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Bush-Hitler: ¿una comparación exagerada?

17/10/2002 - Autor: Redacción Amanecer - Fuente: www.revistaamanecer.com
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Bush Hitler
Bush Hitler

"Naturalmente la gente corriente no quiere la guerra. Ni en Rusia, ni en Inglaterra, ni tampoco en Alemania. Esto es comprensible. Sin embargo, después de todo, son los líderes del país los que determinan la política y se trata simplemente de hacer que la población la acepte, ya se trate de una democracia parlamentaria, una dictadura fascista o una comunista. Se puede hacer siempre que el pueblo siga a sus líderes. Es fácil. Todo lo que hay que hacer es hacerles creer que están siendo atacados y denunciar a los partidarios de la paz por su falta de patriotismo y su irresponsabilidad al exponer al país a un peligro. Esto funciona lo mismo en cada país".

Herman Goering, número dos del régimen nazi.

El pasado mes de septiembre, las declaraciones de la ministra alemana de Justicia, Herta Daubler-Gmelin, más tarde negadas por ésta, en las que se comparaba al presidente norteamericano, George W. Bush, con Adolfo Hitler recibieron una amplia difusión mundial. El canciller alemán, Gerhard Schroeder, envió a Bush una carta de disculpa y los medios y medios políticos norteamericanos reaccionaron de forma histérica vertiendo todo tipo de acusaciones contra el gobierno alemán. Hay que decir, sin embargo, que las palabras de la ministra contienen una innegable verdad. Uno de los factores, aunque no el más importante, que alienta una agresión norteamericana contra Iraq, es la mala situación social y económica que vive en la actualidad EEUU. La creciente polarización social, exacerbada por el colapso de los mercados bursátiles, la quiebra de grandes empresas y los escándalos de fraudes financieros, que están salpicando a miembros relevantes del gobierno de EEUU, hacen que un conflicto armado sea una vía fácil para distraer a la población norteamericana con respecto a estos problemas. Tal analogía no significa que el sistema de gobierno de EEUU sea igual que el del Tercer Reich. Sin embargo, sería absurdo rechazar cualquier comparación entre los métodos de Bush y los de Hitler.

La política de Hitler en los años treinta fue una continuación, en una forma particularmente agresiva y belicosa, de la estrategia que habían seguido las élites políticas y económicas alemanas desde finales del siglo XIX. Durante todo el período nazi, el Ministerio de Exteriores alemán estuvo en manos de figuras que pertenecían a esas élites tradicionales —como Ernst von Weizsaecker, cuyo hijo, Richard von Weizsaecher, se convertiría más tarde en presidente de la República Federal de Alemania. Hoy está también demostrado que varias grandes empresas alemanas financiaron a Hitler y al Partido nazi y facilitaron su subida al poder. Estas élites eran conscientes de los planes agresivos de Hitler, que éste nunca había tratado de ocultar, y esperaban que una guerra diera a Alemania, y a ellos mismos, un control sobre Europa, no sólo en el plano político y militar sino también en el económico.

La Administración Bush, por su parte, ha seguido en los dos últimos años una política, tanto interior como en el exterior, que sólo puede situarse dentro de los parámetros de la extrema derecha: unilateralismo y extrema agresividad, en el plano exterior, y un recorte de libertades y medidas de estado policía, en el interior. Y todo ello en interés también de una pequeña élite financiera y política. Desde hace más de medio siglo, todas las sucesivas administraciones estadounidenses han utilizado el espectro de lo sucedido en Munich en septiembre de 1938 —cuando el primer ministro británico, Neville Chamberlain, se plegó a los deseos de Hitler y aceptó la anexión de los Sudetes, una región checa poblada mayoritariamente por alemanes étnicos, a Alemania— para justificar sus propias políticas agresivas hacia otros países.

