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La oración ritual

02/07/2002 - Autor: Martin Lings - Fuente: Un santo sufí del siglo XX, capítulo XI, ed. Olañeta
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Martin Lings
Martin Lings

Si la ablución, en su significación más elevada, representa la consecución de un estado imposible de sobrepasar, cabría preguntarse qué le queda por simbolizar a la oración ritual. Pero lo que es Uno en el Mundo de la Realidad es múltiple en « el mundo de los símbolos», como este mundo es llamado a menudo, pues en él la Luz Divina está, por así decirlo, reflejada en innumerables espejos, algunos de los cuales captan sólo uno de Sus aspectos, y otros más. La Estación Suprema está simbolizada, en uno o varios de Sus aspectos, en todo rito fundamental de toda religión cuando este rito se considera en su significado más elevado (1). Lo mismo se puede decir de cada una de las distintas partes de cualquier rito compuesto, tal como la oración islámica, que consiste en una serie de actos rituales. Se puede considerar cada acto en sí mismo o en relación con los que le preceden o le siguen, es decir, como un símbolo completo o como parte de un símbolo, o como ambos a la vez. Esta complejidad, inherente en todo simbolismo (2), es lo que hace —o contribuye a hacer— que los textos místicos sean a menudo tan difíciles para las mentalidades occidentales modernas.

Pero el Shayj presume que las inteligencias relativamente sintéticas para las que escribe captarán esta complejidad como algo que para ellas es una segunda naturaleza, por lo cual no dice absolutamente nada para explicarla. Lo que, en su interpretación de los movimientos de la oración ritual, parecen ser inconsecuencias o incluso contradicciones, no se debe más que a la presencia simultánea de los simbolismos en su espíritu. Pues, aunque considera sobre todo los movimientos de la oración como partes de un todo relacionadas entre sí, nunca olvida el significado supremo de cada movimiento tomado en sí mismo. En otras palabras—para usar un modo de expresión que se adecua al suyo— el Agua de lo Invisible nunca está muy alejada de la superficie y brota continuamente en una fuente que inunda de Absoluto toda la explicación. Esto es cierto de todos sus escritos y les confiere una cualidad ritual que los hace particularmente comparables a la oración misma, durante la cual el Absoluto mana sin cesar a raudales con la repetición de la fórmula Al-lâhu Akbar, Dios es el Más Grande, que acompaña a todos los gestos rituales excepto uno. Como lo explica él mismo, el propósito de esta repetición por parte del adorador es que «todos sus instantes estén saturados de la conciencia de la Grandeza Absoluta de Al-lâh» (4).

Sobre la Fâtiha dice:

«Éste es el íntimo discurso que se requiere específicamente del adorador en la Presencia Divina, cuando se halla ante su Señor y cuando los Secretos de la Divinidad fluyen abundantemente sobre él. Las Luces de la Santa Presencia resplandecen sobre el que alcanza esta Manifestación Divina, y el que La alcanza ha llegado a un estado de proximidad más allá del cual no se puede ir (5). Después de esto no queda más que el intercambio de confidencias. El Pueblo lo llama la Estación del Discurso intimo, y en ella los oídos de los Gnósticos se deleitan con lo que les dice el Señor de los Mundos» (6).

Luego el Shayj nos devuelve al significado de este elemento en relación con el resto de la oración, más que corno un todo en sí mismo, al terminar su expresión de lo Absoluto con una alusión a que después hay algo más y a que lo que se ha obtenido es sólo un goce anticipado Y no todavía una Posesión Eterna:

«Lo mejor que oyen de su Protector Divino es: "¿Deja esta proximidad algo que desear?", a lo cual el que está inmerso en las Luces de la contemplación responde: "No, en verdad, y por ello Alabado sea Al-lâh, el Señor de los Mundos" (7), pues ha sido favorecido más que los demás y ha obtenido lo que su imaginación había sido impotente para concebir, como lo ha dicho uno de ellos:

Mi deseo fue satisfecho más allá de mis más altas esperanzas. ¡Oh, que sea mío, totalmente y para siempre!» (8) (9).

