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Jutba de Suleimán 1

El jalifato implica taqua, conciencia de Allah

12/01/2003 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Jutba de Suleimán 1
Jutba de Suleimán 1

Assalamu aleikum:

La estación de Daud, la paz sea con él, es el maqam del amor a Allah, de la imaginación activa y del tayali. Aquí sentimos amor a la Belleza y a la Bondad expresándose en una creación continua, recurrente y palpitante. Ignorancia y conocimiento están unidos por un barzaj donde laten con fuerza los opuestos y se va resolviendo nuestra Yihad, aquí donde Allah nos muestra alternativamente el rostro de Su Belleza y de Su Majestad. Daud, la paz sea con él, transgrede y regresa, olvida y recuerda dándose cuenta de que su caminar es una tauba y su alabanza un dikr.

Allah muestra a Daud la perfección de Su creación como continuidad, y le enseña la filogénesis de su jalifato, y lo hace a través de su hijo Suleimán, la paz sea con ellos. Padre e hijo comparten una misma estación espiritual que es precisamente el maqam de la continuidad en la creación y de su recurrencia. Y así nos lo dice Allah en el Qur’an:

"Y a Daud le dimos por hijo a Suleimán, y ¡qué excelente siervo Nuestro llegó a ser! Ciertamente, se volvía a Nosotros continuamente y cuando le fueron mostrados, al atardecer, unos veloces corceles de raza, dijo: ‘¡En verdad, he llegado a amar el gusto por lo bueno porque me hace recordar a mi Sustentador!’. Y repetía esas palabras mientras los corceles se alejaban a la carrera, hasta perderse tras el velo de la distancia, y entonces ordenó: ‘¡Traedmelos!’, y palmeaba afectuosamente sus patas y sus cuellos."

(Sura 38, Sad, ayat 30-33)

¡Qué excelente siervo llegó a ser! Con esta afirmación nos señala Allah la naturaleza de nuestra servidumbre. No se trata de la servidumbre y la dependencia que todas las criaturas tenemos por el hecho de ser creadas, sino de la conciencia de esa servidumbre, que nos permite discernir dónde está el maqam del siervo y dónde está su Señor. La servidumbre excelente a la que Allah se refiere es una conciencia del devenir, de un llegar a ser que se va forjando paso a paso a través de una experiencia constante y recurrente.

Ya somos siervos por el hecho mismo de existir como seres creados y dependientes, pero nuestra creación es renovada en cada instante. Cada momento es una creación nueva y completa, porque son los latidos del Rahmán los que modelan sin cesar nuestra existencia y cualquier existencia y nada hay excepto Él.

Suleimán y Daud, la paz sea con ellos, se volvían a Allah continuamente. Y esta tauba les provee de conciencia, en este caso de la taqua de Al Yamal, la conciencia de la perfección que hay en Su creación inasible. Lo bueno, el placer, la belleza, todo aquello que puede ser objeto de nuestro deseo y de nuestro amor, sólo puede ser alcanzado en este maqam que es un barzaj donde confluyen los mundos, la dimensión unitiva que materializa los pensamientos y espiritualiza los cuerpos. Allah nos está creando con un propósito, con una finalidad, alhamdulilah. Sentimos que Su Rahim nos alcanza y alcanza a todas las cosas, que nuestra realización ocurre en la Realidad y por la Realidad. La misma palabra ‘realización’ nos sugiere la naturaleza de nuestra finalidad, que no es otra que alcanzar la Realidad. Y la realidad la vamos alcanzando poco a poco como un acto de despertar continuo y recurrente, como un reconocimiento del pálpito incesante y tranquilo. Como hacen los amantes y los adoradores sinceros: volviéndonos continuamente hacia esa luz que nos hace señales con su pálpito, con su clara y potente vibración, alhamdulilah, Con esa "perseverancia que trae ventura" de la que tanto hablan los antiguos sabios de China.

Hay numerosos hadices que hablan de la necesidad de perseverar en la adoración, en la conciencia. De Aisha nos ha llegado uno, a través de Bujari y Muslim, donde el profeta, la paz sea con él, dice:

"Y la adoración más querida para Allah es aquella en la que su autor persiste de forma constante."

