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Desde una moral de la eficiencia hacia una ciencia del corazón

25/06/2002 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Hashim
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"El problema no estriba tanto en si las tradiciones pueden o no ayudarnos a construir una cultura de paz, sino en la posibilidad de que estemos en disposición de aceptar aquello que nos proponen en forma de sentido". Son palabras de la ponencia presentada por Hashim Ibrahim Cabrera en el encuentro "Caminos hacia una cultura de paz", en la sesión titulada "Rompiendo barreras culturales: el papel de las religiones" en San Lorenzo de El Escorial los días 22 y 23 de Junio.

Cultura de la eficiencia y la diversidad

Nos encontramos en el lado agraciado del mundo. Tenemos el tiempo necesario para reflexionar y dialogar sobre la cultura, la paz y las religiones. Podemos incluso usar el término cultura sin que nos pese demasiado, porque en el lado agraciado del mundo hemos llegado a concebir y a vivir la cultura como un medio que nos procura identidad, conformando nuestro pensamiento y nuestra visión. En este sentido, la cultura tecnológica —asumiendo una función mediático-religiosa— está imponiéndose como paradigma entre todos los pueblos, sustituyendo sus medios tradicionales de conocimiento por un soporte único y universal donde sólo tienen cabida las representaciones, tanto las definiciones como las imágenes.

Nos resulta difícil invocar la paz desde una forma de vivir que, de manera creciente, se impone y mantiene mediante la exclusión de quienes no la comparten y la guerra contra ellos en todas sus facetas, pero fundamentalmente a través de la ideología que conforma el discurso de los medios de comunicación.

Cultura de la imagen tal vez sea una de las más acertadas autodefiniciones del paradigma contemporáneo, la mas fiel expresión de un pensamiento que discurre en una contradicción esencial: afirmando por una parte el fin de los relatos, de la historia y de las culturas, mientras que paralelamente nos propone, instrumentalizados y actualizados mediante la tecnología, los viejos mitemas de la modernidad. Aunque la legitimidad del paradigma no resida ahora —como nos aseguran los pensadores posmodernos, sobre todo J.F. Lyotard— en una redención por la vía del espíritu o de la emancipación de los oprimidos, sino en el criterio de eficacia. Sólo una mentalidad operativa y funcional tiene cabida en esta propuesta, y así el pensamiento que provoca se va empobreciendo con el mero razonamiento funcional/tecnológico.

Esta cultura, aún cuando nos hable desde la laicidad, nos está proponiendo o, mejor aún, imponiendo un modelo mitológico-religioso, una iconografía que va conformando nuestra experiencia intelectual y nuestra vida de relación.

La ideología que propone la cultura contemporánea de la globalización es el resultado de la tensión entre una serie de ideas-fuerza que tratan de construir un imaginario colectivo, una mitología y una doctrina que acaban condicionando nuestra manera de pensar y de vivir:

—El fin de las edades heroicas y de sus relatos. El fin de la Modernidad y de la Historia. En el plano subliminal y escatológico el propio fin del mundo. (Relativismo acrítico, pérdida de sentido, de finalidad. Miedo e inseguridad ontológica)

—La disgregación de la Razón Moderna y su sustitución por la Razón Tecnológica basada en el criterio de eficacia. (Empobrecimiento intelectual, menoscabo de la identidad moral y cultural)

—El choque de civilizaciones y la disolución de las culturas en el marco económico de la globalización. (Darwinismo social y etnocentrismo cultural, los diversos racismos y sacralización del mercado como monoteísmo)

La sociedad contemporánea, además de postindustrial y tecnológica, se autodefine de manera creciente como multicultural, multiétnica y multiconfesional, pero siempre y cuando esa diversidad no ponga en peligro la ideología única que la estructura, en este caso la creencia de que existe una regulación natural de la comunidad humana a través de las leyes del mercado, esa especie de "selección natural" que siempre ha defendido el liberalismo.

La ideología única del mercado nos habla del valor de cambio que posee toda información, todo conocimiento, frente al valor de uso que nos proponen las culturas. Es esa una devaluación fundamental para la experiencia intelectual y espiritual del ser humano, que es así desposeído, entre otras, de la posibilidad de vivir las experiencias de verdad y de realidad que surgen de una visión integradora del yo y del mundo.

