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Las razones del Nómada

25/06/2002 - Autor: Armando Boix
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Jerash
Jerash

Si te digo que nací bajo las murallas de Samarra abrirás los ojos maravillado, quizá con algo de envidia. No es para menos. En su zoco puedes comprar las más selectas mercancías, desde la cerámica de Kashán a la espada de Damasco, del libro miniado de Bagdad a la estampa en seda de Constantinopla; en sus tabernas los mejores poetas recitan sus divanes o aprendes de las danzarinas los secretos del vientre; puedes recorrer la avenida al borde del río, visitar el hipódromo, escuchar los muecines o asombrarte ante los azulejos del palacio de los abasidas. Sin embargo, yo jamás he visto al sultán, ni las carreras de caballos, y sólo contemplé en una ocasión a las danzarinas, aquella vez en que mis camellos enfermaron y me detuvieron algunos días en la ciudad. Soy un nómada y no me ha elegido Al-lâh para cercarme de paredes. Mi misión es muy diferente.

Con toda su magnificencia y contando con cerca de un millón de almas, Samarra —como Bagdad la redonda, Basora, Samarcanda o Córdoba— no es más que un esbozo incompleto de la Ciudad Universal: Iram la de las Columnas, la maldita, la que nadie puede ver salvo aquellos a los que el sol enloquece en el desierto. Cuentan las tradiciones de mi tribu que en el principio, antes de que se confundieran las lenguas, el mundo era un inmenso y fértil valle, lleno de bestias libres y dulces frutos. En su centro, en la región hoy conocida como Wabar, se encontraba Iram la de las Columnas, la Ciudad de los Hombres. No era mayor que la medina de Samarra, aunque hermosa y delicada como una talla en marfil.

Por aquel tiempo los hombres no conocían los rigores del trabajo y llevaban una existencia apacible, dedicados a la música, a la cría de pájaros y a cantar alabanzas a Al-lâh. Pero dicen que Eblis no tiene mejor acólito que la vida ociosa y tal bonanza acabó sembrando una semilla amarga en algunos corazones. Desde las torres de su palacio, Ad, rey de Iram, contemplaba tenderse hasta el horizonte las verdes guedejas de los prados, a colinas y bosques dotar de ritmo al paisaje, y a los riachuelos transcurrir bulliciosos entre cañizares. No había ojo capaz de encerrar tanta belleza. Por el contrario, aunque agradable, Iram le parecía mezquina bajo sus pies, un corral de plata y mármol donde la humanidad pacía sin mayores ambiciones.

Poco a poco fue creciendo en Ad el desasosiego y le dominó el deseo de realizar una gran obra para que las generaciones venideras guardaran memoria de él. Soñó a Iram cubriendo toda la superficie de la Tierra y a su pueblo gobernando cada rincón; una ciudad ilimitada donde cada día supusiera un descubrimiento, donde el hombre no se encogiera entre las tapias de su jardín y excitado por nuevas perspectivas saliera a conquistar el mundo.

Durante años el rey Ad permaneció en su gabinete trazando proyectos de la Ciudad Universal, en forma de siete anillos concéntricos y con grandes avenidas que arrancarían de las cuatro puertas de su palacio y se dirigirían a los puntos cardinales. Cuando consideró su idea bien perfilada explicó el plan a sus súbditos y, salvo unos pocos que juzgaron estéril embarcarse en una obra innecesaria, en su mayoría no se detuvieron a pensar en las fatigas que costaría, asintiendo complacidos ante la imagen de una inmensidad de patios y terrazas, de minaretes, de medinas...

Pero, como comprobaron a las pocas semanas de ponerse a trabajar, los habitantes de Iram eran escasos para realizar tal proyecto y sus esfuerzos no resultaban más fructíferos que intentar achicar con un tazón el océano que rodea el mundo. Así pues, el rey Ad pidió al mago de palacio el ejercicio de su magia y con él acordó invocar a los efrits, djinns de la estirpe de Kallit y Mallit, los primeros espíritus que Al-lâh creó del fuego.

A la puesta del sol el mago llevó a cabo el conjuro que los ataría a su servicio y de una grieta en el suelo, no mayor que un dinar, surgieron cien mil efrits que se pusieron a construir de inmediato. Antes del amanecer la ciudad que Ad había proyectado estaba terminada.

Cuando los habitantes de Iram despertaron al día siguiente descubrieron que hasta donde su mirada podía alcanzar se extendían plazas porticadas, jardines de flores exóticas, fuentes de alabastro y edificios tapizados de oro y lapislázuli, de cúpulas gallonadas y torres tan esbeltas que parecían a punto de quebrarse, cada uno un palacio con sus bosques de columnas, sus baños y su harén. Un paraíso a la espera de ser poseído por el pueblo de Ad.

Aun cuando cada hombre tomara un palacio para sí, eran tantos los que permanecían deshabitados que resultaba obligado hacer un esfuerzo para no ofender a tanta abundancia. El rey Ad yació con sus mil mujeres y lo mismo hicieron sus súbditos. Pronto la gente de Iram se multiplicó y empezó a extenderse y a poblar los edificios vacíos.

