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Jutba del maqam de Musa 7

04/10/2002 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Tur Sina
Tur Sina

Los pueblos son en cierto modo la expresión más cruda de lo humano. Cumplen el decreto de Allah como cualquier criatura viva. Y nosotros vivimos en el corazón de un pueblo que es, en realidad, muchos pueblos, tantos como seres humanos que nos encontramos, hablando, mirándonos y soñándonos unos a otros.

En ese roce aparecen las expresiones más diversas, los rostros más insólitos de la humanidad, nuestros vicios y nuestras virtudes. En esta convivencia surge la palabra de la comunidad; así las sombras y luces de la condición humana van tejiendo la urdimbre del Decreto, construyendo el discurso de una historia que se actualiza mediante los hechos y las palabras. Cuando vivimos esa historia de una manera fija e inamovible, nuestros ojos y nuestros corazones comienzan a velarse con los conceptos y las imágenes contenidas en ella. Cuando empezamos a vivir la revelación y el din como un repertorio de normas e imágenes estamos haciendo del islam la religión de los antepasados, estamos enterrando y velando la comunidad, y así nos dispersamos, sin conseguir entrar en la Tierra de la Realidad que Allah nos ha prometido, en la tierra de la hermandad, en la comunidad del Tawhid.

El maqam de Musa es una estación pesada y ardua, porque implica mirar al pueblo cara a cara, compasionarnos con el otro, con sus miradas y con sus vivencias, vivir en una comunidad heterogénea y contradictoria de hermanos, padres, madres, hijos, vecinos, cuñados. En esta comunidad real y diversa Allah suscita a algunos seres justos e iluminados que suelen ser habitualmente incomprendidos y combatidos. El anhelo de Bien y de Belleza, la himma, surge en una experiencia de vacío. En este maqam, Musa, la paz sea con él, tiene como misión estructurar a la comunidad, preservar y dignificar sus vínculos, dotarla de herramientas para la convivencia y el crecimiento, enseñarles el tawakkul, la taqua y el tawhid. Pero ya hemos visto que su misión obtiene pocos resultados. El hecho de transmitir el mensaje no es garantía de que quien lo recibe vaya a seguirlo. Algunas gentes reconocen la realidad del mensaje pero la mayoría se obstinan en su ignorancia. El Qur’an nos dice:

"Y entre el pueblo de Musa han habido gentes que intentaban guiar a otros por el camino de la verdad y, mediante ella, actuar con justicia.

Y los dividimos en doce tribus, o comunidades. Y cuando su pueblo pidió agua a Musa, le inspiramos: ‘¡Golpea la roca con tu vara!’ --y brotaron de ella doce fuentes, y todos sabían de cual debían beber.

Y les protegimos con la sombra de las nubes, e hicimos descender para ellos el maná y las codornices, diciéndoles: ‘Comed de las buenas cosas de que os hemos proveído.’

Y con todas sus ofensas no Nos perjudicaron, sino que pecaron sólo contra sí mismos."

(Sura 7. Al Aaraf. La facultad de discernir. Ayat 159-160)

Allah nos agracia a los seres humanos dándonos todas las pruebas de Su existencia y de Su poder. Nos libera de la esclavitud y nos promete la tierra de la Realidad, pero nos resistimos a aceptar el mensaje, las señales que los profetas nos transmiten, los dones maravillosos que estamos recibiendo sin cesar. Durante la travesía del desierto Allah nos provee de un alimento especial, un maná que nos sacia y que obtenemos sin ningún esfuerzo, pero nosotros añoramos los alimentos de la esclavitud. Estamos velados y no nos damos cuenta de que con nuestra actitud sólo nos perdemos a nosotros mismos, de que aún seguimos siendo esclavos, adoradores de lo diverso.

"Y recordad cuando dijisteis: ‘!Oh Musa! Ciertamente, no podremos soportar una sola clase de alimento; pide, pues, a tu Sustentador que haga brotar para nosotros algo de lo que la tierra produce --como hierbas, pepinos, ajos, lentejas y cebollas.’

Musa dijo: ‘¿Vais a cambiar lo que es mejor por algo mucho peor? ¡Volved humillados a Egipto y tendréis lo que pedís!’

