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¿Debe el Estado democrático ser tolerante con los musulmanes?

05/12/2002 - Autor: Abdelkarim Osuna
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Abdennur Prado
Abdennur Prado

A las doce de la mañana, en el avión se sirve el desayuno, mientras leo un artículo de Marc Carrillo sobre "inmigración y valores constitucionales" (El País, martes 26 de noviembre de 2002, pág.13). En la parte trasera del avión el desayuno es rechazado tan solo por un par de personas: una hermosa mujer de color cubierta con un velo y el joven español rubito que esto escribe. Estamos en Ramadán, y la azafata, que reconoce los motivos de la mujer velada, se sorprende cuando un occidental rechaza el desayuno. En el artículo citado hay una pregunta que me sobresalta:

...cuando los comportamientos individuales y colectivos —por ejemplo, de los musulmanes— se guían por normas no racionales, ¿debe el Estado democrático ser tolerante con ellos?

Esta clase de opiniones han dejado hace tiempo de indignarme, y sin embargo ahora siento una leve irritación: ¿Somos los musulmanes seres que basan sus vidas en normas no racionales? ¿Y qué pasa con los católicos, acaso debe la sociedad democrática tolerar a alguien que cree en la santísima trinidad? ¿Y que pasa con el resto de los ciudadanos, habrá que crear un índice de racionalidad para saber si cada individuo debe ser o no tolerado? ¿O se da por supuesto que los nativos, por el hecho de serlo, son todos racionales? ¿Qué pasa entonces conmigo, musulmán español…?

Además: si lo que el catedrático afirma es que un creyente basa su vida en principios irracionales, y que esto es un peligro para la democracia… entonces habría que preocuparse por la situación de los EEUU. Una encuesta reciente revela que el 86% de los estadounidenses creen que Dios les ama… Sí, claro, Dios les ama, pero ¿debe el Estado ser tolerante con ellos?

Por lo que respecta a los musulmanes en España, la pregunta ha sido contestada con un NO rotundo durante más de quinientos años, así que no debemos extrañarnos. España está todavía empezando a habituarse a la pluralidad, y hay que notar que la mayoría de los que ahora son catedráticos iniciaron sus estudios durante la dictadura. Estamos en unos tiempos tan confusos que a veces hasta las personas a las cuales se les presupone una mínima sensatez (por sus estudios o su cargo) se salen de madre. Parece que hay algo que se siente amenazante, y que inspira tal desconfianza que salen a flote extraños atavismos.

Pues, ¿qué nos está diciendo una frase como esta? El Diccionario de la Real Academia define la palabra "tolerar" como:

1. Sufrir, llevar con paciencia.

2. Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente.

A partir de aquí podemos deducir lo que la no-tolerancia significa: no permitir algo que se tiene por ilícito, no tener que sufrirlo. Del "permitir, sin aprobar" de nuestras instituciones puede pasarse en cualquier momento a mostrar frontalmente el rechazo hacia una forma de vida que es percibida como "no lícita" (en eso están de acuerdo el que tolera y el que no tolera). En un momento en que los musulmanes estamos reclamando un pleno reconocimiento, nos encontramos con que incluso nuestros más básicos derechos son cuestionados. Pero claro: cuando los comportamientos se guían por normas no racionales... ¡es normal que el Estado se defienda!

Lo peor es que la pregunta de nuestro catedrático refleja una opinión bastante divulgada. Según ésta, el Islam es una amenaza para una sociedad basada en la diversidad y en los derechos del hombre, y regida por valores democráticos. Esta clase de discursos son esgrimidos por gentes situadas en puestos relevantes de la cultura, y sus ideas son difundidas ampliamente por medios de comunicación que se supone serios. Cuando los musulmanes escuchamos que el Islam no acepta la diversidad, no podemos sino llevarnos las manos a la cabeza. El Islam no sólo no es contrario a la diversidad de tradiciones, sino que el musulmán debe reconocer a todas ellas un origen común.

Si Al-lâh hubiera querido habría hecho de vosotros una única comunidad.

Qur’án 5;48/ 11;19/ 16;93).

Cada comunidad tiene un mensajero.

Qur’án 10,47/ 16;36).

Al-lâh ha enviado mensajeros a todos los pueblos de la tierra, en todos los idiomas. Todos los Profetas (que la paz sea con ellos) deben ser reconocidos por el musulmán como iguales ante Al-lâh:

¡Y cuantos profetas enviamos a los pueblos antiguos!

