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¿Poder sin límites?

12/09/2002 - Autor: Ignacio Ramonet - Fuente: El País
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Ignacio Ramonet
Ignacio Ramonet

Tito Livio cuenta la historia siguiente. Vencida, Roma decidió negociar con los galos que la asediaban. El Senado encargó a sus generales pactar con los bárbaros. Un acuerdo fue concluido: para librarse del asedio, Roma entregaría 1.000 libras de oro. A este hecho ya de por sí humillante, escribe Tito Livio, se añadió otro gesto escandaloso. Las pesas utilizadas por los vencedores eran falsas. Y como los oficiales romanos se quejaban, Breno, el jefe galo, tuvo la insolencia de echar su propia espada encima de las pesas y de pronunciar estas palabras insoportables: Vae victis!, ¡desgracia sin límites para los vencidos!.

En Afganistán, después del 11 de septiembre, la desgracia de los vencidos ha ido más lejos, pues estamos empezando a descubrir que los norteamericanos no han querido dejar con vida a los miembros de la secta terrorista Al Qaeda. Ni siquiera cuando se rendían. En varias ocasiones, los oficiales estadounidenses se negaron a aceptar los pactos de rendición establecidos entre los miembros de Al Qaeda y las fuerzas antitalibán aliadas. Exigieron que se prosiguiesen los combates hasta la liquidación de los supervivientes. ¡Hay que matar a todos los combatientes de Al Qaeda, y hay que matarlos ahora! Nada de aceptar que depongan las armas, exigieron miembros de la CIA.

El pasado noviembre, después de la toma de Mazar-i-Sharif, centenares de miembros de Al Qaeda, concentrados en el fuerte-prisión de Qala-i-Jangui, fueron liquidados después de una insubordinación. El periodista de la BBC Jamie Doran ha contado, con pruebas irrefutables (léase Le Monde Diplomatique de septiembre 2002), cómo, después de esa insurrección, unos 5.000 talibanes presos fueron deportados -¡encerrados en contenedores!- a la lejana cárcel de Sheberghan. Cómo, en el camino, los guardias ametrallaron los contenedores que chorreaban sangre. Y cómo los pocos supervivientes fueron liquidados en Sheberghan en presencia de soldados norteamericanos que participaron en la matanza rompiéndole el cuello a un prisionero o vertiendo ácido en la cabeza de algún otro. Los norteamericanos, afirma un testigo, hacían todo lo que querían. No podíamos impedírselo. Todo estaba bajo el control del comandante estadounidense. En Kandahar, la prensa ha descubierto, en los alrededores del aeropuerto donde los combates fueron encarnizados y en los que participaron fuerzas norteamericanas, más de mil cadáveres de voluntarios árabes... En Tora Bora se estima que los miembros de Al Qaeda abatidos después de rendirse supera el millar... No queremos que se escape vivo ningún terrorista de Al Qaeda, declaró Donald Rumsfeld, ministro de Defensa de EE UU.

Muchos observadores están convencidos de que, bajo el justo pretexto de combatir el terrorismo internacional, Estados Unidos está transgrediendo no sólo las convenciones de Ginebra, sino la simple razón humanitaria. Amnesty International y Human Rights Watch han exigido el envío de comisiones internacionales de investigación sobre estas matanzas silenciosas. Algunos estiman que el uso de bombarderos B-52 y el empleo de la técnica del tapiz de bombas constituyó un crimen de guerra, pues esta técnica no distingue entre el objetivo militar y sus alrededores, y ha causado centenares de víctimas inocentes. Antes de ser enviados a la base penal de Guantánamo, los presos de Al Qaeda son seleccionados e interrogados por oficiales de la CIA, sin que nadie sepa qué métodos se usan para interrogarlos. Algunos detenidos han sido conducidos clandestinamente a países aliados, como Egipto, Yemen y Sudán, donde existen centros de tortura sofisticados y donde los presos pueden ser torturados a muerte sin que ninguna organización humanitaria proteste.

En nombre de su superioridad absoluta, Washington ha cesado de respetar los derechos humanos y muchos tratados internacionales. El respeto a la democracia y al Estado de derecho han dejado también de ser condiciones indispensables para ser aliado de Estados Unidos (obsérvese la especial relación que mantienen con el general golpista Musharraf, presidente de Pakistán).

En el plano geopolítico, Estados Unidos se encuentra en una situación hiperhegemónica que nunca en la historia ningún país conoció. Militarmente, su fuerza es aplastante. No sólo son la primera potencia nuclear y espacial, sino también marítima. Son los únicos que poseen una flota bélica en cada uno de los principales mares del planeta; y cuentan con bases militares, de avituallamiento y de escucha en todos los continentes. Aunque no hayan podido prever los atentados del 11 de septiembre de 2001, ni capturar a Osama Bin Laden, sus Fuerzas Armadas poseen, en materia de armamento, varias generaciones de adelanto.

En el campo de las relaciones exteriores, la hiperpotencia estadounidense rige la política internacional. Actualmente, en nombre de la guerra infinita contra el terrorismo internacional, tiene fuerzas especiales desplegadas no sólo en Afganistán y Pakistán, sino también en Filipinas, Yemen, Somalia, Georgia y Colombia. Interviene en todas las crisis de todos los continentes (¡hasta en el microdrama hispano-marroquí sobre el islote Perejil-Toura!), ya que es la única potencia que actúa sobre el tablero mundial: desde el Cercano Oriente hasta Kosovo, de Timor a Taiwan, del Congo a Angola, de Colombia a Cuba y Venezuela (en donde participó en el golpe de Estado del 11 de abril...).

Además, Washington pesa decisivamente en el seno de las instancias multilaterales que determinan el curso de la globalización liberal: G-8, FMI, Banco Mundial, OCDE, OMC...

La consecuencia principal de esta megasupremacía es que Washington considera que dispone de un poder sin límites. Y se permite declarar a su antojo enemigo de la humanidad a cualquier dirigente, régimen o país. En nombre de esa superioridad ha decidido atacar a Irak, y convertir esta agresión ilegal en una causa noble a la que todos los países del mundo tienen la obligación de asociarse. Si no quieren verse acusados de estar con los terroristas...

Vae victis!, avisaba Tito Livio. Pero la verdadera lección de este nuevo poder sin límites la ha expresado el senador demócrata Patrick Leahy: No podemos emprender una guerra en defensa de nuestros valores, y renunciar a ellos al mismo tiempo.

* Ignacio Ramonet es director de Le Monde Diplomatique y profesor asociado de la Universidad Carlos III de Madrid. Acaba de publicar Guerras del siglo XXI.
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