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Ibn al‑Sîd de Badajoz

29/04/2002 - Autor: Henry Corbin - Fuente: Webislam
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Henry Corbin
Henry Corbin

1. Este filósofo, contemporáneo de Ibn Bâjja, fue redescubierto por Asín Palacios tras haber pasado durante mucho tiempo, por culpa de sus biógrafos, por gramático y filólogo. Su vida se sitúa en el período crítico de transición entre el reinado de pequeñas dinastías locales y la invasión almorávide. Nacido en el 444/1052 en Badajoz (de ahí su sobrenombre de al‑Batalyûsî, es decir, de Badajoz), se vio obligado, a causa de la situación, a buscar refugio en Valencia y posteriormente en Albarracín, donde cumplió las funciones de secretario en la pequeña corte del emir Abd al‑Malik Ibn Razin (1058/1102), y, finalmente, en Toledo, donde permaneció durante varios años. Debió residir también en Zaragoza, puesto que allí sostuvo una polémica con lbn Bâjja sobre cuestiones de gramática y dialéctica, que recapituló en su Libro de las Preguntas (Kitâb al‑Masâil). Pero, como Ibn Bâjja, debió huir en el 1118, cuando la ciudad fue tomada por los cristianos. Murió en el 521/1127, habiendo consagrado sus últimos años a la redacción de sus obras y a la dirección de sus discípulos.

De las once obras mencionadas por Asín, no insistiremos más que en la última, el Libro de los cercos, que le vale a nuestro autor ocupar un puesto entre los filósofos. Durante mucho tiempo el libro fue conocido únicamente por los filósofos judíos, pues el célebre Moisés ibn Tibbon (1240‑1283) lo había traducido al hebreo, iniciativa que atestigua la alta estima en que tenía la obra de Ibn al‑Sîd. Puede decirse de ésta que refleja admirablemente el estado de los conocimientos y de los problemas en la España musulmana, en la misma época en la que Ibn Bâjja redactaba su obra y algunos años antes de que Ibn Tofayl y Averroes hubiesen proyectado las suyas. Ya en su Libro de las Preguntas, Ibn al‑Sîd había sido inducido a tomar una posición que resulta característica cuando religión y filosofía tratan de acomodarse entre sí, dejando a un lado el esoterismo (el de la escuela de Almería por ejemplo): para nuestro filósofo, religión y filosofía no difieren ni en cuanto a su objeto ni en cuanto a la finalidad de sus respectivas doctrinas; buscan y enseñan la misma verdad mediante métodos diferentes y dirigiéndose a diferentes facultades del hombre.

2. Es esta filosofía la que Ibn al‑Sîd expone en el Libro de los cercos. Una filosofía emanacionista, en efecto, pero que, a diferencia de la de los avicenianos, no se contenta con reproducir la jerarquía de las hipóstasis plotinianas como principios primeros; la sistematiza con argumentos de orden matemático, lo que da a todo el sistema, como ha señalado Asín, una cierta resonancia neopitagórica. Los números son símbolos del cosmos; el ritmo de la duración de las cosas tiene su explicación genética en la década, esencia de todo número; el Uno penetra todos los seres, es su verdadera esencia y su fin último. No hay duda de que aquí interviene la influencia de los Ikhwân al‑Safâ, cuyos escritos circulaban por Andalucía desde hacía ya más de un siglo. lbn al‑Sîd parece experimentar la misma inclinación hacia los diagramas que los ismailíes.

Tres círculos simbolizan las tres fases de la Emanación:

1) La década de las Inteligencias o Formas puras sin materia, la décima de las cuales es la Inteligencia agente.

2) La década de las Almas, a saber, nueve para las Esferas celestes, más el Alma universal, emanación directa de la Inteligencia agente.

3) La década de los seres materiales (la forma, la materia corporal, los cuatro elementos, los tres reinos naturales, el Hombre).

En cada uno de los círculos, el décimo lugar está, pues, ocupado por el Alma universal, por el Hombre. El primer capítulo del libro tiene por título: «Explicación de la tesis de los filósofos según la cual el orden en el que los seres proceden de la Causa primera, semeja un círculo ideal (dâira wahmîya), cuyo punto de retorno a su principio está en la forma del Hombre».

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