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Tres súbitos: la presencia, el instinto, lo cotidiano...

15/04/2002 - Autor: Huseyn Vallejo - Fuente: Webislam
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Vida cotidiana
Vida cotidiana

La presencia

Si el hombre está en apertura simbólica ve a Al-lâh resplandeciendo en todo lo visible. Él es el Evidente, que esconde Su corazón a la mirada mientras ofrece el Signo en que palpita. Los cambios de este mundo no alteran Su secreto interior y las calamidades envia­das por el Cielo no hacen que el fuego de su amor se aleje.

El Qur’án es el lenguaje de los Signos tal y como se deja escuchar, es el lenguaje de la escucha, de la actitud atenta a lo completamente Otro. El Qur’án no es accesible a aquel que habla, pero tampoco es accesible únicamente al que escucha; siendo recitación, tan solo existe como algo verdadero para el oidor que concentra su potencia en el acto conjunto del Decir y de la Escucha. Ese acto conjunto es participación pasiva en la recepción y activa en la rememoración de la Palabra.

Igual que hay una suma atención que desenmascara lo mundano, y que conocemos como contemplación, existe una suma actitud de Escucha que nos sobrepone al ruido y nos abre al Decir de lo inmediato, a la música sutil y silenciosa del acontecimiento, de lo que sobrevuela los discursos y el trasiego. Dicha suma atención a la Palabra anterior a la palabra hoy en día nos es imprescindible, pues de otro modo nuestro lenguaje derivará en consumo, se perderá en su juego.

Lo propio del arif es escuchar los Signos, estar atento al aflorar del símbolo. Para el arif llega un momento en el cual todo simboliza, y ya no puede ver las cosas como cosas sino como portadoras de un Mensaje. Nada de lo que pueda pasarle es casual y todo se abre a la interpretación y a la visión del mundo como el lugar de la teofanía, del desglose de ese universo escatológico que se expresa en el Libro.

Toda presencia se convierte en espejo de una realidad intangible en la cual se halla inscrito. Dicha realidad intangible —pero sensible— que le es propia es asimismo espejo, se refleja en el mundo interactuando. El arif tiene la pretensión de actualizar el Libro, o aquello del Libro que le es propio, del mismo modo que el Profeta — sâllal-lâhu ‘alâihi wa sâllam — fue enviado para actualizar la totalidad del Libro (por eso su esposa Aixa decía de él que era el Qur’án con piernas).

El habitar en el mundo del mum’in es doble: por un lado le es necesariamente la contemplación de las realidades simbólicas del Libro en el devenir, y por otra parte es necesariamente activo, pues le es necesario interactuar para propiciar el cumplimiento del símbolo, su plenitud en la vivencia.

El mum’in ha hecho del Qur’án un puro símbolo de la presencia, de la posibilidad de que el Decir del mundo como un todo se le haga presencia constante, le revele constantemente su sentido. Al reflejarse en el Libro se proyecta en ese universo simbólico capaz de donarle con precisión la llave de donde se encuentra, de que lugar ha alcanzado en su camino hacia la realización del universo escatológico. Vivir en el Libro es participar de la naturaleza simbólica, es transitar los estados y aparecer en las genealogías, reconocerse en sus letras. Ese universo es para él lo único que tiene ya sentido, pues es a través suyo que se producen la conquistas espirituales, las iluminaciones, los acontecimientos teofánicos, las apariciones de luz y los fotismos.

Hemos utilizado la palabra sentido con plena conciencia: no se trata meramente de un significado (una significación captable por el raciocinio) ni una sensación (captable por la sensibilidad), sino de algo realmente sentido que engloba ambos aspectos: una sensibilidad del raciocinio que nos lleva a ver el mundo como un todo simbólico que fluye, donde estamos inscritos plenamente.

El instinto

Hemos comprobado que las palabras del Qur’án se hacían resplandor a la lectura del instinto, al instinto que le dice al hombre que él es un signo para los otros hombres, parte de la revelación. El hombre es una aleya que transita y come, que se sigue a si mismo cuando sigue los signos, cuando busca realizar su naturaleza simbólica en el todo.

Hemos comprobado como fluyen y arden los sonidos, como se entregan a una recitación que fluye y que arde, a la lectura del que busca sin saber el como, del que se abre a lo insondable como un animal hacia el pecho de su madre. Verbo insondable pero que ilumina, destinado a ti mismo, a tu espontaneidad de criatura.

Poseer el instinto que nos capacita para recibir la Palabra revelada es emprender el vuelo de la abeja hacia la miel que liba, es postrarse como el girasol ante el ocaso, flotar como la niebla, recibir un orgasmo como goce y encuentro, jamás como aventura.

La revelación es aquello que dice que la piedra es piedra en su vínculo espacial de criatura, del mismo modo que la montaña es montaña y la abeja es símbolo del siervo.