Viendo a su pueblo crecer y a Iram la de las Columnas abarcar el mundo entero con una riqueza y perfección de formas como ninguna otra ciudad ha podido imitar, el rey Ad se sintió arrebatado por el orgullo y despreció la labor de Al-lâh al crear el mundo:

«¿Para qué queremos las flores, si en las columnas de nuestros palacios ya se trenzan los más raros arabescos? ¿De qué nos sirven los ríos, si es más cómodo remojar nuestro calor en estanques y fuentes? Mejor la lámpara que encendemos a nuestro gusto que el rígido Sol; mejor el tacto de la seda que esa piel nuestra tan débil. Al-lâh fue avaro con sus regalos. Adoremos mejor a los genios que el mago invocó».

Y el pueblo de Ad se entregó al culto de los efrits y llenaron con sus ídolos dorados las mezquitas, olvidando que sólo es potestad de Al-lâh crear de la nada, que el Iram que ahora se extendía sobre la Tierra sólo era un espejismo consentido por el verdadero Creador, queriendo comprobar hasta dónde llegaba la necedad humana, tan dada a deslumbrarse con todo lo vacuo.

Lleno de justa cólera, Al-lâh resolvió castigar a los hombres. Durante siete días y siete noches sopló sobre la Tierra: allí donde hubo sonoras callejuelas, con sus zocos y alhóndigas, quedaron sólo eriales; allí donde los canales encauzaban los arroyos, se manifestaron quebradas y barrancos secos como la estopa.

Los hombres de Ad, que moraban entonces por todo el mundo, vieron desvanecerse sus palacios y sus jardines, y las calles que antes les sirvieron para guiarse y viajar dejaron de existir, perdiendo los padres a sus hijos y los maridos a sus esposas. De pronto se encontraron solos en un mundo inhóspito, sin un techo que les protegiera de las inclemencias. Acostumbrados a vivir reunidos dentro de las murallas de Iram, habrían enloquecido de puro terror si al final Al-lâh no se hubiera apiadado de ellos. ¡Alhamdu Lil-lâhi!

Así, a aquellos pocos que se opusieron al proyecto del rey Ad, les concedió el don de perder el miedo a los espacios vacíos y de domar a los camellos, sin los cuales el camino del desierto sería imposible; les descubrió dónde oculta la arena sus pozos de agua, cómo burlar el simún que trae la muerte y qué estrellas en el firmamento podían conducirles.

Así nacimos los nómadas.

Nuestra misión es unir a los pueblos dispersos y volver a hacerlos uno. En nuestras caravanas viaja la civilización. Los cuentos que referimos a los chiquillos, cuando vienen a curiosear a nuestro campamento, mantienen vivas las tradiciones y el respeto a Al-lâh el misericordioso, aun en aquellas aldeas donde nunca llegará la oración del imán. Los nómadas transmitimos las noticias, conducimos el ganado y compramos lo que a éste le sobra para que aquel pueda adquirirlo.

Nuestras pisadas en la arena vuelven a trazar las avenidas de la invisible Iram.

La opinión común sentencia que somos agresivos y arrogantes, que nuestros continuos desplazamientos los utilizamos para ocultar una vida criminal. Sorprendo a nuestro paso la mirada furtiva de la gente y entiendo esa maledicencia. No es más que incomprensión; su miedo no difiere demasiado del que tendrían a un animal salvaje. Es nuestra falta de ambages y convenciones el origen de su desconcierto, pues un hombre sin ataduras es un hombre que no puede ser dominado. Incluso el sultán, señor de nuestras vidas, sería incapaz de fijarnos una ruta.

Mientras la mayoría se limita a seguir las pisadas previas, los nómadas preferimos viajar sin pastores. Sí, debemos obedecer algunas leyes y tenemos necesidades; aunque nuestro modo de vida propicia el desapego hacia esos abalorios que deslumbran al hombre y, al final, sólo son eslabones de su cadena. No renunciamos a nada porque poco necesitamos; no sentimos deseo porque son escasas las cosas que podemos cargar en las caravanas. Camellos que nos mantengan en movimiento, una mujer para engendrar hijos y una charca de agua en el desierto; no queremos más. Con eso cumplido ya somos libres.

Creo, pues, que aun faltándonos una recompensa no nos detendríamos. Nuestra vida nómada es un fin en sí misma y nuestro errar ha adquirido un sentido religioso. Tal vez nuestro viaje, con sus ciclos repetidos, no hace sino remedar a una escala ínfima el movimiento del Universo.

Y visto así, y atendiendo a lo inescrutable de los designios del Supremo, ¿no resultaría el rey Ad, al fin y al cabo, herramienta en manos de Al-lâh? ¿No estaríamos también nosotros en sus planes? ¿O es nuestra imaginación, que se complace en buscar significado a lo que no lo tiene? A veces, cuando tumbado en la tienda no puedo dormir y rumio laberínticos pensamientos, me pregunto si pese al cansancio y a nuestros deseos tampoco es destino de la mente humana permanecer inmóvil. ¿Pide el león el filo de sus garras? ¿Puede renunciar el corazón a latir y continuar viviendo?

Mi padre decía que Al-lâh cada noche traza un renglón en el Libro de la Eternidad. Mientras tenga algo de qué escribir el Libro continuará ofreciendo páginas en blanco; pero, el día en que se detenga hastiado, las páginas dejarán de reproducirse y el Libro se cerrará. No hay peligro. Mientras los nómadas continuemos la peregrinación y recordemos Iram, Al-lâh nos observará complacido y tendrá una historia que contar.

Y siempre una nueva página iluminará el día para gozo de los creyentes.

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