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Poética: el creyente en cuanto a creador

25/06/2002 - Autor: Huseyn Vallejo - Fuente: Webislam
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Ondas
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Un deseo sin objeto

Criatura de instantes que se pierden o pasan ante él, el ser humano siente su pertenencia al mundo como una sensibilidad que aflora, como asombro que palpa y que siente las dimensiones de todo lo visible.

Cuando niño toca los objetos como un absoluto, de mayor aparecen nuevas posibilidades de captación y de presencia: la abstracción, la sensación de infinitud, de que los caminos se le escapan. Siente el transitar como una pérdida, que el trasiego cotidiano le impide centrarse en la vocación natural del hombre: sentir y reposar en la presencia. Lo infinito aparece ante él como un tesoro que le es dado gustar en los instantes fugaces de iluminación y de reposo.

Cuando se le presenta el signo, la mera sospecha de que algo se esconde bajo la apariencia, el hombre desespera por encontrar la puerta de lo oculto, una puerta que es sombra de una sombra, que no transige al simple mirar de la criatura. Desespera por hacer de esos instantes algo permanente, por regresar al mundo como algo inmediato. La infinitud, ese aspirar a situarse más allá de los límites precisos, le ha creado una sed insaciable.

El anhelo del descubrimiento, la tensión de estar frente al misterio, se posicionan dentro suyo, se apoderan de sus sueños y lo lanzan a la búsqueda de un más allá en la cosa, de una luz en lo opaco. El pensamiento divaga sobre lo ente, sobre el sí mismo de la cosa como algo no plenamente captable a través de los sentidos: si sabemos que la vista posee un aparato interno que da forma y define los colores, y que en verdad esos colores son vistos como otros por otros animales cuyo aparato óptico no se configura del mismo modo que el del hombre... entonces, se hace inevitable la pregunta: ¿cuáles son sus verdaderos colores, más allá de la percepción humana (que transforma)?

Nos hallamos ante la sospecha de que nada en los sentidos es plenamente verdadero, de que todo se escapa por el simple hecho de que nosotros mismos somos apariencia, que habrá de deshacerse un día.

En el aparecerse de lo oculto se le presenta como una nueva dimensión. El más allá de los límites no es huir de la cosa, sino encontrarse con la espacialidad que se escapa, retorno al espacio donde se manifiesta la aureola.

Oh Al-lâhuma que has puesto sangre en el curso de los hombres

y has puesto agua en las venas de los ríos.

Oh Al-lâhuma que has dado a todo ser pareja,

que has dado a la montaña una cima, y al corazón un bosque,

que has dado a las serpientes una letra y a los perros ladridos

para llamar al fuego.

Oh Al-lâhuma que has dado siempre una medida

y un modo de desbordar esa medida,

que nos enseñas la salida del mundo,

que nos abres el corazón a la semilla del comienzo.

El esclavo de los signos debe acrecentar su deseo hasta ocupar el puesto de la nube, debe expandir su aliento como máscara que se reparte a tientas y subvierte los roles, y se inserta en la matriz total de lo visible como puro alimento de la rahma.

La majestad de lo donado, de lo amante, del deseo que escapa a toda permanencia. Deseo de los árboles cortados por seguir alumbrando en una hoguera, deseo que se enlaza a lo infinito por los bordes azules del manto celeste.

La primera pregunta es el deseo: el súbito sin fin se abre y aumenta con cada resplandor del cielo que lo informa.

Una causalidad en lo incondicionado

La Creación es el primer poema y el "estilo" de Al-lâh está en la fluidez de luces que se encuentran, la certeza de mundos que se cruzan, que se golpean si es preciso. Es la abundancia de límites concretos y lo abierto de toda forma y todo desarrollo. El modo con que envuelve lo creado de una aureola capaz de arder en la mirada y en la mano, y aún antes, capaz de iluminar desde el vacío.

Cada gesto, cada objeto, cada movimiento: las arañas, los crepúsculos, el tedio, todo en si mismo contiene un valor absoluto independiente de la narración donde se inscribe, lejos de la presencia causal donde desaparece, donde se vierte siempre en otra cosa.