Al considerar la oración en conjunto, da de ella el resumen siguiente:

» Cuando ha hecho válida su entrada en el rito de la oración levantando sus manos y diciendo Al-lâhu Akbar y cuando las Luces de la Manifestación Divina han brillado visiblemente sobre él, comienza a retirarse dentro de sí poco a poco, y su primer gesto de recogimiento es el de dejar caer sus manos a los lados o de ponerlas sobre su pecho después de haberlas levantado a la altura de la cabeza. Hace todo esto en razón de su aproximación a la Verdad, y cuanto más se acerca, más se retira en sí mismo. Primero se pide al adorador que se levante en toda su estatura y que eleve las manos ante la Manifestación de la Verdad que está ante él. Pero, cuando se ha alcanzado un cierto grado de unión y el adorador ha empezado a acercarse progresivamente a la Verdad, su estatura se modifica y su existencia es rebajada y comienza a replegarse como se pliega un pergamino de escritos (10) a causa de su proximidad a la Verdad, hasta que llega a la extrema proximidad que es el estado de prosternación. El Profeta ha dicho: "Es en la prosternación cuando el siervo está más cerca de su Señor". En la prosternación desciende desde la estatura de la existencia al pliegue de la nada, y cuanto más replegado está su cuerpo más replegada está su existencia, como lo ha dicho alguien:

Mi existencia se ha aniquilado en mi visión, y me he separado. Del yo de mi visión, borrándolo, y no afirmándolo (11).

» Antes de su prosternación el Gnóstico tenía la estatura erguida de la existencia, pero después de su prosternación se ha extinguido, borrado en sí mismo y Eterno en su Señor» (12).

Ya hemos dicho que entre los movimientos de la oración hay una inclinación seguida de dos prosternaciones. Después de especificar que la inclinación significa «anulación de los actos y también de las cualidades (en las Cualidades y Actos Divinos)», dice sobre la prosternación:

«Cuando el adorador ha llegado al grado de prosternación y se ha extinguido con respecto a la existencia, se prosterna una segunda vez a fin de extinguirse con respecto a su extinción. Así, su (segunda) prosternación es idéntica a su erguimiento después de la (primera) prosternación, erguimiento que significa subsistencia» (13).

El Shayj quiere decir con ello que, simbólicamente, este erguimiento y este sometimiento deben considerarse simultáneos; cada uno es una extinción de la extinción en el sentido de que cada uno representa un «resultado» puramente positivo de la extinción: el erguimiento significa subsistencia, mientras que la segunda prosternación remata esta subsistencia con la corona de la Divinidad. Si tomamos su verso ya citado:

Tú no ves quién eres, pues tú eres, pero no «tú»

Podemos decir que el erguimiento significa tú eres, mientras que la segunda prosternación significa pero no «». Refiriéndose a la simultaneidad de estas dos posiciones, continúa:

«Él está prosternado con respecto a la Verdad, erguido con respecto a la creación, extinto (como se extingue una Cualidad Divina) en la Unidad Trascendente (14), subsistente, en la Unidad Inmanente. Y así, la prosternación de los Gnósticos es ininterrumpida y su unión no conoce separación. La Verdad los ha matado con una muerte que no conoce resurrección. Luego les ha dado la Vida, la Vida Infinita, que no conoce muerte» (15).

A propósito de la perpetuidad de la prosternación, el Shayj llama nuestra atención hacia el hecho de que está recomendado (mandûb) que, al ponerse derecho después de la prosternación para adoptar la posición sentada, el adorador no levante las manos del suelo y las ponga sobre sus rodillas, sino que las deslice hasta aquéllas. El Shayj interpreta que esta recomendación se hace

« para que uno no se imagine equivocadamente que el adorador, después de haberse prosternado, es decir, después de haber sido despojado de la existencia y después de haber cogido la Cuerda de la Esencia, que es el colmo de sus deseos, al ponerse derecho abandone, por la elevación de sus manos, todo lo que ha obtenido... mientras que de esta recomendación hay que concluir que el que ha alcanzado su Meta tiene siempre cogida la Cuerda de Al-lâh» (16).

Después de la última prosternación antes del final de la oración, el adorador vuelve a adoptar la posición sentada en la que, después de las fórmulas de devoción a Al-lâh, las invocaciones de Paz para el Profeta, para él mismo y para todos los creyentes, termina la oración volviendo la cabeza hacia la derecha con las palabras Al‑Salâmu alaykum ‑¡la Paz sea con vosotros!