Estamos asistiendo a la desaparición de esas formas de vivir, visiones del mundo que se apagan entre llamadas insistentes, a veces dramáticas, a la solidaridad con las minorías, contra el racismo y la xenofobia, por la participación ciudadana y la democracia, por una sociedad multiétnica, multicultural y multiconfesional.

La posmodernidad vino a descubrir y proponer una cultura que superaba los viejos relatos y daba cabida en su seno a todas las tendencias, filosofías y religiones. Propone el relativismo como uno de sus valores. Pero, paradójicamente, en ese arca de Noé mediática que habrá de salvar a todas las culturas de la tierra sólo tienen cabida sus representaciones, una liturgia interminable de fragmentos, sonidos e imágenes, y de la que se excluyen a priori aquellas visiones unitarias que contemplan finalidades trascendentes. Prestigiosos orientalistas como Bernard Lewis o Bassam Tibi acuden a los encuentros sobre el futuro de las culturas y el papel de las religiones, a pesar de que sus discursos apuntalan una ideología antirreligiosa radical. Sus opiniones son tenidas en cuenta a la hora de hacer una redefinición de las culturas y de elaborar la estrategia de la globalización y sus contenidos publicitarios.

Esta cultura, que es ahora plenamente cultura de los media, nos habla de biodiversidad y de diversidad cultural, mientras las consecuencias más evidentes e inmediatas de la globalización —que ahora se impone mediante el poder mediático-militar sin pudor ninguno— tal vez sean la homogeneización de prácticas e imágenes que ejercen los medios de comunicación de masas sobre todas las comunidades de la tierra, y la homogeneización de las especies biológicas en orden a su rendimiento en la agricultura, la ganadería o la medicina, en detrimento de la cultura y del ecosistema global. Sus efectos son mucho más intensos a veces que el propio desastre bélico y humanitario.

La diversidad que esa cultura nos presenta como riqueza es sólo un repertorio de imágenes de las culturas históricas que aún existen sobre la tierra —incluida la propia modernidad—, o de las especies animales y vegetales que han conseguido sobrevivir hasta el momento o están en peligro de extinción. Las más de las veces, esa diversidad que la cultura de los media nos propone como un valor, no son sino fragmentos rotos, negación de toda coherencia, de cualquier sentimiento unitario de la realidad, restos del naufragio de los pueblos y las tradiciones en el marco de la aldea de MacLuhan.

Hacia una conciencia crítica, mas allá de la tolerancia

En el lado agraciado del mundo, tanto la religión como la cultura han llegado a ser otros tantos ámbitos para el consumo, espacios abiertos al mercado. Las ideas y las técnicas se compran y se venden lo mismo que los objetos. El espacio trascendental de la comunidad global se conforma en torno a esas imágenes de las religiones y las culturas, a esos inventarios de prácticas, como una panoplia en la que se despliega la oferta de un producto de consumo espiritual. Las formas de vida y las visiones del mundo nos son presentadas como algo perfectamente definido y valorado, acabado e inerme, listo para su consumo, ready-made, como en el sueño de Duchamp.

Por ello, si entendemos por religión y por cultura esa serie de catálogos de conceptos, prácticas e imágenes —largamente consensuadas por el uso y que sirven para apuntalar una identidad y una moral— ni las religiones ni las culturas pueden servirnos para conformar una forma pacifica de vivir, ni para cruzar las barreras que nos separan, y menos aún para procurarnos la experiencia de una civilización real, el sentimiento de pertenencia a una especie madura y superior.

Detectar la ideología subyacente —la función icónica, mediática, mitológica, política, en definitiva— en el uso que se hace de la tecnología de los medios de comunicación puede ayudarnos a vivir en una cultura de la imagen sin perder nuestra identidad cultural universal, es decir, nuestra capacidad de pensar, dialogar y vivir unas formas gratas de relación interpersonal.