En la linealidad de los sucesos se escapan los sentidos transversales, se escapan las arañas de su tela y las manos se escapan de las manos. En el acontecer de un puñetazo lo que destaca es el hombre que nos ha dado un puñetazo, no el hecho del puñetazo como un absoluto. Al huir hacia la causa (la pelea) huimos del dolor de vernos abocados al instante. Al huir hacia adelante nos desembarazamos del sentido del puñetazo como un suceso interno, con su sentido propio independientemente del hombre que lo ha dado, del porque de la pelea.

¿Dónde estamos cuando pensamos? Esa pregunta se la hacía alguien viendo a Sócrates absorto en una nube, mientras el ejército griego avanzaba hacia el combate. En este caso Sócrates escapaba del miedo de la lucha pensando en el instante, escapaba del miedo de la muerte que embargaba a miles de hombres en avance.

Para la mayoría de los hombres, el impulso instintivo hacia adelante les impide abismarse en lo inmediato. El aburrimiento es la señal del hombre que se teme a si mismo, que no se quiere ver, que no se soporta y se esconde bajo los sucesos, que ya no piensa lo que le sucede surgiendo de si mismo, sino como algo que le viene de fuera.

El solipsismo del que piensa es huida de los enfrentamientos, de confrontarse con la realidad que nos reclama. En ambos caso tenemos dos posturas contrarias (actuar, pensar) fundadas en la fuga. Aunque dicen que Sócrates lo hacía inocentemente, que no escapaba de la realidad, sino que el pensamiento le venía, le poseía y despistaba de todo lo mundano.

El hombre, en cuanto se para penetra en el instante, en cuanto decide fijarse en lo absoluto del puñetazo, en el dolor como significado, como realidad posible, que ha sucedido con un porqué inmediato, que escapa a la causalidad externa. Entonces comprende que ese puñetazo lo ha dado "el otro" tan solo como instrumento cuya verdadera causa está en si mismo... Ese hombre se ha liberado de lo determinado del suceso, pero se convierte en un payaso de fuego.

Payaso porque su separación de lo causal lo vuelve ridículo, lo sitúa en su cuerpo como una gaviota mojada que ansía retomar el vuelo. Ya no sabe volverse, devolver el golpe, queda flotando en su absoluto. De fuego porque la potencia pierde su camino. Ya no puede desear esto o aquello, y la potencia que no cesa abrasa, incapaz de encontrar un cauce a su medida. El resplandor del aura del objeto lo ha atrapado, no lo deja reposar y vuelve a lo vivido con una sensación de irrealidad.

El fuego sin objeto conciliado abrasa.

Por eso mismo se para: se paraliza el hombre que ha captado un destello de lo permanente, de lo absoluto del suceso. Se da un vuelco en el hombre que recibe un asombro en plena cara, como un sol de espanto.

El hombre, en cuanto animal se desespera en su mismidad atravesada de destellos, atravesada por luces inmanentes. Su separación del mundo lo separa de si, revistiendo de ficción todo lo vivido. Ya no sabe si es cierto aquello que sucede, ya no sabe si es hombre o si es gaviota, si vuela o anda a rastras, si es ingeniero o es un tigre anestesiado.

Debe volver al mundo, no se puede quedar allí, tendido en el instante, debe regresar desde la sensación de lo absoluto a ver fluir las luces junto a sí, debe hacer de la luces permanencia.

Se trata, si se ha comprendido este breve desarrollo, de encontrar una causalidad en lo incondicionado. Se trata de lograr que la reacción al puñetazo sea instintiva pero acorde con lo absoluto de ese puñetazo, acorde al sabor de infinitud del puñetazo.

A través de la imaginación activa puede actuar como si todo fuese trascendente: esa es la única manera de escapar del solipsismo del que piensa (que se cierra a lo real) y del sentido prosaico (en el que estamos separados del otro por un ego que recibe y un ego que golpea).

