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La afinidad que nos acerca

01/04/2002 - Autor: Yalaluddin Rumi - Fuente: Webislam
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Rumi
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En el nombre de Al-lâh, el Compasivo, el Misericordioso

— Mawlânâ no habla, dijo cierta persona.

— Es mi imaginación, dije yo, la que ha atraído a esta persona sin decirle: «¿Cómo estás?» o «¿Cómo te encuentras?». La ha atraído sin palabras. ¿Es extraño que mi realidad la atraiga así y la lleve a otro lugar? La palabra es sombra de la realidad y accesorio de ella. Si la sombra atrae, con mayor razón atraerá la realidad. La palabra es un pretexto: lo que atrae al hombre hacia el hombre es la afinidad que los acerca y no la palabra. De nada sirve ver cien mil milagros y prodigios si no se goza de esta participación de profecía y santidad. Esta correlación es la que produce la fiebre y la inquietud. Si en la paja no hubiese una parte de ámbar, ella nunca iría hacia el ámbar; una y otro tienen una homogeneidad invisible y oculta. Imaginar cada cosa es lo que impulsa al hombre hacia esa cosa. Imaginar el jardín dirige al hombre hacia el jardín, imaginar la tienda lo dirige hacia la tienda.

Pero estas imaginaciones son engañosas: tú vas a cierto lugar; después lo lamentas y dices: «Imaginaba que estaba bien, pero no era verdad». Estas imaginaciones se parecen a velos, y alguien se oculta tras cada velo. Cada vez que se disipa la imaginación y las verdades se muestran sin velos, es la Resurrección, no puede existir pesar en ella. Cada realidad que te atrae es sólo esa realidad y rio otra; siempre es la misma. «El día en que los secretos se pongan a prueba», (13) Decimos en verdad que la cosa que atrae es una, pero parece múltiple. ¿No ves que los deseos del hombre son diversos? Dice uno: «Quiero comer tutmash, (14) burak, (15) halva, (16) qeIya, (17) fruta, o dátiles». Al oído, estos platos difieren, pero el origen es único: su apetito. Una vez saciado, dice: «Nada deseo ya». Es evidente que había una sola cosa, y no diez ni cien, en el origen de su deseo.

«No los hemos puesto a los malaika guardianes deI fuego en ese número sino para tentarlos»: (18) esta multiplicidad de las criaturas es una puesta a prueba: así se dice que éste es uno y aquellos cien, que el santo es uno, pero los hombres múltiples: ¿no es ésta una gran prueba? «No los hemos puesto en ese número sino para tentarlos.» Gente sin manos, sin pies, sin inteligencia y sin alma, que se mueven como por un sortilegio y como mercurio; dices que son sesenta, o cien, o mil, y que éste es uno; pero realmente ellos son nada, y es éste quien es mil, y cien mil, y miles de millares.

«Son poco numerosos cuando se les cuenta, numerosos cuando actúan». (19)

Cada profeta es único en este mundo
Ha atacado el ejército real como único jinete
Alejaos del engañoso espanto
Por sí solo ataca a un mundo.

Cierto rey dio la ración de pan de cien hombres a un sólo soldado y su ejército se lo reprochó. El rey se dijo:

— Un día llegará en que comprendan la razón de esta preferencia.

El día del combate, todo el ejército huyó y sólo combatió este soldado.

— Mirad, dijo el rey: ésta era la razón de mi elección.

El hombre debe purificar de todo prejuicio su facultad de discernir y buscar un amigo religioso, pues la religión es el conocimiento del amigo. Pero cuando el hombre pasa su vida con gente sin discernimiento, su juicio se embota y ya no puede conocer al amigo religioso. Tú alimentas tu cuerpo, cuando el principio del ser humano es el discernimiento del que este cuerpo carece. ¿No ves que el loco está privado de discernimiento aunque tenga manos y pies? El discernimiento es el sutil sentido que te anima: pero tú te agotas día y noche alimentando lo que carece de discernimiento y pretendes que el discernimiento depende de ello. ¿Cómo puedes ocuparte sólo de tu cuerpo descuidando el discernimiento? El cuerpo existe gracias al discernimiento, pero no a la inversa. Esta luz brota de los ojos, de los oídos, etc. Sin estas aber­turas, se inventaría otras ventanas. Tú pones una lámpara ante el sol y pretendes ver el sol mediante esa lámpara. ¿Para qué necesi­tas una lámpara? ¿No se muestra el sol por sí mismo sin necesidad de ella?

Es preciso no perder la confianza en Al-lâh: es el comienzo del camino seguro. Si no caminas por esta senda, conoce al menos el comienzo del camino y no digas: «He cometido faltas». Esfuérzate por ser siempre recto y nada tortuoso te desviará. La rectitud es la vara de Moisés, y lo tortuoso es la magia. Tan pronto como se manifiesta la rectitud, ésta devora cualquier magia. Si hacéis el mal, os lo hacéis a vosotros mismos. El daño no alcanza a Al-lâh.

