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La mala conciencia del sionismo

30/09/2002 - Autor: Joel Kovel - Fuente: Tikkun Magazine
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Joel Kovel
Joel Kovel

Empezaré formulando sin tapujos unas cuantas preguntas, tan duras como la situación actual en Israel/Palestina. ¿Cómo han podido los judíos, asociados desde tiempos primitivos con el sufrimiento y con elevados principios morales, identificarse con un estado-nación aborrecido en todo el mundo por la opresión que ejerce sobre un pueblo autóctono subyugado? ¿Por qué una mayoría sustancial de judíos ha escogido desafiar la opinión del mundo al solidarizarse con un estado que, en lo esencial, ha convertido las tierras que ocupa en un enorme campo de concentración y ha empujado a sus moradores a cometer actos tan espantosos como los atentados suicidas? ¿Por qué la sociedad sionista, enfurecida contra el terrorismo, se olvida de que tres de sus primeros ministros de los últimos veinte años –Begin, Shamir y Sharon– están considerados como antiguos terroristas y autores de grandes carnicerías? ¿Y por qué estas palabras que acabo de escribir –junto con las de otros judíos que critican Israel– serán recibidas con rencor y amargas quejas por los sionistas, que las tacharán de autofóbicas y antisemitas? ¿Por qué los sionistas no ven o, para ser más exactos, por qué ven pero niegan la brutal realidad que ha promovido dicho estado?

El empleo del concepto de negación (denial) señala la necesidad de un tratamiento psicológico de la comunidad sionista. Pero en asuntos de esta categoría, la psicología es sólo un aspecto de un todo mayor, que incluye hechos inflexibles como el de la ocupación por la fuerza de territorios reivindicados por quienes los habitaban en otros tiempos. Es evidente que los fenómenos de conciencia se procesan de manera subjetiva. Pero ni se originan en la mente ni se limitan a los pensamientos y a los sentimientos. La conciencia es, también, algo objetivo y está vinculada con otras nociones, como la justicia y la ley, que existen fuera del deseo de cualquier individuo. La conciencia es, asimismo, colectiva y pertenece a los hechos realizados por el grupo en cuyo conjunto se desarrolla. Podríamos decir que estos fenómenos de grupo se organizan en universos éticos, en los cuales confluyen la historia, la mitología y los comportamientos individuales para formar un todo mayor. Dichos universos éticos pueden ser en sí mismos universales cuando el todo incluye a otros seres, considerados como partes integrantes de una humanidad común (o, en el caso de las criaturas no humanas, de la naturaleza); o bien, tal como suele suceder con frecuencia, pueden asimismo formar un todo en ausencia de virtudes morales.

Pues bien, en la actual situación de Israel/Palestina, esa humanidad común está negada, ya que el Otro carece de reconocimiento y la ley no es igual para todos, pues hay dos varas de medir. En los esquemas mentales de este jaez, que han mancillado la historia desde el principio y constituyen uno de los mayores impedimentos para lograr un mundo mejor, reina la ley del talión y se tolera la violencia contra el Otro, pero se demoniza al mismo tiempo la que proviene del Otro. Al igual que en los ámbitos de la materia y la antimateria, cada uno de estos universos éticos se encuentra emparejado con su adversario, pero ese doble reflejo especular no implica una equivalencia ética y en su resolución hay que aplicar las reglas de la justicia. En este caso, no debería de caber duda alguna de que los auténticos culpables son quienes desposeyeron a otros y ocuparon ilegalmente sus territorios nacionales. Esto no significa que debamos excusar las salvajadas que palestinos o árabes han cometido durante la lucha –lo cual sería una negación de lo ético–, pero proporciona un contexto para comprender el conflicto de manera más profunda y nos obliga a estudiar con un cuidado especial la curiosa situación de los judíos. A pesar de las innumerables variantes entre las diversas fracciones del judaísmo, hubo fuerzas históricas únicas que contribuyeron a dar forma a un dilema común y representaron un papel fundamental en el nacimiento del sionismo.

Existe la creencia de que los judíos saben más que nadie, de que son mejores. El hecho de haber sufrido persecución y de vivir eternamente en los márgenes de Europa, supuestamente hizo que los judíos alcanzaran un mayor desarrollo moral. Puedo decirlo por experiencia propia, ya que de niño me hicieron sentir que era superior por el hecho de pertenecer a un pueblo más inteligente y con mayor ética que los no judíos que nos rodeaban. Nosotros, los judíos, éramos la excepción de la historia.