El primer paso para lograr ese nuevo causalismo, la posibilidad de fluir en lo absoluto, es considerar al hombre que nos ha dado el puñetazo como proveniente de la misma abundancia, como un hermano — parte de nosotros — en la misma fluidez de lo absoluto.

La belleza de los velos

Un hombre solo es verdaderamente creador cuando crea a través de su creencia, cuando sabe que no es él quien crea, sino en la medida en que ofrece su fuerza a la fuente de todo lo creado. El califato es el despliegue del hombre en cuanto a ser creado, en cuanto a criatura que ejerce su poder de recrear la vida.

Pero esta afirmación tiene su reverso: el poder es la creación de un espacio al margen de la Creación, y ese espacio debe ser destruido en el corazón del hombre. Siendo así, la posición del verdadero califa es una paradoja: mientras más se aniquila más se afirma, y mientras más es reconocido más se niega su ego como algo separado.

No se trata ya de tener un mundo interior que nos es propio, pues ningún mundo nos es completamente propio, sino el despliegue de nuestra pertenencia a lo increado. Crear es dar forma a lo increado, colaborar a ese mantenimiento del velo sin el cual somos aniquilados.

El mundo interior en cuanto a su despliegue es el abrazo, es abrazar el mundo, embellecerlo de la forma que le es propio. Crear es destacar esa belleza, la majestad del velo, la contingencia de lo contingente, la suavidad del viento, la fluidez de lo aparente. Crear es conciliar el pensamiento con las sombras, el no saber con el saber que anuda, que nos da la ficción de mundo, de ego y de estar siendo.

Nuestra servidumbre al Uno pasa por realizar ese despliegue que consiste en transformar el velo según nuestro destino, modificar el velo levemente para que siga siendo velo, para que siga protegiendo, cubriéndonos de dicha, facilitando los encuentros y los desarrollos. El Islam nos facilita enteramente esa tarea, nos hace receptores de lo real sin condiciones. El velo y lo real se cruzan en la muerte, se dan la mano y alhamdulil-lâh siguen su camino.

No hay solipsismo en un imaginario que se concibe como parte de un servicio, una imaginación activa, abierta hacia la realidad, alejada de las fantasías. Una imaginación que no manipula los objetos, que los reviste de majestad, de todo aquello que resalta su belleza. Se trata de hacer un mundo exterior según la imagen de los procesos internos a todo desarrollo, pero no representando sino como energía. Las formas simbólicas despliegan su velo y adquieren paciencia en la pared desnuda de la casa del creyente. Un rumor de agua recorre cuanto toca. Son las crepitaciones de la materia emocionada.

Belleza de los velos,

de la nada acuosa que brilla al penetrar lo oscuro,

de la blancura donde se posa el grito como grito

y surge como un Nombre,

donde perdura el Nombre y cesa el grito.
La belleza del mar en la placenta de la madre.
La belleza del agua al ser bebida,

de la caligrafía de estos versos amargos

por hallarse llenos de mi vida.

La belleza del desaparecer a tiempo,

del esfumarse como una gaviota

cuando llega el mandato del desierto.

Crear es destruir,

es desaparecer abiertamente.

Las formas se hacen soporte, no son ellas las que, en cuanto a obra humana, son capaces de darse a lo increado. La verdadera posibilidad creativa del hombre es realizar algo que sea susceptible de hacerse soporte de una belleza que desciende. El porque y el como desciende la belleza no es algo que esté al alcance del hombre, el hombre que ejerce el califato tan solo puede esperar que su obra no se cierre a esa belleza si desciende.

Permanecer abierta es carecer de todo cariz identitario, es eliminar el ego lo más fluidamente que se pueda. La verdadera acción rectamente guiada es una destrucción sutil del hombre en cuanto a creador absoluto, es aquello que destruye las pretensiones del hombre de ser capaz de hacer algo valioso al margen de Señor del alba, del Creador de los mundos.

Lo bello

El hombre, cuando se para, puede ver la belleza de un objeto, acariciar de un modo distinto, volverse hacia lo numinoso. Pero esa belleza estará siempre lejos del absoluto del objeto, o de lo ente, o del suceso, pues ese absoluto es el modo como Al-lâh lo concibe para si en cuanto a Su fluir secreto.

