webislam

Miercoles 22 Noviembre 2017 | Al-Arbia 03 Rabi al-Auwal 1439
878 usuarios en linea | Español · English · عربي

WebIslam.com

» Artículos

?idt=1636

Amor a Al-lâh: el falso horizonte de la mística islámica

20/01/2003 - Autor: Abdelmumin Aya - Fuente: Webislam
  • 1me gusta o estoy de acuerdo
  • Compartir en meneame
  • Compartir en facebook
  • Descargar PDF
  • Imprimir
  • Envia a un amigo
  • Estadisticas de la publicación

Abdelmumin Aya
Abdelmumin Aya

A Abdennur Prado, Abderrahman Habsawi, Pablo Beneito, Jadiya Candela, Qamar bint Sufan, Yaratullâh Monturiol, y a todos mis hermanos y hermanas que hablan y enseñan sobre el amor a Allâh, sin acritud.

Tras una conferencia reciente sobre mística musulmana a unas monjas en Barcelona interesadas en un punto de vista ecuménico –de encuentro entre las distintas propuestas religiosas-, hubo dos preguntas interesantes. La primera que me hicieron surgió de una monjita muy anciana, que en voz baja me dijo: "Y la mente humana… ¿Lo resiste?". Ella había comprendido el Islam de golpe. Yo contesté a su pregunta que sí porque nuestra tarea era un desvelamiento progresivo, no una dinamitación en bloque de las mentiras; le dije que sólo se nos imponía la tarea de superar nuestras mentiras en la medida que pudiéramos hacerlo. La segunda de las preguntas fue la misma pero desde el punto de vista de la organizadora del encuentro, la más teóloga de los presentes, que me preguntó extrañada: "Pero, ustedes aman a Dios ¿no?". Me encantan las preguntas para las que no tengo respuesta porque me obligan a ser sincero y a saber más de mí mismo. Yo le contesté la verdad, que ese sentimiento aún no formaba parte de mi experiencia espiritual. Que yo había sufrido el faqr el ir "perdiendo cosas" por estar en el camino de Allâh, que había notado cómo progresivamente me iba estructurando el furqân la distinción entre realidad e irrealidad que se va logrando con los años en el camino de Allâh y que había llegado a paladear algo del uns sensación de hogar en ciertos lugares y momentos que sientes que estás expuesto a tu Señor. Sólo esto.

Ahora, en estas páginas quiero profundizar en una pregunta que se merecía algo más que esa escueta respuesta. Si en algún momento mis palabras adquirieran un filo cortante, quiero pedir disculpas de antemano, achacándoselo todo a mi intuición de que este concepto actúa a modo de nudo de nudos, que ahora me decido a cortar, y ojalá consiga de un solo tajo liberar todo lo que está conceptualmente atado, impidiéndonos dejarnos arrastrar a una gran holgura y facilidad en nuestra relación con el mundo, lo que en árabe se llama la recepción de la ni‘ma de Allâh.

1. El buscador como Signo de lo buscado

Siempre que comienzo a trabajar un nuevo maqam grado espiritual, me suceden cosas para enseñarme acerca de este maqam. Es cierto que luego siempre consolido lo intuido con un estudio de la familia léxica del término en cuestión y un rastreo en las guías de concordancias coránicas de los contextos en los que se da la palabra que estudio. Excepcionalmente, añado lecturas de sufíes que hayan hablado sobre ello, y la razón de dicha excepcionalidad es el aburrimiento tan terrible que estos textos me producen. "No soy una piedra", decía mi hermano Saleh Paladini -que es un íntimo de Allâh- en un encuentro de las Tres Culturas, "no me hagan más Arqueología del saber musulmán". Es cierto, y también que todo lo que hay que saber de los grados espirituales que nos llevan no sabemos a dónde puede aprenderse de la sola apertura a que suceda en nosotros lo que deba suceder. Este estar dispuesto a que tu vida se vea afectada por lo que quieres comprender es un acto tal de sinceridad en nuestra Vía que siempre tiene por respuesta la donación de ciertas dosis de sentido, al margen del árabe que sepamos o de los textos que hayamos conseguido leer.

Pues bien, cuando me dispuse a trabajar el concepto de amor a Allâh, me fueron pasando varias cosas que relacionaré directamente con el objeto de mi estudio:

Lo primero que me ocurrió fue nada; nada de nada. Nunca antes me había sucedido que no me sucediera nada. Cuando trabajé el miedo a Allâh fue yugulado de raíz un año de miedo a mis vecinos, cuando trabajé la intimidad con Allâh me sucedió una serie de dormiciones espontáneas en cualquier rincón de mi casa, cuando trabajé la Visión de Allâh me quedé prácticamente ciego durante un día, etc… pero ahora que trabajaba el Amor a Allâh no me sucedía absolutamente nada. La primera conclusión, si me tomaba en serio mi método de investigación tan poco académico, era que no había realidad alguna detrás de la experiencia de los que decían haber sentido amor a Allâh. En el mejor de los casos, la única realidad que lo respaldaba era la frustración, la nada en la biografía de alguien que acababa llevando sus ansias de satisfacción al infinito. Porque todos aquellos cuentos de la infancia que nos hablan de lograr todos nuestros anhelos fallaban en la medida que uno los tenía que sostener luego de adulto, así que van siendo sustituidos por Dios, el príncipe azul que nunca llegó, el que iba a matar a partir de ahora todos los dragones de nuestra cotidianidad. Y, básicamente, así acabaría siendo, de modo que definí a priori el amor a Dios como una pura invención cultural. Si bien, este vacío expresado en bellas metáforas, este peldaño invisible en la escala hacia la Presencia de Allâh (según dicen algunos que es la Vía), era capaz de una coloración que, aún no dándole consistencia como para que pisáramos firmemente en él, sí suponía un cambio en nuestras vidas.

Este cambio tiene que ver con lo segundo que me sucedió: Tras años de insatisfacción profunda con momentos puntuales de excepción, de un día para otro me fui encontrando con oportunidades de realización de mis necesidades menos convencionales, de lograr lo que me hacía feliz, y por ello sentirme completamente lleno, completamente a gusto en mi pellejo. El placer me asaltaba a cada paso, se me hacía el encontradizo y encontraba fórmulas desconocidas de pactar una alianza conmigo en lo que hasta hacía poco me había sido vedado. Sentía que yo lo tenía todo, absolutamente todo; y llegué incluso en mi ebriedad a hacer este du‘â demente una mañana: "Allâhumma, dame todo". Esta situación me sirvió para deducir que lo que llamamos "Amor a Allâh" es el modo que tenemos de sentir "el Amor de Allâh hacia nosotros", cuando éste nos colma más allá de nuestra medida de recibirlo. A qué nos referimos no podrá saberlo salvo aquel que nade en la sobreabundancia del placer de Allâh (en el na‘îm), aquel que haya encontrado lo que buscaba en todos los niveles –no sólo en el sexual, pero desde luego en el sexual- de su persona. La manera que nuestra cultura religiosa ha encontrado de decir "estoy que reboso" por parte del mu’min agradecido es "amo a Allâh", siempre que no nos refiramos a los que se fingen místicos, sino a aquellos en los que está ocurriendo un verdadero saboreo del Haqq. Aunque, de verdad, tengo para mí que el que dice "amo a Dios con pasión" no sabe qué está diciendo ni qué está amando. Porque Allâh no es un Ser Supremo, entelequia de la cual enamorarse, ni tenemos forma de amar si no es con nuestra materia lo material. Ahora es cuando niego el amor que carece de carne. En cuanto se revisa el concepto de Dios personal y queda superado, aparece vacío de sentido tanto hablar de "amor a Allâh" como de "amor de Allâh", y postergamos el entendimiento que hacemos de esta segunda expresión a una exposición sobre la rahma.

