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Jutba de la ámana

17/12/2002 - Autor: Hashim Cabrera
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"Ofrecimos el compromiso de la razón y la voluntad a los cielos, a la tierra y a las montañas: pero rehusaron cargar con él por temor. No obstante, el hombre lo aceptó, pues, ha sido siempre propenso a ser sumamente malvado, sumamente necio."

(Qur’án, Sura 33, aya 72)

Como siempre, encontramos en el Qur’án ese sentido que nuestra razón reclama, que nuestra voluntad necesita para conducirnos hacia la Realidad. Nuestra razón y nuestra voluntad son una ámana, un depósito, un préstamo que Allah nos hace y que nos compromete a cada uno según nuestra capacidad. Esta ámana construye nuestra visión del mundo y nos abre a la incertidumbre y a la libertad. En esta eclosión a la conciencia sentimos la necesidad de encontrar sentido y dirección. La razón, nos permite comprender, abarcar, medir, crear sentido, pero en realidad es un tupido velo, que nos compromete porque nos procura una identidad. Somos lo que pensamos, somos aquello que vemos, comprendemos y amamos.

Nos duele la razón cuando nos identificamos con ella. Sentimos su tiranía, apuntalando imágenes e ideas, tratando de darles existencia, y velándonos la Realidad Única. Cuando creemos que nuestra sola razón puede procurarnos el conocimiento de la realidad estamos delirando, identificándonos con nuestras imágenes internas, adorando a nuestros ídolos. Cuando nos damos cuenta de que jamás podremos comprender la realidad mediante esta sola razón, cuando sentimos y reconocemos la inmensidad del Océano y nos vemos nadando en Él, nuestra razón recobra en ese momento su sentido y nosotros recobramos así la conciencia de nuestro cuerpo, nuestra experiencia completa e integral.

Allah, al crearnos, está creando una visión, un mundo. La Realidad nos crea como quiere y nos conoce como conoce a toda su creación. Allah es el Señor de la Creación, el Señor de los mundos que nos ama y nos hace vivir como una forma que Él va modelando y haciendo emerger a la existencia, para que conozcamos la conciencia y así Le conozcamos a Él. Nuestra conciencia y nuestra voluntad son sólo un préstamo, no nos pertenecen. Son las armas que Allah nos ha dado para nuestra yihad. De las formas de la conciencia que Allah nos da, la razón y la voluntad implican un compromiso, un trato, pero Allah nada menciona en estos ayat de esa otra forma de la conciencia humana que vive en la memoria, en el recuerdo.

El ser humano no sabía que esa ámana con que Allah corona su creación, esa fuente generadora de mundos y creadora de visiones, es también uno de los velos más tupidos y la experiencia de la soledad más absoluta, un conocimiento que sólo puede obtenerse en la aniquilación y que nos lleva a una resurrección. Somos necios, nos recuerda Allah Subhana wa Ta’ala, y aceptamos Su ámana porque creímos que aquella visión privilegiada iba a procurarnos una existencia verdadera. Cuando creemos en nuestra propia existencia estamos siendo prisioneros del velo, adoradores del mundo, de la forma de las cosas. Ahí comenzamos a diferenciarnos de cada criatura, de cada individualidad, a través de sus nombres e imágenes. Pasamos de la experiencia de la realidad a su descripción, vamos caminando desde el sonido hasta sus ecos, de la conciencia pura al mero pensar. No necesitamos creer en nuestra existencia cuando vivimos con sencillez, conscientes de nuestra ignorancia

Por eso ninguna otra criatura quiere esta ámana, porque es una responsabilidad que no se puede cumplir completamente, un peso ante el que se derrumban y aniquilan los mundos y las visiones. Somos necios, fracasamos a la hora de abarcar la realidad con nuestra visión porque la realidad nos abarca a nosotros y a nuestras visiones. La realidad nos llama, nos cerca, nos inunda, nos constituye. La realidad deja vivir a nuestra razón y no la deja, porque quiere que dancemos al unísono y a solas con ella. La realidad nos reclama, se nos revela y nos aniquila. Nada ni nadie pueden perturbar la vida de lo Único.

La Realidad, al crearnos, al hacernos emerger en nuestra visión, crea también la aniquilación de esa visión y la visión de esa aniquilación. Eso era lo que temían los cielos, la tierra y las montañas. Ellos también son criaturas, seres creados en el sometimiento. Sienten un sobrecogimiento ante la inmensidad, ante la majestad del Único, pero no temen la aniquilación, la desaparición de su conciencia en la Presencia de Allah, porque están siendo creadas en taqua constante, vueltas hacia su Señor.

