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¡Denuncia a Israel!

20/05/2002 - Autor: Ellen Cantarow * - Fuente: ZNet
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Ellen Cantarow
Ellen Cantarow

Soy judía. Soy escritora. Entre 1979 y 1989, desde Israel y Cisjordania, escribí para el VILLAGE VOICE, MOTHER JONES, INQUIRY y otras publicaciones estadounidenses. Durante esos años presencié el rápido crecimiento de los asentamientos israelíes y la incautación de las tierras y el agua palestinas para dichos asentamientos: hoy en día, más de la mitad de los recursos de Cisjordania (y la tercera parte de los de Gaza) están en manos israelíes.

Realicé exhaustivas entrevistas con colonos y líderes ultraderechistas israelíes cuya consigna era: O se doblegan, o que Israel los expulse. Entrevisté a habitantes de aldeas palestinas que habían sido víctimas de grupos parapoliciales de colonos, y también leí informes sobre las acciones de estos grupos por periodistas hebreos con conciencia en HAARETZ y otros periódicos israelíes. Las acciones de estos grupos parapoliciales cubrían toda la gama del terror: destrucción desenfrenada de la propiedad y de las cosechas, destrozos y rotura de ventanas de autos a su paso por los pueblos, al grito de ¡mueran los árabes!, humillación de los civiles palestinos en las calles, palizas y asesinatos. Y desde dentro de Israel fui testigo de la creciente polarización de la sociedad israelí por el tema de la ocupación; el creciente racismo virulento de las nuevas generaciones. Tomemos por ejemplo los judíos marroquíes de Kiryat Shemona, miembros del electorado que votó por Menajem Beguin, acerca de los cuales escribí para el VILLAGE VOICE en 1982, cuando me decían que el único árabe bueno es un árabe muerto.

Cuando llegué por primera vez a Israel en 1979, se acababa de redactar el Plan para el Desarrollo de los Asentamientos en Judea y Samaria, 1979-1983. En este plan, Matityahu Drobles, jefe del Departamento de Asentamientos Rurales de la Organización Mundial del Sionismo escribió: Los asentamientos israelíes deben establecerse no sólo alrededor de los asentamientos de las minorías Drobles usa aquí el término asentamiento de las minorías para referirse a ciudades y aldeas centenarias, como Belén y Hebrón sino también entre ellas. Los argumentos de Drobles para apoyar su plan eran que con el transcurso del tiempo --con paz o sin ella-- tendremos que aprender a vivir con y entre las minorías cuando dice minorías Drobles se refiere al pueblo palestino mientras fomentamos buenas relaciones vecinales. Es decir que desde el principio de la ocupación, la política israelí se formuló proyectando una colonización permanente de Cisjordania y, más adelante, también de Gaza. Señalar a Ariel Sharón como personificación excepcional de la maldad israelí (sugerir que si el no estuviera ahí, otras personas más educadas y decentes, como Simón Peres, sabrían guiar a su país) es ignorar la historia. El Plan Drobles no se formuló bajo el mandato de Ariel Sharón. Tampoco fue Sharón, sino el gobierno laborista quien estableció el asentamiento de Kiryat Arba en 1968. Los asentamientos permanentes, la retención y la expansión de estos asentamientos, han impulsado la política israelí bajo todos sus gobiernos desde 1967.

Para controlar los territorios que ha ocupado militarmente, Israel mantiene en ellos, desde finales de los años 60, un código militar de carácter completamente diferente a las leyes por las que se rige el estado de Israel. El ejercito, los tribunales militares y otras instituciones imponen una ley marcial bajo la cual, desde hace 34 años, los castigos colectivos en represalia por supuestos actos individuales están a la orden del día. Por ejemplo, toques de queda de 23 horas diarias mantenidos durante semanas, y demolición de viviendas.

(Durante la época en que yo escribía sobre esta situación, los castigos colectivos se aplicaban sobre todo en respuesta al lanzamiento de piedras y a las manifestaciones callejeras. Los suicidas-bomba son un fenómeno posterior a los acuerdos de Oslo, provocado por la duplicación del número de colonos en los asentamientos después de la firma de dichos acuerdos y la toma de conciencia de que éstos no eran sino la consolidación de un plan de bantustanización permanente de Cisjordania al estilo del apartheid sudafricano.)

Durante todas mis estadías en Cisjordania presencié personalmente la humillación cotidiana a que son sometidos los palestinos en los controles; el paisaje diario y las imágenes sociales del apartheid, cuya manifestación más clara y continua eran los puntos de control, con tratamiento distinto para los palestinos, por una parte, y los israelíes y extranjeros por otra, así como los diferentes colores en las placas de matrícula de los autos: azules para los palestinos y amarillos para los israelíes. Me entrevisté con habitantes de las aldeas cuyas casas habían sido dinamitadas o demolidas por los soldados israelíes. Escuché relatos de hombres y mujeres encarcelados, abusados y torturados en las prisiones israelíes (la práctica de la tortura es un hecho establecido y reconocido por la Btselem israelí y las organizaciones extranjeras de derechos humanos, y se sigue practicando ahora mismo, mientras escribo: el FINANCIAL TIMES del 6 de abril informa que la organización israelí de derechos humanos, Btselem, recurrió ayer al Tribunal Supremo después de recibir informes de tortura en el centro de detenciones de Ofer, cerca de Ramala.

Prácticamente todo lo que acabo de describir apareció abiertamente en la prensa israelí, mientras que el silencio de la prensa estadounidense fue casi total.