Por ahora teníamos bien poco de que alimentarnos espiritualmente en este maqam vacío, y por eso irritante. "Amo a Allâh" había resultado ser un modo cultural de expresar un sentimiento de plenitud tras una profunda frustración, un rasgo específico de la cosmovisión indoeuropea impensable en otras culturas (aborigen australiana, japonesa, azteca, etc) que no se debía presentar como esencia de la naturaleza humana universal: el culmen de la relación del hombre con Dios, como si la experiencia de lo sagrado más allá de nuestros parámetros culturales fuera tosca, incompleta, poco evolucionada. Frente a los que piensan que los pueblos en cuyas espiritualidades no se ha dado el amor a la divinidad tienen algo que envidiarnos, alzo ahora mi voz engreída e insoportable para muchos de mis hermanos.

Seguían pasando los días con sólo una nada y esas grandes dosis de un placer en el que sobreabundaba, extrañado sin embargo por la inconsistencia del maqam que investigaba, y súbitamente sentí la necesidad de ir al Corán. La idea en principio seguía siendo buscar en el Libro referencias respecto al amor a Allâh, es decir, el motivo era hacer un rastreo de fuentes y no ninguna afección espiritual específica del maqam que investigaba. Pero yo nunca antes me había aferrado de tal forma a la lectura del Corán. Pasaron las semanas y no dejaba de leer el Corán, así que comprendí que esto fue lo tercero que me estaba sucediendo. La pasión por el Libro de Allâh podía ser defendida frente a los "locos enamorados de Allâh" como un modo cuerdo de amarLe. Pero la verdad es que, salvo esa debilidad afectiva -racionalmente inexplicable- por un Libro que era un cúmulo de amenazas y maldiciones, no se despertó en mi ningún otro sentimiento ni remotamente identificable al amor a un Ser Supremo, de belleza, bondad y perfección absoluta. La verdad es que, por no sentir ningún sentimiento de amor a mi Creador, no me sentí un musulmán abominable, heterodoxo o perdido, toda vez que nunca dejé mis cinco salawât y que estaba siendo bastante honesto en mi investigación, pues en el Corán apenas encontré alusión alguna respecto de amar a Allâh 1. Además, negar la posibilidad del hombre de amar a Allâh no es la primera vez que se hace en el pensamiento islámico; los mutaçila ya lo hicieron con contundencia. Todo ello me hizo consolidarme en mis certezas anteriores: la mística del Islam había sido reinventada en algún momento de su Historia, pues el Corán era –es- un Libro espeluznante y lo que había que hacer no era disfrazar su rostro terrible sino desvelar el Signo que suponía esa fuerza insobornable e imposible de edulcorar de la palabra de Allâh amenazando a los hombres (y a los ÿinnes).

Arrinconé los libros de los sufíes empapados de "mística nupcial" y dejé de ir a escuchar a los que se dicen maestros de Gnosis Islámica –de tasawwuf- vendiendo el Islam en conferencias y charlas como una mística de amor a Allâh, porque he comprendido que todo este discurso era lo más atractivo que hasta ahora habíamos sabido encontrar en nuestro dîn para que la gente se acercara a él, siendo la otra opción el abominable wahabismo, beatuconería aburrida y neurótica inventada para que el Islam no pueda expandirse ni siquiera en tierra islámica. El caso es que me consideraba objeto de una mentira que había durado tanto como el tiempo que yo llevaba en el Islam. Si bien la mayoría de los que me engañaron lo hicieron a su vez engañados por lo que se escribe que alguien oyó que alguien dijo. Pero el Corán está ahí delante; con errores y aciertos en su traducción pero en nuestro idioma, gritando, como dice la Biblia acerca de la Verdad: "¡Aquí estoy!". Quince años oyendo citar textos de amor a Allâh de sufíes, de Ibn ‘Arabî y de Rumi, del "Tratado del Amor" de las Iluminaciones de la Meca y del Masnavi –"el Corán en persa", llegan a decir- fantasías que no tenían apoyatura en el Corán. Una vez vistas las cosas, hay que decirlas con sencillez: lo más precioso del Sufismo se basa en ideas generadas en la literatura judía de la Torá que aplica por vez primera el amor profano a Yahweh, separándose así tanto como pueda imaginarse de la estricta Revelación de Muhammad que ha llegado a nosotros con forma de Corán. Quedará para materia de un futuro trabajo el rastreo de cómo ha llegado a presentarse como propio de la espiritualidad musulmana todo esto del amor a Allâh porque ha sido un trasiego con muchas peripecias, pero vayan por adelantado mis excusas a Asín Palacios que siempre dijo que el Sufismo de Ibn ‘Arabî era un "Islam cristianizado". Ahora lo importante es quedarnos con el mundo de Muhammad y buscar su experiencia de las cosas, una experiencia que –nunca nos cupo duda- tenía que haber sido de un alto voltaje espiritual, pero de signo radicalmente diferente al que había llegado a nosotros.

Hubiera deseado que me hubiera sucedido un repentino y arrebatador amor por el Profeta, para mostrar cómo amar el vino que nunca se ha probado acaba siendo amar la copa que contuvo el vino, pero esto no me sucedió. Quizá mi respeto por la figura del Profeta –anterior al trabajo de este maqam- me impedía los excéntricos exhibicionismos de amor al Profeta de los sufíes en sus hadras, que no me parecen sino una forma económica de drogadicción espiritual. La ternura que despierta en mi el Profeta no me lleva al arrebato de amor sino al agradecimiento y a pretender el estrechamiento del vínculo que a él me une como shafi’i aquello de la realidad con lo que he de emparejarme para hacerme capaz de Allâh.

Lo cuarto que me sucedió antes de pasar a ningún otro estado espiritual fue la reconciliación con los musulmanes que tenían un entendimiento sencillo de Allâh, como los que piensan que Allâh es un Rey en su Trono y que un día después de morir tendrán decenas de esposas en un Jardín por donde fluye un vino que no emborracha. Comprendí que no podían cortarse amarras con todo lo que habíamos sido para poder de verdad llevarlo todo con nosotros en nuestro doloroso agigantamiento. Es fácil llegar a ser un iluminado considerándose parte de una élite, un individuo elegido para y por el amor de Allâh; lo difícil es iluminarse cuando tú eres todo y ese todo es de una espesura evidente, un todo que contiene tales dosis de miseria que crees que no vas a poder alzar el vuelo sin librarte de ello. Y quizá no puedas hacerlo, tal vez no puedas ni abrir los párpados cuando sepas dónde estás, pero es infame cortar los vínculos con lo que nos ha hecho lo que somos. No somos sin los demás, porque lo de fuera es lo de dentro y eres el resultado de un proceso que te ha sido ajeno, de modo que te haces consciente de que perteneces a quienes te odian.

En este momento estamos en disposición de comprender el mensaje de ‘Isa (a.s.) de que "amar a Dios es amar al prójimo". No "es como", ni "es sustituible por", ni "se manifiesta en", no. Amar a Dios, si es algo, es amar a todo aquello que nos rodea, personas y cosas. La única posibilidad no fingida de amor a Allâh es el amor al mundo. Sabemos que uno de los Nombres de Allâh (Rahîm) está semánticamente relacionado con "el vínculo que une todo lo existente" (rahim). Y sabemos por el hadiz qudsi que nos ha sido transmitido que el que une el rahim se une con el Rahîm, y el que lo rompe, rompe con Él. Por eso dice el Corán que uno de los Signos de Allâh para los hombres que reflexionan es que "ha puesto amor y ternura entre vosotros" (30:21).

