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El cuento de las armas de Sadam

05/02/2003 - Autor: Ernesto Ekaizer - Fuente: El País
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Ernesto Ekaizer
Ernesto Ekaizer

Durante diez meses, un grupo de 1.200 expertos norteamericanos removieron Roma con Santiago a lo largo y ancho de Irak para hacer buena la promesa del presidente George W. Bush: la aparición de las armas químicas, biológicas y nucleares que poseía Sadam Husein. David Kay, partidario de la guerra y hombre de confianza del presidente Bush, trajo una noticia peor a Washington: Irak destruyó los remanentes de armamento tras la guerra de 1991 y nunca pudo fabricar nuevas armas. Síntomas de todo ello hubo en febrero de 2003. Pero Bush cerró los ojos. Al menos 14 personas —nueve civiles, dos policías iraquíes y tres soldados estadounidenses— murieron ayer en tres ataques de la resistencia en Mosul, Kirkuk y Bagdad.

SIBILOT. ¿Qué haces ahí?
GEORGES. Mis ensayos.
SIBILOT. ¿Qué ensayos?
GEORGES. Me miento a mí mismo.
SIBILOT. ¿A ti también?
GEORGES. A mí en primer lugar. Tengo demasiada inclinación por el cinismo: es indispensable que yo sea mi primer engañado.

Nekrassov. Jean-Paul Sartre.

"Casi todos nos hemos equivocado, y esto es lo inquietante", afirmó el pasado 28 de enero en el Senado de EE UU David Kay, el inspector jefe al que el presidente George W. Bush confió la tarea de encontrar las presuntas armas de destrucción masiva —químicas, biológicas y nucleares— ocultas en Irak. Kay reunía los mejores antecedentes posibles para obtener el encargo de la Administración Bush. Fue inspector de Naciones Unidas en Irak, trabajó para la CIA e apoyó calurosamente la guerra contra Irak.

Explicó Kay a los senadores, entre los cuales se contaban los demócratas Hillary Clinton y Edward Kennedy, que Sadam Husein destruyó sus viejos arsenales después de 1991 y que nunca recobró la capacidad para fabricar nuevas armas. Si en octubre de 2002, después de investigar varios meses sobre el terreno con un equipo de 1.200 expertos, Kay todavía mantenía esperanzas de hallar depósitos importantes, ahora, con el 85% del trabajo realizado en territorio iraquí, según informó al Senado, el ya ex inspector ha descartado la aparición de las armas con el argumento más contundente y demoledor de todos: simplemente no existieron.

Según explicó, él mismo y los servicios de espionaje fallaron al asegurar que Sadam Husein logró reconstruir sus arsenales. Para no repetir este tipo de experiencia, sugirió Kay promover una investigación independiente sobre los errores cometidos.

Con todo, el ahora ex inspector no apunta a la Casa Blanca, la cual, según Kay, no sólo no abusó de los servicios de información sino que fue una de sus víctimas. La pata, de acuerdo con esa línea de razonamiento, la habrían metido, pues, la CIA y los diversos organismos de espionaje militar.

La secuencia de los hechos, empero, parece avalar algunas de las afirmaciones vertidas por el senador Edward Kennedy, tras escuchar a Kay, quien se preguntaba si no parece más cierto que la Casa Blanca pudo manipular las informaciones disponibles y utilizar los servicios de inteligencia para un objetivo predeterminado: la guerra de Irak.

George W. Bush, Tony Blair, y José María Aznar promovieron desde las islas Azores (Portugal), el ultimátum de la guerra el 17 de marzo de 2003. El Consejo de Seguridad no se plegó a aprobar la invasión. La noche del 19 de marzo, Bush ordenó atacar para eliminar "las armas de asesinato masivo" de Sadam Husein.

Los inspectores de Naciones Unidas -a quienes ahora Kay atribuye el mérito de haber destruido los arsenales después de 1991- nunca aseguraron que Sadam Husein mantenía depósitos de armas prohibidas. Lo que sí afirmaban era que les faltaban pruebas sobre la destrucción efectiva de cantidades importantes de armas mortíferas en 1991.

Estos datos -que no afirmaciones- son los que instrumentalizaron en España el presidente del Gobierno, José María Aznar, y su entonces vicepresidente primero, Mariano Rajoy, para justificar la promoción de la guerra. El jefe del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), Jorge Dezcallar, no aportó confirmación alguna sobre las armas ni sobre las presuntas relaciones de los terroristas de Osama Bin Laden con Sadam Husein.

La precampaña de Estados Unidos contra Irak comenzó, como mínimo, a primeros de 2002. La CIA, tras conocer rumores e informes de segunda mano sobre un presunto intento de Sadam Husein de comprar uranio enriquecido en Níger (África), despachó hacia dicho país, en febrero de 2002, a un diplomático, Joseph Wilson, para investigar. Sadam Husein, de ser cierta la noticia, avanzaba a toda velocidad hacia la fabricación de armas nucleares. Wilson regresó y redactó un informe para la CIA y para el Departamento de Estado. Su conclusión: se trataba de un bulo. Todas sus entrevistas en Níger desmentían la información.

Por esas fechas, en la Semana Santa de 2002, Tony Blair visitó a Bush en Washington. Se llevó un informe de sus servicios de información en el que se ilustraba sobre la amenaza que suponían las armas de destrucción masiva de Irak.