Por esto, la miseria y la humillación se abatieron sobre ellos, e incurrieron en la condena de Allah: todo por empeñarse en negar la verdad de los mensajes de Allah y en matar a los profetas contra todo derecho: y todo por rebelarse y empeñarse en transgredir los límites de lo correcto."

(Sura 2, Al Baqara, aya 61)

La negación del mensaje tiene diversas expresiones que aparecen reflejadas en el Qur’an. El descontento es una de ellas: la incapacidad para poder vivir y disfrutar de los dones con que Allah está agraciándonos constantemente. En este caso la negación del regalo del tawhid. No somos capaces de soportar un alimento único, completo y suficiente sino que añoramos lo diverso, los pliegues del velo que nos mantiene en la ignorancia. Nuestra insumisión aparece aquí como una idealización del pasado, como la idolatría de un tiempo que se presta mejor a ser recordado que a ser vivido. La negación y la rebeldía llegan a sus últimas consecuencias con el asesinato de los profetas y de los hombres justos. Los banu Israil, como todos los pueblos de la tierra, aún siendo un pueblo agraciado reiteradamente con el mensaje, ha hecho de éste la religión de los antepasados y teme los cambios inevitables que implica el sometimiento a la Realidad.

Sabemos que los banu Israil mataron a muchos de sus profetas, a Yahia, a Zakariyya, que persiguieron a Isa, la paz sea con ellos. En el evangelio de Mateo aparece una frase de Isa, la paz sea con él, referida a la ciudad de Jerusalén: ‘¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados!’ (Mateo 23-37) El Qur’an nos dice:

"Porque cuando matasteis, Oh banu Israil, a un ser humano y os recriminasteis mutuamente del crimen, aunque Allah desvelará lo que preferiríais ocultar, dijimos: ‘Aplicad este principio a algunos de esos casos de homicidio no resueltos: así salva Allah vidas de la muerte y os muestra Su voluntad, para que aprendáis a usar vuestra razón.

Y sin embargo, después de esto, vuestros corazones se endurecieron y se volvieron como piedras, o aún más duros, porque hay piedras de las que brotan arroyos; y otras que cuando son quebradas mana de ellas el agua; y otras que se vienen abajo por temor de Allah. ¡Y Allah no está desatento a lo que hacéis!"

(Sura 2, Al Baqara, ayat 72-74)

Allah ha prescrito una Sharíah que incluye el Talión, pero nos exhorta a superar la venganza mediante la reflexión comunitaria, el diálogo, la shura y el encuentro, aún sabiendo que no lo vamos a conseguir, que los corazones habrán de endurecerse más que las piedras. Los seres humanos olvidamos con facilidad las penurias pasadas y pedimos a Allah más pruebas, más señales, antes de someternos. Vivimos en la oscuridad del Talión, resolvemos los litigios mediante el ‘ojo por ojo…’ Formamos una comunidad anclada espiritualmente, que sólo puede estructurarse en torno a una Ley llena de claúsulas y a un contrato social. Las expresiones más constantes de esta actitud son la ingratitud, el descontento, la nostalgia, la soberbia y el olvido. Musa, la paz sea con él, es un advertidor ¿Vais a cambiar lo bueno por lo malo? nos dice.

Allah nos previene contra el derramamiento de la sangre, de las consecuencias que el Talión tiene sobre cualquier comunidad, porque la venganza es una solución regresiva, que no establece la sociedad profética sino que la aplaza, la demora y la imposibilita. Allah nos dice que reflexionemos sobre las causas de la violencia, sobre sus raíces sociales, que se hunden en la injusticia y la opresión. Nos urge a superar la tiranía del Talión.

Las actitudes de los banu Israil de nuestro tiempo son análogas a las que tenían en el tiempo de Musa, aleihi salem, porque Allah no cambia la condición de un pueblo mientras éste no se cambie a sí mismo. También ahora hay entre ellos seres humanos justos, distinguidos y conscientes de Allah, críticos con la injusticia y la opresión, pero la mayoría persisten en la rebeldía y en la violencia y la cobardía gratuitas. También hemos de tener en cuenta que lo que Allah le está diciendo a los banu Israil nos lo está diciendo a todo el género humano.