Sé perfectamente lo heterodoxo del método de ponerme en las manos de Allâh y dejar que escriba en mí algo nuevo para averiguar lo específico del maqam que quiero desentrañar. Pero, también en este caso, la aparente deslabazón de las cuatro cosas que me sucedieron tenían una incuestionable lógica interna, un hilo conductor: había pasado de la frustración de un mes en el que no me ocurría nada a un estallido de contentamiento en todos los órdenes de mi vida; este placer de vivir me llevaba luego al Corán quizá para darme la fórmula de encauzar lo infinito; y el Corán me insertaba en la comunidad, en el grupo humano, en la sociedad que vino a construir el Libro. Por tanto, no ha sido tan demente el viaje ni tan absurdo el experimento; la enseñanza tampoco ha sido del todo mala: abandonar los discursos místicos de moda en nuestros días, tener como "mi gente" a partir de ahora a los musulmanes de a pie (que no entienden las extravagancias de los sufíes), y quedar abocado a la obediencia de todo lo revelado por Allâh con la precaución a la hora de actuar del que no quiere apartarse del orden del universo.

Fue así como supe que tenía que seguir avanzando, dejar atrás el maqam, no de hecho, que soy un pobre mumin que no va a ninguna parte, sino con mi corazón, como el que sueña y no es su sueño, permitiéndole sin embargo su sueño ir tan lejos como pueda para aprender algo que le sea útil cuando despierte y vuelva a ser el hombre mediocre que de verdad es.

Mi primer enfado porque el maqam del amor a Allâh era falso se disipó. Ciertamente, yo no había podido pisar el peldaño del amor a Allâh, tan inconsistente a pesar de su apariencia como la negritud de la noche, pero yo sé que otros hicieron morada en esa inconsistencia y descansaron en el sueño de estar amando a un Dios. Afirmo que es falso que un hombre pueda amar a Allâh, pero no es mentira que exista en nuestro camino la ilusión de estar sintiéndolo. Lo cierto es que tanto el que pisa el maqam del amor a Allâh creyendo en él como yo que no puedo pisarlo, ambos, teníamos que ascender al siguiente escalón: el temor a Allâh el jauf, la hashia, la taqua, sólo que yo tenía que hacer el doble de esfuerzo. Al menos, mi actitud me parecía más coherente: al fin y al cabo, llegamos al maqam del amor a Allâh desde el maqam del abandono en Él tawakkul, desde el no imponer nuestras condiciones a la realidad y dejarnos hacer por lo que nos sucedía. El que no haya horizonte de consuelo amoroso es la culminación de esa actitud de entrega –que no es entrega amorosa- sin calcular los efectos de la entrega.

2. Metodología académica de investigación

"¿Nada especial que te ocurriera? ¿Una gran sensación de placer? ¿Repentinas ganas de leer el Corán? ¿Dejar de fastidiar a musulmanes sencillos que son musulmanes desde hace más tiempo y mejores que tú?", se preguntan despreciativos los que no me quieren bien, "¿Qué clase de método es éste para echar por tierra miles de textos de cientos de íntimos de Allâh que han fundado tariqas sufíes desde Marruecos hasta Irán, pasando por Al-Andalus y Turquía?".

Lo comprendo. Comprendo la indignación. Pero he prometido no irritarme más con los que no estén de acuerdo conmigo. Así que voy ahora –sin perder la compostura- a emplear el método correcto para demostrar que puede y debe hacerse sobre esta cuestión una investigación seria.

De bien poco servirá el estudio -otras veces tan útil- de la raíz léxica del término de que se trata, esta vez H-B-B: "Amor" en árabe es "amor" en castellano, sea que el araboparlante quiera referirse a Allâh, a una persona, a un asunto o a una cosa. En esta ocasión, no siendo nuestro interés re-traducir una palabra al castellano, ya que no nos parecía que se hubiera traducido cristianizada o helenizada, no había mucho que deducir de la reducción del término al sentido matriz de su familia léxica. Os doy lo que encontré por si alguien le encuentra más utilidad de la que para mí tuvo: de la familia de "amor" (hubb), aparte de los significados relacionados con dicho sentimiento, son las palabras árabes correspondientes a: recipiente en el que se deposita el agua turbia para volverla limpia (habb), semilla (habb; en persa: hebba), hueso (habb), objetivo (habâb), pupila (habba), centro (en por ejemplo la expresión habbat al qalb: ‘centro del corazón’), burbuja (v.gr. habâb ma‘: burbuja de agua’). De haber una propuesta clara en el Corán a establecer un sentimiento como el del amor hacia Allâh sería posible profundizar en la modalidad semita de relación con esa Divinidad; así tendríamos una relación que tuviera la delicadeza de la burbuja, la esencialidad del centro y la centralidad de la pupila, la fecundidad de la semilla, la consistencia última del hueso y la capacidad de transformarnos de lo que vuelve limpio lo turbio… Pero no la hay…

Vamos al Corán. Y no usamos esta vez los utilísimos libros de concordancias coránicas –en ed. Gredos y mucho mejor en las versiones árabes- por esquivar sinónimos y giros literarios que ocultasen nuestro objeto; vamos a releer el Corán entero una vez más. Es la tercera lectura completa del Corán que hago en mi vida. Leyendo el Corán me di cuenta de que mi primera intuición tenía fundamento: el Corán no es una invitación al amor a Allâh sino al respeto del orden creado por Él. El que niegue lo que estoy diciendo es que apenas ha abierto el Corán o que tiene una venda en los ojos. A éstos, les propongo una prueba y dudo que fracase a la primera: abran el Corán por donde quieran, elijan la página de la derecha o de la izquierda y comiencen a leer en voz alta hasta llegar a una amenaza y entonces os sumís en el silencio; seguro que no conseguís leer unas líneas 2. Y es que nuestro Libro –al que paradójicamente llamamos en árabe "El Corán Generoso"- contiene miles de amenazas contra los inicuos y los criminales, pero apenas ninguna alusión al amor a Allâh. No hay en todo el Libro algo parecido a un sentimiento hacia Allâh, al modo en que actualmente entendemos esta palabra, es decir, ternura, cariño, añoranza. Nada parecido a un verso de Rumi o de Rabi‘a, de Dûl-Nûn o de al-Farîd. No hay en el Corán nada que apunte a la piedad individual de un hombre que ansía con toda su alma el encuentro con Allâh y un Dios que lo espera3, que se hace el huidizo en la noche oscura del hombre, que finalmente se deja encontrar, que llena a su elegido por completo en el éxtasis, que lo hace su íntimo a partir de entonces con una relación de tú-a-tú propia de los que se aman, de los que se aman con locura. Ni un solo versículo en que apoyar firmemente todo este mundo de sentimientos, que no digo que no tenga su más honda raíz en la poesía profana que se hiciera entre los semitas (y prueba de ello es la existencia de la poesía udrí) 4, lo que digo es que no es coránica una interpretación romántica del hecho místico que se proyecta hacia la Divinidad pretendiendo que ésta pueda ser objeto de nuestra ansia amorosa y –lo que es peor- que nosotros podamos hacernos el receptáculo de su correspondencia infinita. Y si lo es, quiero una aya que lo demuestre.

En las tres ocasiones que se habla en el Corán de amar a Allâh (3:31, 2:165, 5:54) no se personaliza ese amor en un individuo sino en un pueblo. Frente a la arrogante posibilidad de la mística fraguada en occidente de que un hombre ame a Dios, está el retorno al sabor semita de lo revelado cuando se nos dice en el Corán que todos los hombres somos uno solo, que fuimos creados como uno y resucitaremos como uno; por eso sólo un pueblo puede establecer una relación con su Creador. No es posible desde el punto de vista del pueblo que recibió el Corán un amor individual a Dios.