Los responsables norteamericanos intentan siempre camuflar tales políticas como "ejemplos de resistencia a la agresión". Sin embargo, los intentos actuales de presentar a Bush como una especie de Winston Churchill que se mantiene firme frente a un tirano tipo Hitler, en este caso Saddam Hussein, revisten un grado de cinismo que no había sido visto nunca anteriormente. De hecho, un estudio detallado de los métodos empleados por la Administración Bush en lo que respecta a la crisis iraquí guardan un paralelismo casi absoluto con las tácticas empleadas por el régimen nazi en su fabricación deliberada de la crisis de Checoslovaquia, que llevaría a la firma de los Acuerdos de Munich de 1938. En el verano de aquel año, dos factores —un rearme sin precedentes y una crisis socioeconómica para la cual el régimen nazi no tenía ninguna solución racional que ofrecer— estimularon la creencia de los líderes nazis de que había llegado la hora de recurrir a la guerra. Para alcanzar este objetivo, Hitler desencadenó la crisis de los Sudetes con Checoslovaquia. Sin embargo, lo cierto es que, como han demostrado los historiadores, Hitler —al igual que sucede con Bush en la actualidad en el tema de Iraq— no estaba interesado en obtener concesiones de Checoslovaquia, sino que buscaba meramente un pretexto para desencadenar su guerra de agresión en Europa.

En su biografía de Hitler, el historiador Ian Kershaw señala que el dictador alemán se mostró extremadamente molesto por las concesiones que los británicos y los franceses habían realizado en Munich y que habían permitido a Alemania apoderarse de la región de los Sudetes sin disparar un solo tiro. Hitler firmó el documento de Munich, que permitió el desmembramiento de Checoslovaquia, sin ocultar sus reticencias y su desgana. "Para él, tal documento carecía de sentido. Y para él, Munich no fue una gran causa de celebración. Sentía que le habían robado la gran victoria que, con toda seguridad, le habría proporcionado una guerra limitada con los checos, que él había estado buscando todo aquel verano" (Ian Kershaw, Hitler 1936-1945).

Previamente, Hitler había llevado a cabo su propia versión de un "cambio de régimen" en Austria. Sicarios nazis asesinaron al canciller austríaco, Engelbert Dollfuss, el 25 de julio de 1934, una política ésta que recuerda los actuales y públicos llamamientos de responsables norteamericanos en favor del asesinato del presidente iraquí, Saddam Hussein. El sucesor de Dollfuss, Kurt von Schuschnigg, fue presionado por Hitler para que dimitiera con el fin de ser reemplazado por el nazi Artur Seyss-Inquart, cuando el primero cometió el error imperdonable, a los ojos de Hitler, de convocar un referéndum para que el pueblo austríaco decidiera si quería o no ser absorbido por el Tercer Reich alemán. Hitler intentó también este "cambio de régimen" en Polonia, cuando exigió al presidente polaco, Josef Beck, que dimitiera. El resto es conocido. Beck rechazó con coraje las amenazas nazis y estalló la Segunda Guerra Mundial dando lugar a seis años de destrucción, que causaron la muerte a cincuenta millones de personas.

Ahora Bush está planeando hacer con Bagdad lo mismo que los nazis hicieron en ciudades como Rotterdam o Coventry, o anteriormente en Guernica. George W. Bush no es Adolfo Hitler, pero la política exterior de su gobierno está siendo diseñada por los sectores más agresivos y ultras de la élite política norteamericana, que, al igual que sucedió con Hitler y su entorno, defienden abiertamente el recurso a la guerra como un medio de lograr una hegemonía mundial absoluta que satisfaga sus ambiciones estratégicas y económicas. El gobierno de EEUU se ha embarcado así en un programa de militarismo y provocaciones políticas que no había tenido lugar desde los tiempos del nazismo. Esta comparación no es ni retórica ni exagerada. Los dirigentes estadounidenses han establecido "la doctrina oficial del ataque preventivo", en otras palabras, ataques realizados con propósitos agresivos, a los que se intenta disfrazar, aunque sin intentar siquiera ser convincente, de "autodefensa".

La Administración Bush ha iniciado diversos preparativos para lanzar una guerra contra Iraq, que podría ser calificada, si efectivamente llega a estallar, de un gran crimen contra la humanidad, similar a los que llevaron a los dirigentes de la Alemania nazi y el Japón imperial a ser juzgados, condenados y ejecutados tras el fin de la Segunda Guerra Mundial en los famosos procesos de Nüremberg y Tokio. Existen razones para creer que los responsables de la Administración Bush temen un posible enjuiciamiento, siguiendo el precedente del Juicio de Nüremberg, que declaró a los dirigentes nazis culpables de "crímenes contra la humanidad", de "llevar a cabo una guerra de agresión" y de "conspiración para desencadenarla" por sus invasiones de países como Checoslovaquia, Polonia, Dinamarca, Holanda y otros.