(Riyadh As Salihin)

La recurrencia de nuestra adoración es el propio latir de nuestra conciencia. Esta conciencia nos ayuda a reconocer la naturaleza de nuestra servidumbre al mostrarnos los ciclos y los ritmos que modelan nuestra creación y nuestra existencia. El ritmo de la salat, del ayuno, del calendario lunar, el ritmo de nuestra sexualidad, el sentimiento del día y de la noche, el cambio incesante que nos sugieren las maqamat. Y toda esta experiencia, esta constatación en nuestro propio ser del poder de Allah, nos hace conocer el agradecimiento. Al Rahim nos procura el fanah del sometimiento completo a Su tayali, a Su Majestad y a Su Belleza.

El Suleimán de nuestro ser es el reconocimiento amoroso de esa Realidad en la bondad y la belleza de las criaturas, en la confluencia de esos dos mares cuyas aguas nunca se mezclan, precisamente porque Allah es Al Rahim. Y este despertar nos ocurre en un devenir fluyente e imprevisible. No son los rasgos definidos de un nombre o de una imagen, sino su expresión significativa, dinámica y creadora.

El objeto de la meditación y de la experiencia espiritual de Suleimán son unos veloces caballos que, al atardecer, galopan perdiéndose en la distancia. En el momento en que la luz se marcha huyendo hacia el magrib y las formas desaparecen, el tayali aparece fugaz en nuestra visión y seguimos su rastro dinámico y huidizo. Suleimán, la paz sea con él, es capaz de aprehenderlo, vivirlo y hacerlo suyo, acariciar sus lomos y sus cuellos, tocar con las manos el tayali y hacerse así capaz de amar a Allah como siervo de Al Yamal, y como Su jalifa.

Nuestra creación incluye el conocimiento y la ignorancia, el olvido y el recuerdo. El objeto de nuestra meditación se pierde en la distancia, pero cuando el deseo que sentimos por la Belleza es intenso y persistente, nuestra himma es capaz de hacerle volver, de retornar a la Única Realidad que somos capaces de vivir.

La himma es precisamente ese anhelo que sentimos del bien y de la belleza, el deseo intenso de alcanzar la unión que nuestra razón no nos procura. Y es la naturaleza de nuestra himma la que determina la naturaleza de nuestro pensamiento y de nuestra condición de mu’minún. Si nuestra himma se dirige hacia las formas de la creación nuestros sentidos encuentran un juego perfecto y armonioso cuyo sentido se nos escapa siempre, como esos caballos que se pierden en la distancia, nada más que formas, colores y sonidos que no nos sacian nunca del todo de nuestro deseo de hallar la Realidad.

Si nuestra himma se dirige hacia las esencias de las cosas, hacia sus significados, perdemos de vista el mundo y nuestro pensamiento se atrinchera alienándonos de nuestra percepción directa, encarándonos con el vacío. Es la himma de los filósofos, de quienes creen que es posible encerrar en un concepto mental la vastedad de lo creado, cuando el propio pensamiento no es sino una creación distinguida. Es la ocupación dolorosa de quienes han sido alienados del amor y necesitan conocerlo, la forma que Allah tiene de probar nuestras humanas intenciones y resolver nuestras preguntas. Cuando el filósofo quiere atrapar la verdad se le escapan los caballos y su visión desaparece en la distancia.

Por eso no podemos lamentarnos de nuestra imposibilidad de alcanzar la verdad mediante la filosofía excusándonos en la incapacidad de nuestra razón para resolver el dilema. El conocimiento que de verdad nos sirve es la háqiqa del siervo excelente, requiere nuestra extinción racional y nos procura la conciencia de que nada hay que resolver, de que todo está en su lugar en perfecta armonía. Cuando la sabiduría nos alcanza ya no buscamos la verdad ni en las palabras ni en las formas sino que la vamos encontramos por todos lados, por dentro y por fuera, hablando o en silencio, como una realidad que nos constituye y forma todos nuestros mundos.

El conocimiento que nos sirve es la Háqiqa, porque la Háqiqa distingue sin dividir, sin catalogar ni limitar porque es en sí misma un límite, un barzaj. Encontramos sentido en nuestra meditación cuando nos damos cuenta de que es Allah y no nosotros quien crea nuestro pensamiento y provoca nuestro despertar, alhamdulilah. La ignorancia y la incosnciencia, en cambio, nos pertenecen por la naturaleza de nuestra creación y de nuestra resurrección. La Háqiqa es un Rahim que late por doquier, una conciencia que nos está sosteniendo realmente en cada instante, que reconduce nuestras palabras desde el vacío hacia las formas y de estas hacia su sentido, hacia la experiencia del tayali, hacia la visión del jalifa. La forma como vacío y el vacío como forma componen un dilema que sólo se resuelve mediante la ciencia del corazón, mediante la entrega sin reservas a la Realidad que se nos muestra, a través de la Háqiqa.

