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Aceptación creativa

29/04/2002 - Autor: Muhámmad Asad - Fuente: Webislam
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Muhámmad Asad
Muhámmad Asad

Para establecer el “contrato social” del Islam factible en nuestro tiempo debemos —como los primeros seguidores del Profeta— desembarazarnos completamente de los hábitos mentales de nuestro pasado decadente y aprender, una vez más, a mirar hacia la sharîah como la base conceptual completa que nos ha sido ofrecida por Al-lâh para su aceptación o su rechazo.

Al mismo tiempo, ninguna aceptación de la sharî’a puede ser verdaderamente legítima a menos que sea una aceptación consciente, creativa. No puede haber ningún planteamiento sobre el “contrato social” a menos que comprendamos, directamente y en detalle, en que consisten las cláusulas de ese contrato: es decir, a menos que la totalidad de la comunidad contratante lo comprenda.

El Qurán propone una enseñanza ética y una Ley: y el Profeta, actuando bajo la inspiración Divina, ejemplificó ambos y les dio un aspecto concreto: de este modo la sharî’a del Islam fue por completo introducida en la existencia con las palabras: “Hoy he perfeccionado para vosotros vuestra ley religiosa...” (surah 5: 3).

En ese momento, el trabajo del Dador de la Ley fue completado. Pero las concepciones que nosotros —la comunidad— nos formamos del material que nos ha sido entregado, y el uso práctico que hacemos de esas concepciones, es nuestra contribución a la vitalidad del Islam. Sin esta contribución, el “programa social islámico” permanecería como una proposición sin vida. Para abreviar: necesitamos un nuevo iytihâd.

Frecuentemente oímos la objeción de que el iytihâd —saludable como puede ser en tiempos de vida cultural vigorosa— es peligroso en tiempos de decadencia porque podría dar lugar a diferencias insalvables de pensamiento, e incluso a una ruptura de los remanentes de solidaridad musulmana... debo confesar que no soy capaz de concebir de una objeción más tonta. Si es verdad —y es verdad— que lo contrario del iytihâd, el taqlîd la imitación, ha sido responsable de la fosilización del pensamiento musulmán y, por consiguiente, del marchitarse de toda nuestra vitalidad cultural, es obvio que únicamente el reestablecimiento del iytihâd legítimo puede curar nuestra enfermedad. Rechazarlo en el momento preciso de nuestra decadencia equivale a negarle las vitaminas a una persona que padece escorbuto o beri-beri o cualquier otra enfermedad causada por la falta de vitaminas. Cualquier médico te dirá que ese paciente sólo puede salvarse si se le administran las vitaminas de que es deficitario; pero nuestros sermonistas profesionales parecen estar diciendo: “Esperemos hasta que el paciente se recupere del escorbuto, y entonces consideraremos una administración de vitaminas”. Se trata de un puro sin sentido, y no debemos tener miedo de denunciarlo como tal. Nuestro paciente —el mundo islámico— necesita urgentemente la vitamina del iytihâd. Si deseamos conservarlo vivo, debemos dárselo: pero tomando cuidado, al mismo tiempo, de no darle una dosis excesiva. Esto significa, en palabras llanas, que debemos aplicar nuestro iytihâd dentro de los límites marcados claramente por las Dos Fuentes del Islam—el Qur’ân y la Sunna— y que no debemos aplicarlo a la propia sharî’a, la cual es divina en su origen y por consiguiente se sitúa más allá del iytihâd de cualquier mortal.

“Muy extraño”, dirán ustedes. “¡Usted quiere que nosotros ejerzamos el iytihâd pero en el mismo instante estipula que no debe ser ejercido en la propia esfera del sharî’a! ¿Dónde, entonces, debemos ejercerlo?”

Y ahora es mi turno para preguntar: “¿no sería primero aconsejable determinar, de una vez por todas, lo que es realmente la sharî’a?”

No puede dudarse de que los Compañeros del Profeta consideraron la observancia de la sharî’a como la única guía absoluta en la vida de un musulmán. Hemos visto que en los casos en que no pudieran encontrar un nass ordenanza explícita que iluminase un punto particular de ley en el Qurán o en la Sunnah, ejercieron su sentido común para alcanzar una decisión legal conforme al espíritu de la Ley; pero nunca cometieron el error de considerar su propio iytihâd como válido para todos los hombres y los tiempos. En el conocimiento de que la propia Ley es precisa y obvia, identificaron el fiqh con la habilidad de una persona a la hora de ejercer su inteligencia en materias dónde no existía ninguna prescripción de la sharî’a. Admitiendo la posibilidad de diferencias legítimas de opinión —una posibilidad ampliamente ilustrada incluso en la historia más temprana del Islam— los Compañeros distinguieron claramente entre la Ley Eterna del Islam, la sharî’a, y toda legislación temporal basada en las deducciones individuales a partir de las Dos Fuentes. Si alguna vez consideraron el iymâ’ consenso, tan sólo lo hicieron en el sentido de un acuerdo sobre un acontecimiento particular, y no en referencia a lo que debe ser la ley: para a ellos la Ley, estando basada en el nass, era auto-evidente e inequívoca y por consiguiente no requería de ninguna interpretación, ningún iymâ’, ningún qiyâs razonamiento analógico, ningún ray opinión personal— para abreviar: ningún iytihâd, fuese del tipo que fuese.