Veamos estas tres alusiones en todo el Corán, no exentas -por cierto- del tono amenazante del resto del Libro. Tres ayats, las tres reveladas en la parte final del Corán revelada en Medina. Tres alusiones en las que quien quiera que pueda leer inocentemente se dará cuenta que "amar a Allâh" significa "obedecer a Allâh y al Mensajero", como se dice expresamente a renglón seguido en una de las citas. Pese a quien le pese, en el Corán, el amor a Allâh no es un sentimiento de cariño sino un modo positivo y vital del temor a Allâh… Acabemos, pues, con el mundo del sentimiento y el sentimentalismo del creyente. Allâh sólo inspiraba en el hombre que recibió el Corán fidelidad y obediencia:

"Y entre los hombres hay algunos que toman para sí objetos de culto distintos de Allâh, amándolos como deberían amar a Allâh. Pero los que se confían a Allâh son más fuertes en amor por Allâh (que ellos). Y si los que se sumen en las tinieblas de sus errores pudieran contemplar el momento en que verán el castigo…" (2:165)

"Diles: Si amáis a Allâh, seguidme; Allâh os amará y ocultará vuestros errores. Y Allâh es el más indulgente, el Rahîm. Diles: Obedeced a Allâh y al Mensajero; pero si vuelven la espalda…" (3: 31-2)

"Oh, vosotros, los que confiáis en Allâh, quienes de vosotros nieguen (luego) su senda, Allâh traerá pronto a un pueblo al que Él amará y que le amará a Él, y será amable y humilde con los que se le confíen, pero duro y firme con los que oculten la Verdad" (5:54)

Que toda la mística islámica del amor a Allâh se base en estas tres aleyas, preciosas pero de carácter distinto a la interpretación que ha cimentado el Sufismo que ha llegado a nosotros, me parece algo realmente patético. Me parece como si se pensase que el Islam no tiene nada original que dar al mundo excepto traducir lo que dilucidaron los griegos en forma de kalam o repetir lo que dijeron al mundo los judíos sobre el amor a Yahweh (David, Isaías…) y luego asumieron como propio los cristianos orientales, llegando desde ahí al Sufismo. El Islam -si bien acepta todos los mensajes anteriores- tiene un modo específico de mística que no debe ser minimizado por todo aquel que quiera conocer cuál es el sello de las Revelaciones. Para oír hablar de amor a Allâh no era necesaria una nueva Revelación, espero que mis hermanos se den cuenta el día que tengan a bien leer la Torá. Y tiene cierta lógica todo esto: El Islam vino a los hombres como una forma de perfeccionamiento de los caracteres (para una mayor mayor adaptación a la realidad) y como una forma de actuación sobre el mundo encaminada a establecer una sociedad justa; ni un objetivo ni otro de los mencionados necesita para nada del amor a Allâh. El Islam -para cumplir sus fines- sólo precisa que el hombre se someta a la realidad que no puede cambiar y que haga el yihâd para cambiar aquello de la realidad que le parezca injusto. El amor a Dios se lo dejaremos a los curas y a las monjas, que verdaderamente lo necesitan para vivir.

Vamos ya a la desesperada en nuestro método académico a los Nombres de Allâh. Si los que defienden el amor a Allâh tuvieran razón, deberíamos encontrar en el Corán "al-Habib" (el Amado). Lástima que no lo encontremos, pues todas mis palabras se descompondrían entonces como si estuvieran en mal estado. Este Nombre -"al-Habib"- nos ha llegado por la tradición, pero no aparece en el Corán. En el Libro encontramos, Al-Wadûd; no es tan definitivo, pero algo es algo. Alude a la capacidad de Allâh de sentir cariño por su Creación. Esto no tiene nada que ver. El amor de Allâh a lo creado puede ser entendido de un modo más sencillo o más sutil, pero ahí está, en forma de rahma (en forma de mundo) y en nuestras vidas con el modo de la ni‘ma, de aquello que nos refuerza y ayuda a fluir por la existencia. Nadie ha negado hasta ahora el amor que Allâh nos tenga sino el que podemos tenerle nosotros. La razón de que no haya ningún Nombre de Allâh que sea al-Habib es bien simple para los que saben algo de ‘aqîda. Si éste fuera un Nombre de Allâh y en el uso de nuestra libertad no hubiera un solo hombre en toda la Creación en un momento dado que amase a Allâh, la Creación entera reventaría en pedazos. Porque los Nombres son la manifestación que no puede dejarse de dar en acto. Bueno, sea como sea, lo cierto es que al-Habib no aparece en el Corán.

Seguimos adelante con nuestro método serio de investigación y llegamos a que "¿Cómo podría no ser posible amar a Allâh si el mismo Profeta era habibul-lâh?", nos dicen. En primer lugar, habibul-lâh no significa "el que ama a Allâh" sino "el amado de Allâh", extremo que no estoy negando en ningún momento, y en segundo lugar ya hemos dicho que no aparece dicho calificativo en el Corán ni aplicado al Profeta ni a ningún otro Mensajero anterior 5.

El rastreo entre los hadices es también parte del método serio de una investigación, aunque ya se sabe que el hadiz es como la selva. Ahí hay de todo, y sólo Dios sabe cómo ha brotado cada cosa. El contexto y la intención del Profeta en cada uno de ellos es el rasgo casi imposible de capturar en el hadiz. De todas formas, a grandes rasgos, pueden dibujar, al menos los trazos de una ausencia o una presencia en las preocupaciones del Profeta porque su comunidad comprendiera la importancia de algo. En el caso que nos ocupa, es significativa la falta de hadices sobre el amor a Allâh. De momento, no puedo saber hasta qué punto no existe ninguno. La lectura del Muwatta y del Riad Salihin al menos nos arroja un hadiz que apoya la postura contraria a la que mantenemos: "Condiciones del que encontrará la dulzura del îmân: Que Allâh y su Mensajero sean para él más queridos que ningún otro" (Riad, 1379). En este hadiz, el único que alguien ha conseguido citarnos, ni siquiera aparece exento el amor a Allâh del amor al Profeta, como si más que lo que nosotros entendemos por "amor" se estuviera hablando de "lealtad" al Profeta y a su Mensaje. No tengo la fórmula matemática que demuestre que no existe algo que muchos dicen ver. Uno explotará un hadiz y el otro verá en el Corán lo que quiera ver, porque el Corán es un espejo y cada uno leyéndolo se ve a sí mismo6. Ver en exceso es otra forma de ceguera, y el que necesite estar ciego, va a seguir ciego, diga yo lo que diga con los argumentos que mis peores enemigos quieran que lo haga, pero este tema es como aquél del Rey que estaba desnudo y -nadie salvo un niño- se atrevía a decirlo. Abran el Corán al azar y luego abran a Rumi, abran el Corán y abran a Dûl-Nûn, abran el Corán y luego a al-Farîd, y así, hasta que caiga el velo, y vean al Rey con toda la belleza de la desnudez.

Éste que os he contado fue el proceso que seguí para llegar a la conclusión de que nosotros –los musulmanes- tenemos que hacer un esfuerzo por someternos al Corán y no a nuestro capricho ni a nuestras necesidades, y llegué a la conclusión de que sobre el horizonte de la realidad algunos místicos han pintado un horizonte como si estuviésemos haciendo una película de bajo presupuesto, y por cierto que el espíritu humano no estará sometido eternamente a este telón de fondo que hemos ideado. Quizá tengan que pasar quinientos o mil años, no lo sé, pero cuando la posibilidad de amar a Dios sea una idea ridícula entre las gentes de todas las religiones y las que son capaces de mística sin religión, ahí seguirá nuestro Corán con sus miles de invitaciones al sometimiento a la realidad con atención a cómo es el mundo. El horizonte de la espiritualidad musulmana es el sometimiento a la realidad; éste y no ningún otro es el signo en el que profundizar.

Voy a pedir, por ello, a los muminîn que traten de superar la idea de que a Allâh puede amárselo y voy a pedirles que sustituyan esa idea por la sensación directa de todo aquello con lo que se encuentren. Porque cuando no te quieres someter a la realidad que de verdad existe y te la inventas, creas irrealidad, creas Shaytân, rompes el rahîm con alguien o con algo, aunque ignores de qué se trata aquello con lo que te distancias. Al contrario, con tu sometimiento a la realidad creas realidad, construyes tu mundo y realizas a Allâh. "El timo del amor a Allâh" –permítaseme hablar así- es que se te canjea sentimiento por realidad; es una sustitución perfecta del impacto de la realidad por el sentimiento de la realidad.

