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Defensa de la Sharîa

22/04/2002 - Autor: Abdelkarim Osuna - Fuente: Webislam
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Shariah
Shariah

La Sharî’a es constantemente calumniada, reducida en las mentes de los consumidores de noticias a unas pocas normas bárbaras y sin sentido. Lo único que los occidentales saben de ella es que consiste en lapidaciones, cortes de manos, decapitaciones, latigazos... Pero la Sharî’a no tiene nada que ver con eso, sino con el establecimiento de una Ley de acuerdo con los principios de armonía que rigen la Creación, unos principios internos a las cosas, y no con una ley humana, fabricada por el hombre en función de los intereses privados de una raza o de una oligarquía.

Para comprender el sentido de la Sharî’a debemos referirnos en primer lugar a la revelación, al sentido de la profecía. La Palabra profética no puede ser equiparada a la palabra humana, sino que tiene su origen en lo anterior al hombre. La capacidad profética es la de hacerse recipiente de esa Palabra que brota de la propia Fuente de la existencia, una Palabra que no tiene que ver con ningún ego ni con ninguna casta (sacerdotal o laica) sino que es la concreción de la Voluntad il-lâhica. Nuestro amado Muhámmad (paz y bendiciones) fue escogido como transmisor de esa Palabra, y su carácter de profeta iletrado es una garantía de pureza, de que no estaba profiriendo ninguna opinión personal, ninguna doctrina, sino que le estaba siendo transmitida la única Palabra por completo verdadera.

Palabra verdadera es aquella que no representa el interés humano, que dice lo más inmediato de la tierra: es el Decir del mundo que está ahí, frente a la proyección del ego que todo discurso humano representa. El hombre sólo puede hablar de si mismo, en una tautología desesperada. La palabra humana se enrosca en si misma como una serpiente, se dice a si misma. Lo grave es cuando dicha tautología trata de explicar el mundo: acaba forzando a la realidad a adaptarse a ella. La ley concebida por los hombres romperá siempre el equilibrio natural, es una ruptura con la propia presencia de las cosas.

La palabra del ego es palabra que muestra un inter-es. El filósofo Emmanuel Levinas ha dicho: “El interés del ser se dramatiza en los egoísmos que luchan unos contra otros. La guerra es el gesto o el drama del interés de la esencia. Ningún ente puede esperar su turno”. El interés es el modo de organizarse la sociedad mecanicista, que rechaza la noción de que el hombre pertenece a algo anterior a él, que lo supera. Sobre las consecuencias de dicha actitud tenemos pruebas evidentes hoy en día: se trata de la depredación institucionalizada. Vivimos en un sistema basado en el interés de unos pocos frente a la mayoría de los hombres. Ese sistema se trata en crear nuevas necesidades, en generar ficciones que nos alejan de la realidad, para centrar nuestra atención las propias ficciones que genera. La ideología nace cuando lo que hombre desea se convierte en un fantasma, cuando la luz y el deseo se cruzan y toman caminos diferentes. Cuando se desea un cuerpo separado de la luz, ya se ha matado el cuerpo, no se lo puede tocar más que como objeto, como mercancía.

Frente a dar al-Harb (la casa de la guerra) se sitúa dar al-Islam (la casa de la paz). La casa de la guerra tiene como motor la competitividad y se basa en la idea de que "el hombre es un lobo para el hombre" (Hobbes), mientras que la casa del Islam se centra en la adoración, en el sometimiento de las criaturas a Aquel que rige la existencia. En la casa de la guerra son movilizadas todas las energías del hombre al servicio de las ideas y de la producción, para lo cual se exacerban las pasiones y se crea una insatisfacción constante. Frente a ello, la Sharî’a es el mecanismo por el cual se consigue una sociedad pacificada. No representa el interés de unos pocos, ni siquiera el interés del hombre o de la humanidad en bloque, sino que afecta al conjunto de la existencia: a los árboles, las piedras, los pájaros, los ríos, etc. La Sharî’a es el método de canalizar nuestros apetitos hacia la satisfacción, conduce a la contemplación activa y el desarrollo de nuestra naturaleza más noble como norma de vida. Su asunción es paralela a la noción del ser humano como criatura noble en esencia, que ha recibido el don de la vida del propio Creador, y tiene por misión esencial el cuidado del mundo.

