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Jutba de los Conversos - Jutba de la Ámana

El Islam es la más humana de todas las vestiduras

15/12/2002 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Verde Islam 19
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baston jutba
baston jutba

Assalamu aleikum

Mis queridos hermanos y hermanas, compañeros en este viaje hacia Allah que nos lleva a recorrer el tiempo y los espacios, a vivir en este mundo de sombras y de luces efímeras.

Los sucesos que tienen lugar en estos tiempos en los que la violencia y la guerra parece adueñarse de todas las almas, nos están sirviendo para reflexionar sobre nosotros mismos, porque necesitamos conocer el sentido de nuestra existencia aquí y ahora.

En primer lugar nos estamos dando cuenta de que una cosa es el Islam y otra bien distinta somos los musulmanes. Nosotros, los musulmanes conversos y nuestros hijos que crecen siendo musulmanes, nos encontramos en un mundo en que el sometimiento a ALLAH, es decir, el Islam, se encuentra muy amenazado por la barbarie, por la mentira, por el Kufr.

Hemos encontrado una Ummah que antes no conocíamos, una comunidad que muchos creíamos una utopía, pero es una comunidad maltrecha, golpeada, que ha sufrido los embates de quienes viven tratando de negar la verdad creyendo que así pueden escapar de la muerte y del decreto que Allah establece para cada uno.

Nosotros los conversos hemos llegado al Islam por un movimiento del espíritu, por una honda necesidad de encontrar respuestas existenciales.

Y las hemos ido encontrado a medida que hemos caminado por esta senda. En el límite de nuestra desolación encontramos la calma, el salam, el Islam.

Porque la desolación acaba con toda vana ilusión, con cualquier ídolo y de sus escombros surge la visión humana de la realidad, la experiencia de la verdad.

Y esa verdad que vamos reconociendo, esa realidad a la que nos vamos sometiendo conscientemente nos plantea el dilema de decidir, nos otorga la ámana de ser sus jalifas.

Eso es para nosotros ser musulmanes y eso es para nosotros el Islam. Venimos de una infancia y de una juventud llenas de doctrinas, de barreras que se interpusieron implacablemente entre nuestros corazones y la luz que habíamos ansiado siempre. Desesperábamos porque no sentíamos a Allah vivo en nuestro interior, porque por eso mismo no podíamos vivir el bien ni la belleza. Éramos prisioneros de las tinieblas y de los colores, que son las dulces sombras. Prisioneros de una visión que desapareció ante nuestros ojos sin que nosotros pudiésemos hacer nada para evitarlo.

Nos debatimos en esa oscuridad y allí comenzamos a renacer como seres de la realidad, como jalifas conscientes capaces de ver y de oir, como seres dotados de razón y sentido.

La razón nace cuando la visión nos alcanza por dentro, cuando resuena con fuerza entre nuestros latidos, cuando fluye con nuestra respiración. Esa razón, ese sentido no es otro que el amor, no es otra cosa mas que orientación hacia la realidad que amamos. Esa orientación nos dá sentido, dirección, razón de ser y de vivir. Es el amor la más profunda de todas las experiencias porque amar implica dar, mirar ‘ a otro’, reconocer que no somos completos y sin falta, que el otro no es otro sino uno. En ese movimiento apasionado, en esa apuesta arriesgada y vital, encontramos la respuesta.

No somos Allah nosotros solos porque no podemos estar solos mientras existan la palabra, la memoria, el recuerdo... buscamos sin cesar al otro por ver si así, conociendo a las criaturas podemos saber algo del Creador, del Amado, tener una noticia suya. Pero la búsqueda en el mundo es ardua porque no podemos ver a Quien lo está creando, sólo vemos Sus huellas, Sus ecos, los pensamientos que se marchan igual que vienen.

Allah nos está agraciando a nosotros, conversos, y a nuestros hijos, con el din de Muhámmad, con su experiencia integral y espiritual. Esa gracia suya es la que nos hace sus jalifas y responsables ante la Ummah, una Ummah que en los tiempos que corren aparece castigada y doliente.

Tenemos la responsabilidad que nace de la conciencia de lo que es el Islam y de lo que es el kufr, porque hemos conocido ambas frecuencias, y porque hemos ido encontrando el Islam a medida que hemos ido destrozando todas las doctrinas, todo aquello que se interponía entre nuestros corazones y Allah.