3. Los místicos del amor a Dios: verdades y mentiras

Que hayamos arreciado nuestros golpes contra la fantasía del maqam del amor a Allâh, no quiere decir que no sospechemos por qué mecanismos opera y cuál es la razón que lo origina. En todos aquellos que no fingen este maqam, ni juegan con él a ser superiores a los demás creyentes, la ilusión de estar amando a Allâh es una sensación tan real que funciona a modo de rahma de Allâh para todo aquel que está en su camino con sinceridad. Después de este maqam viene lo que ya conocemos bien, el desierto, el miedo a los días de sol y a las noches de alimañas. Pero es más dulce encontrarse con que todo había sido un espejismo de oasis con la impresión de haber bebido, que haberlo sabido demasiado pronto y no haber tenido el más mínimo consuelo. Así y todo, éste segundo es nuestro camino. No venimos al Islam a buscar consuelo sino a buscar desierto y a construir nosotros si somos capaces un Jardín en él, sed, agua, pero siempre miedo al desorden porque nuestro mundo necesita –como el mundo en que se movió Muhammad- contenerse dentro de los límites de lo correcto.

San Juan de la Cruz, al-Hallaÿ, David… no fueron unos farsantes. Si me das la experiencia de Dûl-Nûn, me vale; si me traes lo que de verdad sintió Santa Teresa, lo acepto, porque sin duda fueron vivencias construidas sobre elementos de una intuición brutal de la realidad, si bien creo que fueron manipuladas por la propia conciencia del místico y por su entorno cultural. El problema no está en la experiencia en sí misma sino en que esa experiencia del paladeo de algo de haqq se les ha solidificado en la sangre, como si dijéramos, ha cristalizado en el interior de sus mentes, impidiendo la fluidez de Allâh todavía más que el ritualismo del beato7 y acaba en una forma similar de arteriosclerosis espiritual. No puedo soportar lo que se solidifica. Con mi posicionamiento no quiero destruir la experiencia, sino la conceptualización de la experiencia. Y tan infantil es el discurso del pacto con Dios como el del amor a Él. El lenguaje del amor a Allâh es -una vez más- no enfrentarse a la experiencia directa; es diferirla. Por eso, tal y como nos llega, esa experiencia del místico de verdad es inviable para reconducir a nadie a la realidad (ni siquiera al que la ha tenido). Fue lo que fue mientras duró, y luego actúa a modo de obstáculo que debe ser superado. El propio camino genera sus obstáculos a partir de sus sucesos placenteros. La mente después de ese "paladeo" se queda atrapada en ello, lo busca para que vuelva a repetirse, intensifica neuróticamente lo que percibe por ver si es lo esperado, plantea de la repetición de dicha experiencia un fin de su vida y deja de portarse con naturalidad. Tiene, además, mientras así se comporta, un sentimiento de privilegiado buscando algo que el hombre corriente no puede comprender. Este sentimiento de pertener a una élite le sirve para aguantar la burla de este hombre sencillo que no duda que el místico va separándose de la vida tras una quimera más absurda aún que el poder o el dinero.

¿Qué tengo contra los que hablan de amar a Allâh? Simplemente, he constatado que es una idea peligrosa, porque el que ama a Allâh cree no tener que someterse a las vulgares pautas sociales de los que no saben de este sentimiento con mayúsculas, porque él experimenta lo que los mediocres cadies, muftis, alfaquíes y vecinos suyos no experimentan. El que ama a Allâh acaba siendo elitista, narcisista y clasista, porque el místico es el que se arroga frente al mundo la capacidad de hablar del Amor, porque lo que el místico ama en el mejor de los casos de Allâh es el Rabb que le hace ser8 y porque con este distintivo de amar a Allâh uno marca diferencias con el mumin normal que no sabe de qué está hablando esta clase extraña de mumin. Puedo probar que se da entre los sufíes este clasismo: El mismísimo shaij al-Alawî se refería a que había una "‘aqîda de niños" y otra "‘aqîda de adultos"; el adulto –claro está- era el sufi. Shaij al-Alawî no era una excepción: todos los maestros sufíes han prohibido a sus discípulos hablar a los musulmanes sencillos de la calle de los secretos de la tarîqa. Prefiero estar en una Senda en la que quien quiera que vaya sembrando el escándalo por sus opiniones sobre Allâh pueda recibir la burla, la agresividad o la muerte a manos de sus hermanos (como al-Hallaÿ) que estar en una religión que mantiene con total descaro una división entre los iluminados y los adocenados, los preparados y los no preparados, los listos y los tontos. Elitismo, narcisismo, clasismo, y el peligro siempre del quietismo: El que ama a Dios ya cree haber cumplido con su deber de hombre o mujer; ya se considera "a salvo": no tiene que hacer nada más que "sentir que sigue sintiendo". Cree que algo está pasando en él; pero no está ocurriendo nada, si no hace nada. La inacción no es Islam, y lo que te debe llevar a actuar no son tus sentimientos sino tus tripas. El abandono del hermoso lenguaje del cuerpo marca el principio del fin de la separación de ti mismo9. El paso del lenguaje orgánico a uno disociado entre lo emotivo y lo abstracto te priva de tu fisiología, de tu propia cercanía, de los profetas que tienes en tu cuerpo.

¿Por qué me irritan los que hablan del Islam con un lenguaje dulzón? Porque creo honestamente que no debe venderse nuestro proceso de Islam en el mercado de lo espiritual. El Islam no es ninguna ganga: es duro, nunca sabes lo que te espera, son continuos los enfrentamientos entre hermanos, Allâh no te habla ni tú le hablas, ni puedes amarle ni puedes comprenderlo… Os confieso ahora que yo antes cuando hablaba a la gente también "vendía Islam": lo hacía para conseguir shahadas. Ignoro por qué en un momento de mi biografía "espiritual" me separé de la venta del producto "Islam", e incluso llegué a disuadir a la gente de entrar en él sin un entendimiento correcto del yihâd que les exigiría. Ahora me enferman los nuevos curas del Islam vestidos de sufíes que hablan de lo que nunca experimentaron en primera persona, sólo porque han estudiado a Rumi o a Ibn ‘Arabî. Así es como el Islam pasa a formar parte del Mercado. Igual que creamos electrodomésticos creamos espiritualidades de diseño, y la habilidad de hacerlo es grande, para mal de todos nosotros que ya no sabemos reconocer la apariencia de lo auténtico, como no sabemos la forma imperfecta que tienen las frutas que no han sido maduradas en cámaras frigoríficas.

¿Qué me interesa en este sentido de la experiencia del Profeta del Islam? Me interesa que él no pudo modificar conceptualmente lo que había sentido, porque le faltaba un entorno de civilización diestro en domeñar la experiencia extática y porque al mismo "soporte-Muhammad de la Revelación" le faltaba cultura para manipularla consciente o inconscientemente. He ahí la importancia que se ha dado siempre a la ignorancia de Muhammad: el Profeta ummí, cuya revelación es madre de una umma universal. Y he aquí la importancia que doy al hecho de que fuese una Revelación llegada a un pueblo disperso que apenas conocía la vida ciudadana y la literatura escrita. Ni Muhammad ni los que le rodeaban estaban dotados de elementos para disfrazar la experiencia que había tenido lugar. Y es lamentable que en su nombre hayamos transformado una cuestión física como es el amor en una cuestión metafísica. No deja de tener su punto de humor escuchar a los teóricos sufíes diciendo que "el Islam es la vida" y que luego pongan en su centro algo que –siendo generosos- resulta tan excepcionalmente experimentable que el sentirlo te hace pasar directamente a la historia de la mística. Si el Islam es la vida, si la Revelación es nuestra experiencia del mundo, y si la mejor ‘ibâda es cualquier gesto de tu cotidianidad… ¿por qué luego recurrimos como culminación del proceso de Islam a algo tan inusual, tan remoto y peculiar en la experiencia universal del género humano como el amor a Dios que nos ha llegado a través de anécdotas y textos de gentes excéntricas que sentían y hacían cosas extrañas?10

