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11 de Septiembre: explotar el dolor para preparar la guerra

30/09/2002 - Autor: Redacción Amanecer - Fuente: www.revistaamanecer.com
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Ataque del 11-s
Ataque del 11-s

La conmemoración del primer aniversario de los atroces atentados terroristas del 11 de septiembre fue utilizada por los responsables de la Administración Bush y otros políticos norteamericanos para realizar una cínica explotación del legítimo dolor de decenas de miles de personas, que perdieron a sus seres queridos en los ataques, y también del de millones de personas de todo el mundo, que se sienten horrorizadas ante semejante destrucción de vidas inocentes.

En un intento calculado, la Administración Bush ha intentado utilizar el sentimiento y las emociones de ese día para promover sus planes de agresión contra Iraq. Con el fin de aprovechar la tensión creada por el aniversario, el fiscal general John Ashcroft y el Director de la Oficina de Seguridad de la Patria, Thomas Ridge, anunciaron en un discurso televisivo que el nivel de alerta del gobierno había subido hasta situarse en un "código naranja" debido las informaciones acerca de la "adquisición de explosivos" por parte de "algunos grupos de Asia", a los que no se nombró.

Este anuncio tenía el claro fin de aterrorizar a la población norteamericana. También coincidió con las apariciones de Bush rodeado de familiares de las víctimas del 11 de septiembre en Nueva York, Washington y Pennsylvania. Todo ello creó el marco perfecto para que Bush lanzara al día siguiente su discurso en la ONU, en el que exigió el apoyo de la organización para una guerra de estilo colonial contra Iraq.

Los principales medios de comunicación norteamericanos y occidentales han saturado a la población en los últimos días con una cobertura desmesurada sobre los hechos del 11 de septiembre, que han pasado a dominar de forma absoluta todos los noticiarios de televisión y artículos de la prensa durante ese mes. En el caso de los norteamericanos, esta cobertura ha estado acompañada de llamamientos estridentes en favor del "patriotismo".

Cabe señalar, sin embargo, que la Administración Bush se ha negado hasta la fecha a que sea realizada una investigación para determinar cómo los terroristas pudieron llevar a cabo sus ataques y quién fue el responsable último de ellos. Existen muchas cuestiones, que todavía no han sido respondidas, acerca de las razones por las que las investigaciones sobre las actividades de los terroristas fueron detenidas y todas las advertencias recibidas por el gobierno de EEUU cayeron en oídos sordos. Tampoco se ha explicado el hecho de que una entidad israelí localizada en las Torres Gemelas recibiera, según vino recogido en el diario The Washington Post y en el israelí Haaretz, una advertencia precisa sobre los atentados dos horas antes de que éstos tuvieran lugar, entre muchas otras cuestiones.

Aunque no habría nada que objetar si este despliegue informativo se hubiera convertido en un homenaje a las víctimas o sus familiares o hubiera estado dirigido a educar a la opinión pública sobre los males de la violencia o el fanatismo, lo cierto es que esta cobertura tenía otros fines, mucho más oscuros y perversos.

Hay que recordar también, sin que ello signifique restar importancia a la muerte de las 3.000 personas que fallecieron en el 11 de septiembre, que nunca se ha tratado de igual forma los aniversarios de los bombardeos atómicos de Hiroshima o Nagasaki, que produjeron cientos de miles de víctimas mortales y enfermos debido a la radiactividad. Tampoco la muerte de casi dos millones de vietnamitas en la guerra desatada por EEUU contra Vietnam entre los años 1965-75. Más recientemente, no se han realizado homenajes a los miles de muertos civiles de la invasión ordenada por Bush padre contra Panamá en 1989 o a los más de 1.700.000 iraquíes fallecidos a causa de las sanciones -que impiden al país importar cantidades suficientes de medicinas o comida- patrocinadas por EEUU en la ONU. El destino de los 3.000 civiles muertos por los bombardeos de EEUU en Afganistán o los 3.000 prisioneros masacrados en Mazar-i-Sharif, hace menos de un año han pasado, de igual modo, desapercibidos para los principales medios de comunicación occidentales.

Algunos medios no ocultaron la intención real de este despliegue informativo. El periódico The New York Times comentó en su edición del 11 de septiembre que "el Sr. Bush parece decidido a transformar el 11 de septiembre en un pilar fundamental de su estrategia de guerra contra Iraq y a utilizar el ataque del año pasado para lograr su objetivo de derrocar a Saddam Hussein....".

La Casa Blanca tiene también un propósito mucho más inmediato. Frente a la expectativa de perder el control del Congreso a manos de los demócratas el próximo mes de noviembre, la Administración republicana está intentando desesperadamente conseguir un apoyo popular mediante llamamientos al "patriotismo" y en favor de la guerra, esperando que ellos harán olvidar a la población norteamericana la pésima situación económica que atraviesa el país.