La tradición nombra a Suleimán, la paz sea con él, como sabio, como hakim, y Allah nos aclara que la Háqiqa le alcanza a través de una meditación sobre la forma y el vacío, y sobre la vida y la muerte, como nos dice en el Qur’an:

"Pero en verdad, habíamos probado a Suleimán situando sobre su trono un cuerpo sin vida; y entonces se volvió arrepentido y oró: ¡Oh Sustentador mío! ¡Perdóname mis faltas, y concédeme el regalo de un reino que no sirva a nadie después de mí: en verdad, sólo Tú eres el verdadero Dador de Regalos!"

(Sura 38, Sad, ayat 34-35)

Suleimán, la paz sea con él, es también un ser humano, una criatura que debe pasar la prueba inevitable de su existencia terrenal, un ser que piensa. Su prueba está destinada a capacitarlo para un reinado espiritual, para un jalifato que estaba extendiendo el mensaje divino por los más remotos lugares de la tierra.

El asiento de su propio poder está vacío, su trono está ocupado por un cuerpo sin vida. Es la meditación fija y estática de Suleimán en el tayali de la Majestad Divina, Al Yalaal, un silencio imposible de romper. Es la soledad del pensador desengañado acunando al ‘arif, al conocedor que en ese momento está naciendo en su interior. Este ‘arif es alguien que conoce el mundo porque ha podido salir de él y verlo tal y como es. El Suleimán de nuestro ser es ese ‘arif que nace en nuestro interior como un regalo de Al Waddud, el Señor del Amor Insondable. Ese ‘arif que nace cuando contemplamos la naturaleza transitoria y efímera de nuestra existencia, subhana Allah y la permanencia constante y recurrente de la Realidad.

Al asr, cuando la luz declina, sentimos que las formas se deshacen en la tinta oscura de los colores. La luz del sol se torna cálida y amarilla antes de apagarse entre las brasas. Por un momento sentimos nostalgia de la luz y tratamos de aferrarnos a ella, pero entonces comprendemos que la Luz no se marcha nunca, sólo desaparece su tayali para volver a aparecer un instante tras otro, en cualquier momento, porque la luz que nos hace ver las formas del mundo es una luz creada, como bien comprendió Ibrahim, la paz sea con él, pero la luz que nos hace vivir la realidad y ser conscientes de ella es una luz creadora que palpita en nuestro interior y que nos constituye proyectándose en todos los mundos que habitamos.

Sentir y conocer esta luz es vivir enamorados de esa Realidad que siempre se nos escapa, seguir el rastro de los amantes y los adoradores. Si amamos realmente esa Luz, nuestros caballos vuelven, si no se pierden en la distancia.

Allahumma:

Acepta las expresiones de nuestro amor y dirige hacia Ti nuestra himma

Ayúdanos a comprender el sentido de Tus palabras

No dejes que nuestras palabras nos distraigan de Tu Recuerdo

Amin

2.

Suleimán, la paz sea con él, comprende la naturaleza del jalifato. Su trono está ahí, frente a él, pero está ocupado por un cuerpo sin alma, sin conciencia. Es un trono vacío, un cuerpo inanimado. Así comprende Suleimán que el jalifato implica la taqua, la conciencia de Allah, la conciencia de que vivimos y existimos por Él, y que Él nos crea y nos sostiene continuamente. Sin Su poder creador de conciencia no somos más que un cuerpo sin movimiento, una forma sin contenido ni sentido. Y esta taqua le sucede a Suleimán mientras medita sobre su propia condición de inexistencia y de vacío. Esta comprensión y este despertar son el regalo de la Ciencia de la Realidad, de la Háqiqa que implica todo jalifato.

Suleimán hace tauba a lo real, se vuelve a Su Sustentador desde el vacío de su propia existencia, se refugia en Su poder. Y así se vuelve un signo para nosotros, un signo de nuestro propio despertar, porque nuestro sometimiento consciente a Allah y a Su poder nos procura la armonía con toda la creación. La conciencia de lo real, la Háqiqa, nos permite transformar el mundo mediante un bismillah plenamente consciente y con sentido de lo que estamos diciendo. Cuando pronunciamos clara y conscientemente el bismillah estamos expresando nuestro islam, nuestro sometimiento al poder de esa Realidad que se nos escapa. Pero al pronunciarlo de esta manera estamos actualizando nuestra propia creación en la Realidad. Alhamdulilah, ahora como jalifas. Por eso cuando nos acompasamos con los ritmos de la creación, cuando vivimos el tayali como realidad y la realidad como tayali, la distancia desaparece y la creación nos obedece y nos sirve, porque toda la creación no cesa de someterse a Allah y estamos existiendo en Sus Nombres, recordándoLe en este mundo donde la luz aparece y desaparece a cada instante. Así vuelven los caballos y podemos acariciar sus lomos.

