webislam

Viernes 19 Julio 2019 | Al-Yuma 16 Dhul-Qaadah 1440
936 usuarios en linea | Español · English · عربي

WebIslam.com

» Artículos

?idt=1945

Juego de ajedrez en España

06/05/2002 - Autor: Titus Burckhardt - Fuente: Webislam
  • 0me gusta o estoy de acuerdo
  • Compartir en meneame
  • Compartir en facebook
  • Descargar PDF
  • Imprimir
  • Envia a un amigo
  • Estadisticas de la publicación

Ajedrez
Ajedrez

Nadie captó mejor las causas de la decadencia política de la España musulmana del siglo XI que Abd al‑Rahmân b. Jaldûn, a pesar de que vivió mucho más tarde y de que no había nacido siquiera en la Península Ibérica; vio la luz del mundo en Túnez en 1332 y habría de morir en El Cairo en 1406; no obstante tenía sus raíces en al‑Andalus, ya que sus antepasados habían desempeñado, en épocas anteriores, un papel en el gobierno de Sevilla y él personalmente conocía a fondo la cultura arábigo‑andaluza.

Para Ibn Jaldûn, como para todos los musulmanes ortodoxos, el Estado perfecto es el teocrático, cuya base natural, por decirlo así, su cuerpo, es la realeza, que sólo tiene estabilidad si puede apoyarse en una clase étnica firmemente unida a ella para bien o para mal. Esta clase que bien puede recibir el nombre de nobleza, participa en el poder del soberano y esto en justicia, mientras encarne la ley teocrática y posea las virtudes guerreras sin las cuales no puede cumplir su deber. Sin embargo, el disfrute del poder llega con el tiempo a corromper a los que lo ostentan; poco a poco la nobleza guerrera se convierte en nobleza de funcionarios; el egoísmo y la comodidad suplantan a las virtudes guerreras, espirituales o físicas, originales de la nobleza. Entonces se hace necesario que toda la clase dominadora sea relevada por otra.

Este relevo está asegurado normalmente, por lo menos dentro del mundo contemporáneo a Ibn Jaldûn, por el antagonismo, siempre cambiante, entre sedentarios y nómadas. Cada civilización (umrân) culmina en una sociedad urbana y en ella se agota, ya que la vida urbana conduce a la pérdida de todas las virtudes varoniles originales, que el nómada posee en grado máximo: valor, energía, sentido de la solidaridad y el caudillaje van implicados en la esencia del nomadismo. Pero como los nómadas obedecen siempre al impulso de salir del desierto hacia las regiones fértiles se convierten una y otra vez en conquistadores de ciudades, después en nobleza guerrera que se sobrepone a la población sedentaria y sirve de apoyo a los reyes de su misma estirpe, hasta que a su vez se hace sedentaria y urbana y pierde, con sus facultades originales, también su poder. Es característico de Ibn Jaldûn —y en esto se distingue tanto de sus precursores griegos como de los filósofos de la historia europeo‑renacentistas— que no enaltece unilateralmente ni al «morador del desierto» cuyo tipo más puro es el nómada, ni tampoco al ciudadano que representa la forma de vida sedentaria en su más alto desarrollo; el nómada sigue siendo, a pesar de todas sus virtudes naturales, sin las cuales no le sería posible vivir en el desierto, a pesar de su dignidad varonil, no ya un hombre primitivo, pero sí un bárbaro, capaz de destruir ciegamente valiosos bienes culturales, y el ciudadano, a pesar de su blandura que más pronto o más tarde le conducirá a la degeneración, sigue siendo el heredero legítimo de las ciencias y del arte. Por ello, el estado ideal no consiste en el establecimiento definitivo de todos los nómadas ni la disolución de todas las ciudades, lo primero conduciría a una especie de endurecimiento de la cultura y su sucesivo despedazamiento; lo segundo equivaldría a una interrupción de toda cultura superior. La única meta deseable sería una compensación entre ambos elementos o, mejor dicho, que se fecundaran mutuamente, lo que en vista de la tensión polar sólo puede conducir a un equilibrio lábil.

La debilidad política de los nómadas, aquello que generalmente les impide desempeñar un papel en la historia, consiste en su fraccionamiento, debido a sus luchas tribales. Pero si un caudillo consigue unificar varias tribus bajo el estandarte de un mensaje espiritual, puede llegar a ser el fundador de un imperio.

La importancia que concede Ibn Jaldûn al antagonismo entre nómadas y sedentarios sólo parece tener validez —a simple vista— para los países a lo largo de los desiertos de África, Arabia y Asia anterior. Mas si tenemos en cuenta que para Ibn Jaldûn los «habitantes del desierto» o «beduinos» —lo que nosotros traduciríamos por «nómadas»— son todos los pueblos no definitivamente asentados o anclados en centros urbanos, la misma ley de relevo de los sedentarios por los nómadas puede aplicarse a todas las culturas del continente asiático, incluso la Europa pre‑medieval.

Para el mundo islámico, dicha teoría tiene no obstante un sentido especial. Debido al hecho de que el propio Islam representa en su forma ciertos rasgos nómadas trasmutados a lo espiritual, el equilibrio psíquico natural que en cierto modo representa el estado de salud de toda comunidad islámica, es trastornado de inmediato si la sociedad se vuelve unilateralmente urbana. El marco ideal para la vida del Islam es, en esquema: una ciudad santa con contorno nómada, donde la ciudad representa el refugio del saber y de la contemplación, mientras el «hinterland» nómada garantiza la afluencia constante de elementos humanos no corrompidos.

Comparada con situaciones modernas, la conversión en sociedad urbana no había llegado tan lejos en la España musulmana del siglo X, pero sí había progresado lo suficiente para que la resistencia del imperio islámico contra los enemigos externos estuviera sensiblemente debilitada. Al‑Mansûr pudo mantener el poder del califato algún tiempo gracias a sus ejércitos de mercenarios africanos; más tarde, después de su muerte, se derrumbó todo y la ley de la compensación de la que habla lbn Jaldûn entró en juego.

Después de la caída del califato a comienzos del siglo XI, la España musulmana se desmoronó formando multitud de pequeños principados y reinos.