Tenemos una responsabilidad ante la Ummah porque está ha sido envenenada por las doctrinas. ¿Qué son el wahabismo, el salafismo o el talibanismo? No son sino doctrinas separadoras, ecos de un Islam que fue un día fuerte e invencible pero que se dejó perder embelesado por las luces del mundo, por el poder, por el lujo y por la inconsciencia. Una cáscara vacía y seca como sus obras, un din que no es un din sino una religión institucionalizada donde existen jerarquías y personas que se atribuyen la capacidad de mediar con Allah, de ser sus intérpretes y depositarios exclusivos. Son doctrinas que tratan de apoderarse de la ámana en exclusividad, de la misma manera que lo han hecho los judíos y los cristianos, a base de sinagogas e iglesias.

Por el contrario, el Islam que vivimos los conversos y nuestras familias es un Islam que necesita construirse desde el principio, desde el núcleo de los corazones. Es el Islam de las verdes praderas de la Medina Al Munawara, el de la construcción de la comunidad profética, el Islam de los corazones ansiosos de bien y de belleza. Porque nosotros no hemos heredado la ámana como quien hereda una casa, sino que nos está siendo dada a medida que caminamos por la via del sometimiento a Allah, por el camino del Islam. A medida que vamos siendo musulmanes. De la misma manera que les ocurría a aquellos que vivieron con el Profeta, que iban siendo conscientes de Dios a medida que iban conociendo y poniendo en práctica el mensaje. Nosotros, como aquellos primeros musulmanes, estamos siendo agraciados con la luz de la verdad y eso es así porque Allah quiere y no necesita más explicación.

Pero quizás también esa responsabilidad que hay en nuestras conciencias tenga que tener un propósito. Y ese propósito es el de esclarecer, transmitir, desvelar todo aquello que nos llega a cada uno en forma de luz, en forma de sentido, en forma cualquiera.

No nos toca a nosotros en principio construir un discurso teológico ni jurídico si antes no somos capaces de construir el discurso de nuestra vida cotidiana como seres que quieren someterse a la Realidad. Nuestra tarea, alhamdulilah, no es armar una doctrina o enumerar unos principios o instaurar una moral, sino que es la más ardua tarea de todas y la más gratificante al mismo tiempo: ayudarnos unos a otros a morir en Allah, compartir nuestras vidas en Él, para poder así realizarlo en la humanidad que somos nosotros y, por tanto, en toda la humanidad. Allah está depositando en nuestras conciencias las semillas de la humanidad del futuro para que fructifiquen en el presente, para que no se pierda nada del bien y de la belleza que Allah le confió al ser humano. Esa era Su ámana, espejo de Su luz.

Por eso mismo nuestras voces, aunque sean pocas y lejanas, tienen la responsabilidad de transmitir el mensaje en estos tiempos que corren turbulentos. El Islam no se conserva en los libros ni en las piedras sino en los corazones de los que se someten a Dios. Sólo puede mantenerse vivo el mensaje en el corazón humano, en la mirada humana, en la voz y el pensamiento humanos...

El mensaje sólo puede revelarse al corazón ansioso, al amante desesperado y nosotros estábamos solos y desesperados del mundo cuando el mensaje hizo mella en nuestros corazones y éstos se volvieron hacia la luz como mariposas hipnotizadas. Nosotros sí sabemos lo que es el Islam y lo que no es el Islam. Nosotros sabemos lo que significa ser musulmanes, lo estamos sabiendo porque Allah quiere. Gracias a Él. Gracias a Allah por todo ello, por habernos reunido en estos momentos de adoración en comunidad y por hacer posible la comunidad, que es hoy la tarea más necesaria y difícil. Gracias a Allah por conservarnos el sentido el humor y acabar esta jutba que podría ya resultar un poco pesada.

El Islam es la más humana de todas las vestiduras y Allah lo ha creado para nosotros, a nuestra medida, como una piel que deja traslucir lo más luminoso que pueda encontrarse en nuestro interior y que al mismo tiempo nos protege de las inclemencias del tiempo y de los acontecimientos.

Nos sentimos agradecidos a Allah por procurarnos la conciencia y por hacernos sentir unos a otros, por haber hecho posible la separación y la unión, el olvido y el recuerdo, por habernos dado la posibilidad de conocernos a nosotros mismos, de conocer a algunos otros. Gracias, Dios nuestro, porque has querido para nosotros la senda de tu recuerdo.

Du’a

Allahumma!

Ayúdanos a librarnos de nuestras miserias.

Líbranos del desamor y del olvido.

No nos dejes nunca a merced de nosotros mismos.

Protégenos de nosotros mismos.

Tú que nos hiciste nacer, que nos haces vivir y que nos harás morir.

Sácanos del fuego del alejamiento y haz que cesen nuestros sufrimientos.

