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Jutba del maqam de Al Jidri

Ser murid de Al Jidri supone estar abiertos a cualquier enseñanza

16/10/2002 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Reverdecimiento. (Foto: Hashim Cabrera)

Alhamdulilah que nos hace vivir en las maqamat para que nos realicemos en este mundo y luego nos saca de ellas mediante Su Ciencia y Su Poder, para que así seamos conscientes de la Realidad, de Su Presencia constante más allá de cualquier estado o estación que podamos vivir, olvidar o imaginar, más allá de nosotros mismos. Alhamdulillah que nos vuelve hacia Él mediante el recuerdo después de habernos sumido en el olvido.

El maqam de Musa, la paz sea con él, nos ayuda a comprender la paradoja en que consisten nuestras vidas, nuestra naturaleza contradictoria, aparentemente irresoluble. Ni nuestra razón ni nuestros sentidos, por sí solos, pueden procurarnos una respuesta integral a nuestra necesidad de trascendencia.

Musa, la paz sea con él, no tiene respuestas a muchos de los acontecimientos que surgen a su alrededor y dentro de sí mismo, a pesar de ser profeta y mensajero. Vive en la paradoja, en un estado de perplejidad que le acompaña durante casi toda su vida y que le impulsa a buscar respuestas. Musa quiere ver y oir, necesita una respuesta definitiva que le libre de su perplejidad y de su ansiedad. Y Allah va a llevar a Musa hasta un sheij, hasta un maestro de espíritu que puede ayudarle a trascender la perplejidad de su maqam.

Existe un hadiz transmitido de Ubai ibn Kaab, recopilado por Bujari, Muslim y Tirmidi, según el cual Musa fue reprendido por Allah por haber dicho de sí mismo que era el más sabio de los hombres. Allah le reveló entonces que un siervo Suyo que vivía en la "confluencia de los dos mares" era muy superior a él en sabiduría. Musa quiso entonces conocerle y Allah le indicó "llevar un pez en un cesto" y caminar hasta que el pez desapareciera de su visión: esa sería la señal de que había llegado al lugar donde encontraría a su sheij. En este mismo hadiz aparece el nombre del maestro: Al Jidr o Al Jidri, la paz sea con él, el profeta Reverdeciente, el que reverdece…

Allah le habla a Musa en un lenguaje que puede comprender. Le propone un signo concreto y visible: un pez que desaparecerá en cierto momento y lugar. Así que Musa, la paz sea con él, emprende su viaje en pos del conocimiento con la mirada puesta en un pez que lleva en un cesto. Eso sí lo puede hacer, eso sí sabe hacerlo: mirar a un pez en el fondo de un cesto puede hacerlo cualquiera. El pez era el vínculo que Musa tenía con Allah, la señal visible que daba sentido a su búsqueda. El pez en el cesto era como las tablas de piedra donde Musa podía leer los principios de la Shariah, la prueba tangible de la existencia de Allah, una forma perceptible y comprensible racionalmente, un icono temporal y piadoso que sólo se explica mediante el conocimiento que Allah tiene del maqam de su siervo, y de la naturaleza de su velo. Pero un pez en un cesto es un ser fuera de su medio, el cadáver de un ser que estaba vivo. Lo mismo que las tablas de piedra. En ellas podemos leer con los ojos de la razón y del lenguaje las señales divinas, pero éstas son sólo un eco de la Sabiduría. Cuando Musa deje de ver el pez en el cesto, cuando deje de ver la letra muerta, verá la letra viviendo en su medio natural que es la creación entera.

El Qur’an nos presenta así la situación:

"Y he ahí, que Musa dijo a su criado: ‘¡No cejaré hasta alcanzar la confluencia de los dos mares, aunque tenga que pasar largos años!’

Pero cuando llegaron a la confluencia entre los dos mares, se olvidaron por completo de su pez, y este se abrió camino hasta el mar y desapareció de la vista.

Y cuando hubieron ambos caminado un trecho, dijo a su criado: ‘Trae nuestra comida; pues en verdad este viaje ha agotado nuestras fuerzas!’

El criado dijo: ‘¿Quieres creer que cuando nos refugiamos a descansar en la roca, me olvidé por completo del pez? —y, ¡no fue sino Shaytán quien hizo que olvidara mencionarlo!—¡y se abrió camino hasta el mar de forma prodigiosa!’

Musa exclamó: ‘¡Ese es el lugar que hemos estado buscando!’