Los cabecillas de los mercenarios beréberes y de la guardia personal «eslava» que llevaban mucho tiempo sin cobrar su paga y por ello no debían fidelidad a nadie, se adueñaron de las mejores provincias a lo largo de la costa mediterránea: Málaga y Granada cayeron en manos de príncipes beréberes mientras que Almería, Denia, Valencia y las Islas Baleares pasaron a señores «eslavos». En el interior de la Península, algunas familias de la nobleza árabe, como los Banû Hud en Zaragoza, los Banû Dû-I‑Nûn en Toledo y los Banû Abbâd en Sevilla fundaron sus reinos de mayor o menor extensión, fijando sus límites ora combatiéndose, ora aliándose.

Parece que esta desmembración del antiguo imperio califa¡ no fue perjudicial para la vida intelectual, las ciencias y las artes, ya que el lugar del Estado sumamente poderoso, con su ejército de funcionarios, fue ocupado ahora por la soberanía más limitada, generalmente de carácter regional, en la que todo se veía reducido a una medida humana. Los príncipes rivalizaban entre sí y cada uno tenía la ambición de reunir alrededor suyo los mejores poetas y sabios.

El gran daño que afectó al conjunto fue de naturaleza política. Todos los principados cristianos que hasta entonces se habían humillado ante el poderoso califato, como Portugal al noroeste, Galicia, León y Castilla al norte, Navarra y Cataluña al este, empezaron a desperezarse y pasaron de la defensiva al ataque. Gracias a la amenaza constante, la población de aquellos territorios cristianos fronterizos había sido educada para el combate, los campesinos libres que vivían en las regiones amenazadas, eran tan aptos para la lucha como los caballeros, mientras que los musulmanes de las provincias bien protegidas se habían acostumbrado más y más a dejar la guerra en manos de mercenarios norteafricanos.

No debemos deducir que los príncipes cristianos del norte y este pensaran tan pronto en la «reconquista» de la España dominada por los moros; no habrían sido capaces de colonizar los territorios conquistados. Sus objetivos tenían menor alcance; cuando no se hacían la guerra mutuamente, sirviéndose de aliados musulmanes contra sus enemigos cristianos, les bastaba emprender incursiones en los reinos musulmanes para coger botín y obligar al enemigo a pagar tributo.

Pero poco a poco la tierra de nadie situada entre los dos frentes avanzó hacia el sur, hacia el Duero. A partir del año 1017 la Iglesia romana predicaba la cruzada contra los musulmanes españoles; continuamente acudían caballeros de Borgoña, Champaña y Normandía para reforzar los ejércitos cristianos españoles. La iniciativa de la «guerra santa» pasó entonces totalmente a manos de los cristianos. Los musulmanes españoles no reaccionaron para oponerles una ofensiva general. No se opusieron a que Fernando 1 de Castilla reuniera en su mano los reinos septentrionales. Cuando en 1063, dos años antes de morir, redactó su testamento, pudo repartir entre sus hijos Sancho, Alfonso y García, aparte de los reinos de Castilla, León y Galicia, también los tributos anuales de las taifas moras de Zaragoza, Toledo, Sevilla y Badajoz. Fue una suerte para los moros que los hijos de Fernando, después de su muerte, se combatiesen mutuamente. Primero Sancho, el mayor, se hizo con todo el poder, desterrando al segundo hijo, Alfonso. Este fue recibido hospitalariamente por el rey árabe de Toledo. Muy poco después, en el año 1072, Sancho fue asesinado por instigación de su hermana Urraca y Alfonso regresó apresuradamente a Castilla, para hacerse cargo de toda la herencia paterna. Como Alfonso VI de Castilla, León y Galicia no dejó en paz a sus vecinos musulmanes, llamándose a sí mismo «Imperator totius Hispaniae», impuso su ley de guerra a los territorios de Zaragoza, Granada, Sevilla y Badajoz, exigiendo a sus príncipes el pago de tributos cada vez mayores con la intención de debilitarlos hasta tal punto que algún día habrían de caer en su mano como fruta madura. Finalmente, en 1085, después de la muerte de su huésped el rey de Toledo, atacó por sorpresa la antigua capital del imperio visigodo y la conquistó. Este fue un duro despertar para toda la España musulmana. Un sabio y asceta, Abû Muhammad al Assâl, expresa de forma poética su grito de alarma:

Habitantes de al-Andalus, ¡espolead vuestros corceles!

Detenerse ahora sería vana ilusión.

Los vestidos suelen rasgarse por los bordes,

Pero España empezó a desgarrarse por el centro.

Después los sucesos se precipitaron, mejor dicho: se desarrollaron como un juego en el cual las Puestas son temerarias y cada jugada hace necesaria la siguiente hasta el final inevitable. Las figuras principales en este juego, tal como aparecen más o menos estilizadas en las crónicas, encarnan las fuerzas dominantes del siglo tan bien y tan gráficamente que vale la pena contemplarlas una a una.

Poco antes de la época en que Alfonso VI de Castilla reunió en su cabeza las coronas de León y Castilla, en el año 1068, el rey poeta y poeta rey al‑Mutamid alà‑llâh se hizo cargo en Sevilla del gobierno del más floreciente de los reinos de Taifas hispano‑musulmanes, mientras no muy lejos, en el sur, justo al otro lado del Estrecho, el enorme ejército de los almorávides, salía impetuosamente del Sáhara y conquistaba el Magrib —de momento no se preocupaban de él ni Alfonso VI ni al‑Mutamid—. El caudillo de ese ejército, que se haría llamar más tarde emir de los musulmanes era el beréber Yûsuf b. Táshfîn. A estos tres protagonistas hay que añadir otro sin el cual no existiría el justo equilibrio entre los demás, el caballero Rodrigo Díaz de Vivar, que se hizo famoso bajo el título de honor arábigo‑latino Cid Campeador: Cid se deriva del árabe sayyîd «señor» y campeador del latín campi ductor «guía en el campo (de batalla)». Rodrigo Díaz había sido «alférez» y jefe de los ejércitos de Castilla bajo el rey Sancho y ya en su juventud había adquirido fama, al matar en desafío al mejor caballero del reino de Navarra. Cuando Alfonso regresó del destierro, después de la muerte de su hermano Sancho, para tomar posesión de la corona de Castilla, le exigió el Cid, en nombre de los caballeros castellanos, que probara su inocencia en el asesinato de su hermano mediante un solemne juramento, en el cual se invocaba la venganza de Dios. Alfonso tuvo que ceder ante esta exigencia, pero nunca llegó a perdonar al Cid esta afrenta.