Los dirigentes norteamericanos han iniciado una estridente campaña dirigida a lograr que los militares y responsables de la política exterior de EEUU queden exentos de la jurisdicción del Tribunal Penal Internacional, recientemente establecido por la ONU para juzgar los crímenes de guerra. El pasado 7 de septiembre, el periódico The New York Times señalaba: "La Administración Bush está cambiando de justificación en lo que se refiere a sus intentos para que los ciudadanos norteamericanos queden fuera de la jurisdicción del Tribunal Penal Internacional. Actualmente está diciendo a los aliados europeos que la razón principal para ello es la de proteger a los altos dirigentes de EEUU de la posibilidad de ser arrestados o procesados por el Tribunal por los cargos de crímenes de guerra, según han señalado fuentes de la Administración (Bush)".

Responsables norteamericanos citaron a este respecto el caso del secretario de Estado de EEUU, Henry Kissinger, que ha sido demandado ante tribunales chilenos y norteamericanos por su presunta responsabilidad en las matanzas en masa que siguieron al golpe de Estado de Pinochet de 1973, respaldado por la CIA. Un alto responsable de EEUU declaró a The New York Times, que el gobierno norteamericano estaba preocupado no "por el procesamiento de soldados norteamericanos que pudieran cometer atrocidades" sino por "el procesamiento por crímenes de guerra de los altos responsables del gobierno: el presidente Bush, el secretario Rumsfeld y el secretario Powell".

La Administración Bush ha copiado también la táctica, empleada por Hitler y Goebbels, de difundir mentiras que sirvan como pretextos que justifiquen su política de agresión contra Iraq. Una de estas mentiras es el intentar presentar a Iraq como si fuera una amenaza mortal para EEUU. Esta campaña se aprovecha de la ignorancia de una parte de la opinión pública, especialmente la norteamericana, acerca de los hechos más elementales. Iraq es, en la actualidad, un país empobrecido que ha quedado desvastado por el ataque norteamericano de hace sólo una década y no representa ninguna amenaza para EEUU. Iraq ocupa, en lo que respecta a la población, el lugar número 44 del mundo. Por lo que se refiere a su superficie, este país se encuentra en el puesto 56. La disparidad entre la economía de ambos países es enorme. En el año 2000, Iraq tuvo un PIB de 57.000 millones de dólares, menos de la riqueza de un solo norteamericano, Bill Gates. EEUU, con un PIB de 11 billones de dólares, es 200 veces más fuerte económicamente que Iraq. El nivel de producción de este último país lo coloca justo por debajo de países como Myanmar (Birmania) o Sri Lanka, y justo por encima de otros como Guatemala o Kenia. Sin embargo, y con unas pocas excepciones, la prensa norteamericana se ha echo eco de las mentiras e insensateces que su propio gobierno intenta hacer creer a la opinión pública, presentando a Iraq como un país del cual EEUU puede esperar un ataque en cualquier momento.

Por otro lado, han comenzado a aparecer analogías en la prensa norteamericana entre la Sociedad de Naciones, el organismo internacional que existió en el período comprendido entre las dos guerras mundiales y la actual ONU. Esto estuvo motivado, sin duda, por la propia comparación realizada por Bush en su discurso ante la Asamblea General de la ONU del pasado mes de septiembre, en la que señaló que la ONU fracasaría, al igual que sucedió con la Sociedad de Naciones, si no se alineaba con la postura de EEUU favorable a una guerra contra Iraq. Bush no ofreció, sin embargo, argumentos que apoyaran la validez de esta analogía. Esta tarea de explicación quedó a cargo de comentaristas como George Will, que en su columna del Washington Post ofreció su particular interpretación de las palabras de Bush. "En Iraq, la ONU hace frente a una situación similar a la de Abisinia. Éste era el nombre por el que se conocía a Etiopía en octubre de 1935, cuando la Italia de Mussolini la invadió y la predecesora de la ONU, es decir la Sociedad de Naciones, demostró ser un organismo impotente a la hora de establecer un orden internacional". Sin embargo, cuando se examina a fondo el ejemplo propuesto por Will es fácil de ver que habla en contra, y no a favor, de EEUU. Cabe mencionar en primer lugar que EEUU nunca se unió a la Sociedad de Naciones. Aunque el presidente Woodrow Wilson fue uno de los principales impulsores de este organismo, el Senado de EEUU rechazó el Tratado que llevó a su creación. La Sociedad de Naciones sufrió, además, la que resultó ser una debilidad fatal: su falta de medios para obligar a las grandes potencias de la época a someterse a un consenso internacional, incluso cuando ello supusiera una merma de sus ambiciones y de lo que consideraban como "sus intereses nacionales". Cuando la crisis económica mundial, iniciada con el desplome de Wall Street en 1929, se intensificó durante los años treinta, la Sociedad de Naciones se vio abrumada por conflictos protagonizados por las principales potencias imperialistas.