Y dieron la vuelta, volviendo sobre sus pasos,"

(Sura 18. Al Kahf. La Cueva. Ayat 60-64)

Una de las muchas virtudes de Musa, la paz sea con él, es la perseverancia y la fuerza de su himma, el anhelo constante de encontrarse con su Señor. Allah lo cura de su arrogancia y le señala a un maestro Suyo, a un sheij que le transmite ese conocimiento que tanto necesita. Musa, la paz sea con él, es humilde con su Señor, reconoce su ignorancia y marcha tras ese conocimiento que le falta. Allah le está dando signos Suyos sin cesar. Le está explicando la naturaleza de Su Ciencia, pero Musa está con la mirada fija en un pez, esperando a que desaparezca para encontrarse con el maestro.

Allah está creando para él la visión de los dos mares, de las dos fuentes que tiene todo verdadero conocimiento. Una de esas fuentes es la percepción sensorial que nos permite la comprensión de lo externo, la ciencia de lo exterior, ilm az-zahir, y la otra fuente mana en el corazón, y es el sentido místico intuitivo, ilm al-batin, la ciencia de lo interno. La convergencia de esos dos mares procura una conciencia superior, una conciencia que ya no está dividida ni velada, sino que es experiencia de tawhid. Una fuente es visión, la otra recuerdo. Cuando recordamos nuestra visión vemos nuestro recuerdo. Cuando recordamos el pez de nuestra visión ‘vemos’ la forma de nuestro recuerdo, pero la vemos con el ojo del corazón. Es ese un despertar que le ocurre al Musa de nuestro ser cuando hemos asumido nuestra ignorancia, cuando hemos visto la realidad de nuestras ataduras.

Musa, la paz sea con él, es un ser del mundo para el mundo, un brote de anhelo irrefrenable, una mirada incesante al mundo en busca de lo divino que hay en él. No puede darse cuenta de nada porque está extático en su maqam, absorto en su visión. Allah le dice que mire el pez, porque sabe que sólo así podrá comprender lo que le está diciendo.

La visión de la confluencia de las aguas sustituye a la visión del pez: "Pero cuando llegaron a la confluencia entre los dos mares, se olvidaron por completo de su pez, y este se abrió camino hasta el mar y desapareció de la vista". Desapareció de su vista porque no podían ver dos cosas al mismo tiempo. No podían ver dos mares sino un solo mar que es la confluencia de todos los mares y de todos los ríos. ¿Cómo podríamos ver dos mares juntos? El pez se abrió camino hasta el mar, no "hasta los mares".

No podemos ver dos mares juntos por razones obvias. En ese momento el pez desaparece de nuestra visión necesariamente. Esa es la señal divina, el guiño de Su Ciencia. Su signo viaja con nosotros, está "dentro del cesto", pero miramos al mundo y nos damos cuenta de que nos hemos olvidado de Su signo, de su tayali, sentimos que se ha ensombrecido la luz interior que nos abre camino entre los mundos.

La perplejidad del fata es patente: "¿Querrás creer que me olvidé completamente del pez?" Iban en pos de una señal que llevaban con ellos mismos y la descifraron dándose cuenta de que la habían olvidado por completo. Llevaban con ellos mismos la prueba y se dedicaban a buscarla en una visión. Pero la visión es, en este caso, reveladora: El pez ha desaparecido. Este es el lugar señalado, pero no pueden comprender por qué. Porque no tienen conciencia de la ciencia divina, de la Háqiqa, que se les está revelando en ese momento. Necesitan un maestro que les instruya en esa Ciencia, un sheij que les guíe entre los signos incontables de ese Único Mar en el que ahora se debaten.

Volvemos sobre nuestros pasos y así el Qur’an nos acerca hasta el Jidri, la paz sea con él, ese maestro de espíritu que enseña la Háqiqa a los profetas y a los buscadores, a aquellos que no tienen como maestro a un ser humano concreto ni siguen una enseñanza cosificada. Al Jidri, la paz sea con él, es el iniciador de quienes son conscientes de que el Único y más Grande Maestro es Allah, que es Quien nos procura las maqamat y las crea llenas de sentido sólo para nosotros solos. Y es Allah también Quien hace resonar el Qur’an en nuestros corazones para nosotros solos también. Sólo nosotros podemos encontrarnos con este maestro que acrecienta nuestras conciencias, fundiéndolas en ese Único Mar de la Realidad, de la Pura Conciencia. Y así nos sigue diciendo Allah:

"y encontraron a uno de Nuestros siervos, a quien habíamos dado una gracia Nuestra y a quien habíamos impartido un conocimiento de Nosotros.