Un quinto personaje que muy pronto habría de ser eliminado del juego, es el aventurero lbn Ammâr, poeta sin recursos materiales, que apareció un día en la corte de Sevilla, en tiempos todavía de al‑Mutadid b.Abbâd, el duro, calculador y cruel fundador del reino, y siendo su hijo, al‑Mutamid, un niño de doce años. De un golpe ganó el favor del padre y la ferviente admiración del hijo, posiblemente gracias a un poema en que celebraba la victoria del abbâdî sobre sus adversarios berberiscos, con versos magníficos que bailaban triunfantes, como repique de tambores. Su comienzo es despreocupado, ya que un poema panegírico no ha de comenzar por el elogio:

Copero, sirve en rueda el vaso, que el céfiro ya se ha levantado,

y el lucero ha desviado ya las riendas del viaje nocturno.

El alba ya nos ha traído su blanco alcanfor,

cuando la noche ha apartado de nosotros su negro ámbar.

Describe el jardín matutino; mas el viento que de repente pasa por las ramas, recuerda la espada de lbn Abbâd cuando pone en fuga a sus enemigos infieles:

La espada es más elocuente que los muchos sermones

en la guerra, cuando tu puño se hace almímbar.

Este era un elogio acertado, bálsamo para la conciencia del duro abbâdî. En compensación podía ser generoso, tal como convenía a su dignidad.

Y escoge, para hacer sus dones, la virgen ya núbil,

el corcel desnudo y el sable adornado de pedrería.

Al mismo tiempo debía saber que es el poeta el que engrandece al príncipe:

¿Quién se atreverá conmigo? Tu nombre es áloe

que he quemado en el pebetero de mi genio.

(Trad. García Gómez, exc. verso 3)

Ibn Ammâr tuvo conciencia de su superioridad intelectual y el joven al‑Mutamid vio en él su ideal; se vio tan violentamente atraído por su personalidad que ya no podía vivir sin él. Ya en aquella época su padre le había nombrado gobernador de Silves y allí rodeaba a lbn Ammâr de sus favores hasta que éste, una noche, se despertó asustado, oyendo una voz que le prevenía de que su protector llegaría a matarlo, algún día.

El padre de al‑Mutamid separó a los dos, pero cuando murió y su hijo le sucedió en el trono de Sevilla, éste mandó regresar al poeta de tierras lejanas, le nombró primero gobernador de Silves y luego primer ministro de su corte, donde el saber hacer versos era considerado como la virtud más notable de un funcionario.

El propio al‑Mutamid era un poeta inspirado y más que eso, era el modelo perfecto de un caballero, si prescindimos de la faceta mística de la caballerosidad. El historiador al‑MarrákuIF dice de él:

De entre todas las ciencias prefería aquellas que se refieren a la conducta conveniente en el trato humano... Con ello poseía tantas virtudes innatas, que es imposible citarlas una a una, v. g. valentía, generosidad, pudor y dignidad... Si quisiéramos enumerar todas las bellezas que al‑Andalus ha producido desde su conquista hasta este día, al‑Mutamid sería una de ellas, si no la mayor de todas...

Su matrimonio con una muchacha de origen humilde que poseía dotes de poetisa, se ha hecho famoso. Una tarde, cuando paseaba, acompañado por su amigo insustituible lbn Ammâr, por la orilla del Guadalquivir le propuso a éste el comienzo de un verso:

La brisa transforma al río

en una cota de malla...

Pero antes de que Ibn Ammâr tuviera ocasión de recoger y continuar el verso, una muchacha del pueblo que pasaba en este momento, lo continuó en el metro exacto:

 

En efecto ¡qué armadura más bella

¡Si el hielo lo dejara sólido!

Admirado se volvió al‑Mutamid hacia la poetisa y, como era sumamente bella, envió tras ella a uno de sus servidores para que se la trajera. Dijo la muchacha que su nombre era Itimâd, pero que generalmente era llamada Rumaykiyya, por ser esclava de un tal Rumayk, cuyas mulas conducía. Al‑Mutamid preguntó si estaba casada; ella repuso que no. «Bien», dijo él, «pagaré el rescate por ti y me casaré contigo». Tenía talento y belleza y estaba llena de ocurrencias y caprichos. Al‑Mutamid le fue leal durante toda su vida e hizo por ella lo imposible, accediendo a todo lo que se le antojaba para hacerla feliz. Su propio nombre de soberano, al‑Mutamid alà‑llâh (el que pone su confianza en Al-lâh), lo derivó del nombre de su mujer Itimâd (confianza).

No era un gobernante ocioso, pues consiguió —en parte con astucia, en parte por la fuerza— incorporar a su reino la ciudad de Córdoba y sus alrededores. A consecuencia de esta empresa perdió a uno de sus hijos, al cual había nombrado gobernador de Córdoba y que fue muerto en un ataque enemigo contra la ciudad. Cuando su cadáver, bañado en sangre, yacía en medio de la calle, llegó un hombre desconocido, por su aspecto un imâm (encargado de dirigir el rezo común), y lo tapó con su manto. «Ay de mí» exclamó al‑Mutamid en un poema, «no sé quién ha cubierto a mi hijo con su manto; sólo sé que ha sido un hombre noble y bondadoso». En medio de una existencia rodeada de fiestas y convites poéticos, esta amarga pérdida fue como un presagio de sucesos venideros.