Más allá de estos motivos políticos, las ceremonias del aniversario supusieron un agudo contraste entre la tranquila dignidad de los familiares de las víctimas y la banalidad y el oportunismo de los políticos y responsables del gobierno norteamericano que tomaron parte en ellas. El gobernador de Nueva York, George Pataki, cerró el acto leyendo una composición de un escolar acerca del discurso de Abraham Lincoln en la batalla de Gettysburg. El alcalde, Michael Bloomberg, citó, por su parte, el discurso del presidente Franklin Delano Roosevelt, sobre "las cuatro libertades", que suministró el marco teórico e ideológico para la entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial. Sus referencias a "la libertad frente al miedo" sonaron vacías en una ciudad donde miles de personas sin hogar han sido recluidas y en un país en el que se ha producido, durante el pasado año, un asalto sin precedentes contra las libertades y los derechos democráticos.

Por otro lado, aquéllos que fueron responsables de los mayores actos de heroísmo durante el 11 de septiembre -los bomberos y otros trabajadores de los servicios de emergencia- han sido tratados con desdén en este último año. El gobierno de la ciudad se ha opuesto a su demanda en favor de un incremento salarial justo, mientras que las autoridades norteamericanas han rechazado su solicitud para mejorar sus anticuados sistema de comunicaciones, que según los mismos bomberos, fueron los responsables de la muerte de más de 100 compañeros que no pudieron recibir la orden de evacuar las Torres.

No deja de ser una ironía que se haya utilizado la elocuente alocución de Abraham Lincoln en favor de ideales democráticos y revolucionarios como la libertad y la igualdad humana por políticos que están llevando a cabo precisamente un ataque de grandes proporciones contra esos mismos ideales. El discurso de Lincoln en Gettysburg estaba dirigido a situar el desastre que supuso aquella batalla, la peor de la Guerra de la Secesión, y la enormes pérdidas humanas que produjo, en el contexto de la historia norteamericana y de la lucha de la humanidad en contra de la tiranía y la opresión. No es preciso decir que ninguno de los principales líderes de la política norteamericana actual se haya inspirado precisamente por la defensa de tales valores e ideales. En realidad, lo único que políticos como Bloomberg querían era "tomar prestado" del discurso de Lincoln algunos términos como "guerra" y "campo de batalla" que aparecen en él, con el fin de adecuar su mensaje al de la Administración Bush, que continúa declarando a los cuatro vientos que "estamos en guerra".

En realidad, muchos políticos norteamericanos comprendieron que los atentados del 11 de septiembre les habían proporcionado una oportunidad de oro para lograr el principal objetivo acariciado por la élite política norteamericana desde hace mucho tiempo, es decir, la hegemonía global absoluta. Estos responsables creen que el traumatizado pueblo norteamericano podría apoyar ahora intervenciones de tropas estadounidenses en cualquier parte del mundo, con la justificación de la "lucha contra el terrorismo", incluso aunque esto signifique asumir el riesgo de gran número de bajas estadounidenses, algo que los norteamericanos se han negado a aceptar desde el fin de la Guerra de Vietnam en 1975.

Antes del 11 de septiembre, Washington había calificado a algunos gobiernos y movimientos políticos que se oponen a la política norteamericana como "terroristas". Entre ellos cabe incluir a Iraq, Irán, Sudán, Siria, Libia, Cuba y Corea del Norte. Sin embargo, hasta el 11 de septiembre, la Administración Bush no se sintió lo suficientemente respaldada por la opinión pública norteamericana como para llevar a cabo un ataque contra ellos. El discurso sobre el Estado de la Unión del pasado 29 de enero supuso, sin embargo, la cristalización oficial de la doctrina del "eje del mal" de la Administración Bush. El presidente norteamericano singularizó en su discurso a tres países -Irán, Iraq y Corea del Norte-, que no mantienen vínculos con Al Qaida ni los ataques del 11 de septiembre.

Así pues, en menos de seis meses la "guerra contra el terrorismo" de Bush dejó de ser una acción de castigo contra los perpetradores de los atentados del 11 de septiembre para convertirse en una guerra dirigida contra cualquier estado del Tercer Mundo o movimiento político que se oponga a los intereses hegemónicos de EEUU.

El pasado 1 de febrero, el periódico The New York Times señalaba: "La intimidación se ha convertido de nuevo en uno de los instrumentos de la política exterior norteamericana. Desde la humillante retirada de EEUU en Vietnam hace más de un cuarto de siglo, la política exterior de EEUU nunca había dependido tanto de la fuerza militar no nuclear o de la amenaza de su uso....". Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la élite política y económica de EEUU ha tenido como fin principal el de mantener un abrumador dominio político, económico y militar e impedir la aparición de otros poderes -regionales o mundiales- que pueda desafiar su poder.