De esta posición final, el Shayj dice:

«Él debe tomar una posición intermedia cuando retorna a la creación, es decir, debe estar sentado, lo cual está a medio camino entre la prosternación y la posición derecha, a fin de hacer válidas sus relaciones con la creación. Pues si volviera a las criaturas en un estado de extinción y anulación no podría hacerles caso. Y tampoco puede regresar a la creación derecho, esto es, alejado de la Verdad como lo estaba antes de su extinción, pues entonces regresaría a la creación como una simple criatura y no habría en él ningún bien y nadie se beneficiaría con su regreso. Debe tomar, pues, una posición intermedia, y " el justo medio es lo mejor en todas las cosas". Se dice: "¡Viva el hombre que conoce su valor y se coloca por debajo de él!" Ahora bien, un hombre no obtiene el conocimiento de su valor más que en su anulación. Y así la posición sentada (17) es la que se requiere de él después de su anulación» (18).

En cuanto a lo que desagrada a Al-lâh (makrû) durante la oración, Ibn ‘Âshir menciona, entre otras cosas: «Reflexionar sobre lo que es incompatible con el temor reverencial»

El Shayj dice:

«Toda reflexión es de hecho incompatible con el temor reverencial, el cual (en su sentido más pleno) no es sino deslumbramiento y maravilla ante la Esencia de Al-lâh. Se puede meditar sobre las cosas creadas, pero no sobre la Esencia, tal como dijo el Profeta: "Meditad sobre todas las cosas, pero no meditéis sobre la Esencia, no fuera que perecierais". El pensamiento sólo concierne a lo que es creado, pero cuando el Gnóstico ha llegado hasta el Creador su pensamiento se transforma en maravilla. Así, la maravilla es el fruto del pensamiento, y una vez que se ha producido el Gnóstico no debe apartarse de ella ni cambiarla por lo que es inferior. Nunca puede sentir bastante maravilla ante Al-lâh y, en verdad, el Profeta decía: "Oh Señor, acrecienta mi maravilla ante Ti". La meditación se exige del faqír mientras realiza su viaje. Se medita sobre lo ausente, pero cuando Aquel que se buscaba está Presente en Persona la meditación se torna en maravilla». (19)

Y cita:

Dame un exceso de amor, y acrecienta así mi maravilla ante Ti;
Y ten piedad de un Corazón al que devora el fuego de su pasión por Ti;
Y si te pido verte tal como Tú eres, no me respondas "no me verás" (20),
antes bien, déjame verte (21).

«Estar distraído» y «apartar la mirada» es también makrû. El Shayj dice:

«Estar distraído, para el Gnóstico, es estar ocupado con lo que no le concierne, después que ha realizado el grado de la Perfección; y todo lo que no sea estar ocupado con Al-lâh es tal frivolidad y distracción que no justifica el volver la cabeza hacia ello ni que se le dedique un solo instante. Las ocupaciones en cuestión pueden estar permitidas para la mayoría, pero para el Gnóstico se cuentan como malas. "Las buenas acciones de los justos (22) son las malas acciones de los Allegados"; y si incluso las buenas acciones pueden ser faltas para ellos, ¿qué decir de los otros actos que alteran directamente su nobleza? Les está permitido manifestar sus luces de este mundo, pero éstas deben estar fuera de ellos, y no dentro (23), pues los Gnósticos están interiormente siempre con Al-lâh, y si su ser interior se ocupara de otras cosas estarían distraídos en Su Presencia.

» En cuanto al "apartar la mirada", es como si el Gnóstico, después de realizar la Unidad de Al-lâh por medio de la visión directa, se volviese hacia otra estación o buscara algo más que lo que ya tiene, como si, por ejemplo, se dedicara a realizar prodigios con el deseo de violar para su provecho las leyes naturales y de tener poder,en concurrencia con la Verdad, para destruir a aquél cuya destrucción desea y para salvar a aquél cuya salvación quiere. Si Al-lâh en Su Amorosa Bondad no va a buscarle y le devuelve a donde estaba, perecerá con los que perecen, puesto que ha tratado de cambiar lo mejor por lo peor, lo superior por lo inferior, y no estaba satisfecho con un solo alimento (25). Es, pues, de temer que tenga que regresar a Egipto, al Egipto de las almas, puesto que no estuvo satisfecho con la Presencia del Santísimo» (26).

Pone en claro, sin embargo, que tal ejemplo sólo se aplicaría a «los que pretenden falsamente haber alcanzado la santidad». En lo que concierne a los verdaderos Santos, dice:

«Los actos, las palabras y los estados de los Gnósticos se sitúan entre lo que es obligatorio y lo que está recomendado, sin sobrepasar este límite. Pero esto lo realizan con la ayuda de Al-lâh, de modo que, si alguno de ellos se propusiera apartarse de lo que complace a Al-lâh y a Su Apóstol, probablemente no le seria posible; es más, sería incapaz de ello, y la incapacidad en este sentido es la realización concedida por Al-lâh. De ahí que se afirme que la protección (hifz) del Santo es como la infalibilidad (isma) de los Profetas» (27).