Algo no marchaba bien en el reino floreciente del abbâdî; el príncipe había perdido, sin darse cuenta, la confianza del pueblo; probablemente la corte, los poetas y los invitados, amén del tributo pagado a Castilla, se apropiaban excesivo dinero, mientras demasiado poco se empleaba en la defensa del país. Pues cuando Alfonso, aproximadamente en 1078, se acercaba con un gran ejército, con la intención evidente de conquistar el reino de los abbâdîes, los sevillanos perdieron todas las esperanzas y se consideraron perdidos.

lbn Ammâr, el visir al que al‑Mutamid encomendaba las tareas más difíciles, salvó una vez más la situación gracias a una estratagema. Había hecho fabricar un tablero de ajedrez de inaudita perfección artística, con piezas de madera de ébano áloe y sándalo, incrustadas de oro. Cuando, en nombre de al‑Mutamid, marchó como emisario a Alfonso VI, se llevó consigo ese juego de ajedrez. Se trasladó al campamento castellano, siendo recibido con todos los honores, ya que el rey cristiano había oído hablar mucho de él y lo consideraba como uno de los hombres más capacitados de toda la Península. Ibn Ammâr se las arregló para que algunos cortesanos llegasen a ver su maravilloso juego de ajedrez, y éstos hablaron de él al rey, que era un jugador apasionado. Así ocurrió que el visir enseñó al rey la obra maravillosa y se mostró dispuesto a jugar con él una partida si el rey accedía a la siguiente condición: si perdía Ibn Ammâr, el tablero y las piezas serían propiedad del rey, mas si Alfonso perdía, tendría que acceder a una petición del visir. El castellano, deseoso de conseguir el bello tablero, se puso pálido; no quería arriesgar tanto. Sin embargo, algunos cortesanos convenientemente sobornados por Ibn Ammâr, alentaron al rey: «Si ganas recibirás el juego de ajedrez más bello que jamás haya poseído rey, y si pierdes, aquí nos tienes a nosotros para dar una lección a los moros, si su petición es insolente.» Así Alfonso se dejó seducir a aceptar la partida; mas Ibn Ammâr, que era maestro en ese arte, dióle jaque mate.

La expresión «jaque mate» se deriva del árabe al‑Shâh mât y significa «el rey ha muerto». Shâh es un préstamo lingüístico del persa y significa rey. Según esto, el juego de ajedrez que los árabes recibieron de los persas y transmitieron a la Europa cristiana, es el «juego real» y esto no sólo porque se juega por la pieza del rey, sino porque es, en toda su concepción, una parábola de lo que podríamos llamar arte real, una parábola matemática en la cual se manifiesta la relación interna entre la acción libremente escogida y el destino inevitable.

El tablero del ajedrez representa al mundo. Tiene origen indio y corresponde a un mandala, representación simplificada de los ciclos cósmicos que volvemos a encontrar, plasmados en un esquema geométrico, en el tablero de ajedrez. Las cuatro casillas interiores representan las cuatro fases básicas de todos los ciclos, las épocas como las estaciones; la franja de las casillas que las rodea, corresponde a la órbita del sol con los doce signos del zodiaco y la franja de las casillas exteriores a las veintiocho casas de la luna. La alternancia de blanco y negro es comparable al cambio del día y noche, nacer y morir. Todo el cuadrado del tablero, que los indios llaman ashtâpada, con sus ocho por ocho casillas es una «plasmación» topográfica de los movimientos cósmicos que se desarrollan en el tiempo; es el mundo.

Las piezas que se mueven en este esquema de mundo representan unívocamente dos ejércitos; con ello el tablero se convierte en campo de batalla. Originalmente se trata sin duda del campo de batalla cósmico, en el cual luchan los devas y los asûras, los ángeles y los demonios. Pero para los árabes, que habían recibido el juego de ajedrez por mediación de los persas, se trataba simplemente de dos ejércitos, tal como los conocía el arte bélico de la Edad Media.

Las piezas y el modo de jugar han variado poco desde el tiempo en que jugaba Ibn Ammâr contra Alfonso VI. La pieza que hoy representa la reina era entonces el visir, se le llamaba en persa fersan lo que dio en castellano ferza, en provenzal fierce y finalmente viérge (virgen), de ahí «reina». Los «alfiles» eran en el juego oriental elefantes. Juntamente con los jinetes y los carros de combate, las «torres» representaban las tropas pesadas. Sus movimientos se encontraban entonces algo más limitados que hoy. Los «peones» son las tropas ligeras que estaban en primera fila.

San Luis, rey de Francia, prohibió en el año 1254 a sus súbditos el juego de ajedrez. Se jugaba generalmente por dinero. Pero Alfonso el Sabio, décimo de su nombre entre los reyes de Castilla, compuso en 1283 sus Libros de Acedrex, en los cuales expuso, basándose en fuentes árabes, las reglas del juego de ajedrez y de los juegos de tablero afines en lengua romance. Ahí resalta claramente el simbolismo del tablero de ajedrez, su significado como esquema del universo en el llamado «juego de las cuatro estaciones»; se trata de un juego en el cual cuatro grupos de piezas con los colores de las estaciones, elementos o humores fisiológicos se mueven luchando en forma circular.

La difusión del juego de ajedrez desde Persia, atravesando los países árabes, hasta España y, pasando por Provenza, hasta Europa central, es como la huella de la forma de vida caballeresca, que experimentó un primer florecimiento en Persia y un segundo en la España musulmana. En efecto, el juego de ajedrez es como un «espejo de príncipes» destinado a toda la casta guerrera, al príncipe tanto como al caballero, pues el jugador aprende a refrenar su pasión; el número aparentemente ilimitado de posibilidades que se le ofrecen ante cada jugada —mientras no se encuentre acorralado— no le debe engañar acerca del hecho de que cualquier elección equivocada puede arrojarle en una pista obligada que le conducirá a campos de acción cada vez más limitados; tal es la ley de la acción y del mundo. Pero la libertad está muy íntimamente vinculada con el conocimiento de esta ley, con la sabiduría.

Cuando el rey vencido preguntó a Ibn Ammâr qué era lo que le pedía, éste solicitó que retirase su ejército de las fronteras del reino sevillano. Alfonso se tragó su cólera y dijo, vuelto hacia su séquito: «Esto es justamente lo que yo temía y vosotros me habéis inducido a ello». Pero no tuvo más remedio que cumplir su palabra; los cortesanos sobornados le apoyaron en eso. Así Sevilla quedó salvada una vez más.

Yo soy lbn Ammâr, ninguno me ignora

de los que conocen el sol y la luna.

No es raro que mi tiempo me relegue;

la quintaesencia del libro va escrita en su margen.