En agosto de 2002, la Administración Bush comenzó a situar a Irak más cerca del punto de mira. En la primera quincena de septiembre el presidente Bush se dirigió a Naciones Unidas. Irak ya estaba sentenciada.

En Londres, el Gobierno de Tony Blair siguió recolectando información. El 24 de septiembre de 2002 -después de un minucioso intercambio de ideas entre el Comité de Inteligencia Conjunto, organismo que desde 1936 reúne a los jefes de los tres servicios de inteligencia británicos, y el Gobierno- quedó listo el documento titulado Las armas de destrucción masiva de Irak. La valoración del Gobierno británico, cuyas líneas había avanzado Blair a Bush en Semana Santa. El primer ministro británico, en un prólogo personal de dos páginas, explicaba que el trabajo era "en gran parte secreto" y expresaba que, siendo la publicación del mismo "un hecho sin precedentes", deseaba "compartir con el público británico las razones" por las cuales creía que este asunto suponía "una seria y actual amenaza al interés nacional del Reino Unido". Blair advertía de que los servicios de inteligencia habían "establecido fuera de duda" que Sadam había "continuado la producción de armas químicas y biológicas", que proseguía "sus esfuerzos para desarrollar armas nucleares" y que había sido "capaz de ampliar el alcance de su programa de misiles balísticos". Blair apostillaba: "También creo que Sadam hará todo lo posible para ocultar sus armas a los inspectores de la ONU... La política de contención no ha tenido resultados suficientes para impedir que Sadam desarrolle esas armas". El primer ministro enfatizaba: "El documento revela que la planificación militar de Sadam permite que algunas de las armas de destrucción masiva estén preparadas 45 minutos después de recibir la orden de usarlas".

El informe mencionaba, a su vez, entre sus conclusiones la historia de Níger. "Sadam Husein buscó cantidades significativas de uranio en África sin tener ningún programa nuclear civil que podría justificarlo", decía.

Pocos días más tarde, al otro lado del Atlántico, el asunto nuclear daba un paso más. Así, el 7 de octubre de 2002, Bush sostenía: "Irak intentó comprar tubos altamente concentrados en aluminio y otros equipos necesarios en las centrifugadoras a gas para enriquecer uranio y construir armas nucleares". Durante el mes de octubre, la CIA, en uno de sus documentos de evaluación -US National Intelligence Estimate-, apuntaba que "existían posibilidades de que incluso los iraquíes estuvieran usando cultivos de viruela", un arma biológica letal, y aventuraba que "probablemente ha desarrollado a través de ingeniería genética agentes de BW armas biológicas".

El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó, finalmente, el 14 de noviembre de 2002 la resolución 1.441, el gatillo de la intervención militar.

La presunta pista nuclear continuó su accidentado recorrido. El presidente Bush advirtió, el 28 de enero de 2003, al hablar sobre el estado de la Unión, que "el Gobierno británico ha sabido que Sadam Husein había buscado importantes cantidades de uranio en África". Bush lo dijo a pesar de que el enviado especial de la CIA a Níger, Joseph Wilson, había desmentido los datos.

El 3 de febrero, el Gobierno británico difundió un nuevo informe: Irak, su infraestructura de ocultación, engaño e intimidación, elaborado, según decía, "a partir de un número de fuentes, incluyendo material de inteligencia". Dos días más tarde, el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, expuso durante 90 minutos ante el Consejo de Seguridad de la ONU la gravedad de la situación. Fue el famoso 5 de febrero de 2003. Powell ya no era el hombre de la época anterior al 11 de septiembre de 2001. Acudía a vender la guerra. Elogió la solvencia del informe británico del 3 de febrero. Pero fue mucho más allá. Tras taparse con una cortina la reproducción del Guernica de Picasso que preside la sala, Powell hizo un despliegue de información. Detrás, le cubría las espaldas George Tenet, director de la CIA. "Cada afirmación, colegas míos, está basada en fuentes, sólidas fuentes. Éstas no son afirmaciones. Lo que les estamos ofreciendo son hechos y conclusiones sostenidos en un sólido trabajo de inteligencia", anticipó.

"Tenemos descripciones de primera mano de fábricas de armas químicas sobre ruedas y sobre carriles para evitar ser detectados por los inspectores", señaló. El montaje de la escena fue digno de una película. "Una sola gota de gas nervioso VX en la piel matará en minutos", y blandió con gesto grave un tubo de laboratorio que simulaba contener el mortífero gas. Hizo poner grabaciones entre presuntos oficiales iraquíes en árabe, con subtítulos en inglés, que al parecer querían ocultar armas a los inspectores de la ONU. La ministra española de Exteriores, Ana Palacio, no sólo le aplaudió, sino que defendió agresivamente sus argumentos ante los ministros incrédulos. La guinda la puso Powell: existían vínculos entre los terroristas de Bin Laden (Al Qaeda) y el régimen de Sadam.

La semana pasada, Powell, tras conocer el informe de David Kay sobre la inexistencia de depósitos de armas químicas y biológicas en Irak, dijo: "La pregunta sigue siendo cuántos depósitos tenían, si es que poseían alguno, y si tenían algo, adónde se ha ido. Y si no tenían nada, ¿por qué no se supo con anterioridad?". El 5 de febrero de 2003, el secretario de Estado norteamericano aseguró tener una respuesta "sólida" para esas incógnitas.

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