Este hecho, resaltado con intensidad y reiteración en el Qur’an, debería ser un motivo de profunda reflexión para todos los pueblos, pero especialmente hoy para los musulmanes de todo el mundo. La divinización de la Sharíah, la idolatría de unos principios inamovibles, de la letra y del libro, nos está velando la contemplación de los fines, alejándonos del objetivo que hemos de alcanzar como Ummah. Esta idolatría de la Shariah nos está anclando en el Talión, abocándonos a la regresión y a la venganza, impidiéndonos comprender la naturaleza de nuestra condición de musulmanes, de seres libres y soberanos sometidos a Allah. Esta idolatría no nos ayuda a establecer el islam en nuestros corazones, ni nos hace estar dispuestos a morir antes de morir, sino que nos aboca a renunciar al establecimiento del islam en la tierra. Porque nos enfrenta a unos musulmanes con otros, cada cual esgrimiendo sus razones para justificar su rebelión, su negación del tawhid.

Morir antes de morir no es sólo vaciar nuestra mente de conceptos e imágenes o limpiar nuestros corazones de cualquier pretensión o deseo, sino estar dispuestos al encuentro con lo real, en cada momento, en cualquier tiempo y lugar que podamos imaginar, soñar o recordar.

Nos es lícito defendernos cuando sufrimos una agresión, pero mantenernos constantemente en una postura de defensa ante la agresión es una prueba de nuestra debilidad y de nuestra incapacidad para llevar la lucha a la arena donde se libra la batalla real. Es persistir en el velo, en la ingratitud y en el olvido. La violencia persiste porque somos incapaces de morir a nosotros mismos, porque nos resistimos a la muerte, porque nos agarramos al Talión. Ciertamente es mejor perdonar, porque así estamos haciendo vivir en nosotros a Al Gaffur, al Perdonador sin cuya existencia la nuestra no sería nada. Su Perdón, Su magfira es la gracia que nos hace posible reconocernos y vivir.

La religión de los antepasados es el gran obstáculo. El din no puede ser reducido a una práctica codificada por quienes ya han muerto, porque la finalidad del din es abrirnos a una Realidad siempre viva, ampliar nuestra razón y nuestro conocimiento de Ella, no limitarnos. Los límites están señalados en la Shariah, para ser tenidos en cuenta, pero nuestro din es precisamente la forma que nos permite trascender nuestros propios límites, cruzar al otro lado. El din ha de surgir vivo en nuestras vidas, expresarse en nuestros corazones cuando laten libres y conscientes. El salat ilumina nuestros rincones y nuestros momentos, y el ayuno perfuma la tierra en la que Allah nos hace vivir. Alhamdulilah.

No podemos reducir nuestras vidas de musulmanes al cumplimiento de unas normas externas, porque así no somos musulmanes, así solo estamos estableciendo la religión de los antepasados. Da igual que nos llamemos musulmanes, que vayamos a las mezquitas y que nos prosternemos. Si no somos capaces de vivir sin la idolatría de los valores y de las leyes el islam será sólo una palabra vacía de cualquier realidad.

El Musa de nuestro ser es la conciencia que tenemos de nuestra insumisión, de nuestra ceguera, de nuestra ingratitud y de nuestro olvido, es el centro sutil que nos recuerda los dones divinos que recibimos, el maqam que nos procura la conciencia de nuestro objetivo real, la visión de la tierra de Realidad que la misma Realidad nos promete. El Musa de nuestro ser nos ayuda a aceptarnos a nosotros mismos con todas nuestras contradicciones y carencias y, mediante esa conciencia de nuestros límites, comprender que la Shariah abre en nuestro interior el horizonte amplio y luminoso del tawhid.

Oh Señor de Musa y de Harún: ayúdanos a distinguir y a rechazar la religión de los antepasados para que así podamos ser musulmanes.

Danos el conocimiento vivo de la forma de someternos a Ti.

Desvela en nuestros corazones la sabiduría que hay en Tu din y en Tu Sharíah.

Amin.

2.

Nuestro decreto como musulmanes es habitar conscientemente la tierra, una tierra poblada con todo tipo de gentes, pueblos y culturas. Habitarla como seres sometidos a la Realidad es hacer posible la convivencia y el intercambio, porque es establecer un espacio protegido de la tiranía de los seres humanos, sólo vivido en Allah y por Allah. Habitar la tierra como musulmanes es asumir la Gran Yihad, la tensión dialéctica entre el sometimiento a la Realidad y la rebeldía, convivir con quienes niegan aquello que sentimos como real, porque sólo Allah es real y a Él nos sometemos. En el Qur’an, Musa, la paz sea con él, dice a su pueblo:

"’¡Oh pueblo mío! ¡Entrad en la tierra santa que Allah os ha prometido; pero no reneguéis, porque entonces estaríais perdidos!’