Pero nada nos dice Allah en estas ayat sobre nuestra memoria. No nos dice que nuestra memoria sea un préstamo, una ámana. No nos dice que nuestra naturaleza necia y torcida tenga nada que ver con el recuerdo.

La arrogancia, la pretenciosidad de querer ser, o la tendencia a aferrarnos al velo, esto que nada ni nadie quiere para sí mismo, desaparecen cuando el corazón se vuelve a su principio. Nuestra memoria es el rincón donde reconocemos nuestra muerte y de donde resucitamos a la Realidad. Las montañas y los cielos tienen otra manera de recordar. Ellos son la forma de nuestro recuerdo. Así nuestra memoria es lo único que nos pertenece por derecho, aquello por lo que rendimos cuentas a la Realidad. Es la conciencia que sobrevive a cualquier aniquilación, porque no puede haber recuerdo sin conciencia y porque, hagamos lo que hagamos, sólo podemos vivir en el recuerdo.

Lo que temían los cielos, la tierra y las montañas, aquello que los seres humanos aceptamos sin conocimiento, como necios, o con voluntad de ser distintos de las demás criaturas, o como malvados, aquello que nadie quería conocer nos lo describe Allah en el Qur’án, en la Sura Al Qáriaa, la Calamidad Repentina, una de las primeras suras reveladas en Mecca:

"¡Oh, la calamidad repentina! ¡Qué terrible la calamidad repentina!

¿Y qué puede hacerte concebir lo que será esa calamidad repentina?

El Día en que los hombres parezcan polillas revoloteando confusas, y las montañas parezcan copos de lana cardada....

Y entonces, aquel cuyo peso sea grande en la balanza gozará de una vida placentera; pero aquel cuyo peso sea leve en la balanza se verá cercado por un abismo.

¿Y qué puede hacerte concebir lo que será ese abismo?

¡Un fuego que arde intensamente!"

(Qur’án. Sura 101. Al Qáriaa, ayat 1-11)

La calamidad repentina, nos dice Allah, es sobre todo el fin de la visión, el derrumbamiento de nuestro mundo y su desintegración en la experiencia de la Realidad. Aquí es donde se expresa nuestro compromiso con la visión que Allah nos procura, es aquí donde nuestra ámana nos procura un sentido, se expresa una intención, un propósito. La visión no nos deja elección, nos compromete, porque toda ámana, toda conciencia compromete, Alhamdulilah, y nos ofrece la posibilidad de elegir. Nuestras decisiones nos comprometen, Alhamdulilah. Y el recuerdo nos mantiene con vida.

El fin de nuestro mundo es el comienzo del mundo de Allah, de la creación de lo real. El fin de nuestra visión del mundo es el comienzo de la visión de la Realidad. Tenemos que celebrar contentos el final de cualquier mundo, de toda visión, porque es el descorrimiento de un velo, una gracia que Allah nos otorga para que nos beneficiemos de Su sabiduría y para que conozcamos Su compasión.

No nos dice Allah que nuestra memoria sea una ámana. No nos deja ser libres en nuestro recuerdo, porque todas nuestras acciones son registradas, todas nuestras palabras escritas y nuestras imágenes impresas. Allah nos va creando en el recuerdo, como si fuésemos Su añoranza.

No nos está diciendo Allah que cuando se desmoronen nuestro mundo, nuestra visión, estaremos muertos, sino que viviremos en la Realidad, según aquello que depositemos en la balanza de la realidad. No podemos comprender esto, pero si no somos capaces de ver a través del velo, no podremos vivir una vida real y nos veremos cercados por un abismo. No queremos mirar a ningún sitio cuando somos purificados con el fuego de la desolación, cuando Allah nos reclama aquello que nos confió, cuando nos pide Su ámana.

Allah reclama Su ámana. Una ámana en la que aparecen escritas nuestras acciones, una ámana que en manos de su Dueño y Señor, no es sino memoria completa e imborrable. Aquí comprendemos que nuestra razón y nuestra voluntad son sólo un préstamo, y que eso somos nosotros. Aquí comprendemos que sólo somos un recuerdo de Allah, una nostalgia Suya.