Ahora que sé que no tengo más que a Ti, que nunca tuve nada ni nadie más que

Tú, hazme capaz de comprenderme a mí mismo

De trascenderme a mí mismo,

Hazme capaz de Ti, dame la plena conciencia de ser jalifa tuyo. Hazlo como Al

Rahmán y perdóname por haberme olvidado de una manera tan concienzuda, tan obstinada y eficaz.

Haz de mí un ser humano agradecido, sé implacable con mis quejas y con mis debilidades. No dejes que muera en la inconsciencia. Ni que viva en la inconsciencia. Aniquílame de una manera tan poderosa que no quede nadie que pueda lamentarlo.

Amin.

Jutba de la Ámana de Al-lâh

Ofrecimos el compromiso de la razón y la voluntad
a los cielos, a la tierra y a las montañas: pero rehusaron
cargar con él por temor. No obstante, el hombre lo aceptó,
pues, ha sido siempre propenso a ser sumamente
malvado, sumamente necio.

(Corán 33:72)

Assalamu aleikum:

Como siempre, encontramos en el Corán ese sentido que nuestra razón reclama, que nuestra voluntad necesita para conducirnos a la trascendencia. Nuestra razón y nuestra voluntad son una ámana, un depósito, un préstamo que Allah hizo al ser humano y que nos compromete a cada uno según nuestra capacidad. Esa ámana procura nuestra visión del mundo, nos abre a la incertidumbre, a la necesidad de encontrar sentido y dirección. La razón nos permite comprender, abarcar, crear sentido, pero en realidad es un tupido velo, que nos compromete porque nos procura una identidad. Somos lo que pensamos, somos aquello que comprendemos y amamos. Nos duele la razón cuando, en la alineación y en el delirio, nos identificamos con ella. Entonces ejerce sobre nosotros su tiranía, apuntalando realidades como si estas existieran, cuando lo único existente es Allah, velándonos la Realidad Única, impidiéndonos la posibilidad de vivir una conciencia plena sin fisuras.

Cuando creemos que nuestra razón puede procurarnos el conocimiento de la realidad, estamos delirando, identificándonos con nuestras imágenes internas, adorando a nuestros ídolos. Cuando nos damos cuenta de que jamás podremos comprender la realidad mediante nuestra razón, cuando sentimos y reconocemos la inmensidad del Océano, y nos vemos nadando en Él, nuestra razón recobra su sentido.

Allah, al crearnos, está creando una visión, un mundo. Allah nos crea como quiere y nos conoce como conoce a toda su creación. Allah nos ama y nos hace vivir como una forma que Él compone para que podamos emerger a la existencia, para que conozcamos la conciencia y así podamos ser. Nuestra Libertad y nuestra voluntad son sólo un préstamo. No nos pertenecen. Son las armas que Allah nos ha dado para el Yihad. De las formas de la conciencia que Allah nos da, la razón y la voluntad son una ámana, un depósito, pero Allah nada menciona en estos ayat de esa otra forma de la conciencia humana que vive en la memoria, en el recuerdo.

El ser humano no sabía que esa ámana con que Allah corona su creación, esa fuente generadora de mundos y de visiones, es también uno de los velos más tupidos y la experiencia de la soledad más absoluta. Somos necios, nos recuerda Allah, y la aceptamos porque creímos que aquella visión privilegiada iba a procurarnos una existencia verdadera. Así llegamos a creer en nuestra propia existencia y ahí se corrió un gran velo. Ahí empezamos a ser prisioneros del velo, adoradores del mundo, de la forma de las cosas. Ahí empezamos a diferenciarnos de cada criatura, de cada individualidad, a través de sus nombres, a través de sus imágenes, a través sobre todo del olvido de la realidad. Pasamos de la experiencia de la realidad a la experiencia de su descripción, fuimos desde el sonido hasta sus ecos, de la conciencia plena al mero pensar.

Por eso ninguna criatura quería esa ámana, porque es una responsabilidad que no se puede cumplir completamente, porque es un peso ante el que se derrumban y aniquilan los mundos y las visiones. Fracasamos a la hora de abarcar la realidad con nuestra visión porque la Realidad nos abarca a nosotros y a nuestras visiones, nos atrapa, nos cerca, nos inunda. La Realidad deja vivir a nuestra razón y no la deja porque la Realidad quiere que dancemos al unísono y a solas con ella. La realidad nos reclama, se nos revela y nos aniquila. Nada puede perturbar nuestra experiencia de lo Único.

Allah, al crearnos, al hacernos emerger en nuestra visión, creó también la aniquilación de esa visión y la visión de esa aniquilación. Eso era lo que temían los cielos, la tierra y las montañas. Sentían un sobrecogimiento ante la inmensidad, ante la Majestad del Único, temían la aniquilación total, la desaparición de la conciencia en Presencia del Único.