Para mantener una conciencia crítica y un pensamiento creador necesitamos contemplar la realidad desde cualquier ángulo, dar cabida a otras visiones del mundo, a otros discursos. Necesitamos más que nunca la libertad de conciencia y expresión, pero una libertad que no excluya a aquellas visiones que superan el pensamiento alegórico fragmentario, o a las actitudes unitarias que no implican una rendición ante la imagen, que son precisamente las que el paradigma mediático excluye ahora por definición y las que, precisamente, necesitamos para que sobreviva nuestro sentimiento de realidad, para que la visión humana —racional, imaginativa, creadora— no nos sea arrebatada.

La ciencia contemporánea supera en muchos casos al pensamiento mecanicista y funcional. La nueva física de los quantum, el paradigma holográfico o la teoría de los campos morfogenéticos, por citar los ejemplos más conocidos, expresan una visión abierta al misterio de la realidad, un ensanchamiento de la conciencia y una reconducción del pensamiento hacia los fines, hacia la trascendencia, hacia el sentido.

También muchos movimientos alternativos, herederos de la contracultura de los sesenta, reivindican ideas y proyectos con sentido de finalidad: ecopacifistas, antiglobalización, etc. Todos ellos reconocen la incapacidad del paradigma de la eficacia a la hora de proponer pautas y valores existenciales e incluso meramente racionales o culturales.

La filosofía reivindica la necesidad de recuperar la idea de verdad y preservar la racionalidad, y aquí nos encontramos tratando de hallar un ámbito de experiencia donde nos sea posible —más allá de la historia y de sus relatos, de las formas culturales y de las religiones— reconducir nuestra conciencia hacia la trascendencia, hacia una experiencia lo real. Esa es la cuestión.

Para construir caminos hacia una cultura de paz necesitamos instaurar la experiencia del mutuo reconocimiento entre aquellos seres que necesitamos conformarla. Un reconocimiento de y en la realidad, de la falsedad de esas imágenes construidas que constituyen las más duras fronteras entre los seres humanos de las culturas y comunidades supervivientes. El encuentro no puede producirse desde el desigual sentimiento de la tolerancia.

Abdennur Coca, director del Centro de Documentación y Publicaciones Islámicas CDPI, trazaba en 1995 para la revista Verde Islam a propósito del Año Internacional de la Tolerancia, unas líneas reveladoras —las últimas escritas por él— momentos antes de su enigmática muerte en Granada:

"La tolerancia supone no olvidar, no confiar, y la presencia continua de un miedo incierto. Es ofensiva para quien la padece y costosa para quienes la administran porque, si no da en reconocimiento, la tolerancia será la puerta entornada por donde entren en juego xenofobia, desestabilización, crispadas fronteras interiores erizadas de barreras invisibles… Cuesta mucho la tolerancia, sobre todo en orden público. Y ofende mucho: más que a nadie al tolerado."

Esta reflexión es hoy aún más necesaria en tanto que nos encontramos, si cabe, más lejos de esas actitudes de reconocimiento que hace siete años. Las definiciones interesadas de la cultura de los media a partir de la superproducción del 11 de Septiembre están conformando una visión inamovible y excluyente, apuntalando una religión mediática que traza una línea e instaura una moral. El bien y el mal aparecen perfectamente caracterizados en imágenes y consolidados en un discurso que se impone a las conciencias sin ningún miramiento ni pudor.

En esa visión, las religiones aparecen como ideologías ingenuas incapaces de aportar soluciones, ineficaces, al mismo tiempo que se les reconoce su papel estructurador en la historia de los pueblos y las culturas como aportadoras de sentido y procuradoras de identidad. Por supuesto, las estructuras religiosas que sobreviven nadando en el mercado de las imágenes no pueden responder a la necesidad real que hoy siente el ser humano de recuperar un espacio habitable donde poder vivir integralmente. Esas estructuras imaginarias y virtuales no nos ayudan a reconocernos.

Tal vez sea debido a que el mundo occidental ha vivido una experiencia religiosa mediatizada por unas iglesias que han acabado negando aquello que se proponían defender. Y que por esa razón, los habitantes del lado agraciado del mundo no creen que ninguna estructura religiosa o cultural pueda aportarles nada que les afecte de una manera real y trascendente.