(Qur’án, Sujruf, 6)

Decid: ‘Creemos en Al-lâh y en lo que ha hecho descender sobre nosotros y en lo que descendió sobre Ibrahim, Ismail, Isaac, Jacob y sus descendientes, y los que fue entregado a Musa y a Îsa, y en lo que fue entregado a todos los demás profetas por su Sustentador: No hacemos distinción entre los profetas’.

(Qur’án, Sura al-Baqara, 136).

El respeto se dirige tanto hacia los creyentes de todas las tradiciones como hacia los no-creyentes:

Y si tu Señor quisiera creerían todos los que están en la tierra. ¿Acaso puedes tú obligar a los hombres a que sean creyentes? Ningún alma puede creer si no es con permiso de Al-lâh.

(Qur’án, 10, 99-100).

No te incumbe a ti hacer que sigan el camino recto sino que Al-lâh guía a quien quiere.

(Qur’án 2; 272).

Mientras la pluralidad ha sido reivindicada como algo positivo en occidente tan sólo a partir del siglo XVIII, hace siglos que en distintos lugares del mundo islámico se pueden encontrar sinagogas, iglesias, templos budistas, hinduistas, zoroastrianos, etc. Los primeros tratados de historia de las religiones fueron escritos por musulmanes hace siglos, mucho antes de que los ilustrados europeos se interesasen por las "culturas primitivas", y con una diferencia abismal: el motivo de los eruditos musulmanes suele ser el de resaltar la variedad querida por Al-lâh, mientras que la investigación de las "otras culturas" realizadas por el orientalismo clásico solía tener por objeto la dominación cultural, la fijación arbitraria de identidades y de definiciones.

Y aquí nos encontramos, refutando una y otra vez estas definiciones, citando los textos que rigen nuestra vida para refutar lo que dicen que rige nuestra vida, una y otra vez clamando al cielo: ¿cómo puede ser que gentes que se supone cultas e informadas sigan repitiendo las mismas mentiras de la misma manera? Unas opiniones que llegan a poner en duda derechos tan fundamentales como la libertad religiosa, que nos hablan de una supuesta guerra, que nos conminan a escoger: o ellos o nosotros. Es curioso que se hable de prohibir (en nombre de la libertad) una religión que defiende la libertad religiosa. Es curiosa que se hable de la conveniencia de ser intolerantes (en nombre de la tolerancia) con una cosmovisión para la cual la tolerancia es sólo un paso en el camino del pleno reconocimiento. El dictamen del conocido Giovani Sartori no puede ser más espeluznante: "el islam, que pasa ahora con un fuerte renacimiento, es, yo diría hoy que absolutamente, al cien por cien, incompatible con la sociedad pluralista y abierta en Occidente" (Entrevista a G. Sartori, El País 8 de abril de 2001). A esta supuesta incompatibilidad se refiere Marc Carrillo:

... ¿hasta que punto ha de ser abierta una sociedad sin llegar a autodestruirse? La preocupación al respecto se centra sobre todo en la incidencia que puedan llegar a tener los inmigrantes de convicciones sociales teocráticas en la estabilidad de las sociedades democráticas. Es decir, cuando los comportamientos individuales y colectivos —por ejemplo, de los musulmanes— se guían por normas no racionales, ¿debe el Estado democrático ser tolerante con ellos?

Llama la atención la expresión "inmigrantes de concepciones teocráticas"... Que nosotros sepamos el Islam es contrario a una concepción teocrática del gobierno, y lo ha sido durante toda su historia, salvo pequeñas excepciones. Desde el momento en que los musulmanes no admiten la posibilidad de Iglesia o de una casta de sacerdotes, ministros de Dios en la tierra, ¿cómo puede hablarse de una teocracia? ¿Quién puede decir que gobierna en "nombre de Al-lâh" en una religión que niega esa posibilidad como la peor de las blasfemias?

En los años cincuenta, Luis Gardet definía el modo de organizarse de la sociedad islámica como "una teocracia laica e igualitaria". Por su parte, el profesor egipcio Hasan Hanafi ha escrito: "el Islam es en su esencia una religión laica...". El paquistaní Mawdudi hablaba de una "teo-democracia", en la cual la soberanía de Al-lâh es ejercida conjuntamente por gobernantes y gobernados. Expresiones como estas ponen en evidencia que las palabras "teocracia" y "laicismo" pertenecen a un orden de cosas no aplicable al Islam sin violentar su sentido.

