de la pluralidad. Y pueden constituirse en una referencia importante para el diseño de la sociedad española en general. Por esta razón los musulmanes andaluces nos sentimos hoy más cerca de nuestros gobernantes autónomos, y más lejos, si cabe de un gobierno central cuya política genocida está siendo contestada de forma abrumadora en todas las capitales andaluzas, porque los andaluces nos estamos expresando mayoritariamente en contra de una sinrazón y una barbarie que nos afecta profundamente.

En España, la derecha ha apostado por la visión angloamericana de la historia, anacrónica, neocolonialista y belicista, olvidando el compromiso real que tenemos con Europa, con el Mundo Árabe y con Latinoamérica. Por su parte, en Andalucía, la izquierda está descubriendo ahora las claves básicas de su proyecto político, las áreas en las que hay que trabajar para procurar una sociedad y un mercado un poco más justos, más iguales, está fortaleciendo los lazos económicos y culturales con el Magreb y Latinoamérica, dentro de la más firme y clara vocación europeísta. Y está siendo proclive al reconocimiento del islam como una opción legítima y digna de los ciudadanos. En este sentido la situación de los musulmanes andaluces es institucional y socialmente mejor que la de los musulmanes que viven en Comunidades Autónomas gobernadas por la derecha que representa el Partido Popular.

Los musulmanes andaluces y españoles sabemos que nuestras leyes nos garantizan el derecho a vivir como tales, pero pedimos ser tratados en un plano de igualdad, no sólo legal, sino social y económica, con nuestros conciudadanos. Pedimos, ni más ni menos, que se cumpla nuestra Constitución. Como musulmanes compartimos el proyecto de un estado democrático que nos permite practicar y vivir nuestro din, vivir de acuerdo a nuestras conciencias, pero queremos vivirlo con plenitud, aportando con ello vitalidad y riqueza a esta sociedad plural que queremos la mayoría.


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