Musa le dijo: ‘¿Puedo seguirte para que me impartas algo de esa consciencia de lo correcto que te ha sido impartida?’

Respondió: ‘En verdad, tú no podrás tener paciencia conmigo pues, ¿cómo podrás ser paciente con algo que no puedes abarcar dentro de la experiencia que posees?’

Musa respondió: ‘¡Verás, si Allah quiere, que soy paciente; y no te desobedeceré en nada!’

El sabio dijo: ‘Bueno, pues si has de seguirme, no me preguntes acerca de nada hasta que yo te lo mencione’."

(Sura 18. Al Kahf. La Cueva. Ayat 65-70)

Musa encuentra a su maestro, a un ser que ha recibido la gracia del conocimiento divino, la báraka de la Háqiqa. Pero ¿Quién es este maestro? ¿Qué son esa báraka y esa sabiduría?

Sohravardi nos habla del Al Jidri como el iniciador y maestro que nos permite trascender los últimos velos. Hemos de ser sus murid si queremos cruzar las alambradas que nos separan de la Fuente de la Vida, del conocimiento divino trascendental. El faqir, al igual que Musa, siente miedo ante las dificultades aparentemente insalvables que se alzan ante él, y el ángel le dice: "Ponte las sandalias de Al Jidri. Si eres Al Jidri, también tú puedes franquear sin dificultad la montaña de Qaf" La cima de esta montaña es una roca de esmeraldas, el objeto de una visión viva en la luz verde naciente y fluyente.

La Realidad es inagotable en Sus manifestaciones, siempre cambiante, siempre secándose y reverdeciendo. Esta experiencia y este conocimiento superan cualquier concepto, cualquier ley o Shariah, en la confluencia de los dos mares, en el rumor de las alas de Yibril, aleihi salem. La dualidad es abolida cuando nuestra visión se encuentra con la Realidad Única. Al Jidri le dice a Musa: "tú no podrás tener paciencia conmigo pues, ¿cómo podrás ser paciente con algo que no puedes abarcar dentro de la experiencia que posees?" Allah sabe que sólo podemos conocer aquello que ya existe de alguna manera dentro de nosotros mismos. ¿Cómo podríamos concebir o comprender algo de lo que no tenemos ninguna referencia? ¿De qué manera podríamos imaginar algo desconocido si somos sólo recuerdo? La confluencia de los dos mares es el lugar donde nuestra percepción del mundo se funde con nuestro mar interior, es el maqam donde se templan y armonizan los ecos de los mundos.

Al Jidri es el profeta que nos enseña la metáfora como tayali del conocimiento divino. ¿Cómo puede Al Jidri encontrarse con Musa, la paz sea con él, y con Ibn ‘Arabi dos mil años después? ¿Es un ser humano de carne y hueso o es un símbolo? En la confluencia de los dos mares, Al Jidri se nos muestra como ambas cosas al mismo tiempo, sin que podamos diferenciar si se trata de un ser humano o de un arquetipo. Nos encontramos con un sheij, con un maestro de espíritu que nos transmite un conocimiento. Si se trata de un conocimiento divino, si es Háqiqa, este sheij es en ese mismo momento Al Jidri, el reverdecimiento de esa Háqiqa, de esa metáfora que Allah nos regala respondiendo con ella a nuestra himma, a nuestro más elevado anhelo de vivir. No se trata entonces de la transmisión de unos contenidos o de unas reglas de piedra, como pensaba Musa, sino de un maqam, una estación espiritual que sitúa a su morador más allá de cualquier shariah, de cualquier división del mundo. Es el encuentro con el Agua de la Vida más allá de los nombres de los mares y de los cauces de los ríos, una inmersión en el Agua Real. Una experiencia que trasciende la historia y que sólo se expresa en la metáfora, en un signo alusivo que nos despierta de la muerte.

La metáfora y la poesía son el lenguaje de la revelación, la experiencia de los signos puros. Las dos alas de Yibril, la paz sea con él, se extienden sobre nosotros, como nos dice el ‘arif en la narración de Sohravardí:

"El mundo de la ilusión es, pues, el eco y la sombra del ala de Yibril, quiero decir, de su ala izquierda, mientras que las almas de luz emanan de su ala derecha. Igualmente emanan también de su ala derecha verdades y realidades espirituales, haqá’iq, que se proyectan en las conciencias."