Pero nada nos dice Allah en esta revelación sobre nuestra memoria. No nos dice que nuestra memoria sea una ámana. No nos dice que nuestra naturaleza necia y malvada tenga nada que ver con el recuerdo. Esas torceduras humanas, esa arrogancia, esa pretenciosidad de querer ser como Allah, o esa necedad de aferrarse a los velos, eso que nada ni nadie quería para sí, desaparecen cuando el corazón se vuelve a su principio. Nuestra memoria es el rincón de nuestra conciencia de donde Allah nunca ha estado ausente. Eso ya no podían saberlo las montañas. Nuestra memoria es lo único que nos pertenece por derecho. Es la conciencia que sobrevive a cualquier aniquilación, siendo solo de Allah, porque sólo podemos recordar la Realidad, porque no puede haber recuerdo sin conciencia y porque sólo podemos vivir en el recuerdo.

Lo que temían los cielos, la tierra y las montañas y aquello que los seres humanos aceptamos sin conocimiento, como necios, o con voluntad de ser distintos de las demás criaturas, como malvados, aquello que nadie quería nos lo describe Allah en el Corán, en la Sura Al Qáriaa, la Calamidad Repentina, una sura de las primeras reveladas, en Mecca.

En el nombre de Allah, el Rahmán, el Rahim.

¡Oh, la calamidad repentina! ¡Qué terrible la calamidad repentina! ¿Y qué puede hacerte concebir lo que será esa calamidad repentina? Ocurrirá el Día en que los hombres parezcan polillas revoloteando confusas, y las montañas parezcan copos de lana cardada.... Y entonces, aquel cuyo peso de buenas acciones sea grande en la balanza gozará de una vida placentera; pero aquel cuyo peso sea leve en la balanza se verá cercado por un abismo. ¿Y qué puede hacerte concebir lo que será ese abismo? ¡Un fuego que arde intensamente!

La calamidad repentina, nos dice Allah, es sobre todo el fin de la visión, el derrumbamiento de nuestro mundo y su desintegración en la experiencia de la Realidad. Aquí es donde se expresa nuestro compromiso con la visión que Allah nos procura, es aquí donde nuestra ámana tiene que adquirir un sentido, expresar una intención, un propósito. Por eso Allah nos ha distinguido, porque más allá de las miserables razones que pueden llevarnos a querer ser únicos, está la posibilidad de serlo en un grado tal que nos obligue a conocernos unos a otros y que nos conduzca al amor. La visión no nos deja elección, nos compromete, porque toda ámana compromete, Alhamdulilah, y nos ofrece la posibilidad de elegir. La conciencia nos compromete. Nuestras decisiones nos comprometen, Alhamdulilah. Y el recuerdo nos mantiene con vida.

El fin de nuestro mundo es el comienzo del mundo de Allah. El fin de nuestra visión del mundo es el comienzo de la visión de la Realidad. Tenemos que celebrar contentos el final de cualquier mundo, de toda visión, porque es el descorrimiento de un velo, una gracia que Allah nos otorga para que nos beneficiemos de su sabiduría y de su compasión por nosotros.

No nos dice Allah que nuestra memoria sea una ámana. No nos deja ser libres en nuestro recuerdo, porque todas nuestras acciones son escritas, todas nuestras palabras recordadas, todas nuestras imágenes creadas. No hay nada en nuestra existencia que pueda dejar de ser, pues nada hay. Allah nos crea en el recuerdo, como un recuerdo suyo, como añoranza.

No nos está diciendo Allah que cuando se desmorone nuestro mundo, nuestra visión, estaremos muertos, sino que viviremos en la Realidad, según aquello que depositemos en la balanza de la realidad. Si no somos capaces de librar a nuestra conciencia de los ídolos, si no somos capaces de apartar el velo, no podremos vivir una vida real y nos veremos cercados por un abismo. No querremos mirar a ningún sitio mientras seamos purificados con el fuego, con el alejamiento, con la desolación, cuando Allah nos reclame aquello que nos confió, cuando nos pida Su ámana.

Allah reclama Su ámana. Una ámana en la que aparecen escritas nuestras acciones, una ámana que en manos de su Dueño y Señor, no es sino memoria completa e imborrable. Ahí comprendemos que nuestra razón y nuestra voluntad son sólo un préstamo, que no somos nosotros. Ahí comprendemos que sólo somos un recuerdo de Allah, una nostalgia de la existencia.