En 1931 un supuesto incidente terrorista (la destrucción de una parte del tramo del ferrocarril del Sur de Manchuria, la región más al norte de China) fue utilizado por Japón como un pretexto para la invasión de Manchuria. Pekín pidió a la Sociedad de Naciones que interviniera, pero los japoneses —alegando falsamente que China había violado las obligaciones contenidas en el Tratado fundacional de la Sociedad de Naciones— rechazaron todo intento de mediación del organismo internacional. En lo que se refiere al papel de EEUU, el historiador norteamericano Bill Keylor señala que el Departamento de Estado "continuó desaconsejando a los norteamericanos que invirtieran o mantuvieran relaciones comerciales con China.... Por contra, las exportaciones norteamericanas de materiales estratégicos a Japón continuaron sin interrupción durante el resto de la década de los treinta". (The Twentieth Century World: An International History, Oxford, 1996). Las otras grandes potencias —Francia, Gran Bretaña y EEUU, aunque este país no formaba parte de la Sociedad de Naciones— no consideraron oportuno oponerse, dentro ni fuera del organismo, a Japón. A menos que los intereses directos de una de las grandes potencias se vieran afectados, la Sociedad de Naciones no tenía capacidad para hacer frente a las agresiones de uno de sus miembros contra los países débiles y semicoloniales. La abierta invasión de Etiopía por parte de la Italia de Mussolini en octubre de 1935 fue otro ejemplo de hipocresía y salvajismo por parte de una gran potencia. Dicha invasión fue lanzada por Mussolini con el propósito de reforzar su régimen y liderazgo con el espejismo de una gloria militar. Francia y el Reino Unido protestaron contra la agresión italiana al que era entonces uno de los pocos países independientes de África, pero no trasladaron esta condena a la acción esperando contar con el apoyo de Roma en los esfuerzos destinados a frenar las aspiraciones imperialistas del régimen nazi en Alemania. El negus (rey) etíope, Haile Selassie, pidió inútilmente a la Sociedad de Naciones que le ayudara a afrontar "una lucha desigual entre un gobierno que lidera un país de 42 millones de habitantes y que tiene a su disposición medios técnicos, financieros e industriales que le permiten crear cantidades ilimitadas de las armas más mortíferas y, por otro lado, un pequeño pueblo de 12 millones de habitantes sin armas y sin recursos". La Sociedad de Naciones no hizo nada para ayudar a Etiopía. Las sanciones limitadas que aprobó no contemplaban un embargo de las exportaciones de petróleo a Italia, de las que la maquinaria de guerra de Mussolini dependía. Curiosamente, el principal suministrador de petróleo italiano era EEUU, que dobló sus exportaciones de crudo durante la Guerra de Etiopía, permitiendo así que el Ejército italiano pudiera completar su invasión del territorio del país africano.

La Sociedad de Naciones no fracasó porque los países débiles o menos desarrollados rehusaran obedecer el Derecho Internacional, sino que lo hizo porque no había medios para someter que las principales potencias de la época a la legislación o el consenso internacional, o impedirles alcanzar sus objetivos a través de la guerra. Si hubiera que establecer hoy en día una analogía entre los hechos de 1935 y la situación actual, habría que decir que el papel de Etiopía está siendo representado en la actualidad por Iraq y el de la Italia de Mussolini por EEUU. El posible fracaso de la ONU no vendría dado, pues, porque este organismo no se alinee con la estrategia de guerra de EEUU, sino por su falta de medios para impedir que Washington proceda a la invasión de Iraq, en abierta violación de la Carta de la organización, al igual que sucedió en los años treinta con la Sociedad de Naciones en los casos del Japón militarista o la Italia de Mussolini.

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