Es evidente que los musulmanes creemos (sabemos) que Al-lâh es el único gobernante, pero eso es algo que sucede no al nivel del gobierno, sino como una característica de la Creación en su conjunto. Es decir: por supuesto que Al-lâh gobierna, pero lo hace en todas partes, tanto en la Norteamérica como en el desierto. Él es al-Malik, el Único Soberano al cual el hombre consciente se somete. Frente al poder de Al-lâh el hombre inventa unas estructuras de poder, se da a si mismo la ficción de la soberanía.

Cuando el musulmán reivindica que "todo el poder viene de Al-lâh", lo que está diciendo es casi lo contrario a lo que esta frase significaba en el Ancien Régime, en el cual se refería a una soberanía divina ejercida por un poder centralizado en la figura del monarca. Cuando el musulmán se refiere a la soberanía de Al-lâh, está denunciando la usurpación del poder por parte de una oligarquía. Esto es lo que escribe Lahouri Addi en su artículo ¿Tiene cabida el Islam en la democracia?, en Webislam nº 125:

El eslogan «la soberanía sólo pertenece a Dios», no tiene el mismo significado político en los países musulmanes hoy y en la Europa de hace cuatro siglos. En este último caso servía para impedir la autonomía del poder temporal a favor de la Iglesia, que pretendía ser la única fuente de legitimidad por tener el monopolio de lo sagrado. En el primer caso, por el contrario, se trata de quitarle el poder a una oligarquía —civil o militar— y dar a ese poder carácter público, gracias a la religión con la que se identifica la mayoría de los creyentes. Tal reivindicación de «soberanía divina» expresa en realidad, una profunda aspiración a la participación en los asuntos del Estado. El sentimiento del hombre de la calle es que, si los hombres ejercieran el poder en nombre de Dios, lo harían por el bien común y por el interés de la colectividad, y dejarían de sentirse excluidos del ámbito del Estado.

Es habitual oír que los musulmanes tenemos una visión teocéntrica del mundo, con lo cual estaríamos defendiendo una sociedad jerarquizada. Y sin embargo eso es justo lo contrario a lo que la cosmovisión islámica proclama: el carácter insondable de Al-lâh se da como no localización, descentralización, apertura hacia lo ilimitado. Al-lâh es irrepresentable: no puede ser sustituido por imágenes ni por seres humanos, ya que esto significaría una limitación contraria a Su Realidad omniabarcante. Esto no es algo marginal, sino algo medular y profundamente arraigado en la conciencia de los musulmanes. Se trata del rechazo del Shirk, la idolatría.

En el centro de la cosmovisión islámica se halla la idea de Tawhîd, la Unicidad: la certeza de que todo lo que es criatura permanece unido por su origen en lo incondicionado. Todo está en todas partes, lo cual haya una explicación en la física moderna. El Tawhîd implica una concepción orgánica del hombre en la naturaleza, en una Creación que ninguna criatura puede abarcar con la mirada. Todas las prácticas del Islam (esas normas que Marc Carrillo considera irracionales) tienen por objeto integrar armónicamente al hombre dentro de una totalidad que él no puede controlar. Ningún aspecto puede quedar fuera de la práctica, pues la toma de conciencia del Tawhîd hace que todos nuestros actos sean actos de ‘ibada, modos de adoración, medios de vincularnos a ese todo del que somos parte. El Islam rige por completo la vida del individuo, tanto en su introspección como en su expansión hacia lo exterior, tanto en su soledad esencial como en lo colectivo.

La ‘ibada en su conjunto es el modo a través del cual lo múltiple es reintegrado a la Unidad. Pero esa Unidad no es localizable en lugar alguno, carece de imagen, no puede ser representada. Toda intención de representarla, sea interna (a través de la fijación de una doctrina) o externa (a través de asociar algo al Creador, o de otorgarle unos "representantes" en la tierra) es un acto de Shirk: de idolatría, lo cual significa: Al-lâh permanece siempre más allá de todas las determinaciones, inalcanzable. Pero, al mismo tiempo, es Él quien nos hace y deshace a cada instante, Quien nos ofrece Su guía a través de sus Mensajeros, que la paz sea con ellos. El Islam se nos presenta como contrario a un modelo social que tiende a la acumulación, a lo cuantitativo, y a la creación de centros de poder frente a una periferia empobrecida que da vueltas a ella buscando una limosna. El poder absoluto de Al-lâh se manifiesta en todos los lugares de la Creación, sin dar lugar a una fijación definitiva. Todo centro se identifica con la periferia: es periferia de otro centro. El centro de los centros permanece más allá de toda determinación, pero está presente en cada uno:

"No me abarcan ni los cielos ni la tierra, pero me contiene el corazón de quien se abre a Mí".