El sentido de la Sharî’a está, por tanto, muy alejado de lo que siempre nos muestra la prensa occidental. La verdad de la Sharî’a está en el Talión, en la Ley de la Balanza, de la equivalencia entre una transgresión y lo necesario para el reestablecimiento del equilibrio roto en el seno de la comunidad. Se trata de un problema de energías, de una concepción al mismo tiempo racional y orgánica de la Ley. No se trata nunca de castigar sino de reestablecer un equilibrio, de devolver las cosas a su cauce. El ladrón se perjudica a si mismo y perjudica a la persona a la que roba, por el hecho de que no realiza un esfuerzo para ganarse la vida. El beneficio sin esfuerzo es una transgresión de la naturaleza, desvirtúa la veracidad de cualquier logro. El ladrón no se realiza a si mismo cuando roba, sino que huye de enfrentarse al problema de cómo ganarse la vida dentro de los marcos precisos de la Sharî’a, con lo cual no existe robo en el caso de que sea imposible el ganarse la vida rectamente. La usura está prohibida por lo mismo, porque representa un beneficio sin esfuerzo, sin el necesario despliegue de energía. La usura atrofia al hombre, no le permite desarrollarse rectamente. En la naturaleza del hombre no están el robo ni el ejercicio de la usura, sino la tendencia a alcanzar la máxima nobleza, aunque muchos se nieguen a aceptar ese carácter noble y prefieran ver al hombre como un ser abyecto.

Se trata de una concepción física de la Ley y los procesos internos a las cosas, muy alejada de cualquier aspecto abstracto, de cualquier moral o ideología. La Sharî’a es la concreción para el hombre de la propia Ley Eterna que crea la existencia. Aunque eso sea difícil de comprender en un primer momento, no cumplir con la Sharî’a equivale a no salir el sol o al no girar de los astros en el firmamento. Equivale a la decisión del árbol de no dar hojas o del viento de no transportar las nubes. Sólo el hombre tiene esa capacidad de romper con la naturaleza, de ir contra si mismo y contra la Creación entera. Ajustarse a la Sharî’a es ajustarse a uno mismo, centrarse en lo que uno verdaderamente es, lo cual conduce a unos niveles de comprensión e intensidad que en otro caso permanecerán velados.

La tarea de cada generación de musulmanes es la de aplicar la Ley Eterna al conjunto de la sociedad, de un modo orgánico, racional y consecuente con los principios de justicia y equilibrio. No se trata de retroceder a las concepciones legales del pasado sino de recuperar el sentido natural de la Sharî’a como el camino hacia la Fuente manantial de la existencia. Ese es, precisamente, el significado de la palabra árabe Shara: camino hacia un manantial. Sólo desde la recuperación del marco comunitario es posible el establecimiento de la Sharî’a, y no desde un estado central que tiene a su servicio un grupo de “expertos religiosos”. Aquellos que se quieren apoderar del Islam como de un bien propio suelen decirnos que la Ley es algo complejo, que hay que dejarla a los expertos, pero la verdad es completamente opuesta, según lo afirma Muhámmad Asad:

La sharî’a como tal es concisa, clara y precisa, y permanece abierta a toda mente sana y madura. En contraste con esto, nuestros auto-denominados “guardianes del Islam” nos dicen ahora —como han estado diciéndonos durante siglos— que la sharî’a es algo demasiado complejo para el hombre común. Existe, por otro lado, abundante evidencia de que el Dador de la Ley la concibió como accesible a la comprensión directa de cada creyente, ya que representa la ideología en que la vida del creyente debe estar conscientemente basada. Por consiguiente, la complejidad actual, y en los siglos pasados, inherente al concepto convencional de la sharî’a debe resolverse de algún modo en la simplicidad.

This law of ours, ed. Dar al-Andalus 1987, pág. 64.

Cuando los occidentales accedemos al Islam solemos hacerlo con un conocimiento muy limitado de la Sharî’a. En la mayoría de los caso hemos sido llevados por un deslumbramiento, por la revelación de la Majestad del Creador y de Su Dîn primigenio, pero en pocos casos se tiene un conocimiento profundo del Islam. Es normal que los conversos estemos influidos por lo que se dice en nuestros países, e incluso que algunos piensen que es necesario adaptar las leyes del Islam a los tiempos modernos...

