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EEUU: la pobreza permanente del país

29/07/2002 - Autor: Ben H. Bagdikian - Fuente: ZNet en español
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Pobreza en USA
Pobreza en USA

Podrán ser las mejores épocas o podrán ser las peores épocas, pero ya sea en prosperidad o recesión, hay una constante en la economía de los Estados Unidos—el país más rico del mundo ha mantenido permanentemente en la pobreza a una parte de los americanos. Esto no es algo accidental. Se mantiene por una acción oficial tan deliberada como la protección dada por Alan Greenspan a la prosperidad de los bancos y de los mercados de valores. En este caso es el escandaloso mantenimiento por medio de nuevas leyes y regulaciones, nuevos códigos impositivos y exenciones especiales multimillonarias a determinados impuestos para corporaciones gigantes favorecidas. Los integrantes de esta clase permanente no son los desempleados temporales. La mayoría de ellos rotan de trabajo. No son alcohólicos ni adictos ni discapacitados. La mayoría de ellos trabaja. Tampoco son inevitables por ser los temporalmente desafortunados en un mundo de economía global cambiante. Mucho antes de la "nueva economía", y después de ella, ninguna de nuestras naciones pares, los países ricos de Europa Occidental, ha mantenido a una clase permanente de pobres como la de EEUU. Esos otros países tienen políticas de prevención social.

Al enfrentarse con la pobreza persistente en el país más rico del mundo, la mayoría de los medios gráficos y electrónicos tradicionales de los EEUU parece tomar como un mandato las palabras bíblicas de Mateo, "Siempre tendrán pobres". Lo hacen con poca preocupación por el hecho de que la pobreza en medio de la abundancia del país más rico del mundo es la excepción entre todas las sociedades avanzadas. (EEUU es el más rico en Producto Bruto Interno y es segundo, después de Luxemburgo, en ingresos per capita).

Los medios informativos podrán argumentar que cubren el problema de los pobres. Y, en cierto sentido, lo hacen. Pero son típicas historias aisladas sobre una familia desafortunada en un área de desastres o el perfil de un valiente gerente del medio Oeste, venido a menos, dando vuelta hamburguesas en McDonalds—imágenes simpáticas pero representadas como casos aislados. Por ser dados a conocer solo esporádica y oscuramente es que los EEUU, a diferencia del resto de los países desarrollados, mantiene a una clase pobre año tras año.

Dada la relación simbiótica entre nuestros políticos nacionales y los principales medios noticiosos, esa falla mediática tiene consecuencias. Los lideres políticos saben que lo que los principales medios ignoran, ellos también pueden ignorar sin problemas. Los necesitados aparecen sólo en tiempos de elecciones en retórica estereotipada y en operaciones fotográficas de campaña. La retórica vacía sin seguimientos mediáticos subsiguientes ha profundizado la cómoda asunción de que en América la pobreza es un acto inevitable de Dios. Cuando un informe gubernamental documenta un dato de la pobreza permanente, como el documento del Departamento de Vivienda y Asuntos Urbanos (Housing and Urban Affairs) de 1997 sobre la implacable crisis de viviendas de alquiler, es publicada durante un día sin ser seguida con historias complementarias que remarquen el problema, que es el proceso que produce presión política hacia la acción. O, sino, los principales medios informativos mencionan la crisis vinculándola con "el mercado millonario" de las casas en la Bahía de San Francisco o en el centro de Manhattan, no con la misma crisis para familias promedio en los suburbios de Chicago o en la partes rurales de Kansas y miles de otras ciudades y pueblos.

La pobreza permanente podrá haber sido inexorable en los tiempos bíblicos, cuando realmente no había comida adecuada, uso ineficiente de tierra cultivable, rígidos sistemas de clases, esclavitud y servidumbre. Pero el mundo actual tiene suficiente comida para todos y los países ricos como los Estados Unidos tienen suficientes recursos como para garantizarles a sus poblaciones suficiente comida decente, viviendas, asistencia medica universal, empleos y pensiones. La mayoría de nuestras naciones pares hacen exactamente esto. Tan solo los Estados Unidos ha elegido no deshacerse de una pobreza permanente.