El hombre, en cuanto se para, sólo es capaz de concebir una belleza muerta, según el gusto por las estatuas del esteta. El hombre, cuando se gira hacia la realidad como absoluto, toma del mundo aquello que libera, se sacia en la separación del mundo a través de aquello que dice de si mismo cosas que no vería quien posee, se sacia a través del objeto liberado, pues ejercer la libertad implica verlo todo liberado de uno, todo libre y distinto de su momento aquí y ahora, pero desafiante en su inmanencia, en su persistencia como objeto.

Esa persistencia abrasa. Aquel que se ha parado, separado del mundo por su propia fuerza, cae en su mismidad como una piedra cae de la cima si no está sujeta por el hielo. Al proyectar su cuerpo abrasado en lo evidente clama por una pertenencia, desde el lugar de la plegaria, clama por los desiertos y despierta al mundo compartido. Es entonces cuando recibe el soplo capaz de devolverlo al movimiento.

Oh la belleza, el mundo precipita señales y se vuelca

con un aroma a hogar en los rincones emergentes.

Oh la belleza en movimiento ahora,

la bella cadera que dice que el mundo te llama,

la bella manera de anclarse en la vida del hombre que ama.

Oh la cadencia mágica de los encuentros,

de los inesperados fulgores, de lo que nos llama.

El único modo que el hombre posee para hacer de la belleza algo vital y plenamente inscrita en su mirada es saberse perteneciendo a ella, es estar dentro mismo del corazón de la belleza. Lo bello es atributo de los mundos, de las revelaciones del sentido. Lo bello es atributo de todo lo aparente: lo bello de lo bello, lo bello de lo infame, lo bello de lo feo.

La belleza es sin porque, es una participación del paisaje en nuestra vida, es un entramado de vivencia, de gestos como flechas que deben recoger el otro que nos llama. La belleza es compartida o solo es una cáscara malsana. Eso es lo que hacen los kafirunes al separar lo bello en museos, al encerrar los cuadros en cárceles de esteta. Los cuadros deben habitar en las paredes de las casas, jamás en los museos, aunque haya museos que nos despierten admiración, el verdadero arte está en las casas, en los arrabales, en la naturaleza. Vale más el cuadro de tu amigo que no todas las obras codificadas como arte. Vale más la presencia amistosa de lo bello en la vida, que no su codificación en manuales de esparto, en cárceles de tedio.

En el mundo te contemporáneo, la destrucción de la belleza se opera mediante una sublimación, mediante un estallido carcelario. El arte verdadero escapa sin embargo de las cárceles, resalta incluso en las paredes de un museo, pues no hay quien pueda domarlo y permanece intacto, desafiante en su condición de ofrenda. Insertar la belleza en un marco perfectamente pulcro y aséptico es el terror a su potencia alucinada, a su Decir más allá de las causas.

Oh la belleza de la espina que se clava,

la belleza del fin de las canciones,

del ancla llena de algas cuando sube,

con un sabor a mar que entra en la boca.

Oh la bella manera con que Al-lâh nos llama,

nos reclama una atención constante,

un amor que sobrepasa las barreras

y es capaz de descubrir lo bello de un cubo de basura,

de una defecación, de una patada.

Lo bello de la muerte, del mar bajo su capa de petróleo.

Las resonancias del instante

Lo imaginario son las resonancias del instante. Para que se de una resonancia recta es necesario enraizarse correctamente en el instante. La postración es la des-sublimación del tiempo, el abandono de todo lo sublime, poner la cabeza en el mismísimo suelo, en la tierra como madre. La postración es abandono de la intención de dirigir nuestra vida desde un ego férreo, de dejarnos conducir por nuestro Creador hacia si mismo.

Al abandonar toda directriz identitaria el hombre ensancha conscientemente su vacío, se abandona a los signos, deja de respirar porque su cabeza se lo ordena y deja que sean los malaikas los que dirijan su respiración acompasada. En ese respirar nacen al viento nuevas determinaciones, nacidas de la pura pertenencia del mundo a lo increado.