En la confluencia de los dos mares oímos el rumor de las alas de Yibril, el pálpito profundo de nuestra creación. En este maqam sentimos el rumor de la vida naciendo y muriendo sin cesar, alabando sin cesar a su Creador Invisible… Alhamdulilah. Tú nos haces vivir en el maqam de Al Jidri mediante un gran regalo Tuyo, con un Qur’án que no deja de purificar nuestros corazones.

Allahumma: Que la báraka de Al Jidri nos acompañe en nuestro viaje incesante hacia esta tierra de la Realidad.

Que el Musa de nuestro ser encuentre a nuestro Jidri. Y podamos beber en esa Fuente Tuya de la Vida y la Sabiduría.

Amin.

2.

Ser murid de Al Jidri supone estar abiertos a cualquier enseñanza, ser libres de buscar el conocimiento de todos los maestros. El maqam de Al Jidri nos hace conscientes de todas y cada una de las maqamat, porque su energía está presente en cualquier alumbramiento de nuestra conciencia. El Jidri de nuestro ser es precisamente ese reverdecimiento de la conciencia de Allah, esa creación incesante de la Realidad en Sí misma. Es una teofanía, un tayali creador de conciencia, una revelación. Y ese tayali ocurre independientemente del tiempo histórico, y al mismo tiempo inspirándolo. La Háqiqa nos hace cruzar las alambradas de la lógica y de la causalidad, abriéndonos a todas las direcciones y planos de la Realidad.

El Qur’an nos describe la impaciencia de Musa con Al Jidri, la paz sea con ellos, ante una serie de hechos que le resultan absurdos e inexplicables. Al Jidri le recuerda una y otra vez que no podrá tener paciencia con él porque ignora el sentido profundo de estos hechos.

"Y partieron juntos hasta que, cuando hubieron desembarcado del barco, el sabio le hizo un agujero; Musa exclamó: ‘¿Le has hecho un agujero para que se ahoguen los que estén en él? ¡En verdad, has hecho algo grave!’

Respondió: ‘¿No te dije que no podrías tener paciencia conmigo?’

Musa dijo: ‘No tomes en cuenta este olvido mío, y no seas severo conmigo por lo que he hecho!’."

(Sura 18. Al Kahf. La Cueva. Ayat 71-73)

Al Jidri nos hace cruzar al otro lado y nos dice que esa travesía no tiene vuelta atrás. Hunde el barco nada más arribar a la otra orilla. Nunca podremos volver sobre nuestros pasos. Esta orilla es también una única orilla. El espacio y el tiempo trascendentales no tienen límite. De nuevo el Musa de nuestro ser deja de ver el pez, se olvida y se da cuenta.

"Y partieron juntos hasta que encontraron a un muchacho y el sabio lo mató. Musa exclamó: ‘¿Has matado a un ser humano inocente sin que él haya tomado la vida de otro? ¡En verdad, has hecho algo terrible!’

Respondió: ‘¿No te dije que no podrías tener paciencia conmigo?’

Musa dijo: ‘Si volviera a preguntarte acerca de algo después de esto, no me admitas por compañía: ya has oído suficientes excusas por mi parte.’

(Sura 18. Al Kahf. La Cueva. Ayat 74-76)

Al Jidri nos enfrenta a la imagen de nuestra propia muerte y nos muestra su naturaleza mental, irreal. Nos enseña que ese conocimiento es un faná del faná, una muerte de la muerte, un conocimiento divino.

"Y partieron juntos hasta que habiendo encontrado a las gentes de una aldea, les pidieron algo de comer; pero ellos se negaron a darles hospitalidad. Y vieron en ella un muro que amenazaba derrumbarse, y el sabio lo reparó. Musa dijo: ‘Si hubieras querido, podrías ciertamente haber conseguido que te pagaran por ello.’

El sabio replicó: ‘Aquí es donde nos separamos tú y yo. Y ahora te informaré del significado real de todos esos sucesos ante los que no supiste ser paciente:"

(Sura 18. Al Kahf. La Cueva. Ayat 77-78)

Al Jidri nos conduce a una aldea que es nuestro baqá, nuestra subsistencia en Allah. En esa aldea no existe una hospitalidad social, externa, pero existe, en cambio, un muro que amenaza con derrumbarse. Arreglamos el muro por Allah cuando no necesitamos ya otra subsistencia que la que Él nos procura. Cuando Al Jidri le explica a Musa el significado de estos hechos ya se ha separado de él. "Aquí es donde nos separamos tú y yo", le dice. Porque mientras esté con él no podrá comprender el mundo sólo con su razón o sólo con sus sentidos. Para poder darle una explicación razonable ha de quitarle de sus hombros el manto verde que le ha cobijado durante la travesía y hablarle en términos de tiempo y causa:

"En cuanto al barco, pertenecía a unos pobres que trabajaban en el mar, y quise dañarlo porque supe que estaba detrás de ellos un rey que confisca todos los barcos por la fuerza.