Estados Unidos es único entre las sociedades industriales avanzadas del mundo— Francia, Alemania, el Reino Unido por ejemplo. Ha retenido esta dudosa excepción por tanto tiempo — casi medio siglo — que una clase pobre en este país es vista, hoy, como normal, inevitable y, consecuentemente, dada la despreocupación mediática, invisible.

¿Quiénes son los pobres Americanos? y ¿son realmente pobres?

Estadísticas gubernamentales ajustan periódicamente el nivel de pobreza en el país para reflejar cambios en el costo de vida. En 1999, por ejemplo, una familia de tres personas con un ingreso por hogar de $13.880 o menos era calificada como viviendo en pobreza. De los 32 millones de Americanos en pobreza, 72 por ciento estaban en familias. Esto incluye a uno de cada cinco niños americanos. Estos no son pobres porque carezcan de Cuisinarts y BMWs. Son pobres porque carecen de suficiente comida, refugio y acceso a otras condiciones elementales de vida en cualquier sociedad moderna.

¿Porqué permitimos esto cuando las demás naciones desarrolladas no lo permiten? Las respuestas no son misteriosas: políticas oficiales de vivienda, traslado deliberado de riqueza nacional hacia arriba a través de la destrucción del impuesto nacional progresivo al ingreso, enormes favores especiales a corporaciones, y tratamiento cínico del salario mínimo nacional.

¿Porqué los principales medios informativos comparten la culpa?

Una demostración dramática de la participación culposa de los medios ocurrió hace treinta años. Cuando, repentinamente, como de la nada, aparecieron familias sin hogar viviendo en las calles. Para la vida cívica nacional era como tener canarios muertos en la mina de carbón. Sabemos por qué los canarios mueren en la minas: es un aviso, ya que el gas metano mata a los sensibles canarios antes de matar a seres humanos. Los canarios muertos de la pobreza estructural americana era la aparición repentina de los "sin vivienda" en los comienzos de los 80.

En los 80 el número de americanos pobres empezó a aumentar considerablemente. Para los años 1998—1999, el niño pobre promedio estaba más abajo de la línea de pobreza de lo que lo estaba en 1979.

El cambio de 1979—1980 nos dice algo crucial. Para mediados de los 80, supuestamente de la nada, por primera vez desde la gran depresión, grandes cantidades de individuos y de familias estaban viviendo en la calles. Los "sin vivienda" es un fenómeno social generalmente asociado con países como Bangladesh, pero ahora ha sobrevivido como un elemento urbano fijo visible en este país, el más rico de todos.

Emblemática es la falla de los grandes diarios y emisoras a la hora de buscar la fuente de estos nuevos "sin vivienda" cuando aparecieron por primera vez en los 80s. Más que nada los medios se refieren a los "sin vivienda" que son alcohólicos, drogadictos o enfermos mentales. Pero siempre tuvimos drogadictos, alcohólicos y enfermos mentales sin tener grandes números de familias viviendo en la calles.

Un indicio de lo que ha cambiado es que los "sin vivienda" —una minoría de la totalidad de los pobres— lo son a pesar de que, según el Bureau of Labor Statistics, el 64 por ciento de ellos tienen trabajos, algunos incluso dos, pero según los estándares gubernamentales continúan siendo pobres.

Ninguna democracia desarrollada ha podido proporcionar viviendas a sus familias de bajos salaries dependiendo para ello de la industria inmobiliaria privada. Viviendas de bajo valor subvencionadas por el gobierno han sido halladas indispensables si todos deben ser hospedados en casas y departamentos mínimamente decentes. Antes de 1979, los Estados Unidos subvencionaron 200.000 de estas unidades por año para gente de bajos ingresos. En los comienzos de los 80, durante el nuevo fervor de transferir todo lo posible al libre mercado, las subvenciones para viviendas de bajos ingresos fueron reducidas en un 92 por ciento. Esa es la razón central por la cual, de repente, teníamos una clase mendigante permanente y familias viviendo en la calle. A pocos lectores o espectadores de noticieros televisivos se les dijo alguna vez las razones básicas de porqué nuestros "sin vivienda" se produjeron "de la nada".