Lo único válido para mí es la experiencia del que la tuvo, y afirmo que ésta no puede ser de amor porque Allâh no es objeto posible de amor. De hecho, el amor no puede crear un objeto. La objetualización del amor niega la experiencia del amor. Al igual que la finalidad en el amor acaba con él; el verdadero amor crea lo que no sabe y no te obedece en tus objetivos. El discurso del místico nos encierra en una determinada experiencia del amor, que normalmente es literatura, teología o fantasía. Por eso, no me valen ni la conceptualización que ellos mismos hicieron de su experiencia, ni mucho menos me sirve para nada esa baba que va de boca en boca de lo que ellos paladearon. Como no nos aporta nada un beso dado a alguien que besó a alguien que a su vez besó a quien nosotros amamos. La experiencia o es directa o es mentira; y para mentiras, prefiero las del Sistema, que están mejor fabricadas. Nosotros seríamos farsantes si nos enamoramos de la dulzura del corazón de Rumi diciendo amar a Allâh; estaríamos en el juego de la mentira si repetimos versos de otros, jugando al amor de lo más grande para que nadie dude de que somos unos verdaderos aristócratas del amor. De hecho, constatamos que tras el amor a Dios se han parapetado todos aquellos que necesitaban un ídolo más sutil que el Dios-Rey. Ambos son ídolos, modos provisionales de comprensión de Allâh, pozo sin fondo de lo auténtico. Pero si no me nutro de lo auténtico, qué más me da tomar drogas de diseño que versos de libros, el cerdo o el alcohol no son más perniciosos que lo que no he vivido y finjo. Verdaderamente, como dijo ‘Isa, sólo la verdad nos hará libre.

Esto por una parte. Pero, por otra, el que la experiencia de estos hombres que escribieron lo que creyeron sentir nos sea imposible, y el que consideremos que no es una buena propuesta de futuro para las necesidades del género humano a partir de ahora, no invalida la experiencia en sí misma de los que evidentemente sintieron algo, lo identificaran con lo que lo identificaran. Así que vamos ahora a tratar de comprender dicha experiencia:

Es posible que el místico del amor a Dios no sepa qué le ocurre, y sólo sea consciente de que una necesidad infinita se ha despertado en él. Los que saben de esto nos dicen que "amo a Allâh" es un modo de expresar que algo se ha activado en uno mismo, pero lo que se ha activado es el propio Allâh realizándose a través de ti. De modo que "tu" amor por Allâh es un amor de Allâh por cumplirse. Nos dicen que el amor a Allâh no es ningún sentimiento concreto como sí lo es el amor a una madre o a un hijo. Tras tu idea de estar amando a Allâh está tu perplejidad por el camino espiritual que te está obligando a dejarlo todo, "como un enamorado", sin calcular, sin razones de peso para hacerlo, y emprender un proceso en el que te ves involucrado hasta un punto como sólo antes habías conocido por causa de amor.

Pero puede que todo esto sea verdad y que yo sea un ignorante racionalista porque niego lo que no he sentido. Es posible que Allâh sea esa misma necesidad infinita que siente el hombre, necesidad de ver cumplido todo lo humano. Si es así, esa necesidad no debe ser tranquilizada sino realizada. Si el hombre no es una criatura sino que cada uno de ellos contiene el universo completo11, la ausencia interior del hombre es Allâh yendo hacia sí mismo.

Yo sólo podría respetar que se nos hablara de Allâh como un vórtice que nos atrae hacia sí (y a esta fuerza de atracción como "amor") si se me garantizase que ese amor pudiera ser tan fiel y arraigado que ni aún el cambio del objeto amado le hiciera perder el norte. Es decir, si se me asegura que podemos ir derribando todas las imágenes mentales que nos hacemos de nuestro Amor sin que nuestro camino vaya a detenerse ante los restos destrozados de ninguna de ellas (Rey, Padre, Amigo, Creador, etc). En otras palabras, sólo admitiría un amor a Allâh si se me reconoce que no sabemos ni sabremos nunca qué es Allâh, porque entonces nuestro amor a Él es sólo arraigo en la existencia, esfuerzo por ahondar en ella y no amoríos con un ente etéreo que justifican nuestro arrobo quietista, nuestra contemplación inoperante. Si Allâh es algo, no lo amo ni lo amaré nunca; si es una nada, no hago otra cosa que amarlo en cada gesto de mi vida, porque Allâh es nada para que todo exista. Cuando las revelaciones nos dicen que Dios es "Amor" no es para informarnos de lo que Él es, sino para decirnos de qué no sabemos absolutamente nada. El Amor no es algo que establezca el vínculo entre sí mismo y ninguna clase de realidad distante de sí; pues no la hay. En todo caso nos acercamos a una intuición de lo que sea el Amor cuando sospechamos que es eso que crea las condiciones de la imposibilidad de su identidad.12 La identidad es idolatría; por eso Allâh no la tiene. Y si Allâh es una nada, el amor a Él no podría ser más que una nada y nada es lo único que debe escribirse sobre una nada.

Hay un verso de un autor judío que resume la cuestión que nos ocupa de la verdad y la mentira del amor a Allâh a su esencia última. Dice así:

Si Dios es Luz ¿cómo puede amársele?

Y si todo es Luz, ¿cómo puede no amársele?

En esta línea, quiero copiar el comentario que a una aya del Corán hace Abdennur Prado:

"¿No los ves (a los poetas) como vagan confusos por todos los valles...?"
(sura 26, Ax-xa’arâ’u, aya 225)

Según lo interpreto, esto quiere decir: el poeta, enamorado de su propia sombra, vaga confuso porque no comprende que todo amor tiene a Al-lâh como último objetivo. Esta interpretación nace de mi experiencia, es más una vivencia que una interpretación basada en la razón. Yo mismo proyectaba una sombra, la sombra de la amada imaginaria, esa "paloma revoloteante", según ibn Hazm, "tiene que morir autoaniquilada". Esa paloma o amante imaginaria es una proyección de nuestro anhelo. Su muerte es la que nos abre el camino del mundo compartido: el amor ya no es una proyección narcisista, superamos el solipsismo del deseo mediante la experiencia de la vaciedad de nuestro anhelo. Nuestro anhelo es vacío porque ha dejado de ser nuestro. En realidad la fuerza que nos mueve es anterior a nuestra propia vida. Hay que morir para comprender esto. Todo amor es, en realidad, amor a Al-lâh, y esto vale para el amor en todos sus niveles: desde el simple deseo sexual a la pasión o locura amorosa, tanto al sentimiento de hermandad como al amor a la creación y a la belleza.

El amor a Al-lâh no conduce a la muerte sino a aumentar vida en la vida, es una intensificación de la existencia en la medida en que somos capaces de orientar todos nuestros anhelos hacia la misma fuente de todo lo existente.