(Hadiz qudsí, donde Al-lâh habla en primera persona).

La re-integración que el musulmán realiza de sus capacidades dispersas en la Unidad tiene mucho de vertiginoso: se nos exige dar un salto en el vacío, abandonar todo asidero. El creyente tiene la certeza de que en la ausencia de dogmas y doctrinas es donde Al-lâh le otorgará Su guía. Eso es el Qur’án: la revelación que Él nos ha entregado, que nos entrega a cada instante. Los musulmanes, al dar testimonio de la Unicidad de todo lo creado, pasan a formar parte de la Ummah. Esta palabra se traduce literalmente por matria: designa a la tierra como madre, como el lugar de la teofanía. La matria es distinta del Estado, no puede coincidir con una estructura de poder basada en el nacimiento o en la ciudadanía, sino en el reconocimiento del Tawhîd.

El concepto de ciudadanía está asociado a eso que Michel Foucault llamaba "biopolítica": una política que se impone al "cuerpo-social", a través de dispositivos que regulan su natalidad, su fecundidad, su mortalidad… En el artículo 8.1 del Tratado de Maastricht se establece que "será ciudadano de la Unión toda persona que ostente la nacionalidad de un Estado miembro". Quien no tiene la nacionalidad de uno de los Estados miembros de la Unión no es ciudadano, es decir: no es sujeto de derecho. Este es el límite interno de los derechos del hombre. Habría que estudiar el proceso a través del cual los Estados se han ido apropiando cada vez más férreamente de la idea de ciudadano. Esto convierte a la ciudadanía europea en una regla de exclusión: una regla a la cual se enfrentan cada día muchos inmigrantes. Frente a esto, la pertenencia a la Ummah no es algo que ningún poder terrenal otorga, sino un hallazgo personal de cada uno.

De esto se desprende todo un concepto de la soberanía, que va de lo interior (el corazón, el centro) hacia lo colectivo. El hombre soberano es aquel capaz de adaptarse a la Creación continua que Al-lâh opera sobre el mundo, y es capaz de reconocer al Creador en todo lo que le rodea. Una frase de al-Tustari nos revela la profundidad que una teoría islámica de la soberanía puede alcanzar, muy lejos ya de los conceptos de laicismo y teocracia con la algunos tratan de explicarse lo que les es desconocido:

La soberanía divina tiene un secreto y ese secreto es tú, ese tú que es el ser de quien se habla; si ese tú llegara a desaparecer, la soberanía sería igualmente abolida.

Todo lo dicho deviene en una teoría de la soberanía que puede equipararse a la idea de una democracia participativa, basada no en las estructuras del Estado sino en la consulta directa. Esto está basado en el principio de que cada creyente tiene la capacidad e recibir la revelación y de aplicarla en su vida según Al-lâh le de a entender. A partir de ahí las primeras generaciones de musulmanes establecieron una serie de criterios que hacían posible una sociedad basada en la Palabra revelada: ray (opinión), iÿtihâd (esfuerzo intelectual), iÿma’ (consenso), qiyas (analogía), talil (motivación), istishab (contextualización), Istihsan, (búsqueda de lo mejor). Son los llamados usul al-fiqh: los métodos para hacer jurisprudencia, que pueden variar de una escuela a otra. Dado que el Qurán no es un libro de leyes, es necesario que los musulmanes se pongan de acuerdo entre sí a la hora de extraer unas normas jurídicas que sean aceptables para el conjunto de la sociedad, y aún así se sigue considerando válido todo juicio de valor propio, siempre que encuentre un fundamento en el Qurán y en la Sunna del Profeta, que la paz sea con él.