Instinto de arder y renacer de mis cenizas.
Instinto de consumar la unión, de poseer la vida.
Instinto de perdurar en la Unidad del Uno,
de ser polvo en Su seno.
Instinto de fluir como un río, llover como la lluvia,
ladrar y lamer como un perro, de hablar como un poeta.
Instinto de existir, de respirar y en la respiración hallar la vida
que se expande y se contrae.
Instinto de tocar, palpar los cuerpos de las cosas,
de acariciar la luna y de comer los frutos.

El concepto de la tierra como madre, nutriente y portadora, está asociado al animismo, a ese conocimiento instintivo que nos lleva a hablar con todo, a vincularnos a las cosas como seres vivos. La tierra como madre solo es habitada por aquellos que han comprendido que la diferencia entre el espíritu y la materia es la mentira agonista de una casta, que es en la madre donde crece el grano, y el nacimiento es paso de las aguas.

Arquetipos eternos de un mundo subterráneo, ceremonias de arena, instintiva manera de tocar el mundo, instintiva manera de postrarse...

Instinto de vaciarse, de defecar y perecer durmiendo,
de despertar del sueño hacia otro sueño.
Instinto de acceder al interior del mundo
con la única luz de nuestro instinto libre de todo lo mundano.
Instinto libre de ataduras, instinto vital del conmoverse,
de emocionarse al ver aparecer la aurora como signo,
de contemplar los amplios paisajes cuando llueve,
de dormitar sobre la hierba, de sublimar el sabor de los frutos,
de temblar y adorar y abrazar y besar y estar de luto.
Instinto del camino recto, instinto de postrarse.

Lo cotidiano

¿Cómo puede haber fulgores en lo extraño? En lo extraño andamos errabundos, buscándonos a tientas. Los fulgores de lo desconocido no pueden recibirse plenamente, su súbito disipa la pista de los peces, la suavidad despierta a la osamenta, pero al cesar no dejan más que humo... Sólo en lo conocido, en lo perfectamente cotidiano, el fulgor se retuerce y espejea, nos devuelve del súbito al reposo, del mundo a la morada.

Punto de intersección entre el saber y el no saber, lo cotidiano irradia una ternura capaz de dar cabida a un nombre. La convivencia pide ser nombrada, que las cosas adquieran un nombre, aunque sea meramente geográfico: “la mesa de la cocina”, “la puerta de la casa”, “el pasillo de la entrada”, “el camino recto”, “la ventana del cuarto”...

Vivencias transparentes donde lo que sucede no me sucede a mi, sino a nosotros, lo cotidiano envuelve y alimenta la ternura. Un nosotros en movimiento, que requiere de un nombre como espejo, de un nombre para hacer de la fiesta fiesta dialogada. No se trata de un nombre que separa, identitario, sino de una señal para el abrazo.

La asombrosa presencia del cuerpo de la esposa,
de la música intacta, que no ha sido tocada.
La asombrosa paciencia del espejo, del mar y de la luna,
juntos y a la deriva, traspasados de rahma.

Pero el hombre se niega a aceptar el asombro cotidiano, la imagen de su cuerpo cubierto de piel y reposando o cocinando. El asombro ante el paisaje está permitido, incluso estipulado. Muchos hombres tienen que viajar al Gran Cañón del Colorado para percibir el asombro, o subir mil escalones hasta el Machu Pichu. Tienen que ver la niebla disipada ante un amanecer de asombro. Tienen que designar como asombroso aquello que es extraño a su vivencia cotidiana.

Pero el asombro nace del hecho de estar vivo, del puro hecho de la vida. Ha sucedido con el asombro la misma idolatría que con lo sagrado, los mismos mecanismos de apropiación y de dominio. Se organizan excursiones, se parcela el asombro, se le da un lugar concreto donde es probable que suceda, donde se hace normal y permisible. Ese asombro se compra y se vende, no la experiencia primordial de la criatura, la percepción de que está vivo, de que existe el instante aquí y ahora en que toma esta taza de café.

El asombro es la señal de nuestra pertenencia a algo más grande que nosotros, de una pertenencia que es la propia vida. Estar vivo es ir hacia las cosas con la boca abierta de admiración, y con las manos llenas de ternura.

La sombrosa dulzura de los dulces,
el asombroso sabor a leche de la leche, a sangre de la sangre.
Lo asombrosamente caliente que está el fuego,
lo seco de la sed, lo húmedo del agua.
Lo asombrosamente callada que está la piedra incluso cuando habla,
cuando deja salir de si ríos de agua potable.
La asombrosa belleza de lo feo, mirado con los ojos de lo puro,
lo unido de lo roto, lo unido que no se sabe unido.
La asombrosa eficacia del llanto y de la risa.

La cotidiana paciencia de la mesa, su persistencia en no dejar caer la taza de café, en dejar reposados los vasos y los cubiertos, en mantenerse a flote en las galaxias, con la precisa consistencia de ser mesa.

La asombrosa dulzura de la “mesa de la cocina”, y su sabor a leche derramada...

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