Ese tipo de ideas modernistas son, precisamente, las que han conducido a una fractura con la tradición tal y como vemos en estados como el Saudí, en el cual se aplica la concepción del reformista Muhámmad ibn Abdel Wahhab. Los modernistas se preguntan como el estado puede aplicar la ley islámica a los tiempos modernos, pero pocas veces se dan cuanta de que la idea moderna del estado es incompatible con la Sharîa, convertida en instrumento de un poder central. El reformismo es la ruptura con la concepción orgánica del Islam, donde todo está unido e imbricado. Es esa ruptura con el Islam tradicional la que ha conducido a la presente situación, a esas corrientes llamadas fundamentalistas, y a la confusión en que muchos musulmanes se encuentran, pues ellos identifican esas concepciones con la ortodoxia, y a los reformistas con los “guardianes de la fe”. Pero en verdad el wahhabismo y otras corrientes similares son una clara anomalía en la historia del Islam, productos de la desorientación que se sumió sobre el mundo islámico en el momento de su doble destrucción por los mongoles y el colonialismo, tal como vemos también en el caso de Ibn Taimiya.

En este sentido, el verdadero problema es el de la confusión entre la Sharî’a, tal y como nos la transmiten el Corán y la Sunna, y unas escuelas de jurisprudencia puestas al servicio del Estado. Esa confusión es un grave error, que hace que muchos musulmanes crean estar defendiendo la Sharî’a, cuando en verdad están defendiendo unas leyes creadas por el hombre en un contexto histórico preciso, con la base mitológica de la recuperación del Islam de Medina. De este modo lo único que se consigue es servir de tapadera a un sistema de gobierno que poco tiene que ver con el Islam, y mucho con el Kufur.

Frente a estas corrientes, nosotros optamos por retornar al Corán y a la Sunna de nuestro amado Sidna Muhámmad (paz y bendiciones), para damos cuenta de que no existe ninguna necesidad de cambiar nada de la Sharî’a porque ella es perfecta en si misma, tal y como nos ha sido entregada por Al-lâh subhana wa ta’ala. Las pretensiones de los modernistas son absurdas, pues no hay ninguna sensatez en querer cambiar la Ley eterna, en no establecer la salat cinco veces, en no ayunar en el mes de Ramadán, en no prohibir la usura, en no reconocer como lícitas todas las vías de acercamiento al Absoluto, en no crear mecanismos eficaces para erradicar la pobreza, en no convocar a la ashura para todas las decisiones que afectan a la comunidad... en no aplicar, en fin, la Sharî’a como un conjunto orgánico, un todo indisoluble. Las prescripciones coránicas y la sunna del Profeta, paz y bendiciones, sobre el matrimonio, sobre la familia, sobre la guerra y el comercio, etc, son tan perfectas que su cumplimiento estricto es el único horizonte posible para el logro de una sociedad pacificada.

La actualidad de la Sharî’a es absoluta, en el sentido de que las leyes de la existencia son las mismas ahora que en el momento del descenso de la revelación coránica. Lo que marca la salida del sol y los ritmos de la naturaleza es invariable. De hecho AHORA es el momento del descenso, justo en el instante en que el hombre se centra en la adoración y en el recuerdo, y es capaz de hacerse recipiente de la Palabra que desciende. La perfección del Mensaje transmitido por Muhámmad, paz y bendiciones, es un hecho que no deja de conmover lo más profundo que hay en cada uno de nosotros. Poco a poco nos vamos dando cuenta de que la Sharî’a no es una ley externa a la que debamos conformar nuestros pasos mediante un esfuerzo contra-natura, sino de que el esfuerzo en dirección a la Sharî’a está lleno de regalos impensados. Se trata de un esfuerzo por alcanzar el propio ritmo de crecimiento consciente de toda criatura, en recobrar nuestra capacidad de proyectarnos hacia el infinito. Mientras más nos centramos en la Sharî’a más nos centramos en nosotros mismos, más nos hacemos capaces de compartir y de saborear la creación maravillosa de Al-lâh el Altísimo.

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