¿Porqué existió esta extraña falta de curiosidad por parte de los medios? Era parte del tratamiento cauteloso, dado por los principales medios, a las causas básicas de enfermedades sociales cuyos remedios pudieran implicar un aumento de impuestos. Por el contrario, los medios generalmente celebran lo opuesto —cualquier cosa que reduzca impuestos. Explicar el "canario muerto" de los "sin vivienda" repentinos podría haber estimulado nuevas cargas impositivas para subvencionar viviendas de bajos ingresos —impuestos para el beneficio del grupo políticamente más débil del electorado.

Existen otras fuerzas que contribuyen al problema persistente de la falta de vivienda. Hace algún tiempo se había encontrado que la mayoría de los enfermos mentales institucionalizados mejoraban si eran liberados a centros locales de tratamientos en sus ciudades y recibían apoyo en dichos centros. Así que los hospitales mentales fueron efectivamente vaciados, ahorrando millones de dólares de impuestos. Pero todavía más impuestos fueron ahorrados al incumplirse la promesa de destinar el dinero ahorrado a los centros locales de tratamiento.

La mayoría de los pobres no son mentalmente enfermos. Son mentalmente sanos, individuos y familias sin adicciones. Pero se mantienen pobres. Según el Departamento de Vivienda y Asuntos Urbanos (Housing and Urban Affairs), HUD, desde 1985 hasta 1993 el mercado privado para viviendas accesibles cayó un 20 por ciento, y, según el Journal of Housing and Community Development, sólo el 33 por ciento de los americanos calificados legalmente para acceder a viviendas federales pueden realmente encontrar tales casas.

La edición de Diciembre de 1997 del Journal informó, "con viviendas accesibles fuera del alcance de crecientes números de americanos de bajos ingresos, sólo puede esperarse que la crisis de viviendas empeore... las recientes acciones del Congreso ha empeorada más la situación de segmento ya de familias americanas que ya estaban en situación precaria". En 1995, había 1.3 millones de viviendas de bajos costos disponibles para 2.6 millones de inquilinos de bajos ingresos, tal cual quedó demostrado en un estudio del Centro de Prioridades en Presupuesto y Políticas (Center on Budget and Policy Priorities). Aún así, en el mismo periodo, según la Asociación Nacional de Agentes Inmobiliarios, el precio medio para un casa de una familia aumentó en un 45 por ciento. Al ser los departamentos de alquileres bajos poco atractivos para la industria inmobiliaria, y con fallas en los subsidios gubernamentales necesarios para lo que el mercado privado prefiere rechazar, el "misterio", tanto de la falta de vivienda como de los 32.000.0000 de americanos empobrecidos, no es muy misterioso.

Además, los pobres han estado pagando, paulatinamente, porcentajes más altos de sus ingresos en alquileres —más del 50 por ciento de su ingreso disponible. Con la mitad, o menos, restante deben cubrirse otras necesidades básicas, como ser comida, vestimenta y pagos de su injusta carga de más impuestos regresivos.

Subrayando la cuestión está el vergonzoso fenómeno de un cambio radical de riqueza personal nacional del 80 por ciento inferior de la población al 20 por ciento superior, con una porción leonina yendo al 1 por ciento superior. El hecho de que semejante brecha existe llega ocasionalmente a las noticias americanas bajo la forma de una estadística cualquiera, como si se estuviera informando sobre la cantidad de trigo cosechado en Kansas.