Hay un mito que prestó coherencia a esta certeza a lo largo de los siglos y que dio lugar a la identidad judía: se trata del Pacto existente –una suerte de tratado preferencial– entre los judíos y Dios. How Odd of God to Choose the Jews Es de admirar que Dios eligiese a los judíos, era el título de un libro de mis años de estudiante en la escuela ortodoxa. Uno se sentía imbuido de manera inequívoca por el Ser Supremo y se consideraba superior a los meros goyim *. Las implicaciones escasamente éticas de esta actitud y el rencoroso desprecio que a menudo la acompañaba –uno casi podía escuchar el escupitajo golpeando el suelo al pronunciar la palabra goyim– estaban mitigadas por el hecho de que los judíos hablaban desde la posición de víctimas. La excepción judía era una suerte de redención que anulaba los siglos de aislamiento forzado en guetos, la ausencia de derechos tan elementales como el de la posesión de tierra y el haber sido zaheridos, masacrados y expulsados, y no digamos ya la ignominia de vivir constantemente en la encrucijada del sistema racista del antisemitismo.

La convivencia con el antisemitismo, incluso cuando su violencia era latente, contribuyó a incrementar tanto la conciencia íntima del carácter judío como su extrema susceptibilidad. Pocos judíos son capaces de evitar por completo el miedo visceral inherente al legado del judaísmo: un redoble acusador con augurios de pogrom. El judío vive todavía inmerso en el hecho de que su pueblo ha sido durante siglos el chivo expiatorio de la Europa cristiana: seguimos soportando sobre nuestras espaldas la infamia de haber matado a Cristo y de ser responsables de los fracasos de la cristiandad; fueron los usureros judíos quienes destruyeron la comunidad medieval, no los propietarios ni los barones; los judíos fueron los causantes de la miseria del pueblo ruso, no el zar. Los judíos, de maneras demasiado cuantiosas para que las enumeremos aquí, pagaron por los crímenes de Occidente y por la traición de sus ideales. La peculiar exaltación de considerarse a sí mismos el pueblo elegido es tanto el efecto como, en cierto modo, la causa de la persecución antisemita: nos odian, pero somos mejores que ellos; y nos odian porque somos mejores que ellos. La excepción reforzó el carácter tribal impuesto a los judíos y el carácter tribal está relacionado con el antisemitismo, incluso si ambos son antitéticos.

De esta matriz surgió una gran variedad de maneras de ser judío, que incluían, en especial para los judíos de la diáspora europea occidental, la posibilidad de asimilarse o de permanecer al margen de las sociedades donde vivían. Algunos judíos, por supuesto, abrazaron la protección tribal como defensa contra un mundo duro y acusador. Otros, en cambio, adquirieron las habilidades pecuniarias que se le habían endosado al judaísmo mucho antes de que el capitalismo se convirtiera en el orden dominante y, una vez que el capital ocupó el centro del escenario, las desarrollaron hasta convertirse en genios de las finanzas. En Occidente, algunos judíos vieron en los grandes ideales de universalidad y de Ilustración una manera de trascender el agobiante papel tribal que se les había impuesto. Tras haber sido perseguidos, tras haber carecido de los derechos más elementales a la autodeterminación que el resto de los mortales poseía, los judíos de este tipo adoptaron los ideales de los derechos humanos universales, surgidos de la Ilustración, y se convirtieron en paladines de la emancipación.

Y entonces, a finales del siglo XIX, la antigua promesa del Pacto adquirió la forma de una verdadera Tierra Prometida. Israel ofreció a los judíos europeos la oportunidad material de equilibrar las tensiones existentes entre la tribu y la Ilustración. Empujado por el auge del antisemitismo que precedió y proporcionó su horrible estímulo al Tercer Reich, Israel se convirtió en el hogar de la tribu, en el lugar seguro donde los judíos podrían ser judíos. Al mismo tiempo, ofreció a los que se identificaban con la Ilustración la posibilidad de demostrar su competencia en los modos liberales occidentales (incluido el socialismo). De esta manera, nació un proyecto que buscaba combinar y sintetizar los avanzados valores democráticos occidentales y los valores tribales.

