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Sobre la lengua de los pájaros

08/04/2002 - Autor: José Ángel Valente - Fuente: Webislam
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José Ángel Valente
José Ángel Valente

Toda experiencia extrema del lenguaje tiende a la disolución de éste. Como tiende la forma a su disolución en toda experiencia extrema de la forma. La forma en su plenitud apunta infinitamente hacia lo informe. En rigor, su plenitud sólo consistiría en significar lo informe y en desaparecer en ese acto de significación. De ahí que la última significación de la forma sea su nostalgia de diso­lución. El propio movimiento creador, el Ursatz, el movimiento primario, que podría ser otro aspecto o nombre de lo Único, o del Único o de la Unicidad, opera la abolición infinita de las formas o su reinmersión en el ciclo infinito de la formación.

Ese proceso, en la visión sufí del mundo, y más pertinentemente en la cosmovisión mística de lbn ‘Arabî, se sitúa entre las nociones de fanâ (aniquilación) y baqá (perpetuación). «La desaparición de una forma en su fanâ se produce en el instante de la manifestación de Al-lâh en otra forma.» (Sabiduría de los Profetas). Disolución perpetua de las formas en lo divino, que también concibe a su vez la teología griega no antropomorfista como ajeno o indiferente a la forma y, por supuesto, a la figuración.

En la experiencia de los límites últimos del len­guaje concurren el poeta y el místico. Establecidos ambos en esos límites, no hay, por lo que a la naturaleza y operación de la palabra poética se refiere, diferencias discernibles entre uno y otro. De ninguna forma extrema de experiencia poética —y sólo éstas interesarían a nuestro propósito— podría no predicarse lo que en su bella introducción a los poemas místicos de Hussein Mansur al‑Hallâj (857‑922) predica de aquéllos Sami‑Ali, su más reciente traductor en lengua francesa: «La poesía es, en Hallâj, la forma suprema que, provisionalmente, justo antes del silencio último, toma el pensamiento cuando ha de sobrepasarse en lo insobrepasable».

Pero la palabra poética sólo se cumple o se sustancia en ese borde extremo del silencio último que ella integra y en el que ella se disuelve. No tiene esa palabra más territorio propio que el descrito en esta bellísima expresión de Hallâj: «Los desiertos de la proximidad». Palabra, pues, del límite, del borde o de la inminencia, la palabra poética no es propiamente el lugar de un decir, sino de un aparecer. El poema, al igual que el Señor del oráculo, no dice, no afirma ni niega, sino que hace signos; significa, pues, lo indecible, no porque lo diga, sino porque lo indecible en cuanto tal aparece o se muestra en el poema, lugar o centro o punto instantáneo de la manifestación. Por eso el poema, la palabra poética o el lenguaje poético no pertenecen nunca al continuum del discurso, sino que supone su discontinuación o su abolición radical. Y de ahí que sea de la naturaleza de la palabra poética quemarse o disolverse en la luz o en la transparencia de la aparición.

Lugar el poema donde se cumple la nostalgia de la disolución de la forma, donde el lenguaje queda en suspenso (un no sé qué que quedan balbuciendo), detenido o deslumbrado por lo que en él se manifiesta, y donde, junto con el lenguaje, entran en su disolución o en su fanâ las nociones de espacio y de tiempo o la noción del sí mismo o del yo.

Tal es la experiencia extrema del lenguaje en la que el poeta y el místico concurren y que tal vez no haya encontrado expresión más tensa y unificada que el siguiente poema de Hallâj:

Con el ojo del corazón vi a mi Señor
Y Le dije: ¿Quién eres Tú? Y El me respondió:
¡Tú!
Pues para Ti “donde” no es un lugar
Y allí donde Tú estás no hay “donde”
De Ti no tiene la imaginación imagen
Para poder saber dónde Tú estás
Tú que contienes todo “donde”
A modo de “no donde” ¿dónde estás Tú?

Al igual que el lenguaje queda abrasado o disuelto en la luz o en la transparencia de la aparición, así queda el yo vidente abrasado o disuelto en la transparencia de la visión, en «un estado en el que todas las fuerzas de la conciencia se aúnan / volviéndose hacia una visión que aniquila a todo vidente». Y todavía: «Errante en los desiertos de la proximidad ... / Y en la proximidad, la visión de mí se ausentó de mí / Tanto que olvidé mi nombre».

Discontinuación del discurso y del tiempo, ritmo de relampagueante aparición y de cesación de todo (cesó todo y déjeme), de radical suspensión del lenguaje (recuérdese que formas poéticas como el haikú tienen, según entiende Barthes, por finalidad sustancial no generar o provocar lenguaje, sino suspenderlo), el ritmo natural o último de lo poético sería en el caso del Corán el subyacente en la discontinua estructura, en la abrupta composición, en las consonancias y disonancias del texto sagrado. «La esencia de at‑tawhid contemplación de la divina unidad está —escribe Titus Burkhardt— más allá de las palabras: se revela en el Corán por súbitos y discontinuos destellos.»

Cabría decir que el mundo islámico es en su desarrollo espiritual, cultural e histórico una larga, prolongada textura de citas coránicas. La importancia y la absoluta presencia ornamental del arte caligráfico testimonia manifiestamente en ese sen­tido. De ahí que cuando trata de sintetizar el elemento constituyente del arte arábigo‑islámico, Burkhardt recurra casi a los mismos términos de que se sirve para caracterizar el funcionamiento de la palabra en el propio texto revelado: «Una súbita cesación del tiempo, una inmovilización de todo movimiento en el relampagueante destello del puro presente».

La asociación de lo que aquí hemos llamado ritmo natural de lo poético a los textos sagrados es una segunda vía de religación entre el poeta y el místico. La lengua poética ha sido la lengua originaria de lo sagrado en todas las tradiciones. En la tradición islámica es, según recuerda René Guenon, la lengua que hablaba Adán en el Paraíso. Lengua primordial, lengua de la revelación solar, la palabra poética correspondería, en las formas de experiencia extrema que aquí hemos considerado, a lo que en el Corán se llama la lengua de los pájaros.

«Y Salomón fue el heredero de David y dijo: Oh hombres, se nos ha enseñado la lengua de los pájaros y todas las gracias se han derramado sobre nosotros» (27, 15).

Lengua en la que se ha operado la destrucción del sentido y la suspensión del tiempo: la del ave inextinguible de la cántiga CIII de Alfonso el Sabio.

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