El éxito volvió insolente a Ibn Ammâr. Empezó a actuar según su propio albedrío. Para comprometer al conde Ramón Berenguer 11 de Barcelona a que se uniera a una campaña común contra el principado de Murcia, le prometió diez mil ducados del tesoro de al‑Mutamid y puso a su disposición, como prenda pignorable, al hijo de éste Rashîd. Como el dinero no llegó en el plazo concertado, Ramón hizo prisionero al príncipe y exigió treinta mil ducados de rescate. A pesar de todo ello, al‑Mutamid recibió a su amigo, que se había humillado ante él por medio de un poema, con los brazos abiertos. Pero más tarde, cuando Ibn Ammâr había conseguido apoderarse de Murcia, haciendo que allí se le rindiese homenaje como si él sólo fuera el señor, al‑Mutamid empezó a sospechar. Otra vez el aventurero pidió perdón en un poema. Pero poco después emprendió por su cuenta y riesgo una guerra contra el señor de Valencia, invitando a los valencianos con poemas ostentosos, a sublevarse contra su rey. Esto disgustó a al‑Mutamid, que no soportaba las insulseces, y le hizo sentir su indignación, ridiculizando sus provocaciones poéticas a Valencia. Entonces Ibn Ammâr descubrió su vena más abyecta e hizo un poema que arrastraba por el lodo a al‑Mutamid y a Rumaykiyya. Sin darse cuenta, Ibn Ammâr se vio puesto fuera de las puertas de Murcia: su propio protegido, lbn Raliq se había sublevado contra él. No tuvo más remedio que huir y así buscó refugio junto a Alfonso VI, que en otros tiempos le había estimado tanto. Sin embargo, el rey cristiano que no había olvidado su derrota en la partida de ajedrez, le dio de lado, observando con desprecio: «Todo esto no es más que un negocio de ladrones: el primer ladrón (refiriéndose a al‑Mutamid) fue robado por el segundo (Ibn Ammâr) y éste a su vez por el tercero (Ibn Rashîq)». Así, pues, Ibn Ammâr siguió huyendo hasta que encontró asilo en la corte de al‑Mutamin, príncipe de Zaragoza.

Mientras tanto, Alfonso envió al caballero Rodrigo Díaz, el Cid, al rey de Sevilla para exigir el tributo debido. Al mismo tiempo, su «alférez» y favorito García Ordóñez visitó con gran séquito de caballeros al príncipe de Granada, el zirí Abd Allâh, que igualmente debía el tributo al rey castellano. Ahora bien: Abd Allâh y al‑Mutamid eran enemigos: el primero representaba en al‑Andalus el partido berberisco, el segundo el árabe. Para hacer un favor a Abd Allâh, Ordóñez irrumpió con sus jinetes y con los beréberes de Granada en territorio sevillano y esto obligó al Cid a acudir en ayuda del «vasallo» de su rey, Al‑Mutamid. Escribió al príncipe de Granada y a los caballeros castellanos que interrumpiesen su campaña por respeto a su señor, el emperador Alfonso. Como esto no surtió efecto, fue a su encuentro acompañado por su pequeño séquito, los derrotó e hizo prisionero a García Ordóñez. Después de humillarlo, lo dejó en libertad. Su fama entre los árabes subió hasta las nubes. Al‑Mutamid le colmó de honores y le entregó el tributo para Alfonso, juntamente con muchos regalos. Mas Ordóñez se apresuró a hablar mal de él ante su rey.

El encuentro amistoso entre estas dos figuras caballerescas, al‑Mutamid y el Cid, tiene algo de único y valioso. El Cid no era poeta como el abbâdî, no disponía de un mundo espiritual tan rico, pero ciertamente no era inferior a él en dignidad varonil. Si el árabe estaba familiarizado con todas las finuras del adab, lo que implicaba buena educación, tacto y sensibilidad para los valores éticos, tampoco el castellano era un simple guerrero valiente; su pensar y actuar estaba impregnado por la justicia tal como se manifestaba en el Fuero juzgo, la ley medio romana medio germánica del norte español; conocía a fondo esta ley. Por un lado nobleza árabe con todo su apasionamiento, purificado por el espíritu del Islam, y por el otro hombría aguerrida germánica, mitigada por la forma latina y la piedad cristiana.

Dos años más tarde, en 1081 y sin causa justificada, el Cid fue desterrado de su patria juntamente con su mestiada, es decir los miembros de su casa y sus propios vasallos. Según la costumbre habría tenido libertad para pasarse a los enemigos de su señor; en lugar de eso decidió guardar fidelidad al rey Alfonso. Buscando un señor que aceptara sus servicios, se trasladó primero a Barcelona, a la corte del conde Ramón Berenguer, «Cap destopa», que lo rechazó, después a Zaragoza, donde Muqtadir b.Hûd le recibió muy satisfecho, pues para él el Cid era justo el hombre que necesitaba para mantener alejados sus vecinos, los príncipes de Aragón, Navarra y Barcelona, todos ellos ávidos de convertir a Zaragoza en vasallo tributario; allí el Cid podía trabajar a favor de Castilla.

La corte de Zaragoza era, con la de Sevilla, la más brillante de la España musulmana del siglo XI. Abu Ya’far al‑Muqtadir b.Hûd se había rodeado de sabios musulmanes y judíos y había compuesto personalmente obras sobre filosofía, astronomía y matemáticas. También hizo edificar el palacio que es llamado por la forma hispanizada de su nombre Aljafería y cuyos restos, algunos arcos decorativos, representan el ejemplo más importante del arte hispano‑árabe de aquel siglo. Evidentemente estos arcos se derivan de los arcos lobulados entrelazados que nacieron bajo al‑Hakam II en la mezquita de Córdoba. En ellos la idea del entrelazamiento rítmico ha sido llevada mucho más lejos todavía, tan lejos que las líneas empiezan a girar y a llamear. Se siente que aquí se ha llegado al límite extremo de la expresión, a una superabundancia casi barroca, que amenaza con deslizarse hacia la decadencia. En cambio, se manifiesta ya en los detalles ornamentales, en la delicadeza de los pámpanos y de la lacería inscritos en los arcos, el primer florecimiento de aquel arte ornamental severamente geométrico que alcanzaría su pleno desarrollo en la Alhambra. En una visión de conjunto, la Alfajería parece presentar la fase más frágil y más cuestionable del arte hispano‑árabe, y esto encaja perfectamente con la situación de esta corte, en la que se filosofa y se versifica, mientras queda encomendado a mercenarios cristianos rechazar en cada ocasión a los enemigos cristianos.