Pasando luego a los ritos funerarios, dice a propósito del lavado del cadáver:

«Aquél en quien hay un residuo de vida no es lavado. Si se hallara ya en la mesa de lavado y en uno de sus miembros se percibiera un signo de vida, el lavador lo abandonaría allí mismo. Del mismo modo, el Shayj no procede a la purificación del discípulo mientras queda en él algún residuo del alma inferior, es decir, a menos que el discípulo haya realizado su muerte, reduciendo a cenizas el fuego de su naturaleza. Si no, lo dejará tanto tiempo como haya en él algún deseo de estar vivo. Por ello, al discípulo que aspira a entrar en la Presencia de Al-lâh le exige que haga primero todos los esfuerzos que pueda para reducir su alma a la nada y asestar el golpe mortal a su existencia, a fin de ser pasivo entre las manos del lavador, no fuera que se le abandonase con todas sus impurezas a causa de su naturaleza reacia y obstinada y de su falta de pasividad. Como lo ha dicho uno de ellos:

Si el Destino es propicio y si la Suerte te conduce
Hasta un verdadero Shayj, un Shayj versado en la Verdad,
Esfuérzate en complacerle, sigue sus deseos,
Y abandona todo lo que querías llevar a cabo.
Sé con él como un cadáver entre las manos del lavador.
A voluntad éste lo gira, mientras él permanece pasivo. (28)

» Así debe ser el discípulo en manos de su Maestro si desea purificarse de todo cuanto le ha contaminado y si quiere escapar a sus limitaciones naturales. Luego, cuando su purificación se haya llevado a cabo y él se haya limpiado, de modo que la luz de su Corazón haya irradiado desde el nicho (29) de su existencia, debe ocultar esta luz, pues el guardar los secretos es una de las marcas del Gnóstico perfecto, al igual que su divulgación es una característica del ignorante. Ésta es la significación del sudario: debe ocultar el vaso de la Libertad con el nicho de la servidumbre de modo que nada aparezca de su estado de elegido salvo lo que sea necesario. Cuando la muerte del alma se ha efectuado, cuando ésta ha sido purificada de la visión del ojo de los sentidos y envuelta con una vestidura conveniente, entonces merece ser ocultada de los ojos indiscretos, y esto es lo que significa la sepultura, es decir, ha merecido la sepultura en la tierra de la oscuridad a fin de que su posterior crecimiento sea bello y agradable a Al-lâh, como lo ha dicho el autor de al‑Hikam (30):

"Entierra tu existencia en la tierra de la oscuridad, pues la semilla que no es enterrada no produce en abundancia".

» En verdad, no hay nada mejor para el discípulo que la oscuridad después de la realización, y para él no hay mal mayor que la fama en ese momento, es decir, en el momento de su llegada a Al-lâh, y no más tarde, pues después de su sepultura en la tierra de la oscuridad no hay ningún mal en la difusión de su fama puesto que el crecimiento ha venido una vez que las raíces han sido firmes, y no antes, de forma que no hay duda de que producirá en abundancia.

» Además, él no ha buscado la manifestación para sí, sino que es Al-lâh quien lo ha manifestado después de su sepultura. Él lo ha matado y lo ha enterrado; después, si Él quiere, lo pondrá en pie; pero si Él no quiere, el Gnóstico no puede hacer crecer su propia fama según su voluntad, pues en esta estación carece de toda preferencia, no desea ni manifestación ni ocultación, y no es más que un instrumento en manos de¡ Artesano, como ha dicho uno de ellos:

"Me ves corno un instrumento cuyo Motor es Él.
Soy una pluma entre los Dedos del Destino"»
(31) (32).

De modo análogo, y por su simbolismo paralelo a este último, la oración de los funerales refleja la realización de la Santidad Suprema. Así corno el cuerpo, con la muerte, rinde el alma, así el alma, con la muerte espiritual, rinde el Espíritu. El Shayj dice:

«La muerte corporal no puede tener lugar sin la intervención del Ángel de la Muerte, e, igualmente, la muerte espiritual no tiene lugar más que por mediación de un Maestro que sabe cómo asir el espíritu de sus discípulos.