Algo parecido sucede en el acto creativo: al abandonar el discurso del ego surge otro modo de "pensar", una meditación del mundo sobre el mundo a través de uno. No es uno quien piensa, sino que son los pensamientos, las imágenes vacías, quienes se apoderan de uno. Se trata de lo imaginario, de las imágenes que vienen hacia uno con un sentido pleno. Dejamos ya de vernos como ego para vernos como cuerpo que se abandona a la propia creatividad de la materia, cuya mirada hiende el horizonte, cuerpo de luz capaz de un nuevo nacimiento.

Entonces lo imaginario es la proyección del instante como penetración en la teofanía, no arremete al mundo con fantasías, sino que nos provee de un método de desarrollo. Lo imaginario hace que el desglose del hombre sobre el mundo sea posible unido al resplandor del compasivo, sin apartarse de Su Rahma, sin ceder a las tentaciones shaytánicas del ego.

Es la resonancia de un instante rectamente nacido —as-sirâta al-mustaquîm—, de un instante enraizado en la salat. No es el tiempo cautivo sino su despliegue, es la Nueva Creación de la existencia manando desde un punto de postración, desde la adoración y el abandono.

Lo imaginario es el vínculo entre los instantes en la medida en que esos instantes se dan en la conciencia como instante, como un absoluto aflorar de lo presente eterno.

Hemos observado que donde suele quedar truncado el despliegue del hombre es cuando se hace necesaria la Imaginación como verdadera creadora, como posibilidad oblicua de ser penetrados por lo otro. Generalmente se confunden las imaginaciones con las fantasías, pero el Imaginario nada tiene que ver con eso.

El hombre se frustra a si mismo cuando no es capaz de comprender que es Al-lâh quien lo crea a través de si mismo mediante el despliegue de su capacidad y su potencia.

El hombre se escinde, deja de ser "absolutamente receptor" para pasar a ser mitad receptor y mitad constructor, pero esas dos mitades no son una. Hay una posibilidad de dominio que le tienta: actuar desde el saber únicamente es no contemplar la posibilidad de una sensibilidad del pensamiento, de una inteligencia sensible y activa.

Lo no-sensible de hombre tiende hacia el dominio.

Cuando la no sensibilidad —protección— del hombre quiere dominar a la sensibilidad, se produce un desliz hacia el sentido como algo propio, conseguido por uno, se fija el ego en un saber inevitable. Saber hacer de ese saber mero accidente y no una permanencia, saber hacer de ese saber un medio y no algo acabado, es el triunfo del hombre de lo abierto.

El triunfo del pensar en la abertura da cabida a la imaginación como algo que nos viene desde el horizonte. Pensar en la obertura significa: dar al propio hecho de pensar la cualidad del agua trasparente, la cualidad del fuego. Pensar como darse a la materia.

Significa: hacerse recipiente de las cosas como poseedoras de un sentido, como capaces de hacerse recipientes del Mensaje. Al-lâh nos habla a través de las cosas, a través de horizontes y de objetos. Una mirada limpia de egoísmos, de toda determinación identitaria, una mirada que no mira al mundo como ego, que no ha cedido al ego la majestad de la mirada, una mirada así es aquella capaz de captar la aureola de las cosas.

El aura de las cosas, su energía propia, situada en la piel, sobre la superficie del hombre y los objetos, es esa cualidad oculta que sólo el hombre capaz de sumergirse capta.

La asombrosa belleza de lo feo, mirado con los ojos de lo puro,
lo unido de lo roto, de lo unido que no se sabe unido.

La Imaginación es aquí ese saber del no saber, que avanza en línea recta, suspende las facultades puramente mecánicas del hombre y se reconcilia con el rito, el actuar preciso, el meditar pausado: la acción-meditación que nos expande.