Los sionistas tomaron de Occidente los valores de la democracia liberal, pero también los objetivos, las prácticas y la mentalidad del imperialismo que a menudo acompañaban a ésta. En apariencia, la convergencia entre espíritu tribal e imperialismo parecía combinar con éxito los diversos impulsos del proyecto sionista. Desde el momento de los primeros asentamientos judíos en Palestina, una mentalidad imperialista permitió que los sionistas racionalizaran de buena gana la expulsión de los palestinos autóctonos, amparados en el principio de una misión civilizadora, entremezclada con el repertorio completo de prejuicios orientales.

La lealtad del sionismo a la modernidad le permitió asimismo alcanzar un alto grado de competencia tecnológica y de habilidad organizativa. Durante los años del Yishuv –asentamiento–, esto se hizo patente en la manera con que los sionistas superaron a los pueblos autóctonos en cualquier actividad, y ello pese a la enorme superioridad numérica de estos últimos. Más tarde, durante las guerras que dieron lugar al estado de Israel y las que llevó a cabo dicho estado, su mayor capacidad organizativa y militar convirtió a Israel en un gigante regional, guiado, además, por la ley del talión del tribalismo y la reducción racista del adversario.

Durante cierto tiempo resultó fácil simpatizar con un estado judío y pasar por alto sus tendencias imperialistas, en especial en el período crucial de finales de los cuarenta, cuando la realidad del Holocausto surgió como un recordatorio diabólico de la vulnerabilidad judía frente a las maldades de la denominada Civilización Occidental. Recuerdo el júbilo y la esperanza que sentí a mis doce años al saber que, por fin, íbamos a tener nuestro estado, y soy consciente de hasta qué punto los judíos que me rodeaban compartían dicho sentimiento.

Pero ni siquiera el hecho de comprender o de simpatizar puede anular la certeza de que, al adentrarse en este camino, el sionismo estableció el escenario –a la manera de Esquilo o Eurípides– que ha dado lugar a la tragedia actual. Y esto tiene mucho que ver con el hecho de que la noción de un estado democrático judío, a pesar de su atractivo, es tanto una imposibilidad lógica como una trampa. Parece mentira que un pueblo tan sofisticado tenga tantos problemas a la hora de entender la imposibilidad inherente a su noción de una Tierra Prometida: una democracia que funciona sólo para unos pocos no puede existir, por la razón elemental de que el estado democrático moderno se define por su universalidad.

Los estados-nación de la modernidad surgieron de la incómoda síntesis de dos conceptos: la nación, que encarna la historia vivida, sensorial, territorial y mítica de un pueblo, y el estado, que es el órgano superior que regula una sociedad y –tal como señaló Max Weber– posee la capacidad de ejercer la violencia legítima. En su forma premoderna y no democrática, el estado-nación pudo adoptar directamente la voluntad de un grupo nacional particular. En tales circunstancias, el grupo mayoritario que controlaba la nación controlaba el poder del estado. En la práctica, se trataba de una mezcla de reyes y aristócratas que ejercían el dominio directo territorial, junto con los teócratas de la clase religiosa, que controlaban la producción simbólica y mitopoética. La legalidad de los estados premodernos adquirió forma entre el derecho divino de los reyes y los poderes territoriales del clero.

El estado-nación democrático fue una mutación de este arreglo, forjado para acomodar el poder de las clases capitalistas recién surgidas, pero también para hacer progresar la noción de un derecho humano universal, el exaltante ideal de que todos los seres humanos nacen iguales y libres ante la ley. La historia posterior a esta formación política revela, en toda su fragilidad, las tensiones inherentes al discontinuo desarrollo de los derechos humanos. Pero no deberíamos olvidar que nuestros anhelos de un mundo que supere las venganzas personales y el poder arbitrario de sus gobernantes depende del refuerzo y del desarrollo de la noción del derecho humano universal. La legitimidad de los estados-nación modernos –la legitimidad de la propia justicia– se basa en este derecho. Por supuesto, no todos los estados-nación democráticos son justos en la práctica ni funcionan necesariamente según los derechos humanos universales que profesan. Estados Unidos, Canadá, Australia y África del Sur son sólo algunos de los muchos ejemplos de estados-nación democráticos nacidos de la violencia. No obstante, los diversos horrores que marcaron la historia de estos países no les han impedido ofrecer una participación total en el gobierno a aquellos grupos sociales previamente esclavizados, expulsados o exterminados mientras se gestaba el estado-nación. Por ello, Ben Nighthorse Campbell, un indio estadounidense, hoy es senador, y Colin Powell y Condoleezza Rice, descendientes de esclavos africanos, dirigen la política exterior de EE.UU. (no es necesario añadir que de manera muy cordial para con Israel) y algún día podrían ser presidentes.