Necesitamos cruzar desde la tolerancia al reconocimiento, y eso implica adoptar una actitud transcultural y metarreligiosa. Requiere de una apertura de la propia conciencia a la realidad sin mediadores, sin representación, y exige un esfuerzo por trascender los estereotipos del propio imaginario, que suelen ser unilaterales e interesados.

La reconducción de la conciencia hacia la realidad, hacia el sentido, implica una experiencia de lo sagrado, de aquello que nos trasciende. Esa reconducción expresa y favorece senderos que nos conducen a una forma pacífica de vivir, pero para transitarlos es necesario primeramente llevar a cabo un profundo trabajo de autocrítica, de crítica de la propia cultura, de las formas propias del pensar, de análisis de sus contradicciones esenciales, de su expresión en los medios de comunicación, en las formas de vivir, etc.

Necesidad de sentido y ciencia del corazón

En su introducción a la obra El encuentro con el àngel, de S.Y. Sohravardí, Agustín López Tobajas escribe lo siguiente:

"El énfasis en la búsqueda personal interiorizante que, por una parte, rechaza tanto las rígidas formas de unas estructuras eclesiásticas carentes de verdadera autoridad espiritual como los paraísos de un mundo secularizado y vacío, y que, por otra, tampoco acepta como salida la socialización de Dios llevada a cabo, en el contexto cristiano, por buena parte de la teología contemporánea, es tal vez, el imprescindible detonante para salir —si es que hay salida— de la crisis espiritual en que se encuentra sumido el hombre contemporáneo."1

Necesitamos vivir una experiencia trascendente que nos vincule, alcanzar una visión integradora que contemple las diferencias culturales, étnicas o religiosas, no sólo como una mera expresión de la diversidad y la fragmentación sino como un valor y una seña de identidad claramente humanas, pero ¿Qué revelación es necesaria para que regresen a la realidad los corazones desengañados, para que se ensanche nuestra comprensión, cuando las religiones y las culturas ya no nos sirven? ¿Qué ciencia olvidada e inédita hay que rescatar y proponer para que la palabra vuelva hoy a tener sentido, para que se constituya en diálogo, para que el discurso fluya emocionado en la información y se pacifique en el conocimiento?

Estas y otras preguntas expresan nuestra necesidad de encontrar sentido en un mundo donde se comercia de manera habitual con las respuestas, pero la respuesta que necesitamos se esconde precisamente en lo excluido, en lo eludido, en lo postergado, en aquello que más tememos, anhelamos o ignoramos. Trabajando en "lo echado a perder" —así definieron esta reconducción los antiguos gnósticos chinos— empezamos a reconocernos a nosotros mismos en nuestra precariedad, en la nada cierta que somos; así la realidad nos agracia con razón y sentido.

El problema no estriba tanto en si las tradiciones pueden o no ayudarnos a construir vías que posibiliten el desarrollo de una cultura de paz, sino en la posibilidad de que estemos en disposición de aceptar aquello que nos proponen en forma de sentido, si somos capaces de asumir valores y desarrollar actitudes trascendentes.

Para poder realizar este trabajo, más allá de la religión y de la cultura, es para lo que necesitamos esa ciencia del corazón que se nos revela en la extinción de nuestra ilusoria existencia y en la disolución de toda doctrina, en el reconocimiento de nuestra condición de seres sometidos a la conciencia, a esa única y omnipresente realidad que entonces, como ahora, nos acontece y constituye. Esa reconducción de la conciencia hacia el sentido implica una experiencia de lo sagrado, una apertura, un ensanchamiento.

Necesitamos la ciencia del corazón para poder vivir en la luz como seres de luz. Necesitamos un instante, un momento que no llegamos a tener nunca, para poder decir aquello que no hemos podido decir, para realizar aquello para lo cual está teniendo lugar nuestra creación.

La ciencia del corazón exige pocos requisitos, pero son éstos un tanto arduos de cumplir por la naturaleza de los valores que implican.

El primer requisito es una intención pura, sujeta sólo a la luz de los hechos, sean éstos percibidos, soñados, recordados e/o imaginados. La intención pura unida a la sinceridad proyecta un sentido real en nuestra existencia, porque nos sentimos a nosotros mismos integralmente y no sólo como un conjunto de imágenes y procesos mentales llenos de capítulos y anécdotas pero vacíos de toda realidad.