Las montañas no querían la ámana porque no querían tener la posibilidad de leer esa sura en la que aparecen como copos de lana cardada, como espuma sin consistencia flotando en el sueño de Allah.

Y a nosotros, los seres humanos, los necios que aceptamos nada menos que el compromiso de la conciencia, nos regala Allah una revelación en la que nos muestra la naturaleza de nuestra visión, la irrealidad de nuestro sueño. Ocurrirá el día en que los seres humanos parezcamos polillas revoloteando confusas. El día en que los seres humanos nos sintamos como una escoria flotando en la biosfera, como una mera conjunción de células revoloteando en el caldo de la verdad. Eso no es fácil de asumir. Eso no lo quiere nadie. La tierra, los cielos y las montañas son sabias, el ser humano no. Nosotros somos unos necios que creemos que porque pensamos sabemos o conocemos más y nos lo creemos. Somos unos razonadores empedernidos que necesitamos de la imagen del fin del mundo para poder conocernos a nosotros mismos, para comprender la nada que somos. Ignorantes que necesitamos de los ejemplos y parábolas que Allah nos propone para poder atisbar un rastro de sentido. Alhamdulilah.

II.

Las montañas no quisieron la ámana porque la ámana implica, sobre todo, recibir una Revelación, descorrer un velo y adquirir un sentido. Esa Revelación supone un compromiso, una carga, un peso. Querer la ámana implica necesariamente asumir el ajlaq, la responsabilidad que se deriva de la conciencia. Ese ajlaq es la condición de nuestro jalifato y el cimiento de nuestro imán. Imán viene de ámana. Nuestro imán es la forma de ser natural que tiene nuestra conciencia, porque somos criaturas y porque ser conscientes de nuestra condición nos ayuda a ser conscientes de Dios, nos acerca a ese Señor Inabarcable que nos dice:

Si hubiéramos hecho descender este Qur’án sobre una montaña, la verías en verdad humillarse y hacerse pedazos por temor a Allah. Y planteamos todas estas parábolas a los hombres para que puedan aprender a reflexionar.

(Corán, 59- 21)

Ningún universo puede contener a Allah. Sólo el corazón del siervo puede contenerLe. Allí están los símbolos y las parábolas que Allah nos propone. Ni siquiera las más sólidas creaciones de Allah, ni siquiera los elementos más estables de nuestra visión tienen entidad ninguna frente a la realidad, frente a la Verdad, cuando acontece la Revelación.

Bujari nos transmite que, antes de recibir la Revelación, el profeta Muhámmad, salla allahu alehi wa salem, hablaba de “visiones verdaderas que eran como el despuntar de la luz del alba”. Cuando desciende la Revelación con Yibril, el profeta vive una experiencia de aniquilación total, de fanah fillah. Sus visiones se desmoronan y más tarde, cuando sale de aquel estado —según narra la sira de Ibn Ishak— el profeta Muhámmad dice:

“Fue como si las palabras hubieran sido escritas en mi corazón.”

La experiencia de la revelación es consecuencia de la ámana, del préstamo de conciencia y de visión que Allah nos hace y sin el cual nada podríamos conocer. Y si nuestros corazones pueden contenerLe, nuestros corazones son entonces el lugar donde Allah se aposenta, el trono desde donde nos habla. Los latidos de nuestra existencia son entonces las hojas del libro de nuestra vida, los ayat que recitan cualquier historia, la energía verdadera que no se detiene en las anécdotas, en esas formas particulares que nos distraen del Recuerdo.

Nuestros corazones pueden contenerLe porque nuestros corazones pueden recordar, porque es aquí donde Allah quiere asentar el trono de su realeza.

Du’a

¡Allahumma!

Ayúdanos a librarnos de nuestras visiones.

Líbranos del shirk y de la idolatría.

Haznos conscientes de la realidad.

Descorre los velos que nos separan.

Tú nos has creado con la ilusión de la libertad. Haz que nuestras decisiones sean las tuyas. Procura que seamos conscientes de que todo cuanto nos ocurre tiene un sentido, un propósito, que no es otro que el de encontrarte.

Protégenos de la dualidad, del dolor y de la diferencia y haznos disfrutar de la unidad haciéndonos conscientes de Ti, de Tu Sabiduría y de Tu Poder.

Quédate a solas con nosotros y ayúdanos a encontrar el camino de nuestra liberación. Condúcenos por la Via del Recuerdo y déjanos allí, recordándote.

Ilumina nuestros pasos y acepta nuestro agradecimiento.

Vuélvenos agradecidos y sensibles al bien y a la belleza.

Ayúdanos a conocernos unos a otros y haz que vivamos todos enamorados.

Amin.

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