Si el amor a Allâh es a lo que se refiere en su texto este maestro de nuestros días que nunca ha hablado sobre el amor a Allâh (hasta que yo le he forzado a hacerlo con el borrador a mi escrito), entonces acepto este amor. Tal como él lo plantea, "todo amor es, en realidad, amor a Allâh"; en este punto yo estaría de acuerdo. Y ya lo decía Ibn Arabî: "Todos aman a Allâh, pero no saben qué es lo que aman". El problema comienza cuando se presenta la experiencia mística como horizonte de espiritualidad, como un objetivo añadido a la vida y a veces sustituyéndola, y no como la constatación de lo que efectivamente sucede o ha sucedido en nosotros en la medida que tenga lugar. Me rebelo ante una espiritualidad materia de lecturas y no constatación de asombros cotidianos. De asombros que a nadie asombran salvo a ti; esto es importante saberlo. La palabra del que dice lo que se espera de él carece de valor; y el "yo" del que dice querer disolverlo en un magma de amor carece de fuerza. Cuando los místicos dicen que aspiran a la disolución de su "yo" en el Amado mienten o se mienten. Nadie que haya sentido alguna vez amor puede hablar con seriedad si dice que su amor no lo enrraiza a la existencia. Ningún suicida es un amante correspondido porque el amor sirve precisamente para que te asientes en la existencia. Cuando yo hablo de que debemos llegar a "ser nadie" hablo de la vida que haces posible con tu negación; cuando un místico enamorado de Dios dice que aspira a ser nadie en su Amor, sabe en el fondo que está haciendo de su propia negación su afirmación, porque ¿quién más sólido e incuestionable que alguien que ama a Allâh y es correspondido por él? "Yo amo a Dios" es la respuesta más contundente de una conciencia que no quiere ahogarse en el océano de Allâh. Los términos de la relación y la relación misma en esta respuesta de la conciencia están meridianamente claros. Lo que hay son tres elementos: "Dios" de un lado (nuestra imaginación suprema de lo perfecto), el "yo" del otro lado (soporte absoluto de mi experiencia del mundo y beneficiario primario de la misma), y, entre ellos, "el amor" (el sentimiento más fuerte y universal que existe, después del miedo). En el juego que se pone en marcha entre estos tres elementos se obtiene un gran placer pero a cambio se produce un detritus contaminante de la vida espiritual, y no nos referimos a que el "yo" salga reforzado (que al fin y al cabo es lo propio en la vivencia del camino de vuelta a Allâh)13, sino a que en el trasiego "Allâh" sale vergonzosamente individuado.

4. Necesidad de destruir la cultura, cosificación de la experiencia

Yo no digo que no haya en toda experiencia mística –sea de supuesto amor a Allâh, de disolución en el Todo o de cualquier otro signo- un reducto último de saboreo de la realidad (haqq); lo que afirmo es que esas experiencias tenían como destino el haber superado la cultura –el establecimiento de moldes de comportamiento ante lo sagrado- y sin embargo han sido reutilizadas para reforzar la cultura. Lo lamentable, lo desesperanzador es que nuestra cultura haya llegado a verse suspendida en el vacío, al-hamdulil-lâh a punto de irse al precipicio, y esté siendo sostenida por un hilo que es justamente aquello que vino a cuestionar radicalmente toda cultura: la experiencia directa de las cosas que ha sido transformada en Amor a Dios para "salvar" a la cultura.

Nuestra cultura debe ser destruida y -para hacerlo- acabar con el amor a Dios era un requisito elemental, ya que es la base del cono invertido que sostiene la mística occidental, que es a su vez el fundamento en que se apoya nuestra interpretación religiosa del mundo, responsable última de nuestro comportamiento en él y en la Historia. Si no desmontas la mística, no puedes desmontar la religión; y si no desmontas la religión, no puedes desmontar la cultura. El amor a Allâh es el culmen de un proceso de destrucción de realidad que la conciencia opera a través de la cultura para no entregarse al vértigo del "todo-ya-ahora" y montar así las estructuras materiales de la vida distante de Allâh para que la nuestra sea una vida profanada (más que profana).

Efectivamente, deseamos que todo este estudio, finalmente, contribuya a destruir nuestra cultura. Incluso en el caso de una cultura que no hubiera crecido de espaldas al placer de vivir, el hombre tendría la obligación de destruirla. Toda cultura es una segunda naturaleza fabricada por los miedos y los intereses de los hombres. El hombre, el ser indefenso, el ser de la pregunta, la encarnación de la pregunta, inicia un proceso de creación de una realidad cultural sobreañadida a la realidad. Ésta es su primera tabla de salvación –la cultura- que le permite asentarse en un territorio estable, controlable frente al vértigo de lo que encierra como criatura. Por eso, cualquier tema del que queramos hablar en serio exige previamente la voladura de las categorías culturales que atenazan una expresión original de lo que está ocurriendo en nosotros. El hombre en su Historia intuyó erróneamente que sin cultura podría llegar a destruirse por miedo a su propia conciencia, por el peso de su propia pregunta. Pero, por más que lo pretendamos, la cultura no puede fabricar al hombre, sino establecer el marco que hay que romper para ser humano. La cultura es necesaria para que sea posible la deconstrucción de la cultura que nos hace auténticamente humanos, es decir, animales de imposible satisfacción.

Lo que hay que cuestionarse no es el papel que hacemos dentro del Sistema, si algún día llegaremos a ser Ibn ‘Arabî o Ariel Sharon, no, lo que hay que cuestionarse es el Sistema mismo. Y, para ello, hay que quebrar la espina dorsal de la cultura, una cultura basada en la religión, porque lo que nos interesa no es refutar la teología de los wahabitas ni la del Opus Dei sino la del Fondo Monetario Internacional. ¿Es posible que estemos tan ciegos? ¿Es posible que los musulmanes hayamos entrado en el juego de si tal versión o tal otra de nuestra ‘aqîda es más sutil, más hermosa, cuando lo que tenemos que hacer es no dejar que nos falsifiquen nuestro mundo con palabras e ideas de segunda mano? La principal diferencia que hay entre los trogloditas del espíritu y los que aspiran a sumergirse en el mundo con cortesía no es que aquéllos respalden la lapidación (que ya es grave el asunto); la diferencia es que cuando exponen su experiencia en el dîn no hablan de las condiciones de la existencia sino de cualquier otro tipo de objetivo superpuesto a la vida. En el fondo, no nos hemos creído que el Islam es la vida, y seguimos hablando de él como de una doctrina… ¿Tiene este artículo "errores de bulto" como dice el maestro Abdennur? ¿No se me dará, entonces, el nihil obstat de Webislam? ¿No seré publicado, leído, admirado, comprendido, querido? Al-hamdulil-lâh. No estoy en venta: mi palabra es la de un hombre libre, y si no tengo quien me escuche les hablaré a los malâ’ika de mi casa.

5. Y el Amor de Dios a las criaturas, ¿también es falso?

Me encantaría poder destruir la polaridad. Poder afirmar que en la realidad lo único que está sucediendo es el Amor, sin sujeto ni objeto. Decir que igual que no podemos amar a Allâh, Allâh no nos ama, pero soy perro viejo y sé que esta afirmación activaría los artificios de trampero de los que esgrimen el Corán como un libro de ortodoxia14. La culpa sería mía por estar mezclando dos planos del discurso: el del Uno en cuyo seno sólo sucede el Amor, y el de la multiplicidad para la cual hay una dirección de algo que va hacia algo (Allâh ama al hombre) y una fantasía de correspondencia en el sentido inverso.

Así que me contentaré con reafirmarme en que el hombre no puede amar a Allâh, y traducir al árabe como mejor pueda la posibilidad real de ser amados por nuestro Creador. Lo idóneo sería que no usáramos el término "amor" hasta tener muy claro que no estamos confundiéndonos con las palabras. Porque yo sé que la rahma de Allâh a veces destruye, y no dicen los que saben del corazón que ése sea ninguno de los efectos del amor; como tampoco es posible el amor que no es sentido por un alguien, y Allâh no es un "alguien", ni un alien, Allâh es el suceder de las cosas.

No hablaré, por tanto, del "amor" de Allâh; hablaré de la rahma, y comenzaré diciendo que la primera comprensión que tenemos de ésta es como verdadera naturaleza del mundo. En una explicación pedagógica de mi comprensión metafísica de la realidad, diría que en torno a la dzât la Nada de Allâh se van formando las diferentes capas de lo real. La primera de ellas es la rahma. La rahma es la estructura íntima del ser del mundo, su última fibra, su armazón elemental. Si quitas la capa de cebolla que es la rahma, ya sólo tienes nada, pero Nada-de-Allâh, es decir, Nada capaz de articular existencia a su alrededor. Sería arriesgado echar mano del concepto "amor", que tenemos en cuarentena hasta la hora de las conclusiones, pero si no nos quedase otro modo de hacernos entender definiríamos la rahma como "el sustrato último del amor de Allâh que no es percibido por nosotros como tal sino como cosa": insecto, estrella, barro, musgo… No es casualidad que en la expresión árabe- "cosa" (shai’) y "querer" (shâ’a) sean palabras de la misma raíz. La cosa es voluntad de Allâh, querer de Allâh que ocupa un espacio y sucede en un tiempo. La rahma es el querer de Allâh cuando no hay todavía un sujeto de ese querer; es un verbo sin sujeto… ¿Puede esto entenderlo la razón que se guía por las reglas de la lógica occidental?