Un ave se ha posado en la cima de una montaña;
y ha levantado el vuelo.
¿Qué ha perdido o ganado la montaña con ello? (20)

Cuando eres recto, desaparece todo lo tortuoso. Nunca pierdas la esperanza.

Asociarse con los reyes no amenaza la vida que, antes o después, se pierde. El peligro está en otra parte: cuando aparecen los reyes; cuando, semejante a un dragón, su alma carnal (nafs) se ha fortalecido, quien se asocia con ellos y pretende su amistad y sus favores tiene que mostrarse necesariamente de acuerdo con sus opiniones; acepta en su corazón sus frases aviesas sin poder oponerse a ellas. Y ahí está el peligro: en el perjuicio que esta sumisión puede causar a su religión. Cuando te pones de parte de Al-lâh, se te hace extraño lo esencial. Mientras sigues esta dirección, tu Amado se aleja de ti. Y mientras mantienes buenas relaciones con las gentes de este mundo, el Amado está airado contigo. «Si ayudas a un tirano, Al-lâh hace que ese tirano te domine.» (21) Ir hacia él implica el mismo dominio. Al final, cuando adoptas esa dirección, Al-lâh hace que él te domine.

Es lástima llegar al mar para sacar de él sólo un cántaro de agua, cuando en él se encuentran perlas y cien mil cosas preciosas. ¿Qué valor tiene el agua? ¿Y de qué se glorifican los sabios? ¿Por qué lo hacen, cuando todo el universo es espuma sobre el mar? Este mar es el conocimiento de los santos. ¿Dónde se encuentra la Perla? Este universo es espuma llena de ramillas. Por el movimiento de las olas y el hervor del mar, esta espuma reviste una cierta belleza.

«El amor de lo apetecible aparece engalanado para las gentes: las mujeres, los hijos, el oro y la plata atesorados, los caballos de raza, los ganados y los campos de cultivo. Todo eso es breve disfrute de la vida presente.» (22)

Al-lâh dice «engalanado» para mostrar que esas maravillas no son hermosas en sí mismas; su belleza es prestada y tiene otro origen. Es una moneda falsa recubierta de oro, y el mundo, como un copo de espuma, es esta moneda, falsa y carente de valor, pero que nosotros hemos recubierto de oro. Éste es el sentido de las palabras «engalanado para las gentes».

El ser humano es el astrolabio divino, pero se necesita un astrónomo que conozca bien el astrolabio. ¿Qué interés, si posee uno, podrá sentir por el astrolabio el vendedor de verduras y especias? ¿Y qué le revelará ese astrolabio sobre el estado de los cielos, su rotación, o las influencias y movimientos de los astros? El astrolabio, en cambio, presenta una gran utilidad para el astrónomo, pues, «quien se conoce a si mismo, conoce a su Señor». (23)

Lo mismo que este astrolabio de cobre es el espejo de las esferas, es igualmente astrolabio de Al-lâh el ser humano, del que Al-lâh ha dicho «Hemos ennoblecido a los hijos de Adán».(24) Cuando el Altísimo se ha dado a conocer al hombre y lo ha hecho consciente de Él, este hombre, en el astrolabio de su propio ser, ve en cada instante, en cada momento, la irradiación de Al-lâh y su Belleza, sin igual en ninguna otra. Y esta Belleza nunca está ausente del espejo.

Al-lâh tiene servidores revestidos de sabiduría, conocimiento y gracia, aunque la gente carezca de la visión que les permitiría verlos. No obstante, a causa del extremado celo (de Al-lâh), estas gentes se engalanan, como dijo Mutanabbî.

No llevan sedas estampadas como adorno,
sino para preservar su belleza. (25)


Notas
(13) Corán, LXXXVI, 9; se trata del Día del Juicio.
(14) Especie de sopa hecha con pastas y leche cuajada desecada.
(15) Sopa hecha con yogur y ajo.
(16). Especie de repostería.
(17). Carne frita.
(18). Corán, LXXIV, 31.
(19). Cita (libre) de un hemistiquio del célebre poeta árabe al‑Mutanabbî (siglo X d. de J.‑C.) Véase su Dîwân. éd. du Caire, I pág. 237.
(20). Segunda parte de un cuarteto de Rûmî cuya idea se encuentra ya expresada en un poema atribuido a Ferdusî.
(21). Tradición profética recogida en Kunûs aI‑Haqâiq de ‘Abd al‑Rauf al­Munawî, éd. de lInde, pág. 123.
(22). Corán, III, 14.
(23). Tradición atribuida por Rûmî al Profeta, pero que se aplica generalmente a Alî.
(24). Corán, XVII, 70.
(25). Cita de al‑Mutanabbî, Dîwân II, pág. 158.
De El libro interior (Fihi-ma-Fihi), ed. Paidós, págs. 31-35, según la edición francesa de Eva de Vitray-Meyerovitch.
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