Esto es lo que se refiere al Islam tradicional, que nada se parece al modelo occidental de teocracia. Según nos dice Al-lâh en el Qur’án, los que son creyentes: "…tienen por norma consultarse entre sí…" (surat ash-Shura 38). Los musulmanes saben que no hay soberanía fuera de la Misericordia creadora, y que ésta no puede ser representada por nadie. Esta conciencia se extiende hasta el Profeta Muhámmad, que la paz sea con él. En el Qur’án Al-lâh se dirige al Profeta en los siguientes términos:

Y consulta con ellos los creyentes en todos los asuntos de interés público; luego, cuando hayas tomado una decisión, pon tu confianza en Al-lâh: pues, ciertamente, Al-lâh ama a quienes ponen su confianza en Él.

(Qur’án, al-Imram 159)

Comenta Muhámmad Asad, en El Mensaje del Qur’án:

Este precepto, que implica el gobierno mediante consenso y consulta, debe considerarse como una de las cláusulas fundamentales de la legislación coránica relativa al régimen de gobierno. El pronombre "ellos" se refiere a los creyentes, es decir, a toda la comunidad, mientras que la expresión al-amr que aparece en este contexto —así como la frase amruhum shura bainahum en 42:38 revelada mucho antes— denota todos los asuntos de interés público, incluida la administración del estado. Todas las autoridades coinciden en que esta ordenanza, si bien va dirigida en primer lugar al Profeta, es vinculante para todos los musulmanes y en todos los tiempos. Algunos sabios musulmanes deducen del texto de esta ordenanza que el jefe de la comunidad, si bien está obligado a someter los asuntos al consejo, es libre de aceptar o rechazar sus recomendaciones; sin embargo, resulta evidente que esta es una conclusión arbitraria, si se recuerda que el Profeta se consideraba obligado a acatar las decisiones de su consejo.

Volviendo al artículo de Marc Carrillo, no podemos más que preguntarnos: ¿De donde saca que los inmigrantes tienen "convicciones sociales teocráticas"? Sin duda se trata de un prejuicio, o de un malentendido. Es un mecanismo de la mente el asociar algo que se desconoce a algo conocido. El catedrático comete la torpeza de referirse a algo que ignora mediante su equiparación a las formas religiosas que le son conocidas: el catolicismo en el cual (probablemente) ha sido educado. Sus prejuicios sobre el Islam se dan a dos niveles: el del comportamiento individual (irracionalidad) y en el plano colectivo (teocracia). Lo que subyace detrás de estas opiniones es el viejo complejo de superioridad de la sociedad occidental, obsesionado con una mitología de las edades del hombre: de haber logrado el paso de un estadio religioso hacia una era de racionalidad. Es difícil de creer, pero hay gente que siguen pensando de ese modo, sin tener en cuenta la destrucción operada en el planeta, la corrupción en todos los ordenes de la sociedad, la sinrazón de los mecanismos sociales dominantes: la eficacia a toda costa, el consumismo, el sistema carcelario, la acumulación de riqueza en unas pocas manos, la pobreza de la mayoría, condenada a sufrir el hambre a causa de la supuesta racionalidad de un mundo cada vez más deshumanizado.

Se me ocurre —como resultado del la irritación producida por la pregunta—, que el catedrático está bloqueado en su propio conflicto interno (Iglesia/Madre-Estado/Padre), y no contempla la posibilidad de acceder a un plano que no es sino la superación de ese conflicto, mediante la superación de toda estructura jerárquica como modo de organizarse una sociedad pacificada. Esto puede desprenderse de su artículo, cuando habla del papel del Estado como Padre:

El Estado no puede ejercer una especie de paternalismo que lo conduzca a tolerar comportamientos individuales o colectivos que constituyan una violación de la dignidad y los derechos humanos esenciales. Contra esto el Estado ha de ser beligerante, pues es evidente que la democracia ha de servir para liberar personal y socialmente al individuo.

En la primera parte de esta frase se refiere al Estado: "el Estado no puede tolerar…" y en la segunda a la democracia: "la democracia sirve para liberar…". El papel del Estado es el de limitar lo que el individuo puede o no hacer, pensar, creer, sentir: lo que no es tolerable no se puede tolerar. Al mismo tiempo, el Estado decide quien es y no es un ciudadano. Lo tolerable debe coincidir con la liberación que la democracia proporciona, con lo cual se comprende que se busque hacer coincidir el Islam con una conducta intolerable, para justificar el trato que se les da a los inmigrantes.

