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La lapidación de Amina Lawal

20/08/2002 - Autor: Abdelkarim Osuna - Fuente: Webislam
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Amina Lawal
Amina Lawal

Recibimos consternados la confirmación de la condena a Amina Lawal a ser lapidada por un caso de adulterio.

La lapidación es una práctica que en realidad no aparece en el Qurán ni se justifica por el ejemplo del Profeta, que la paz de Al-lâh y Su salat sean con él, pues él mostró su desaprobación. Aún así han pasado a los códigos de jurisprudencia, pues fue establecida por el segundo califa ‘Umar ibn al Jattab, que Al-lâh esté complacido con él. ¿En base a qué? No lo sabemos. No siendo una prescripción coránica ni pudiendo ser establecida según la sunna de Muhammad, debe considerarse como una decisión de gobierno de ‘Umar, un iytihâd. Recordemos que ‘Umar es conocido por sus audaces juicios, tal y como negar la letra de la sura al-Anfal (el botín) argumentando que repartir Siria entre los combatientes musulmanes sería contrario al espíritu del Islam. Otro iytihad conocido de ‘Umar es el de no aplicar la pena de corte de manos en caso de robo en épocas de carestía, pues un hombre tiene el deber de saciar su hambre aún si su entorno social se lo niega.

Así pues encontramos la lapidación establecida en la jurisprudencia, pero con tales restricciones que hacen prácticamente imposible ser aplicada. En primer lugar, los adúlteros deben confesar su culpa, no pudiéndose considerar la maternidad como una confesión. En segundo lugar, son necesarios cuatro testigos presenciales, que vean el adulterio en detalle, sin ser ninguno miembro de la familia de los encausados, ni tener asuntos o intereses con ellos. Para proteger a las madres solteras, en el derecho musulmán existe una bella figura jurídica: la del feto que descansa durante años en el vientre de la madre. Esta figura, que escandaliza a los racionalistas, no es obra de la ignorancia en cuestiones de gestación, sino una medida de protección inventada por los juristas para evitar problemas a las madres solteras.

En el Islam nadie puede tomarse la justicia por su mano. Existe una tradición del Profeta en la cual un hombre le pregunta: "Mensajero de Al-lâh, entonces, ¿si encuentro a mi mujer con otro debo ir a buscar cuatro testigos?" El Profeta Muhammad, que la paz de Al-lâh y Su salat sean siempre sobre él, contestó: "Sí".

Existen también una serie de prescripciones tendentes a proteger la privacidad de estos asuntos, tales como los castigos por calumnia. En la mayoría de los casos una acusación de adulterio acaba con el castigo del que acusa, dada la dificultad de verificarse. Es casi imposible verificar el adulterio, y Al-lâh nos conmina aceptar el arrepentimiento en caso de que así sea: "si se arrepienten y se enmiendan, dejadles en paz" (Qurán, 4:15-16). Siendo así, es lógico que no se conozcan sentencias como la de Amina Lawal en países tradicionalmente musulmanes.

Esto hace que una sentencia como ésta, ya cruel de por sí, se presente además como algo incomprensible. No encontramos explicación, por lo menos desde el punto de vista del Islam, así pues debemos encontrarla en otra parte.

Debemos pues aprovechar para identificar el origen de estas concepciones anacrónicas, que tanto bien hacen a los enemigos del Islam, pues: ¿a quien benefician sino casos como éste?

¿Dónde se dan casos de lapidaciones? En Arabia Saudí, cuyo rey es recibido como un bendito en nuestro país, por el dinero manchado que reparte. ¿Dónde han estudiado derecho los jueces de Nigeria? En Arabia Saudí, así que espero que si alguien quiere buscar responsabilidades sepa encontrarlas allí donde se propaga esa concepción enferma del Islam que llamamos wahabismo.

Los musulmanes del mundo estamos hartos de vernos siempre definidos por lo que hacen esas gentes. Estamos cansados de que sean precisamente los aliados de los Estados Unidos en Oriente medio los que propaguen esa imagen del Islam, de que sean bien recibidos por las autoridades españolas, mientras casos como éste son aprovechados para justificar la masacre de poblaciones civiles, que tiene tan poca culpa como la mujer nigeriana que ha sido condenada.

En Nigeria no se está aplicando la Shari’a, ni siquiera ninguno de los grandes madzhabs (tratados de fiqh) de la historia, sino una versión deformada de un código de jurisprudencia creado en un momento en el cual la lapidación era algo habitual. Aunque sorprenda a los que conocen la parábola del Evangelio ("quien esté libre de culpa que tire la primera piedra…") la lapidación siguió siendo practicada en ámbito cristiano. San Agustín dice: eso quiere decir que los que maten a pedradas a la mujer adúltera deben ser hombres justos. En los EEUU se conocen lapidaciones hasta finales del siglo XIX, entre otras en el famoso caso de las brujas de Salem.

En el sentir de la mayoría de los musulmanes eso no se corresponde al Dîn del Islam, a la sensibilidad islámica, pues sabemos que "Al-lâh se ha prescrito a si mismo la Misericordia como Ley" (Qurán, 6: 12).

Nos encontramos siempre que se trata de definir toda una cosmovisión practicada (no lo olvidemos) por una quinta parte de la humanidad, escogiendo sus casos más extremos. Es como si tratásemos de definir la cultura occidental a partir del caso del joven méxicano asesinado en una prisión de Texas hace días, sin que hubiese prueba alguna contra él. O definir la democracia en base a los abusos cometidos por las rusos en Chechenia, donde se está practicando un genocidio. O por el hacinamiento de las cárceles en Brasil, o por la corrupción, o por el militarismo, o por el trato a los presos de Guantánamo, o por la tala de los bosques, o por los males de la usura, o por la utilización de población civil para experimentos, o por el racismo, o por la depredación de las multinacionales del petróleo...

No: nada de eso es democracia, nada de eso es Islam, nada de eso pertenece a oriente ni a occidente, sino a esa zona oscura del corazón del hombre de la cual la Misericordia de Al-lâh ha sido arrancada.

Desde aquí proponemos una plegaria por Amina Lawwal, y vemos la confirmación de esa sentencia como una traición al Islam.

Pero Al-lâh sabe más.

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