Dijeron: ‘¡Oh Musa! Ciertamente, esa tierra está poblada por gentes feroces y no entraremos en ella a menos que salgan ellos; pero si salen de ella, entonces, sí en­traremos.’

Entonces dos hombres de ellos que temían a Allah y a los que Allah había bendecido, dijeron: ‘¡Entrad contra ellos por la puerta porque tan pronto como hayáis entrado, seréis victoriosos! ¡Y en Dios debéis poner vuestra con­fianza si verdaderamente sois creyentes!’

Pero dijeron: ‘¡Oh Musa! Ciertamente, no entra­remos nunca en esa tierra mientras ellos sigan allí. ¡Id, pues, tú y Tu Sustentador, y combatid juntos! ¡Nosotros, ciertamente, nos quedaremos aquí!"

Musa rezó: ‘¡Oh Sustentador mío! ¡No tengo au­toridad sino sobre mí mismo y sobre mi hermano: traza, pues, una línea divisoria entre nosotros y estas gentes malvadas!’

Dijo Él: ‘Pues, en verdad, esta tierra les estará prohibida durante cuarenta años, mientras vagan por la tierra de un lado para otro, desconcertados; y no te aflijas por esas gentes malvadas.’

(Sura 5, Al Ma’ida. El Ágape. Ayat 21-26)

La tierra prometida de Canaán o de Hurqalya sólo se alcanza mediante la confianza en Allah, mediante el tawakkul, el abandono confiado. Desconfíamos y tenemos miedo a luchar. Queremos lograr el jardín sin lucha, sin Yihad, y por eso urdimos la guerra. De la misma manera que construimos el enemigo exterior, construimos también un aliado exterior. Pedimos a Musa y a Harún que conquisten la Tierra de la Realidad para nosotros, que combatan ellos con su Dios a los enemigos, decidimos que es mejor permanecer en la esclavitud del velo que esforzarnos en alcanzar la tierra de la Realidad prometida.

La desconfianza en Allah y el nihilismo son las causas de toda separación, de toda dispersión, de toda diáspora. La tierra de la Realidad es la tierra del Tawhid, y por eso está vedada a quienes sólo creen en aquello que ven sus ojos y oyen sus oidos, a esos seres ciegos y sordos a la Unicidad. La tierra de la Realidad les está vedada, el Tawhid es haram para ellos, y así vagan por la tierra de un lado para otro, desconcertados, alienados, sin que sus vidas alcancen sentido ninguno.

Esa misma cobardía ante la Yihad, ese miedo al encuentro, al Tawhid, es el que lleva al ser humano a enfrentarse en situaciones de desigualdad de fuerzas: tanques contra piedras, armas de destrucción masiva contra francotiradores, la más avanzada tecnología y el poder económico frente a la desaparición desnuda de un pueblo.

Olvidan fácilmente el cautiverio y la diáspora, usan su propio holocausto como justificación del genocidio, aún más cruel e impune, que están llevando a cabo contra sus propios hermanos. Quisieran alcanzar la tierra prometida sin lucha, pero eso no es posible, y por eso se ven abocados a un derramamiento constante de sangre inocente para expulsar de la tierra a sus habitantes. La tierra prometida no son los territorios sino la conciencia. Por eso no pueden alcanzarla, porque ¿Puede ser esa la tierra de la Realidad que Allah promete al ser humano? ¿Una tierra de enfrentamiento, de injusticia, de muerte y de violencia?

No seremos soberanos en esta tierra mientras no abandonemos el miedo y la rebeldía. De nada sirven las armas ni el dinero, porque sólo la tawba, la taqwa y el tawakul abren las puertas de esa tierra que nos es constantemente regalada.

Oh Señor nuestro: mitiga el dolor de los seres humanos que sufren hoy la persecución y el genocidio.

Llévanos a la Tierra de la Realidad y haznos capaces de luchar en ella.

Fortalécenos en nuestra Yihad.

Amin.

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