Los Estados Unidos tienen la brecha más amplia del mundo entre sus muy ricos y quienes no son ricos. La brecha ha crecido año tras año, pero ni por el talento ni por el duro trabajo de sus súper ricos. Los trabajadores Americanos son únicos en su baja participación de los beneficios de sus empleadores comparados con los demás países ricos. El típico director ejecutivo de una compañía americana recibe 34 veces lo que recibe el típico trabajador de fabrica americano, el cual actualmente recibe (en términos de dólares absolutos) menos que trabajadores por hora en Japón, Alemania o Suiza. Las millonarias compensaciones a los ejecutivos corporativos no muestran ninguna relación con la actuación de esos ejecutivos, según nuestra autoridad más prominente en compensación ejecutiva, Graef Crystal, anteriormente en la Universidad de California en Berkeley y ahora con Bloomberg News. El dijo, "Empeora y empeora...Es absolutamente enfermizo".

El desplazamiento masivo de la riqueza americana hacia arriba ha sido informada por los medios, pero sin el sentido de ultraje y alarma que preocuparían a Linconln Steffers, Ida Tarbell, Franklin Roosevelt, o un sin número de políticos y lideres mediáticos de eras pasadas. Aunque la actitud general de los medios hacia los pobres parece encontrar consuelo en la resignación de su penoso estado enunciada en el Libro de Mateo, los medios parecen menos interesados en otra referencia bíblica, "Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un hombre rico entrar al Reino de los Cielos..."

Otros países ricos carecen del tamaño y las causas de la pobreza permanente americana. La respuesta es simple. Los otros países ricos tienen vivienda, empleos, pensiones y políticas impositivas que la previenen. La respuesta final es una fantasía inexcusable respaldada e instigada por nuestros principales medios, los diarios que, por ejemplo, tienen "Fe de Erratas", para errores como la publicación incorrecta del la inicial del medio de un político. La fantasía mediática, respaldada e instigada por políticos, ha convencido a la gente de los Estados Unidos de una falsedad, concretamente de que somos un país brutalmente sobrecargado de impuestos. La verdad es que de todas las democracias ricas, los americanos son los que tienen los impuestos más bajos, incluyendo la suma de todos los impuestos locales, estatales y nacionales. Consecuentemente, cuando la fantasía resuena en cada campaña política —prometiendo impuestos más bajos como una necesidad imperiosa— es aceptada como un salvataje urgente y necesitado por la población afectada, los muy ricos. Aunque a los principales medios les encanta encontrar culpables en problemas sociales, en este tema practican una amnesia selectiva. Por más de medio siglo, la porción de impuestos pagados por corporaciones ha venido cayendo radicalmente y se ha transferido sobre familias e individuos. En 1940, las corporaciones pagaban el 40 por ciento de las ganancias federales. En 2000 el porcentaje ha caído al 12 por ciento.

Aunque la provisión de dinero y la riqueza nacional han crecido, en 1955 los impuestos corporativos pagaban el 6 por ciento de nuestro Producto Bruto Interno pero ahora sólo pagan el 2,5 por ciento. Exceptuando a Japón, que los impuestos sobre los ingresos representen el 34 por ciento de nuestro PBI los hace los más bajos de las naciones industrializadas. La proporción en Canadá es del 36 por ciento, en Alemania del 39 por ciento, en Suiza del 50 por ciento. No es casualidad que la mayoría de esos países tengan un sistema universal de salud, vivienda garantizada y beneficios sociales más generosos que los Estados Unidos.

El impuesto federal sobre el ingreso más alto para los americanos más ricos alguna vez fue del 70 por ciento, aunque la gente tan rica contrataba los mejores contadores y buscaban los mejores refugios impositivos, de manera que pocos pagaban el máximo. El nivel más alto había caído a 39 por ciento en 2000, y en la practica está más cerca del 33 por ciento, y pocos en ese nivel teórico pagan tanto por las mismas razones que antes. Ahora la Administración Bush desea bajarlo al 25 por ciento. El impuesto progresivo del país está casi muerto.