La salat es la conciencia del instante, es el refugio desde el cual el creyente capta el aflorar del instante como teofanía. Eso quiere decir que en la salat nos separamos de las determinaciones, de todo lo sabido y hace un espacio para la visión de su destino. De la salat el creyente nace renovado, aunque a veces no sea capaz de percibir el cambio. Ha dado lugar en si mismo a ese espacio vacío que se hace eje de la permanencia, ha separado su corazón de la distancia y le ha ofrecido la posibilidad de una calma sin medida, de una serenidad activa. En la salat ensanchamos el "lugar interno" donde Al-lâh se manifiesta. Tras el salat todo es paciencia, aprender a moverse dentro de una espera.

La aureola de los Signos

La santidad la suma perfección del hombre, pero la aureola es, en la concepción de Santo Tomás de Aquino, un añadido accidental a la santidad. Pero, ¿cómo es posible un añadido accidental a lo esencial? ¿cómo es posible que Dios otorgue como máximo premio un mero accidente? ¿cómo es posible que ese accidente penetre el paraíso, donde se supone a los santos, y donde todo es eterno?

Estas preguntas hechas por un estudiante de teología hubieron de conducirle un día a comprender que lo sagrado es únicamente aquello que tenemos delante, que lo accidental es superior a lo esencial, que el mundo, en su carácter de teofanía, contiene un resplandor que todo lo traspasa. Un mero objeto cualquiera es signo de la existencia completa, porque el simple hecho de estar, de que haya cosas, evoca al Sí total de la existencia.

Al-lâh en la existencia, en lo aparente luminoso. Al-lâh en la mesa, en la mano que acaricio, en el lápiz con que escribo. Al-lâh captable y realizable: esas son los premios de los hombres que se entregan al puro estar sediento de alabanzas de lo que aparece.

En nuestro camino han aparecido muchas tentaciones, muchos modos de huída. Uno de ellos es sin duda el considerar el espíritu como un mundo invisible al margen de lo que nos es dado contemplar en lo aparente. La espiritualidad concebida como huida de la realidad es una trampa, el espíritu es soplo que incita a la materia a penetrar lo oscuro para hacerlo luminoso.

Decir mundo simbólico o mundo angélico es, según la tradición, prácticamente lo mismo. Es nombrar el mundo en cuanto recipiente de un Mensaje. Según este principio vital esos signos son siempre los mismos en su sentido interno, pero se manifiestan en un lugar diferente para cada uno. La multiplicidad de lecturas de lo Real no es sino el resultado de un encuentro, encuentro de multitud de hombres en el mismo espacio.

Al-lâh nos ha completado ya en la nada, en la potencia absoluta de la nada. Nos ha separado uno a uno y nos ha dado un sentido y un camino perfectamente nuestro, pero ese camino depende asimismo de múltiples encuentros: es así que ha juntado a sus criaturas y ha creado el mundo para hacernos co-existir en un único espacio de múltiples facetas. El camino recto, el sirat al-mustaquin, que ha sido trazado para cada uno sigue siendo el mismo que teníamos en el comienzo, antes de nuestro existir en el espacio, solo que ahora está plegado y se cruza con otros caminos, con los cuales se mezcla para acentuar la fuerza del comienzo, para que esta brille y nos conduzca.

El hecho de la acumulación actual de caminos es lo que dificulta la simplicidad de la apertura. El mundo actual no es menos perfecto que el mundo tradicional, pero no estamos ya acostumbrados al recuerdo. Se han maquillado los signos de la muerte, son fábricas de pienso, son ganado acumulado en los lugares de su desperdicio, son vientres llenos y vientres vacíos, pesadillas sin nombre y calidez en nada. Pero no por ello esos signos han desaparecido.

La ficción no sepulta lo real, no lo hace desaparecer. El mar es el mar bajo el petróleo, de tal modo que aunque llegue el momento en que ya no podamos sentir su tacto, el puro saber del mar como presencia es suficiente para despertar en nosotros la reminiscencias del comienzo.

Vivir la eternidad del mundo en su trasiego, mediante la constancia del recuerdo, visión intermitente del soplo que nos mueve. La aureola es la persistencia de los Signos bajo la apariencia destruida, es la perfección del mundo accidental tal y como fue creado en el comienzo.

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