Las montañas no quieren esta ámana porque no quieren tener la posibilidad de leer esta sura en la que aparecen descritas como copos de lana cardada, como espuma sin consistencia flotando en el sueño de Allah.

Y a nosotros, a los necios que aceptamos el compromiso de la conciencia, nos ofrece Allah una revelación en la que nos muestra nuestra condición, donde nos enseña la naturaleza de nuestra visión, la irrealidad de nuestro sueño. Somos entonces polillas revoloteando confusas, como una escoria flotando en la biosfera, como una mera conjunción de células revoloteando en el caldo de la realidad. Eso no es fácil de asumir. Esa visión no la quiere nadie. La tierra, los cielos y las montañas son sabios, nosotros no. Nosotros somos unos necios que creemos saber más que los cielos y las montañas. Necesitamos de la imagen del fin del mundo para conocernos a nosotros mismos comprendiendo la nada que somos. Ignorantes que necesitamos de los ejemplos y parábolas que Allah nos propone para poder atisbar un rastro de sentido. Alhamdulilah.

Allahumma:

Dános sentido, cordura, sensatez.

Manténnos en la taqua.

Incrementa nuestro tawakkul.

2.

Las montañas no quisieron la ámana porque la ámana implica, sobre todo, descorrer un velo y adquirir un compromiso, una carga. Tener la ámana implica necesariamente asumir el ajlaq, la responsabilidad que se deriva de la conciencia. Ese ajlaq es la condición de nuestro jalifato y el cimiento de nuestro imán. Nuestro ajlaq es una mirada consciente que surge de lo profundo de nuestro ser. Imán viene de ámana. El imán es la forma natural de nuestra conciencia. Podemos ser conscientes de nuestra condición y esto nos ayuda a ser conscientes de Allah, nos acerca a ese Señor Inabarcable que nos dice:

"Si hubiéramos hecho descender este Qur’án sobre una montaña, la verías en verdad humillarse y hacerse pedazos por temor a Allah. Y planteamos todas estas parábolas a los hombres para que puedan aprender a reflexionar."

(Qur’án, Sura 59, aya 21)

Ningún universo puede abarcar a Allah. Sólo nuestros corazones pueden contenerLe. Aquí están los símbolos y las parábolas que Allah nos propone. Ni siquiera las más sólidas creaciones de Allah, ni aún los elementos más estables de nuestra visión tienen entidad ninguna frente a la realidad, frente a la verdad, y esa conciencia nos acontece en la Revelación, inundándonos de sentido.

Bujari nos transmite que, antes de recibir el Qur’án, el profeta Muhámmad, salla allahu alehi wa salem, hablaba de "visiones verdaderas que eran como el despuntar de la luz del alba". Cuando desciende la Revelación con Yibril, la paz sea con él, el profeta vive una experiencia de aniquilación total, de fanah fillah. Sus visiones se desmoronan y más tarde, cuando sale de aquel estado —según narra la sira de Ibn Ishak— el profeta Muhámmad dice:

"Fue como si las palabras hubieran sido escritas en mi corazón."

La experiencia de la revelación y la forja del imán son consecuencia de esta ámana, del préstamo de conciencia y de visión que Allah nos hace y sin el cual nada podríamos conocer. Y si nuestros corazones pueden contenerLe, nuestros corazones son entonces el lugar donde Allah se aposenta, el trono desde donde nos habla. Los latidos de nuestra existencia son entonces las hojas del libro de nuestra vida, las ayat que recitan nuestra historia, cualquier historia, una energía verdadera que no se detiene en las anécdotas, en esas formas particulares que a veces velan nuestro recuerdo.

Nuestros corazones pueden contenerLe. Nuestros corazones pueden recordar, porque en ellos quiere Allah asentar el trono de su realeza.

¡Allahumma!

Tú que nos has creado con la ilusión de la libertad: Haz que nuestras decisiones sean las Tuyas.

Haznos conscientes de que todo cuanto nos ocurre tiene un sentido, un propósito, que no es otro que el de encontrarTe.

Protégenos de la dualidad, del dolor y de la diferencia, y haznos disfrutar de la unión haciéndonos conscientes de Ti, de Tu Sabiduría y de Tu Poder.

Ayúdanos a transitar el camino de nuestra liberación.

Condúcenos por la Via del Recuerdo e ilumina nuestros pasos.

Vuélvenos agradecidos al bien y a la belleza.

Ayúdanos a conocernos unos a otros.

Amin.


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