Al‑Muqtadir murió en ese mismo año de 1081, y su hijo mayor, al‑Mutamin, le sucedió en el trono de Zaragoza. Justo en aquella época tienen que haberse cruzado los caminos del desleal lbn Ammâr y del leal Cid en Zaragoza, pero la historia no nos conserva ningún testimonio al respecto.

Mientras tanto llegó a Sevilla otro embajador del rey de Castilla, para cobrar el tributo: el judío Ben Sálib, que echó en cara a al‑Mutamid que sus monedas contenían oro de mala calidad y no dejó de proferir amenazas, hasta que el abbâdî terminó ejecutándolo sin más miramientos, metiendo en la cárcel a su séquito. A consecuencia de eso estalló la guerra con Alfonso VI. Este reunió un ejército de gallegos, castellanos y vascos, mandó devastar las tierras fronterizas del reino de Sevilla y atravesó personalmente todo al‑Andalus hasta el cabo de Tarifa, donde introdujo su caballo en las olas del mar, diciendo: «Aquí está el límite extremo de España, y yo lo he tenido debajo de mis pies»; no pensaba en el jefe de los almorávides, cuyo enorme ejército se reunía enfrente, al otro lado del Estrecho.

En Zaragoza, lbn Ammâr se había comprometido a someter los señores sublevados de algunos castillos a la obediencia de al‑Mutamin. La primera vez lo logró, empleando la estratagema de atraerse a los sitiados a una negociación y capturándolos después; la segunda vez cayó él mismo en la trampa. El señor del fuerte de Segura lo vendió al mejor postor y el mejor postor fue al‑Mutamid. Ibn Ammâr fue llevado entonces a Sevilla encadenado y allí arrojado a la cárcel. Otra vez intentó mover con su poema la compasión de su antiguo señor y amigo; pero al-Mutamid no tuvo ya confianza en Ibn Ammâr; su traición había dejado una herida demasiado profunda en el alma del abbâdî; sin embargo, el príncipe parecía conmovido. Acto seguido, el viejo aventurero, consciente de su fuerza seductora, empezó a atraerse la simpatía del hijo y heredero de al‑Mutamid. Cuando esto llegó a oídos del rey, arrancó éste del muro su hacha de combate, corrió a la cárcel, donde lbn Ammâr yacía todavía encadenado y, con el arma, le partió el cráneo. «Ha hecho de Ibn Ammâr una abubilla», observó Rumaykiyya con burla cruel; estaba vengada.

Mientras tanto iban surgiendo otras preocupaciones. Alfonso había mantenido bajo presión al rey de Toledo al‑Qâdir durante tanto tiempo que éste terminó por abandonar la ciudad. Tal cosa ocurrió, como ya se dijo, en el año 1085. Ahora los ejércitos cristianos avanzaron en toda su anchura hacia el Tajo. Alfonso tomó el título de «Imperator Toletanus» y reclamó para sí la herencia completa de los visigodos.

En las capitulaciones de Toledo se había convenido que Alfonso respetaría los derechos de la población musulmana; la antigua catedral de Toledo, que había sido transformada en mezquita, debía seguir perteneciendo a los musulmanes. Esta condición no fue respetada, pues al abandonar el rey la ciudad, los cristianos tomaron posesión de la mezquita. Al oír eso Alfonso regresó encolerizado. Pero cuando se estaba acercando a las puertas de la ciudad, salió a su encuentro un jurista musulmán llamado Abû‑I‑Walîd y le rogó, en nombre de sus correligionarios, que dejaran la mezquita a los cristianos, para no suscitar odio contra los musulmanes. Una representación escultórica medieval de ese jurista se puede ver todavía en la catedral de Toledo.

A partir de entonces Alfonso metió cuñas profundas en el territorio andaluz. Para ganarse la simpatía del pueblo hacía proclamar, por todas partes, que no exigiría a sus súbditos musulmanes otra contribución que el diezmo que prescribe el Corán como impuestos de beneficencia. Sabía bien que los príncipes musulmanes solían cobrar a sus súbditos demasiados impuestos; sus propias exigencias tributarias habían contribuido a ello. Al mismo tiempo obligó a los príncipes andaluces que se doblegaban a su poder, a que admitieran lugartenientes castellanos a su lado. Cuando llegó con esta exigencia también a al-Mutamid, llamándose en esta ocasión «soberano de los pueblos de ambas religiones», éste se rebeló y se declaró independiente del rey cristiano. Ya hacía algún tiempo que la población musulmana de España miraba hacia África, donde los almorávides intentaban restaurar la ley islámica en su pureza original. Juristas musulmanes de todas las regiones se reunieron en Córdoba y decidieron pedirle al jefe de los almorávides, Yûsuf b. Tâshfîn, ayuda contra los cristianos. Los príncipes andaluces corrían peligro de ser arrollados por un movimiento popular. Al-Mutamid que llevaba años intercambiando correspondencia con Yûsuf b. Tâshfîn, se puso de acuerdo con los príncipes de Granada y Badajoz y todos juntos enviaron embajadores al soberano de los almorávides, invitándole con insistencia a que viniera con su ejército a España; se le ofrecieron como aliados con la condición de que no tocara sus derechos de soberanía en alAndalus.

Esta fue una medida de muy graves consecuencias, ya que ató de una vez para siempre el destino de los musulmanes españoles al de sus correligionarios del norte de África. Cuando el hijo mayor de al‑Mutamid aconsejó a su padre que sería preferible ceder ante Alfonso que llamar a los bárbaros e intolerantes almorávides, éste le contestó: «No quiero que se me acuse de haber entregado al‑Andalus a los cristianos... no quiero que se me maldiga desde todos los almimbares del Islam; si he de elegir, prefiero apacentar los camellos de los almorávides a cuidar los cerdos de los cristianos.»

Los almorávides representaban justo aquel elemento humano que faltaba en la España musulmana. Eran nómadas de lo más profundo del Sahara, aguerridos, duros y severos en la observancia de los preceptos coránicos. Étnicamente eran beréberes de la tribu de los Sinhâya, que se caracterizaban, como sus primos los Tuareg, por llevar la cara velada; es decir, los hombres se cubrían la cara, no las mujeres. Su movimiento tuvo origen en un ribât especie de castillo de orden militar, fundado por un asceta marroquí, Abd Allâh b. Yâsîn, en una isla del Niger. Tales castillos existían en todas partes ahí donde los musulmanes estaban en lucha constante contra gentes de otra religión; la guarnición de un ribât, se componía, por regla general, de voluntarios dedicados alternativamente a la «guerra santa» y a ejercicios piadosos; se les llamaba murâbitûn, palabra que en español ha dado almorávides. Un singular de la misma raíz árabe, al-marbût, reaparece en francés en forma de marabout, cosa que indirectamente da testimonio del papel espiritual que desempeñaron los habitantes de ribât del Sahara hasta los tiempos más recientes.