»El que comprende que la muerte espiritual tiene como consecuencia las delicias de la contemplación de la Divinidad, ¿cómo no abandonarla su alma a la destrucción, considerando como vanidad todo lo que deja detrás de sí?, pues bien vanas, en verdad, son esas cosas a los ojos de aquel que sabe lo que busca. En efecto, aunque el alma es preciosa, más allá reside Lo que es más precioso que ella:

Preciosa es el alma, pero por Ti quiero cambiarla,
Es amargo ser muerto, pero por Tu Voluntad, se vuelve dulce.

» Cuando el discípulo se entrega a un Shayj para que pueda unirle a su Señor, el Shayj debe conducirle a la Presencia de Al-lâh con un rito cuyas obligaciones son cuatro (33).

» Entre las obligaciones que rigen la realización de esta muerte y la sepultura de la existencia del discípulo, se encuentran cuatro afirmaciones de la Grandeza de Al-lâh. Esto significa que el maestro debe imponer al oído de su discípulo los cuatro Aspectos del Ser, Primacía y Ultimidad, Manifestación Exterior y Ocultación Interior, todo a la vez, saliendo al paso de todos sus argumentos y cerrando todas las escapatorias. Entonces la verdad de las Palabras de Al-lâh Él es el Pirimero y el último, el Exteriormente Manifiesto y el Interiormente Oculto se vuelve tan evidente que, cuando estos Aspectos han cerrado sus filas y, por no haber resquicio alguno entre ellos, el discípulo no encuentra ninguna salida, el Espíritu de éste parte y su cuerpo se aniquila, puesto que las direcciones del espacio ya no existen para él por el hecho de que, hacia cualquier lado que se vuelva, no encuentra, entre estos cuatro Aspectos, ni siquiera el espacio de la punta de un dedo. Incluso si se vuelve hacia sí descubre que él mismo es uno de estos Aspectos, y así ocurre adondequiera que se vuelva, de acuerdo con Sus Palabras adondequiera que os volváis, allá está el Rostro de Al-lâh. Así, cuando el arrobado vuelve su rostro hacia sí mismo y ve en el espejo de su existencia el Rostro de Al-lâh, dice, como dijo Al‑Halláj: "En mi vestido no hay más que Al-lâh"; y con ello no sólo entiende el vestido, sino todos los cuerpos, los ‑más elevados y los más humildes, los sensibles y los espirituales.

» Entonces el espíritu del discípulo se desvanece, pues en la Presencia del Ser de la Verdad no encuentra "dónde" ni "entre" en el cual pueda existir.

» El que reza por el muerto debe saber cómo conducirle a la Presencia de Al-lâh, puesto que intercede por él. Debe, pues, hacer que Al-lâh le ame, para que sea bien acogido; y entonces él mismo será uno de los hombres más queridos por Al-lâh, como lo ha dicho el Profeta hablando con la Lengua de la Verdad: "El hombre que Me es más querido es aquel que Me hace ser querido por los hombres y que Me hace queridos a los hombres".

» Que sea, pues, tan insistente como pueda en la oración, hasta que la Verdad haga descender Su Beatitud sobre el muerto, y Ella no le recibe más que si su Maestro tiene una intención profundamente resuelta.

» Cuando la entrada del muerto en la Presencia de Al-lâh se ha cumplido, entonces el Shayj le propone pasar de esta estación a otra que es la síntesis de las estaciones exterior e interior; y esto es expresado por la palabra Paz» (34).