Nada de esto niega el racismo que impide cumplir sus promesas al estado democrático moderno. Pero existe una gran diferencia entre un estado que no logra cumplir su contrato social debido a una historia saturada de racismo y otro en el que el racismo surge del propio contrato social, como ha sido el caso del estado de asentamientos coloniales de Israel, que pretende ser al mismo tiempo democrático y organizado de manera étnica, por y para el pueblo judío. En dicho contexto, el racismo es no solamente un atavismo histórico, sino un rasgo completamente normal, en perpetuo crecimiento, del panorama político. La existencia de un estado instituido explícitamente para un pueblo no cesa de reducir y de hacer mofa de los aspectos emancipadores del sionismo. El sionismo, en pocas palabras, se basa en una imposibilidad y quien vive en él y forma parte de él vive en el error.

En otras instancias de estados surgidos de asentamientos coloniales, por muy hipotecada que esté la promesa democrática, confiere legitimidad. En el caso de Israel, la lógica del estado etnocrático impide la democracia auténtica y le niega legitimidad. Toda la propaganda que describe a Israel como la única democracia del Oriente Próximo y cosas por el estilo es falsa, por muchas instituciones magníficas que posea o por muchas migajas que se les echen a los árabes que tienen permiso para vivir dentro de sus fronteras. Esto se puede probar de muchas maneras, pero ninguna mejor que la incapacidad de Israel para redactar una Constitución con una Carta de Derechos.

Tal como sabemos, hay muchos estados en el mundo moderno que se proclaman servidores de un pueblo y que, en muchos aspectos, son lugares más desagradables que Israel, lo cual incluye algunos de los estados islámicos, tales como Pakistán o Arabia Saudita. Pero ninguno de ellos presume, como hace Israel, de la extravagante afirmación de encarnar las ventajas de la modernidad democrática. Por ello, uno no espera nada –y nada obtiene– de Pakistán o de Arabia Saudita desde el punto de vista del derecho democrático; en cambio, Israel se debate en las contradicciones impuestas por el hecho de asociar rasgos de la democracia liberal en el interior de una misión tribal, fundamentalmente premoderna.

En Israel, la excepcionalidad judía es el catalizador de la horrible disolución de las facultades éticas y, por extensión, del universo ético completo que polariza el pensamiento sionista. Pues el pueblo elegido de Dios, con su magnánima identidad obtenida con tanto sufrimiento, por definición no puede caer en la violencia racista. Nosotros no somos capaces de hacer eso, dice el sionista, cuando, de hecho, son precisamente los sionistas quienes lo están haciendo. El resultado inevitable es la fractura psicológica, que expulsa fuera de campo los actos que uno comete. De manera subjetiva esto significa que las diversas facultades de la conciencia, del deseo y de la conducta se desintegran y prosiguen su desarrollo por caminos separados. Debido a ello, bajo de su fachada de virtud excepcional, el sionismo carece de dialéctica interna y de posibilidades de corrección. El Pacto se convierte en una licencia que da derecho a dominar, en vez de en una obligación de progreso moral. Por lo tanto, el sionismo no puede crecer; sólo puede repetir sus crímenes y degenerarse cada vez más. Únicamente un pueblo que aspira a estar tan alto puede caer tan bajo.

Tales efectos, adicionados, producen la mala conciencia existente dentro del sionismo. Aquí, la maldad se refiere a las consecuencias del odio, que es el primer afecto en surgir de la fractura entre las normas elevadas de la promesa divina y los imperativos del tribalismo y del imperialismo. Los resultados inevitables son una susceptibilidad hipertrofiada y una negación de la responsabilidad. La incapacidad de considerar a los palestinos como seres humanos completos y con derechos humanos equivalentes aguijonea la conciencia, pero el dolor sufre un proceso de inversión y surge en forma de odio contra quienes nos recuerdan la traición: los propios palestinos y aquellos que denuncian las contradicciones del sionismo, en especial si son judíos. Incapaz de tolerar la crítica, la mala conciencia convierte de inmediato la negación en proyección. El nosotros no somos capaces de hacer eso se convierte en son ellos quienes lo hacen y esto empeora el racismo, la violencia y la gravedad del sistema de desigualdad ante la ley. Por ello, el judío que se odia a sí mismo es una imagen especular de un sionismo incapaz de hacer introspección. Es la pantalla en donde se puede proyectar la mala conciencia. Es una culpabilidad imposible de trascender y de convertirse en una concienciación o en una enmienda verdadera, y que se revuelve como acusación persecutoria y agresión renovada.