Abd Allâh b. Yâsîn había atraído a su causa la nobleza de los Sinhâya y con su ayuda había convertido en musulmanes rigurosamente cumplidores de la ley coránica a las tribus nómadas del Sahara, hasta entonces sólo superficialmente islamízados. El poder de las tribus del Sahara así unificadas chocó por el norte con la actitud hostil de los Zanáta; estalló la guerra santa y a consecuencia de ella todo el noroeste de África desde Agadir a Argel quedó sometido a los almorávides. La teoría de Ibn Jaldûn según la cual los nómadas unificados gracias a un mensaje espiritual pueden convertirse en fundadores de grandes imperios, tiene su ejemplo clásico en este suceso. Yûsuf b. Tâshfîn era el tercer jefe de los almorávides; fundó Marrâkush y dominó los países que llamamos hoy Senegal (se pretende que la palabra se derive de Sinhâya), Marruecos y Argelia. Se dice que era piadoso y sobrio en extremo; es evidente que poseyó grandes dotes de estadista.

El 30 de junio de 1086 desembarcó el ejército de los almorávides en Algeciras. Al‑Mutarnid y el príncipe de Badajoz, al-Mutawakkil, fueron a recibir a Yúsuf b. Tâshfîn y te llevaron sus tropas.

En este mismo momento Alfonso se encontraba ante Zaragoza. En seguida reunió a sus huestes, pidió ayuda a todos sus vecinos cristianos y fue al encuentro de los almorávides. Los dos ejércitos enemigos se encontraron en Zalaca (Sagrajas) cerca de Badajoz. Yûsuf dejó que los andaluces luchasen al principio solos en la vanguardia. Después se diría que vio complacido cómo fueron diezmados. El propio al‑Mutamid peleó con valentía y recibió varias heridas. En medio del combate se acordó de su hijito menor Abû Hâshim que había dejado enfermo en Sevilla. Entonces compuso los siguientes versos:

Espadas me tajaron mis carnes, ay Abû Hâshim

Gracias a Al-lâh firme sigo en el horror de la guerra.

En lo más recio del combate recordé tu cuerpecillo,

pero me impide huir el amor que te tengo.

Sólo cuando los andaluces no pudieron ya resistir al empuje de los jinetes castellanos intervinieron en la lucha Yûsuf y sus tropas.

Hasta entonces la fuerza de los ejércitos cristianos había sido la caballería pesada, que traspasaba «vestida de hierro» impetuosa las filas enemigas. Los árabes habían preferido la caballería ligera, armada de lanzas y escudos de cuero, rápida y fácil de mover, pero incapaz de resistir la carga de los hombres de hierro. También esta vez, Alfonso logró con sus jinetes abrirse paso a través de las tropas enemigas, pero esto le fue de poco provecho, ya que las aguas que cedían ante él, se volvían a cerrar a sus espaldas. Además Yûsuf utilizó contra los jinetes cristianos arqueros turcos que con sus grandes y fuertes arcos enviaban bandadas de flechas que llovían sobre caballos y jinetes. Las tropas africanas, los sinhâya y otras tribus beréberes marroquíes atacaban al son ensordecedor de los tambores que hacía temblar el aire y la tierra. Finalmente Yûsuf hizo intervenir su guardia negra, armada de largas espadas y escudos hechos de piel de hipopótamo, que se abrió camino hasta la proximidad del rey cristiano, el cual quedó herido. Sólo la oscuridad de la noche permitió a Alfonso y unos cien caballeros escapar de la aniquilación. Según las crónicas musulmanas murieron en esta batalla ochenta mil jinetes y veinte mil infantes del ejército cristiano. Hasta entonces, las luchas entre españoles cristianos y musulmanes habían tenido un carácter más político que religioso; ahora se planteaba si era el Islam o era el Cristianismo el que habría de dominar España.

Yûsuf b. Tâshfîn no aprovechó su victoria para hacer conquistas en la Península; puso a la disposición de los príncipes andaluces tres mil jinetes almorávides y se retiró a Africa. Alfonso, por su parte, se dirigió a los príncipes cristianos a ambos lados de los Pirineos y convocó su ayuda. En esta situación creyó también provechoso reconciliarse con el Cid, que durante todo este tiempo había defendido el reino de Zaragoza contra enemigos cristianos y musulmanes. Por encargo de su antiguo señor, al que siempre había guardado lealtad, y con ayuda de los Banû Húd de Zaragoza, avanzó contra Valencia, mientras otro vasallo del rey, García Jiménez, que tenía ocupada con doce mil hombres la fortaleza de Aledo, cerca de Murcia, irrumpía desde allí en las provincias orientales del reino de Sevilla, cobrando tributos y saqueándolas. En vano intentó al‑Mutamid hacerse con este enemigo; el castillo de Aledo era inexpugnable, la población vejada empezó a intranquilizarse. Entonces al‑Mutamid se trasladó al Magrib en persona, para pedir a Yûsuf b. Tâshfîn que ayudara, una vez más, a los andaluces.

Yûsuf pasó el Estrecho en 1089 y las tropas de los príncipes de Sevilla, Granada, Málaga, Almería y Murcia se unieron a su ejército para tomar Aledo por asalto, pero la fortaleza resistió y el sitio se alargó varios meses. Durante este tiempo surgieron desavenencias entre los príncipes andalusíes, que se denunciaban mutuamente ante el emir de los almorávides. Cuando éste, en una ocasión, dio razón a al‑Mutamid contra al‑Râsîq de Murcia, las tropas de este último abandonaron. el campamento y le cortaron al ejército el suministro de víveres. Mientras tanto se acercaba Alfonso con las tropas de auxilio. Yûsuf no quiso enfrentársele con un ejército debilitado por la discordia y, encolerizado, se retiró a Almería y desde allí volvió al norte de África.