Allah no sigue explicando en el Qur’an la naturaleza de este maqam cuando nos dice en la Sura Sad:

"Y así le sometimos el viento, de modo que soplaba suavemente, por orden suya, donde él quería, y también a todas las fuerzas rebeldes a las que obligamos a trabajar para él –toda suerte de albañiles y de buceadores— y otros encadenados juntos.

Y le dijimos: ‘¡Esto es un regalo Nuestro; eres libre, pues, de impartirlo a otros, o de reservártelo, sin que debas rendir cuentas!’

¡Y, en verdad, tendrá proximidad a Nosotros, y la más hermosa de las metas!"

(Sura 38, Sad, ayat 36-40)

Suleimán, la paz sea con él, recibe de Allah la conciencia de Su poder, la tauba y la experiencia del jalifato. Pero ¿Cómo es posible que un ser humano, una criatura, tenga poder sobre el viento, sobre los genios y todas las fuerzas rebeldes (shaiatín)?

El islam, el sometimiento a la Realidad Única, ocurre en cualquier caso. Nadie ha conseguido escapar al poder de la realidad creadora. Pero el sometimiento consciente y voluntario al poder de esa Realidad que llamamos Allah nos va procurando poco a poco la conciencia de Él, y así vamos puliendo nuestra servidumbre y encontrando el sentido de nuestra existencia. Si llegamos a alcanzar la sumisión completa, la excelencia, el ihsán, conoceremos masha Allah, el sentido de este maqam donde Allah exclama "Qué excelente siervo Nuestro llegó a ser". Es la excelencia de nuestra servidumbre la que nos hace vivir como jalifas, con plena conciencia de Allah y de Su poder. Es entonces nuestra vida la forma en la que Allah se manifiesta a toda su creación, y no sólo como voluntad sino como amor.

La creación es sólo un signo, un mizal, y por lo tanto cualquier expresión es posible en ella. Cuando desaparecen las resistencias, los conceptos y las formas, cuando desaparecen los miedos y los apegos, cuando caen los velos que nos mantienen prisioneros, la creación nos obedece porque entonces somos el ojo por el que Allah ve y el oido por el que oye.

Aceptando nuestra muerte estamos aceptando nuestra participación en la creación. Cuando aceptamos la muerte y la vida nos liberamos de la servidumbre a las formas y a los estados, y comprendemos que sólo Allah nos sostiene y que sólo a Él regresamos. Este regreso consciente participa del orden, de la perfección y de la armonía. Las fuerzas rebeldes se nos someten y caminamos al unísono con toda la creación, en cada momento, en cada nueva creación.

Nuestro pensamiento es inspirado por la realidad y nuestro yo se convierte en un yo único compartido por todas las conciencias. Lo otro ya no es algo separado de mí, y yo le pertenezco.

No podemos decirlo de otro modo, sólo aludiendo a este regreso mediante la metáfora, en este caso mediante el signo que provoca nuestro amor, nuestra himma, nuestro deseo ardiente de retornar a Allah constantemente, alhamdulilah, nuestra tauba, nuestra taqua, nuestro tawakkul. Barakalawfiq.

Todos los profetas y mensajeros, la paz sea con ellos, vienen a decirnos lo mismo, a señalarnos el camino de vuelta a lo Único. Cada uno lo dice desde un maqam, desde un lenguaje y desde una forma, porque en el mundo de las criaturas el mensaje se expresa en lo diverso, en la repetición y en la recurrencia. Allah nos crea como Él quiere y nosotros nos rendimos a la realidad de Su Amor.

El Suleimán de nuestro ser nos habla precisamente desde el maqam del amor, desde el barzaj del velo más sutil, el que nos separa solamente para crear la vida y el deseo de la reunión, alhamdulilah, aun aún a sabiendas de que todo deseo desaparecerá, masha Allah, y de que todo todo signo y toda alma se extinguirán en Su Presencia.

Allahumma:

Haznos comprender el sentido de nuestra muerte y reconcílianos con toda la creación.

Despiértanos la tauba porque necesitamos de la taqua.

Ayúdanos a vencer a nuestros demonios.

Haz que regresen nuestros caballos.

Amin.


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