La mala conciencia del sionismo no puede distinguir entre la auténtica crítica y los delirios especulares del antisemitismo que yace en las profundidades de nuestra civilización y que ahora se despierta debido a la crisis actual. Ambos son amenazas, si bien la crítica progresista es más eficaz, puesto que se opone a la realidad concreta de Israel y, al diferenciar entre judaísmo y sionismo, busca la propia transformación; el antisemitismo, al considerar lo judío de manera abstracta y al demonizarlo con conceptos como el del dinero judío o el de las conspiraciones judías, yerra el tiro. Por su parte, el sionismo utiliza el antisemitismo como un cubo de basura en el que arroja cualquier oposición y como semilla de miedos capaz de fusionar a los judíos. Esto no significa que se deba olvidar la amenaza que plantea el antisemitismo ni que debamos abandonar la lucha contra él. Pero la necesidad más perentoria consiste en desarrollar una perspectiva genuinamente crítica sin dejarse arrastrar por quienes confunden los reproches al estado de Israel con el antisemitismo. En conciencia, no es posible condenar el antisemitismo si se apoya a Israel, porque es Israel quien necesita un cambio fundamental si queremos que el mundo salga de esta pesadilla.

No es éste el lugar para analizar en qué consistiría dicho cambio, pero sí podemos formular cuál ha de ser el principio conductor. Al crear Israel como refugio y patria de los judíos después de siglos de persecución y, en especial, al hacer el pacto faustiano con el imperialismo, los judíos que optaron por el sionismo negaron sufrimientos anteriores y convirtieron en fuerza su debilidad. Pero dicha fuerza, basada en el dominio, en la opresión y en la expulsión de otros, es inútil. El sionismo negó lo que se les había hecho a los judíos, pero no logró negar la propia negación y, por ello, repitió el pasado con una nueva serie de máscaras. Si alguien lo duda, que se fije en las opresiones que la cristiandad impuso a los judíos al recluirlos en guetos, al negarles derechos tan elementales como el de la posesión de la tierra, al zaherirlos, masacrarlos, expulsarlos y someterlos a un sistema racista, y que se pregunte si no es eso mismo lo que el sionismo ha impuesto a los palestinos, con la única diferencia –que vale la pena señalar– de las condiciones del racismo.

Nunca es demasiado tarde para cambiar las cosas y un número nada desdeñable de gente de buena voluntad avanza ya en esa dirección, en medio de grandes dificultades. Pero sería irresponsable restarle importancia a la sombría realidad de que el viaje está condicionado por el hecho de que el núcleo del problema es el propio sionismo y su hipótesis de que es posible tener un estado democrático para un solo pueblo en particular. Mientras esta idea perdure, esa antigua tierra denominada Palestina o Israel seguirá supurando contradicciones venenosas. Y como resulta imposible imaginar que Israel –un estado no democrático o incluso fascista– es una mejora, llegamos a la sobria conclusión de que la base sobre la cual asentar una paz justa y duradera en la región pasa por una nueva definición de la excepcionalidad judía. Son muchas las implicaciones que están en juego y es necesario ponerse a la tarea. Pero ha llegado la hora de que el pueblo judío regrese a su lucha por la universalidad.

1 goyim, plural de goy (del hebreo gZy, pueblo, nación). Término ofensivo con el que algunos judíos de origen asquenazí denominan a los gentiles. (N. del T.)

El psiquiatra y psicoanalista estadounidense Joel Kovel es profesor en el Bard College. Es coautor, junto con Michael Löwy, del Manifiesto ecosocialista (París, septiembre de 2001). Su libro más reciente, The Enemy of Nature, ha sido publicado por Palgrave (Zed Books, London).
La versión original inglesa de este ensayo apareció en el número de septiembre/octubre de 2002 de la publicación quincenal judía estadounidense de política, cultura y sociedad Tikkun Magazine, 2107 Van Ness Ave., Suite 302, San Francisco, CA 94109, EE.UU.
http://www.tikkun.org/
Traducción de Manuel Talens
http://www.manueltalens.com/
Traducido para Rebelión por Germán Leyens
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