Sin embargo, algunos impuestos aumentan. La pérdida de nuestro impuesto federal progresivo ha movido, año a año, a los impuestos básicos americanos a un tipo más regresivo, con los cuales los pobres pagan más por sus ingresos que los ricos. En la modificación resultante del paso de responsabilidad en la recaudación de impuestos al ingreso de Washington a estados, condados y ciudades, estas jurisdicciones han recurrido a impuestos a las ventas, los más regresivos de todos. En 1995, según Citizens for Tax Justice (Ciudadanos por la Justicia Impositiva) y el Institute on Taxation and Economic Policy (Instituto de Fiscalidad y Economía Política), el 20 por ciento con ingresos familiares más bajos pagaba el 12,5 por ciento de todos los impuestos estatales y locales (propiedades, ventas y honorarios) mientras que el 20 por ciento de familias con ingresos más altos pagaba el 8,5 de sus ingresos familiares.

Un impuesto sobre las ventas del 7,5 por ciento representa, para un trabajador de sueldo mínimo, un porcentaje significativo del ingreso. El mismo porcentaje de un impuesto a las ventas sobre un millonario es un ínfima parte del ingreso total, razón por la cual, en la necesidad por beneficios, las corporaciones y los ricos insisten con los impuestos sobre las ventas en lugar de mayores impuestos federales a los ingresos.

El insulto final a los pobres es el salario mínimo. Las corporaciones y los ricos pelean cada movimiento por un aumento, de la misma forma que pelearon, en primer lugar, contra la creación de un salario mínimo. En 1970 el salario mínimo valía 29 por ciento más en términos reales que en 2000. Según el Economic Policy Institute (Instituto de Política Económica), en 1970 los trabajadores con salario mínimo vivían por sobre el nivel de pobreza. En 1998 tan sólo el 19 por ciento lo hacía.

La oposición habitual de que reduciría el número de empleos disponibles, o que forzaría a pequeñas empresas a cerrar, no tiene ningún sustento real. El instituto dice que un aumento del salario mínimo nunca ha resultado en una reducción de nuestros empleos ni en el cierre de negocios.

Los opositores al salario mínimo siempre han argumentado que se le denegaría al adolescente que acaba de terminar la escuela la posibilidad de cómo ser productivo. Pero en 1999, el 71 por ciento de las personas ganando salario mínimo eran adultos.

Si el Dow Jones Industrial Average (Promedio Industrial de Dow Jones) cayera sostenidamente durante veinte años sería primera plana y noticia central en la transmisiones informativas día tras día hasta que el gobierno reaccionara. El que 32 millones de personas de nuestra población tengan sus "índices" de vivienda, alimentación y vestimenta en caída firme por más de 30 años sólo sirve como una historia pintoresca ocasional sobre un individuo o como fragmentos estadísticos en la últimas páginas de nuestras organizaciones informativas más influyentes. Una clase pobre innecesaria es algo vergonzoso en "el líder del mundo libre" y el más rico del mismo. Una fracción de la atención diaria de los medios al Dow, el rol de los medios en crear el mito de los americanos sobrecargados de impuestos y la noción de una clase pobre americana inexorable, convierten a nuestros principales diarios y transmisoras en cómplices de una falla cruel e innecesaria en nuestra sociedad. Corporaciones y legisladores de Washington podrán apuntar con inútil resignación a la aserción bíblica de que los pobres siempre estarán entre nosotros, pero la experiencia de otros países ricos como Alemania, Francia, Canadá, Gran Bretaña, sugiere que la respuesta está menos en el libro de Mateo y más en el Registro del Congreso.

* Ben H. Bagdikian es autor de In the Midst Of Plenty: Los Pobres en América (Beacon Press, 1963), The Media Monopoly (6ta Ed., 2000) y otros libros. Fue decano de la Facultad de Periodismo de la Universidad de California en Berkley.
Título original: A secret in the news. Znet Commentaries, 3—4—2001
Traducido por Rodrigo Orihuela y revisado por Fernando Soler
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