Sin embargo, las expectativas norteamericanas de un dominio global quedaron frustradas durante medio siglo por el poderío militar e industrial de la Unión Soviética y por la lucha de los movimientos de liberación nacional. La victoria de la Revolución China en 1949, la Revolución Cubana en 1959 y la ola de luchas victoriosas de los pueblos de Asia y África por la independencia en los años sesenta y setenta significaron un retroceso de la hegemonía norteamericana que alcanzó su punto culminante en 1975 con la derrota de EEUU en Vietnam. La victoria de la Revolución Islámica en Irán, que puso fin al régimen pronorteamericano del Shah, supuso además un serio revés para la política de EEUU en Oriente Medio. La guerra de Vietnam dio pie a un amplio movimiento de protesta dentro de EEUU. Gran parte del pueblo norteamericano se opuso entonces a una guerra lanzada por su gobierno, que costó la vida a unos 60.000 jóvenes norteamericanos, y se dio perfecta cuenta de que lo que sus dirigentes le estaban intentando vender como "una guerra por la democracia" era, en realidad, una injusta guerra de agresión. Con la caída de la Unión Soviética en 1991, la élite política y económica estadounidense recobró su esperanza de alcanzar el objetivo de dominio global.

Tras la victoria en la Guerra del Golfo de 1991 sobre las fuerzas iraquíes, el presidente Bush declaró "el fin del síndrome de Vietnam" y manifestó que Washington buscaría a partir de entonces establecer un Nuevo Orden Mundial. Sin embargo, el "síndrome de Vietnam" demostró que aún estaba vivo tras la reacción irritada de la opinión pública norteamericana por la muerte de 18 soldados estadounidenses durante la intervención "humanitaria" llevada a cabo en Somalia en los años 1992-93. Desde el 11 de septiembre, EEUU ha llevado a cabo un masivo incremento del gasto militar, que ha aumentado desde los 48.000 millones a los 379.300 millones para el año 2002-2003. A esto hay que sumar el gasto del Departamento de Energía en capítulos como el desarrollo del programa de armas nucleares, cifrado en 16.800 millones de dólares, y otros 38.000 más que irán destinados a "la defensa de la patria", un eufemismo para referirse a las agencias de seguridad. Según las previsiones, en el año 2007, el presupuesto militar podría crecer hasta alcanzar los 451.000 millones de dólares.

Por otro lado, con el repudio del Protocolo de Kyoto sobre emisiones de gases que crean el efecto invernadero, su rechazo al Tribunal Penal Internacional y su derogación internacional del Tratado de Misiles Antibalísticos, la Administración Bush ha querido lanzar el mensaje de que el poder norteamericano no ha de estar limitado por ningún tipo de acuerdo ni restricción a nivel internacional.

La culminación de esta nueva ola de unilateralismo y lucha por la hegemonía mundial es la amenaza de una invasión militar de Iraq. En realidad, con esta amenaza, ya llegue a materializarse o no, EEUU intenta dejar claro ante el mundo de que no dudará en emplear cualquier medio, ni siquiera métodos de tipo nazi como son las amenazas de agresión contra países más débiles y pequeños, con el fin de imponer su hegemonía mundial.

Sin embargo, es dudoso de que al final los dirigentes estadounidenses puedan llegar a alcanzar ese objetivo. Por un lado, la economía norteamericana se encuentra en una recesión y pese a su considerable tamaño no es suficiente para sostener las ambiciones hegemónicas mundiales de la élite de EEUU. Si en 1945 EEUU representaba el 50% de la economía mundial, hoy representa alrededor del 20%. Por otro lado, los gigantescos gastos armamentistas suponen una pesada carga para la economía del país. Recientemente, un comentarista norteamericano, William Pfaff, escribió en el diario El País que la actitud de EEUU en la actualidad es similar a la de la Alemania del Kaiser con anterioridad a la Primera Guerra Mundial. Pese a tener probablemente la máquina de matar más eficiente de aquella época, los apetitos de dominio mundial de la clase dirigente alemana fracasaron porque los recursos del país no resultaron ser suficientes para lograr tamaño objetivo. Además, resulta ya claro que la actitud prepotente y agresiva del gobierno de EEUU está generando un enorme movimiento antiguerra y opuesto al imperialismo en todo el mundo, y este movimiento va calando en la sociedad pese a la amplia campaña de desinformación que gran parte de los principales medios de comunicación mundiales, controlados por grandes corporaciones que apoyan la estrategia de la actual Administración estadounidense, han puesto en marcha.

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