Sería un error creer —como a tantos orientalistas no-musulmanes les gustaría hacernos creer— que esta simplicidad en la concepción y la definición del sharî’a de los Compañeros fuese debida al supuesto carácter “naïf” de su perspectiva —de acuerdo a la sencillez patriarcal de sus vidas y a su aislamiento de países más sofisticados. En absoluto: su actitud sumamente precisa en temas jurídicos estaba basada en la certeza de que los casos y ordenanzas estipuladas en el nusûs de las Dos Fuentes jamás trataron de cubrir todas las complicaciones y constelaciones posibles de la existencia humana, y que, por consiguiente, la sharî’a como tal es concisa, clara y precisa, y permanece abierta a toda mente sana y madura. En contraste con esto, nuestros auto-denominados “guardianes del Islam” nos dicen ahora —como han estado diciéndonos durante siglos— que la sharî’a es algo demasiado complejo para el hombre común. Existe, por otro lado, abundante evidencia de que el Dador de la Ley la concibió como accesible a la comprensión directa de cada creyente, ya que representa la ideología en que la vida del creyente debe estar conscientemente basada. Por consiguiente, la complejidad actual, y en los siglos pasados, inherente al concepto convencional de la sharî’a debe resolverse de algún modo en la simplicidad. Ésta es mi primera Proposición.
Pero tal simplicidad es evidentemente imposible mientras se suponga que la sharî’a comprende, además de los claros mandatos (nass) de las Dos Fuentes, un gran número de otras regulaciones derivadas por los estudiosos a través de un iytihâd racional —en cuyo término están incluidos el qiyas (la deducción por la analogía), ra’y (la opinión subjetiva), istihsân (la preferencia moral o social), istidlâl (la inferencia), ijmâ’ (consenso), y varios otros métodos de razonamiento deductivo. Por consiguiente, no pueden admitirse los resultados de pensamiento del iytihâd, incluso de los más grandes estudiosos musulmanes, como componentes de la sharî’a: esta es mi Proposición Número Dos.

Se objetará que una amplificación de las ordenanzas nass a través del iytihâd es inevitable desde el momento en que asumimos que el Dador de la Ley nos otorgó la sharî’a para cubrir cada acción imaginable y cada contingencia, y no meramente las acciones específicas y contingencias claramente definidas en el nusûs de las Dos Fuentes. Por consiguiente, nos vemos conducidos a concluir que la asunción anterior es errónea, y que la sharî’a nunca fue significada para cubrir algo más allá de lo que se ha estipulado en las actuales y precisas ordenanzas nass del Qurán y la Sunnah. Reducido a términos sencillos, esto viene a añadirse a la declaración de que el alcance normalmente atribuido a la sharî’a se encuentra demasiado lejos de lo querido por el Dador de la Ley: y ésta es mi Proposición Número Tres.

¿Una opinión revolucionaria? En cierto sentido lo es. Es revolucionaria en la medida en que va en la dirección opuesta al uso de los siglos —pero, por otra parte, no es en absoluto revolucionaria. Al contrario, se trata de una opinión muy ortodoxa y antigua —tan antigua, de hecho, que pasa por encima de algo más de mil años, más allá del conservadurismo de los auto-designados “guardianes de la fe”, más allá incluso de las primeras generaciones de estudiosos musulmanes, hasta el tiempo que nosotros consideramos como el más glorioso, el más verdaderamente islámico: el tiempo de los Compañeros del Profeta, el propio tiempo del Profeta.

Es una opinión dictada por la humildad: una opinión que se niega a creer que el Dador de la Ley pudiera haber omitido decir de un modo claro e inequívoco, en lo que se refiere a la ley, cualquier cosa que Él hubiese querido como ley: una opinión que se niega a aceptar que Al-lâh el Misericordioso y Su Apóstol concibieron la sharî’a del Islam como un rompecabezas, para ser resuelto laboriosamente por medio de una variedad de deducciones e inferencias: una opinión, para abreviar, basado en el concepto de que la sharî’a, concebida como la base eterna e inmutable de la vida musulmana, no puede haber sido hecha dependiente de ejercicios externos del intelecto humano falible; y que, por consiguiente, las ordenanzas nass del Qurán y la Sunnah —comparativamente pocas—constituyen la suma total de la sharî’a en su verdadero y eterno sentido.


Del libro This law of ours, ed. Dar al-Andalus 1987, pág. 64.

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