Y en cuanto al muchacho, sus padres eran verdaderos creyentes y teníamos razones para temer que fuera a causarles pesar con su excesiva maldad y su rechazo de la verdad: y quisimos que su Sustentador les diera a cambio un hijo más puro que él y más inclinado a la compasión.

Y en cuanto al muro, pertenecía a dos muchachos huérfanos que viven en la ciudad, y bajo él está enterrado un tesoro que les pertenece por derecho. Pues habiendo sido su padre un hombre justo, quiso tu Sustentador que al alcanzar la mayoría de edad extrajeran su tesoro por la gracia de tu Sustentador.

Y no hice nada de esto por iniciativa propia: este es el significado real de todos esos sucesos ante los que no supiste ser paciente’."

(Sura 18. Al Kahf. La Cueva. Ayat 79-82)

Al Jidri le explica con claridad a Musa que ha cruzado a una orilla sin retorno, y que siempre ha sido así y será así mientras vivamos en este mundo. Que ha muerto a su incredulidad, a su perplejidad, y ha nacido puro y lleno de compasión a la Realidad, y Allah le ha dado Su mayor tesoro, aquel que le pertenece por derecho, en el momento justo, cuando ha alcanzado la mayoría de edad espiritual.

Al Jidri concluye revelándole a Musa que había hecho todas aquellas acciones movido por una conciencia superior, una intuición mística que le mostraba la realidad oculta tras la apariencia externa de las cosas. Al Jidri se nos revela ahora como una expresión consciente del plan indescifrable de Allah, como sometimiento consciente y voluntario de todas nuestras acciones al Qadr, al Decreto.

Además de Musa, son murid de Al Jidri todos aquellos que no siguen a una guía humana visible porque no la necesitan: Uways al Qaraní, aquel santo del Yemen que conoció a Muhámmad sin haberlo visto nunca y que hizo exclamar al profeta "Siento el aliento del Misericordioso viniendo de la dirección del Yemen", era murid de Al Jidri.

Ibn ‘Arabi también lo fue en Sevilla, en su primera juventud. Había dejado a su maestro Abul Hasan al Oryani después de una fuerte disputa sobre la identidad de alguien a quien se le había aparecido el profeta, la paz sea con él. Por la calle, un desconocido le aborda amablemente diciéndole "Oh Muhámmad: ten confianza en tu maestro, el llevaba razón sobre quién era esa persona". Cuando Ibn ‘Arabi volvió sobre sus pasos, el sheij le preguntó: "Será necesario que aparezca Al Jidri cada vez que tengas que confiar en la palabra de tu maestro?"

Al Jidri nos ayuda a cruzar desde el maqam de Musa hasta el de Muhámmad, la paz sea con ellos, como nos ayudó a cruzar desde Nuh hasta Ibrahim, la paz sea con ellos, cuando apareció sobre el horizonte la Estrella del Yemen. El Musa de nuestro ser se siente renacer con la Háqiqa, que nos va abriendo paso hacia las maqamat del florecimiento, hacia la edad de la metáfora, de la poesía, hacia las maqamat de Daud y de Suleimán, la paz sea con ellos. Viajamos con las líneas rectas del recuerdo entre las ondulaciones que forman nuestra visión.

Sólo podremos ser verdaderos jalifas si conseguimos soltarnos de las ligaduras que mantienen prisionera nuestra visión. Esta trascendencia y la experiencia del jalifato aparecerán, insha Allah, bajo una forma de suprema belleza, de Yamal, de realización y crecimiento, insha Allah. Masha Allah que seamos muy conscientes de Él cuando se derrame Su Gracia.

Oh Rabb: Ábrenos Tu Háqiqa, Tu sabiduría, y haznos cumplir Tu decreto con plena conciencia de Ti, como jalifas.

Haznos capaces de reconocerTe en nosotros mismos y en el mundo y en aquello que no podemos siquiera imaginar.

Dános paciencia para reconocerTe en todas las cosas y situaciones.

Amin.


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