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Una experiencia en Tierra Santa

29/04/2002 - Autor: Sergio Murature (Argentina)
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Jerusalén
Jerusalén

Los judíos en el mundo entero acaban de celebrar el 59 aniversario de la Shoá —Holocausto— en los campos de exterminio nazis. Allí donde hay comunidades judías hubo celebraciones. La televisión israelí nos mostró la imagen de un Ariel Sharon compungido haciendo una ofrenda floral en el Memorial que, en el monte del Yad Vashem de Jerusalén, nos recuerda los horrores y las atrocidades a las que fueron sometidos los judíos por el sólo hecho de ser judíos.

Siempre que peregriné a Jerusalén me hice un tiempo para visitar el “Yad Vashem”, un parque de unas 80 hectáreas que, desde 1953, es el sitio obligado para que los judíos y turistas puedan reencontrarse con ese testimonio vivo del sufrimiento del pueblo elegido. En realidad, el Yad Vashem, es una larga muestra de hasta dónde puede llegar la crueldad y la locura humana y, como Memorial, es un llamado de atención que nos indica adonde podemos llegar si nos dejamos arrastrar por esa locura de la “limpieza étnica”. ¿No fue eso, acaso, lo que padecieron en carne propia casi seis millones de judíos?

“Yad Vashem” es una expresión hebrea tomada del profeta Isaías (56, 5) que hace referencia a “un Nombre y un Poder” y que recuerda a todo judío que, más allá del Holocausto, hay que seguir viviendo. En ese parque hay dos cosas que siempre me llaman la atención y a las cuales les dedico unos minutos para contemplarlas en silencio. Una, es la escultura en bronce debajo de unos árboles que representa al Prof. Janusz Korczak en un intento desesperado por salvar un grupo de niños del orfanato que él mismo había fundado en el Gueto de Varsovia. Esta acción solidaria con los niños ajenos le valió su condena a morir en la cámara de gas en Treblinka.

La otra escultura que me llama la atención y al lado de la cual siempre dejo una piedra, siguiendo la tradición judía, es una que cerca del Quel Yiskor (Sala del recuerdo) y en la que está representada una madre judía que, en actitud de impotencia y desesperación, se tapa sus oídos para no escuchar los gritos de sus hijos que son llevados a la cámara de gas. Una sobria placa en inglés le pone el nombre a la escultura: “Los gritos del silencio”. Este siempre ha sido mi lugar preferido de oración por el pueblo judío, tanto como el Muro de los Lamentos.

Los testimonios de los judíos que han sufrido en los campos de exterminio nazis, la historia, las novelas y las películas nos han puesto más o menos al tanto del horror de la limpieza étnica. La última guerra en los Balcanes –entre serbios, bosnios y croatas— nos ha hecho ver que las luchas étnicas no son cosas que se terminaron con la Segunda Guerra. Las atrocidades cometidas por Ariel Sharon y la derecha israelí al pueblo palestino, nos hacen pensar que, junto al Yad Vashem judío, pronto habrá que edificar otro para los palestinos.

¿Qué decir de la Basílica de la Natividad –a pesar de las ingentes negociaciones del Vaticano— se haya convertido en un objetivo militar del ejército israelí? No se trata sólo del valor histórico de las edificaciones que guardan el precioso tesoro del lugar del nacimiento de Jesucristo, sino de la peligrosa situación de las vidas de los religiosos franciscanos y de unos doscientos palestinos que allí aguardan un desenlace fatal. Los campos de refugiados palestinos en la Cisjordania se han convertido en la moderna expresión de los campos de exterminio nazis. A las madres que lloran sus niños asesinados por las balas del ejército israelí nos las vemos en bronce: las podemos ver en vivo y en directo a cada rato en la televisión.

Mientras se desarrolla este genocidio del pueblo palestino, y Sharon afirma que sus tropas no se retirarán de los territorios palestinos — por él ocupados— hasta que haya exterminado hasta el último terrorista, el sentimiento antisemita –aún no erradicado del mundo— ha crecido en todas partes. En lugar de vencer al terrorismo, Sharon –con métodos terroristas— no ha hecho más que engendrar terroristas no sólo dentro de Palestina sino ha puesto en evidente peligro a las comunidades judías dispersas en el mundo entero. Su política de ocupación, la locura de sus métodos, la falsedad de sus argumentos para defender en nombre de la autodefensa de Israel y así justificar la ocupación y la deliberada matanza de cientos de palestinos, van haciendo renacer aquellos sentimientos que no murieron con el término de la Segunda Guerra.

El aumento de la popularidad de Sharon entre los civiles israelíes nos tendría que llamar la atención acerca de si no nos encontramos con un pequeño pueblo que se cree superior y con más derechos que sus vecinos. Las declaraciones de Benjamín Netanyahu –ex Primer Ministro de Israel y perdedor en las elecciones ante Ehud Barak— en el Congreso de los EUA, en las que afirmó que “con o sin ayuda internacional, Israel continuará realizando —por su propia defensa— esta guerra contra el terrorismo palestino”, nos enfrenta a la grave y peligrosa realidad de estar a milímetros de una guerra que se extienda mucho más lejos de Palestina.

La Comunidad Europea —por estos días— ha estado considerando la posibilidad de aplicar sanciones económicas a Israel, el cual exporta el 47 % de sus productos a los países europeos. Las Naciones Unidas han emitido resoluciones —exigiendo el retiro del ejército de Israel de los territorios ocupados— que han sido ignoradas por el gobierno de Israel. Animado por los pequeños grupúsculos de los partidos religiosos de ultraderecha, gozando de alta popularidad entre sus coetáneos, sostenido por el guiño de Washington, ahora rebelde —e ingobernable— para el mismo Bush, criticado por la débil oposición del Partido Laborista israelí, envalentonado por su experiencia sanguinaria en el sur del Líbano, Ariel Sharon no sólo ha puesto en franco fracaso la misión del Secretario de Estado Powell, mantiene prisionero al Presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Yasser Arafat, en su residencia totalmente destruida, continúa humillando y asesinando palestinos, sino que, además, está suscitando odios a lo largo de todo el mundo.

Es una lástima que en el Yad Vashem, al colocar su ofrenda floral, Sharon no haya aprendido la lección de la historia. A no ser que quiera ser recordado —en otros monumentos y lugares— como aquel otro imitador de Adolfo Hitler, el mismo que llevó a su propio pueblo a la destrucción. Para ese momento, y ojalá no suceda nunca, quizá ya no existan israelíes que vayan a llevar piedras a su tumba ni palestinos que cuenten cómo fue la historia...

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