La ciencia del corazón es la más humana de todas las ciencias porque es la ciencia de lo sagrado y del secreto, el conocimiento de la intimidad del yo y la que expresa y posibilita la más humana conciencia de Dios, de su realidad y unicidad.

Es ciencia de lo sagrado porque en el corazón humano late la trascendencia como un eco de lo divino, vibra la realidad aniquilando cualquier razón, cualquier pensamiento, o alentándolo en la imaginación entretejida con la respiración, o suspirando en una biografía.

Es ciencia del secreto porque, aunque quisiera el corazón que aquél se revelase, sabe con esa ciencia suya que si se revelase moriría, porque es el conocimiento del secreto lo que sostiene sus latidos.

Es conocimiento de la intimidad del yo, porque éste sólo se reconoce a sí mismo en toda su integridad cuando siente y se piensa como una conciencia que se siente y se piensa. No podría vivir su integridad pensándose y sintiéndose sólo como pensamiento o sólo como latido.

Por eso provee al ser humano de la conciencia de Dios, porque la conciencia que nace del corazón brota del lugar donde se produce la revelación, la fuente de la que mana el sentido, el agua que riega el jardín de nuestra más limpia percepción.

Para aprender esta ciencia del corazón es necesario primero purificarlo, librarlo de todas las congojas que nuestra mente ha ido depositando en él, enjuagarlo de cualquier idolatría —de todas las penas y pasiones, anhelos y temores, demonios y venenos—, protegerlo de la mala intención, del orgullo, de la insinceridad y de la hipocresía, que son sus más mortales tóxicos, fortalecerlo con la sonrisa y la cortesía pero, sobre todo, prodigarlo a diestro y siniestro, porque no se agota nunca y renueva y acrecienta constantemente sus latidos.

El corazón se purifica cuando se somete a la realidad, cuando late sometiéndose a la realidad, cuando no contradice a la palabra, cuando se entrega a la conciencia del nacimiento y de la muerte.

El corazón nos habla desde una profundidad, provee de luz a nuestra garganta, donde resuenan las vibraciones de la raíz de nuestra lengua, allí donde brota nuestra voz. El corazón es como un trono donde se asienta la palabra, donde se templa el pensamiento y se aquilata.

La ciencia del corazón no se aprende como una disciplina del conocimiento que uno inicia cuando y como quiere, sino que es el corazón el que decide revelar su propia ciencia y hace que la mente pueda expresar la luz de la imaginación creadora, repartir el tesoro escondido a su alrededor.

Esta ciencia de intimidad e interiorización de la conciencia es la que han conocido y practicado los profetas, gnósticos y gentes de conocimiento de todas las tradiciones espirituales. Sus formas de vivir y pensar han sido modelos sobre los cuales se han conformado las religiones y las culturas. Y esa es la ciencia que hoy más necesitamos, una ciencia en torno a la cual hay unanimidad transcultural y metarreligiosa, porque posibilita la experiencia trascendente al ser humano, la conciencia de lo real, y es indiferente a la raza, la cultura y la religión.

En ella convergen las diversas tradiciones, ideologías y creencias porque las posibilita y articula en una visión que no se deja instrumentalizar por ninguna de ellas y que, al mismo tiempo, no las contradice ni las enfrenta.

Empezamos a comprender que no podemos construir una cultura de paz, y aún mucho menos una civilización, sobre un dogma o una teoría y que, por el contrario, necesitamos crecer interiormente, recuperar un espacio real, cada uno en su individualidad y en su desolación, para poder alcanzar al otro en nuestra visión, para darnos cuenta de que su irrealidad y su precariedad es idéntica a la nuestra, para que las visiones se entrecrucen en la experiencia de una realidad única que nos trasciende a todos. No hay ningún esoterismo, ni misterio, ni metafísica en ello. La conciencia siempre está ahí, esperándonos más allá de nuestros velos, surgiendo entre nuestros latidos.

Nota:
1.- Sihaboddín Yahia Sohravardí. El encuentro con el ángel. Ed. Trotta. Madrid 2002.

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