Lo que no se nos dice es como una democracia bajo semejantes parámetros puede contribuir a liberar al individuo. Más bien estamos abocados a todo lo contrario: la injerencia cada vez mayor del Estado en la vida de los ciudadanos, bajo la amenaza constante de la exclusión. El pueblo gobierna, pero no decide que leyes le gobiernan: la ley sigue siendo el objeto de monopolio por parte de una casta... ¿acaso no vivimos una forma encubierta de teocracia? La ley está por encima de la democracia, lo cual explica casos como Argelia: la voluntad de la mayoría de la población es aplastada por una oligarquía militar y económica que actúa "en nombre de la democracia". No hay que engañarse: se trata del Estado contra el pueblo.

Porque, ¿qué es el Estado? No es este, por supuesto, el lugar más apropiado para contestar a esta pregunta. Me limitaré a citar unas líneas de Luis Alberto Ayala Blanco, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Autónoma de México:

¿Qué es el Estado? Una definición sería: el lugar donde cada persona deposita su poder para ya no tener que seguir cargando con él. Otra, siguiendo la anterior, sería: la objetivación de la voluntad general en una instancia que determine los deberes e interdictos de los individuos en un espacio común. (...) El Estado, querámoslo o no, es el producto de un supuesto pacto donde todos nos comprometemos a delegar nuestro poder en algo que, en forma de representación, lo va a detentar y ejercer en nombre del bien común. (en: ¿Reforma del Estado?. El subrayado es mío)

¿Para cuando será capaz el hombre de liberarse de esas estructuras de poder y poder comunicarse con la Realidad directamente? ¿Hasta cuando seguirá preso de las representaciones? Solo Al-lâh sabe. La dependencia del hombre de una jerarquía es eso que el Islam vino a abolir hace cientos de años, con la posibilidad otorgada de recibir la revelación en cada corazón, según la capacidad de cada uno. Esta posibilidad es imposible sin el uso de la razón, tal y como Al-lâh nos dice en el Qur’án generoso:

Ciertamente, en la creación de los cielos y de la tierra, en la sucesión de la noche y el día: en las naves que surcan el mar con lo que es de provecho para el hombre: y en las aguas que Al-lâh hace descender del cielo, dando vida con ellas a la tierra, antes muerta, y haciendo que se multipliquen en ella toda clase de criaturas: en la variación de los vientos, en las nubes sujetas a su curso entre el cielo y la tierra: en todo eso hay mensajes claros para gentes que usan su razón.

(Qurán, al-baqara 164)

El uso de la razón es esencial al Islam, tal y como el Qur’án nos dice en muchos otros pasajes. Esto es así hasta el punto de que, según el dicho del Profeta (paz y bendiciones): "Sólo se comprende todo el bien con el intelecto. No hay modo de vida (o religión verdadera) para quien no tiene intelecto". (De Tuhaful Uqul, pag. 44). Pero esto es algo que el catedrático no puede comprender, por el momento, pues parece acostumbrado a asociar la espiritualidad con el irracionalismo. Seamos comprensivos: para alguien que ha sido educado en los principios del nacional-catolicismo, su rechazo de la religión está justificado.

Pero cuando se les dice: "Seguid lo que Al-lâh ha revelado", algunos responden: "¡No!, seguiremos lo que hemos hallado que creían y hacían nuestros antepasados." ¡Pero! ¿Aun si sus antepasados no usaban la razón y carecían de toda guía? Y así, la parábola de aquellos que se empeñan en negar la verdad es la de una bestia que al oír el grito del pastor no percibe sino el sonido de una voz y una llamada. Son sordos, mudos y ciegos: porque no usan su razón.

(Qur’án, al-baqara 170-171)

La razón es un animal extraño, capaz de lo más noble y de lo más horrible. Los filósofos nos han hablado de una razón individual y de una razón colectiva. Existe también una razón de Estado que ha sido situada (por Adorno y Horkheimer, entre otros) en el origen de las diversas formas de barbarie del siglo XX —Auschwitz, el Gulag o Hiroshima. Todos los grandes movimientos del terror del siglo XX reivindicaron una racionalidad al servicio del progreso, ese mismo progreso que ahora se dice amenazado por un colectivo de seres irracionales y concepciones teológicas. La razón de Estado es perversa porque parte de la tiranía del concepto y del positivismo con los que el ser humano pretende dominar la naturaleza de una forma impulsiva y totalitaria y, en definitiva, dominar al hombre.