Alfonso había enviado un mensaje al Cid, para que se le uniera en el camino hacia Aledo. Efectivamente, Rodrigo salió con sus guerreros al encuentro del rey, pero no lo encontró, pues Alfonso había tomado otro camino distinto al que habían acordado. No faltaron calumniadores que le atribuyeron al Cid el haber evitado al rey intencionadamente; éste se vengó encarcelando a doña Jimena, mujer del Cid, con sus tres hijos. A pesar de todo, el Cid permaneció fiel a la corona de Castilla. El sólo lograría detener la marea almorávide al convertir Valencia en un baluarte invencible, pues los almorávides volvieron. Yûsuf b. Tâshfîn había resuelto destituir a los reyezuelos andalusíes que, en parte, le habían abandonado ante Aledo. Las quejas de la población andaluza y los dictámenes de los jurisconsultos más importantes de su época le confirmaron en su proyecto. Los príncipes andalusíes, particularmente los de Granada y Málaga, se habían hecho indignos del gobierno por su vida licenciosa y por haber gravado a sus súbditos con impuestos injustos. En 1090 Yûsuf desembarcó otra vez en la Península y destituyó, primero, a los príncipes de Granada y Málaga. Al‑Mutamid se dio cuenta de que él sería la próxima víctima de los almorávides y se apresuró a hacer preparativos para la defensa del país intentando al mismo tiempo restablecer las relaciones con Alfonso VI. Como uno de los embajadores que enviara al rey cristiano cayera en manos de los almorávides, Yûsuf b. Tâshfîn, siempre deseoso de respetar la ley, tuvo por fin el motivo para proscribir a al‑Mutamid y declararle la guerra.

Los lugares fortificados del reino de Sevilla cayeron uno a uno, en parte por la fuerza, en parte porque la población abandonaba cada vez más la causa de su rey, pasándose al campo de los almorávides. En la toma de Córdoba murió uno de los hijos de al‑Mutamid. En vano intentó Alfonso VI socorrer a Sevilla sitiando Granada. En esta ocasión el Cid se había unido al ejército castellano y el rey se reconcilió con él por cierto tiempo. Pero Alfonso no pudo soportar a la larga que la fama del Cid fuera mayor que la suya. Mientras tanto el cerco de Sevilla por parte de los almorávides se estrechaba más y más. Aún antes de que asaltasen la ciudad, estalló en ella una rebelión que sorprendió a al‑Mutamid; casi desarmado, vestido de una ligera túnica y con la espada en la mano, salió a caballo de su palacio, despedazó al primer guerrero sublevado que se le enfrentó y obligó a huir a los demás. Pero esta misma noche empezó el asedio que no cesó hasta que los beréberes entraron por una brecha y saquearon la ciudad. Al‑Mutamid, después de haber defendido con todo heroísmo su alcázar, se vio finalmente forzado a entregarse para salvar la vida de sus familiares. Fue deportado junto con su familia a Agmat en el Alto Atlas, para terminar allí sus días en la cárcel. Cuando la familia real era trasladada a los barcos anclados en el Guadalquivir, el pueblo de Sevilla apiñado en las orillas, irrumpía en lamentos como lo describe el poeta lbn al‑Labbâna de Denia:

Todo lo olvidaré menos aquella madrugada junto a Guadalquivir,

cuando estaban las naves como muertos en sus fosas.

Las gentes se agolpaban en las orillas, mirando cómo flotaban

aquellas perlas sobre la espuma del río.

Caían los velos porque las vírgenes no se cuidaban de cubrirse,

y se desgarraban los rostros, como otras veces los mantos.

Llegó el momento y ¡qué tumulto de adioses, qué clamor

el que a porfía lanzaban las doncellas y los galanes!

Partieron los navíos, acompañados de sollozos

como una perezosa caravana que el camellero arrea con su canción.

¡Ay, cuántas lágrimas caían al agua!

¡Ay, cuántos corazones rotos se llevaban aquellas galeras
insensibles!

(Trad. de García Gómez)

Cuando al‑Mutamid llegó a Tanger, los poetas del país fueron a su encuentro y él les regaló su último dinero, que había guardado en su bota y que estaba empapado de sangre. Todos los sufrimientos y tormentos del cautiverio no le impidieron hacer poemas, es más: sus poemas más bellos y más profundos los hizo en esta situación penosa. Cuando se le encadenó dijo:

Pero ¡cómo no arden estos hierros

y queman las manos de los verdugos,

por temor a aquel, de cuyos favores

vivían hombres valientes, y cuya espada

enviaba éstos al cielo y ésos al infierno!

Recordando su vida escribió:

Todo tiene su término fijado, y hasta

muere la muerte como mueren las cosas.

El destino tiene color de camaleón,
hasta su estado fijo es mudadero.

Somos para su mano un juego de ajedrez:

quizá se pierde el rey por causa de un peón.

Que la tierra se hace erial, los hombres mueren.

Díle a este mundo vil:

Secreto de Ultramundo, Agmat lo esconde...

Los almorávides conquistaron todo al‑Ándalus; avanzaron hacia el norte, hasta cerca de Toledo, y hacia oriente, hasta Valencia. Pero el Cid, que defendía la ciudad, gobernando a los cristianos según la ley visigoda y a los musulmanes según la ley coránica, puso un cerrojo a su avance ulterior.

Al‑Mu’tamid murió en 1095 en Agmat; el Cid, 1099, en Valencia, Yûsuf b. Tâshfîn vivió hasta 1106 y Alfonso VI, que al final de su vida tuvo que sufrir una derrota tras otra, murió el último, en 1109.

Anuncios



Escribir comentario

Debes iniciar sesión para escribir comentarios.

Si no estás registrado puedes registrarte en un minuto.

  • Esta es la opinión de los internautas, no de Webislam
  • No están permitidos comentarios discriminatorios, injuriantes o contrarios a la ley
  • Céntrate en el tema, escribe correctamente y no escribas todo en mayúsculas
  • Eliminaremos los comentarios fuera de tema, inapropiados o ilegibles

play
play
play
play
Colabora


 

Junta Islámica - Avda. Trassierra, 52 - 14011 - Córdoba - España - Teléfono: (+34) 957 634 071

 

Junta Islámica
https://www.webislam.co/articulos/26252-juego_de_ajedrez_en_espana.html