Hemos dicho que todo lo creado es el resultado de la rahma de Allah todo es marhûm. Por eso uno de los Nombres de Allâh (en realidad, uno de los componentes de esa acción sin sujeto que hemos dicho que es lo sagrado) es rahmân, que no es en árabe como algunos piensan un nombre propio sino un adjetivo. De la misma familia, y normalmente vinculado a él, rahîm, también un adjetivo pero –a diferencia del anterior- usado tanto para personas como para Allâh. Es decir, que alguien puede ser rahîm15, pero nadie –excepto Allâh- puede ser rahmân. La razón está en que la intensidad de acción que se precisa para ser rahmân exige una interioridad al mundo que te es ajena como criatura concreta, mientras que lo que es rahîm lo es precisamente por su carácter de vincular cosas concretas desde su modo concreto de estar en la existencia. La rahma es lo que crea las condiciones de posibilidad de la existencia, mientras que el rahim es nuestra capacidad de expandir su rahma.

Para una traducción correcta del término rahma, así como de ambos nombres de Allâh, ar-rahmani ar-rahîm, huyendo de la clásica versión "El Misericordioso-El Compasivo", acudiremos una vez más a la familia léxica R-H-M, y buscaremos su núcleo semántico que en este caso gira alrededor de la palabra "útero, matriz" (arhâm, rahim). La rahma es la capacidad matriz de Allâh –fecundidad creadora de vida- por la que todo lo creado tiene entre sí un vínculo de parentesco. Ser rahîm con alguien, darle hospitalidad, por ejemplo, implica establecer un vínculo con él, mostrar que existe de hecho un vínculo entre él y tú, como la que hay entre los que son familia. De hecho André Chouraqui traduce ar-rahmani ar-rahîm « matricial, matriciante », inventando un neologismo antes que caer en un tópico cristianizante extraño al mundo semita al que -como judío- él pertenece: misericordioso miser-cordis (corazón-pobre), compasivo sin-pathos (padecer-con).

Por la rahma existe la realidad, y por el rahîm los seres del mundo tienen relaciones que hacen posible su existencia. Aún nos faltan niveles de realidad para asumir las manifestaciones que tradicionalmente han venido siendo atribuidas al "amor de Dios" (El más importante de ellos, tras la rahma, sería la ni‘ma de Allâh como aquello que Allâh te da para reforzar las condiciones de tu existencia, para hacer más suave y holgado tu paso por la tierra16). Aunque todo esto se sale ya del campo de estudio que nos habíamos propuesto en esta ocasión.

Es casi todo cuanto tengo que decir de momento. Si hay quien concluye que este tema ha sido estéril, un enfrentamiento contra un fantasma de nuestra mente, he de darle finalmente la razón, aunque ese fantasma tiene muchos libros en el mercado de lo espiritual y muchas bocas que le hacen coro, pero no deja de ser un olograma del miedo del hombre a vivir sin más. El amor a Allâh no ha sido semilla de nada (habb) porque no era amor de nada (hubb). "Amar" es amar el mundo, amar las cosas y a las criaturas, y "Amar a Allâh" sólo tres palabras.

Tuve sin embargo la dicha de recibir un último regalo antes de cerrar el capítulo de este maqam inexistente, premio a mi yihâd contra las falsas palabras, y fue que se me "abrió el pecho" (sharh) y dejé de ver lo malo de mis hermanos, tal como describe el shaij Shuyâ’ ad-Dîn Kirmânî:

El hombre con el sadr abierto puede ser reconocido por tres señales:

confía en todos, ve exclusivamente el bien en la gente,

e intenta excusar a todo el mundo

Notas:
1 Más adelante se detallan las alusiones en concreto que pueden hallarse en nuestro Libro.
2 El mismo Muhammad se da cuenta de este carácter fuerte del Corán, y así se transmite en uno de sus hadices: "Lee el Qr’an mientras te reprima. Si no te reprime, no lo estás leyendo".
3 El único encuentro del que se habla en el Corán no es precisamente de signo dulce; es la wâqi‘a, la Hora, el Acontecimiento en que nos encontramos con Allâh, y es un momento terrible.
4 En el caso de que los árabes no hubieran conocido el sentimiento de amor romántico tal como luego nos llegó en la poesía trovadoresca y de ahí al mundo entero, podríamos comprender que el amor a Allâh al dulce estilo de Rumi brille en el Corán por su ausencia. Pero, justamente, el amor apasionado era un tópico de la poesía semita coetánea y anterior a la Revelación (vid. tb. Cantar de los Cantares), y por ello es todavía más significativa la ausencia del mismo en el Libro Sagrado.
5 Además de las concordancias coránicas, puede verse en Verde Islam, nº 13, el artículo de Mikel Epalza sobre los Nombres del Profeta.
6 El Corán es un espejo excepto para aquel que sea un espejo ante el Corán.
7 Es preferible el discurso del beato que el del místico porque el del primero cae por sí solo, a poco que entre unos y otros vayan haciéndole reflexionar, mientras que el místico no oye a sus hermanos, tan borracho está de lo que dice experimentar.
8 El propio místico es muchas veces consciente de que no ama a Allâh sino a su imagen de Allâh (su Rabb interior), de modo que es un amor solipsista. Escribe al-Farîd: "Cierto es que sin saberlo mi ser se enamoró de sí mismo".
9 El castellano enriquecido por el legado árabe está plagado de expresiones relativas al cuerpo: "hijo de mis entrañas", "odio visceral", "no tengo estómago para hacer eso", "menudo entripado", etc.
10 Sólo hay que leer Vida de santones andaluces de Asín Palacios para contar con un buen muestrario de extravagancias que nada tienen que ver con nuestra Vía de cordura y normalidad.
11 Como se expuso en el capítulo segundo de mis Ensayos de Metafísica Islámica.
12 Este aserto no podrá ser entendido sin la lectura de la segunda parte de los Ensayos de Metafísica Islámica: "Allâh realizable".
13 Puede consultarse sobre el tema La Nafs y la vuelta a Allâh, cap. 1 de mis Ensayos de Metafísica Islámica.
14 Nos referimos a las innumerables citas coránicas que comienzan "Allâh ama a los que…", y a los hadices en los que el Profeta dice a alguien que Allâh le ama.
15 Por ejemplo, el Corán dice del Profeta que es rahîm.
16 Un tratamiento exhaustivo de ni‘ma se halla en el libro Islam para ateos publicado en www.zawiya.org
Anuncios
Relacionados

Respuesta de Mahmud Esquivel

Artículos - 20/01/2003

Musulmanes indigentes

Artículos - 11/07/2008

El Nafs y la vuelta a Allah

Artículos - 15/09/1997



Escribir comentario

Debes iniciar sesión para escribir comentarios.

Si no estás registrado puedes registrarte en un minuto.

  • Esta es la opinión de los internautas, no de Webislam
  • No están permitidos comentarios discriminatorios, injuriantes o contrarios a la ley
  • Céntrate en el tema, escribe correctamente y no escribas todo en mayúsculas
  • Eliminaremos los comentarios fuera de tema, inapropiados o ilegibles

play
play
play
play
Colabora


 

Junta Islámica - Avda. Trassierra, 52 - 14011 - Córdoba - España - Teléfono: (+34) 957 634 071

 

Junta Islámica
https://www.webislam.co/articulos/26623-amor_a_allah_el_falso_horizonte_de_la_mistica_islamica.html