Notas
(1) No es difícil ver, por ejemplo, cómo esto se aplica a cada uno de los Siete Sacramentos de la Iglesia.
(2) Esta complejidad no es otra que la del Universo mismo; el simbolismo es la ciencia de las relaciones entre los distintos niveles de existencia, como explica Gazzâlî en el último pasaje citado de Mishkât al‑Anwâr, pp. 177 y ss.
(3) Los movimientos de la oración son:
a) Estar de pie, de cara a la dirección de a Meka, con las manos levantadas, las palmas hacia adelante, a ambos lados de la cabeza, con los pulgares casi tocando las orejas y la punta de los dedos más o menos al nivel de la coronilla.
b) Decir Al-lâhu Akbar.
c) Dejar caer las manos a los lados o unirlas sobre el pecho (este punto varía según las distintas escuelas legales) y recitar la Fâtiha (el capítulo que abre el Corán) seguida de algún otro pasaje del Corán a elegir por el fiel.
d) Hacer una inclinación en la que las manos se colocan sobre las rodillas, de forma que la espalda permanece horizontal.
e) Ponerse derecho diciendo: «Al-lâh escucha a quien Le loa.» (Todos los demás movimientos de la oración, incluyendo la inclinación, van acompañados de las palabras Al-lâhu Akbar)
f) Hacer una prosternación arrodillándose, con la frente tocando el suelo y las manos con las palmas hacia abajo a cada lado de la cabeza.
g) Levantarse de la prosternación pasando a una posición sentada.
k) Hacer una segunda prosternación.
Estos movimientos constituyen un ciclo de oración que se repite un número de veces variable según las distintas oraciones. En la oración de la puesta del sol se efectúan tres de estos ciclos, en la de la noche cuatro, al amanecer dos, al mediodía cuatro y a media tarde cuatro. Al final del segundo ciclo de cada oración se vuelve a adoptar la posición sentada (después de k) para recitar una fórmula en la que el adorador se consagra a sí mismo a Al-lâh y pide la Paz. Lo mismo se hace al final del último ciclo, cuando, en vez de levantarse para empezar otro nuevo, el adorador termina la oración sentado volviendo la cabeza hacia la derecha y diciendo Al-Salamu alaykum, la Paz sea con vosotros.
(4) Minah, p. 135.
(5) Unas páginas más adelante (p. 116) habla de esta posición del comienzo de la oración diciendo que está «alejada de la Verdad» en comparación con la proximidad de la prosternación.
(6) Minah, p. 112.
(7) Primeras palabras del «discurso íntimo» que se pronuncia en esta parte de la oración.
(8) Ibn al‑Fârid, Lamîyya (Ushahidu manâ husnikum... ), 1.5.
(9) Minah, pp. 112‑113.
(10) Corán, XXI, 104.
(11) Ibn al‑Fârid, Al‑Tâ’iyyat al‑Kubrâ, 1. 212. El poema continúa:
«He abrazado lo que he percibido, y he borrado mi propia percepción»,
es decir, he abrazado el Objeto de mi visión y he borrado su sujeto.
(12) Minah, pp. 156‑157.
(13) Minah, p. 114.
(14) La Unidad Trascendente (Ahadiyya) es Pura No‑Dualidad, que excluye todos los conceptos, como los de Esencia y Cualidad, Creador y creación, etc. La Unidad Inmanente (Wâhidivya) es aquel Aspecto más exterior de la No‑Dualidad que abarca, penetra y unifica toda aparente diferenciación. Yîlî (Al‑Insân al‑Kâmil, cap. 6) dice que Ahadiyya corresponde a «Al-lâh era y no había nada con Él», mientras que Wâhidivya corresponde a «Él es ahora como era».
(15) Minah, pp. 114‑115.
(16) Minah, p. 162.
(17) La posición sentada está «por debajo» de la prosternación, que significa, más allí de la anulación, la deificación.
(18) Minah, p. 116.
(19) Minah, p. 168.
(20) Respuesta de Al-lâh a Moisés.
(21) Ibn al‑Fârid, Râ’iyya (Zidni bi‑fartil1‑hubb).
(22) Véase capítulo II.
(23) Uno de los discípulos del Shayj me dijo una vez que para un Santo es imposible estar preocupado interiormente ni siquiera con la idea de ser un guía espiritual, y que acepta esta función sólo si le es impuesta; en este caso recibe los medios para dirigir, sin ningún esfuerzo por su parte.
(24) En otro lugar (p. 171) dice: «La realización de prodigios no es un criterio de santidad que el servidor pueda solicitar a Al-lâh, sino que más bien se impone por sí misma (en el momento adecuado).»
(25) Alusión a los judíos, a quienes Moisés amenazó con un retorno a Egipto cuando pidieron cambiar su alimento de maná y codornices (Corán, 11, 61).
(26) Minah, pp. 169‑170.
(27) Minah, p. 169.
(28) Yîlî, Ayniyya.
(29) Emplea el simbolismo del Ayat an-Nûr (Versículo de la Luz), Corán XXIV, 35.
(30) Tratado en forma de aforismos, por lbn ‘Atâ Al-lâh al‑lskandati, sucesor de
Abû-l-Abbâs al‑Mursi.
(31) Yîlî, Ayniyya.
(32) Minah, pp. 179‑181.
(33) Los cuatro elementos necesarios en la oración funeraria son, según lbn Âshir, «cuatro alabanzas, la oración, la intención, la paz», es decir, pronunciar cuatro veces Al-lâhu Akbar (Al-lâh es el Más Grande), invocar la Misericordia para el muerto con una intención firme, y decir Al-Salamu alaykum (la Paz sea con vosotros) como al final de la oración ritual ordinaria.
(34) Minah, pp. 176‑179.
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