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À capela

29/04/2002 - Autor: Saleh Paladini - Fuente: Webislam
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Desierto
Desierto

À capela

Desierto.
Alfombra de mezquita..
Escuela de vida.
En tu piel escribe el viento
las frases más bellas,
jamás escritas.
En ausencia de caligrafía,
tu cuerpo dibuja
el nombre de Dios.
Vivo en ti y veo la luz
desde unos ojos
que son celdas de colmena.
Nada.
Silencio.
Vacío.
Infinito espejo.
La piragua sale del agua
dejando en la arena las huellas
de un baile circular
y se posa en un nido de dunas,
mirando la mar.
Dispuesta a adentrarse en ella.
No teme envejecer.
Sabe que fue niña.
Es imposible prohibirle amar.
Ella dice:
"El amor no se pide.
El amor se da".

 

Se consagra la primavera.
Salir a escena.
Cantando.
Escribiendo.
Pregonando la belleza
de un mundo diverso,
en armonía,
en libertad.
Respeto.
Una y otra vez hasta el final.
El final del comienzo.
De siempre a jamás.
Poder del intelecto
hablando a la razón.
Pulsión noble irrumpiendo
por las venas de un hombre.
El arpa birmana
desgrana sus notas
en medio de la guerra.
Hablan las piedras,
respiran los muertos..
Me expreso yo.
Mentira
es la que mata.
Verdad quien pare niños
con miradas de esperanza.
Párpados caídos
como el telón de un teatro.
Sueño.


Lo terrible no es el terror.
Lo terrible es no reaccionar
ante lo que está ocurriendo.
Guardar dentro tanto dolor,
pues tarde o temprano
saldrá del interior
la misma energía,
de nuevo.


He soñado con mi padre:

- "Papá, he de encontrar algo que nos una".
- "¿Para qué?".
- "Simplemente, porque eres mi padre".

Y he soñado contigo, también. Amanecía. Habíamos dormido juntos en la calle más concurrida de mi ciudad, Sevilla: la calle Sierpes. Semejantes a dos pordioseros, dos vagabundos, desheredados y estabas a mi lado. Unidos en un abrazo. Éramos mucho más que dos.


Mi amor va remontando
estratos en el cielo
del intelecto.
A donde miraba,
veía Tu rostro.
Ahora contemplo los ojos
de cada ser
como un Universo
también.
Millones de millones de estrellas.
Se multiplica exponencialmente
la manifestación de Tu belleza.
Las potencias de diez explotaron.
Silla de montar a caballo
es cada partícula
de cada átomo.
Al galope me desplazo
por dimensiones paradójicas
y limpio mi casa
con la humildad
de un esclavo.
Me siento a salvo
del rencor.
Guardo la fe.
Amo.


Eva

Nómada soy,
mas asentado en el concepto del amor.
La razón conduce a sobrevivir.
El intelecto al altruismo.
El planeta es mi amigo.
La mundialización,
un destino inacabado.


Espiritualidad, perla escondida en el mar.
Te empuja la turbulencia abisal
a una orilla donde las olas te deposita
y sorprendes al ser humano
con belleza.
Debilidad y fuerza.
Extremos de un puente.
Encontrar el foco para que el intelecto vea.
No hay duda en esta idea.
La evolución opera en la acción.
La intuición en la encrucijada.
El camino que más brilla,
el más fácil en esta difícil vida.


Toda la fuerza que el desierto transporta
desde el Este
se deposita dulcemente
en Mauritania,
en la puesta del sol.
Lugar idóneo para un nido de amor.
Puerta de poniente.
Occidente frente a ti.
El Este detrás.
Puente informal.
Puente en fin.
No hay choque de civilización.
Solo paz de una energía vital
que nutre el corazón.


Estoy tocando mi aspiración,
mi deseo.
Aquel que tenía cuando niño.
Un filón de oro.
Dios me conceda más tiempo
para escribir todo esto
que estoy viviendo aquí.


Esperanza, rayo verde
que ilumina el horizonte de la vida.
Horizonte circular.
Onda expansiva.


Eva es una mujer negra. Vive en una humilde choza del
río Senegal. Tiene cinco hijos. El cinco de corazones
de una baraja se ha perdido y Eva tiene el naipe entre
las dos dunas de su pecho.


Eva tiene un marido. Se aman desde antes de nacer.
Ambos son negros de piel. Y sus hijos como el ébano.


Eva tiene una premonición en sueños. Sabe que puede
morir. Y piensa en su marido. Lo siente joven, fuerte.
Con muchos años por delante para tener más hijos. Eva
mira hacia sus hijos y siente las arenas de un
desierto que llevarán su nombre dentro de cada
minúscula partícula.


Eva sabe que puede partir y dice para sí
¡Alhamdulillah! "Alabado sea Dios".
Por momentos se
rebela. Le duele vislumbrar a su marido en los brazos
de otra mujer y a sus hijos medio perdidos. Y dice: ¡Alhamdulillah! "Alabado sea Dios". Su corazón se alegra. Mitad desdicha, mitad regocijo. Un desierto de temor con dunas de aliento.


Incomprensible para muchos de mis paisanos en España,
la historia de esta negra mujer. Una rara perla, común
en el murmullo de un río que riega las tierras de
Africa. Pero yo sé que algunos de los habitantes de mi
ciudad pueden entender el trasfondo de este sencillo
cuento.


Y las campanas de la catedral de Sevilla me llaman.
Sus sonidos recorren la distancia y puedo oír:


"¡Luis, ven! Sevilla necesita una mezquita. Sevilla te
necesita a ti".

El cielo de Nouakchott está cubierto de nubes. No
llueve. Una sensación de calma se respira. Mis ojos
piden llorar, pero no llueve. La tierra reclama ser
regada y la piragua navega fuera del agua. Pero no
llueve.

La piragua pasa las noches en mi cama. Duerme conmigo
hasta antes del amanecer y me abraza. Cuando siento
mucha paz, la piragua canta los poemas de Cheij
Ibrahim Niass de Kaulack.


La piragua tiene escritos dos nombres en la quilla.
Uno es Eva. El otro, Adán.


Luis Paladini. Biologo y poeta.
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