Lo que Al-lâh nos propone es usar nuestra razón para comprender aquello que nos rodea, no a través de aplicarle ningún saber positivo, sino en ser capaz de recibir el sentido directamente como experiencia que emana de una Realidad en constante movimiento, y por eso capaz de transformarnos. El uso de la razón no puede reducirse a la aplicación de un saber pre-establecido. Frente a las ciencias del hombre, que proyectan una determinada estructura mental asociada (como ya mostró Michel Foucault) a un ejercicio de poder, la Revelación nos ofrece la posibilidad de permanecer en lo abierto sin agarrarnos a ninguna teoría, a ninguna coartada… Nuestra razón no puede ser un instrumento de dominio, sino de comprensión de nuestro entorno. No es sólo un instrumento, pues un instrumento puede ser usado para otros fines que los que la razón propugna: puede usarse la razón al servicio de un afán de lucro, de un desequilibrio que nada tiene de racional. La razón es un camino para comprender lo que es anterior a ella: los procesos del día y de la noche, el movimiento de los astros, el latido interno de las cosas. Para acceder a esa comprensión hay que comenzar reconociendo que nuestro saber es siempre limitado, que la recta razón nos abre, no nos protege en un saber cerrado, sino que nos conmina a mirar a lo desconocido de lo que formamos parte.

Al-lâh Conoce lo que está entre sus manos y lo que está detrás de ellos mientras que ellos no abarcan de Su conocimiento sino aquello que Él quiere.

(Qur’án, al-baqara 255)

La revelación nos da la posibilidad de permanecer en el mundo tal y como se nos revela, con su diversidad esplendorosa. Esta es, sin duda, la verdadera amenaza que el catedrático siente: la de acceder a su mayoría de edad como ser humano, liberarse de las estructuras de saber-poder (Madre Iglesia-Padre Estado) como referente, y acceder a un diálogo directo con la Realidad. El Islam no es más que eso: la relación directa que cada ser humano entabla con Al-lâh, según su capacidad y entendimiento. La relación del uno (el hombre unificado) con el Único. En esa relación el ser humano desaparece como un ente separado, se reconoce inscrito en el orden milenario de la tierra, formando parte de un mundo regido por unas Leyes anteriores a cualquier ley creada por el hombre. Se reconoce sometido, y no acepta otra guía que la Palabra revelada.

¡Oh vosotros que habéis llegado a creer! Sed firmes en establecer la justicia, dando testimonio de la verdad por Al-lâh, aunque sea en contra vuestra o de vuestros padres y parientes. Tanto si la persona es rica o pobre, el derecho de Al-lâh está por encima de los derechos de ambos. No sigáis, pues, vuestros propios deseos, no sea que os apartéis de la justicia: porque si la alteráis u os evadís, ¡ciertamente, Al-lâh está bien informado de todo cuanto hacéis!

(Qurán, surat 4, 135)

No os devoréis la hacienda injustamente unos a otros, ni empleéis artimañas legales tratando de devorar injusta y deliberadamente lo que por derecho pertenece a otros.

(Qurán, surat 2, 188)

Llama, pues, a toda la humanidad, y persevera en el camino recto, como te ha sido ordenado; y no sigas sus caprichos, sino di: "Creo en toda la revelación que Al-lâh ha hecho descender; y me ha sido ordenado que promueva la equidad en vuestras discrepancias. Al-lâh es nuestro Sustentador y también vuestro Sustentador. Nuestro será el fruto de nuestras acciones y vuestro el fruto de las vuestras. Entre nosotros y vosotros no hay discusión: Al-lâh nos reunirá a todos –pues hacia Él es el retorno."

(Qur’án 42; 15)

El encuentro de cada criatura con el Creador nos conduce al umbral de otro diálogo: el que entablan los hombres entre sí. Un contrato social basado en estas premisas tiende a mostrar que el hombre, cuando se ha liberado de toda idolatría, es capaz de convertirse en el califa de la Creación, de ejercer esa responsabilidad que emana del sometimiento, de la aceptación consciente de la Unidad de todo lo creado. Responsabilidad que me arranca de mi mismo, de mi solipsismo, de mis limites de criatura, para insertarme en un entramado de relaciones donde el otro no es un ser ajeno, sino otro modo de yo, el hombre. La comunidad de los creyentes, in sha Al-lâh. Ante esta perspectiva es lógico que el Estado se defienda.

Pero sólo Al-lâh sabe.

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