Y así llegamos a la pesadilla actual. Mientras escribo esto, los castigos colectivos se han intensificado hasta convertirse en auténticas atrocidades de guerra que se están cometiendo en toda Cisjordania. El ejército israelí ha penetrado en el norte de Cisjordania así como en Gaza, desde donde recibí esta mañana un mensaje de un voluntario estadounidense en las organizaciones de ayuda. Desde hace una semana recibo diariamente en mi computadora mensajes desesperados --a veces varios por hora-- que imploran ayuda de las organizaciones internacionales de derechos humanos. Me suplican (a mí y a los demás recipientes de las listas de correo) que llamemos a nuestros representantes y senadores en el Congreso, que escribamos cartas de protesta a la prensa. Uno de los autores de estos mensajes, un investigador universitario, describe el saqueo de su casa por los soldados israelíes: "Tenía algo de dinero (unos 800 NIS) en el cajón de mi escritorio; lo había sacado del banco el jueves cuando se esperaba que habría una invasión... El cajón había sido forzado y el dinero había desaparecido". Otro pasaje de un mensaje diferente dice: "sus visitas a nuestras casas son como las visitas de una banda de gángsters. Fueron a ... las casas de mis vecinos, comienzan por meterlos a todos en un cuarto y ordenarles que permanezcan allí, de cara a la pared; luego entran en todas las habitaciones ... van a la cocina, cogen toda la comida ... empiezan a comerla y se llevan lo que sobra ... también se llevan joyas, dinero y aparatos electrónicos ... Dos de mis vecinos tienen problemas cardíacos. Lo primero que hicieron cuando se enteraron de su enfermedad fue recolectar todos los medicamentos y destruirlos delante de sus dueños". En el INDEPENDENT de Londres, Robert Fisk confirma: "El ejército israelí ... está demostrando una vez más --como hizo en el Líbano-- que no es la fuerza de élite que se pretende. Es imposible descartar los abundantes informes de saqueos en las casas de Ramala (entre otras razones porque esto es exactamente lo que hacían los soldados israelíes en el sur del Líbano en 1983); y el valiente profesor universitario israelí, Avi Schaaim, ha denunciado personalmente a Israel de ejecuciones extrajudiciales en Ramalla".

Otros mensajes describen ambulancias detenidas a balazos, a las que se impide llegar a su destino; hospitales invadidos por el ejército y personal médico al que se le impide (a punta de pistola) realizar su trabajo; gente muriendo desangrada mientras los soldados bloquean el paso con tanques y ametralladoras al personal de asistencia médica; cadáveres descomponiéndose en los pasillos de los hospitales (numerosos emails advierten del peligro de brotes de epidemias); familiares de víctimas a quienes se les prohíbe enterrar decentemente a sus muertos (un grupo de masacrados tuvo que ser enterrado en un estacionamiento de Ramala); civiles que se convierten en el blanco de disparos si se aventuran a salir a la calle; saqueos y destrucciones masivas de viviendas; invasión de instituciones culturales y destrucción de sus archivos; sistemas eléctricos de bombeo de agua destruidos para que zonas enteras de las ciudades se queden sin agua; miembros de la prensa (palestinos y extranjeros) heridos por disparos israelíes.

Mientras escribo, el 6 de abril, el mensaje más urgente que he recibido hoy describe una catástrofe en plena expansión: Crisis humanitaria deliberadamente creada alcanza un punto intolerable. 6 de abril, 2002, 11 de la mañana. El mensaje pasa a describir seis hospitales de campaña en Nablús con un gran número de personas en estado grave o crítico, médicos obligados a operar sin apenas el instrumental mínimo necesario.

En uno de estos centros médicos improvisados los cadáveres se descomponen en el quirófano mientas los francotiradores israelíes disparan a toda persona que intente entrar o salir. En Jenín informan que 50 casas han sido seriamente dañadas con ataques desde helicópteros Apache; 20

Como Nerón, el presidente Bush se ha dedicado a la música mientras Roma es presa de las llamas. Lo que se necesita es una orden de retirada inmediata y amenaza de sanciones económicas (eso fue lo que hizo el presidente Eisenhower durante la crisis del canal de Suez en 1956, resolviéndola inmediatamente). Lo que se necesita es que Colin Powell se presente allí inmediatamente, no dentro de una semana o el domingo que viene. Sharón, el gemelo de Milosevic, que da las órdenes para la ejecución de estas atrocidades, es el mismo criminal de guerra que estaba al mando de la infame Unidad 101 en octubre de 1953 cuando masacraron a 99 civiles inocentes en Kibyeh; es el mismo que en agosto de 1977 ordenó la destrucción de 2000 casas en Gaza y la expulsión de 16,000 civiles durante una campaña de pacificación israelí; es el mismo que supervisaba las Fuerzas de Seguridad israelíes mientras éstas permitían la masacre de más de 1000 palestinos a manos de las falanges en los campos de refugiados de Sabra y Shatila (Beirut) en 1982; el mismo que desencadenó la segunda intifada cuando, escoltado por 1000 soldados, visitó la mezquita de Al Aksa en septiembre de 2000, y al día siguiente las Fuerzas de Seguridad israelíes dispararon sobre los manifestantes palestinos en la mezquita.

Tengo edad suficiente para recordar una infancia transcurrida inmediatamente después de la segunda guerra mundial. Siento una mezcla de dolor, impotencia, desesperación y rabia hacia Israel, que pretende actuar en mi nombre y usar el holocausto para absolver sus crímenes, mientras prosigue con su evidente plan de destruir la economía, las instituciones sociales, políticas y culturales, y todas las infraestructuras del pueblo palestino. Quienes no denuncian estos crímenes abominables son cómplices por su silencio. Quienes absuelven o excusan a Israel por cometerlos, son culpables por asociación.

* Traducido por Francisco González y revisado por Germán Leyens
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