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Lapidación: Quien está libre de culpa...

01/04/2002 - Autor: Ahmed Lahori - Fuente: Webislam
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Safiya Huseini
Safiya Huseini

El caso de Safiya Huseini ha acabado felizmente con su absolución de todo cargo. No debemos, sin embargo, mostrar una alegría definitiva, sino más bien nuestra preocupación de que la lapidación siga siendo una posibilidad entre los musulmanes. Debemos denunciar sin reservas dicha práctica como totalmente contraria a aquello que Al-lâh el Altísimo nos ha enseñado en Su Corán Generoso. La lapidación no es Islámica, digan lo que digan los juristas de Arabia Saudí, de Irán o de Nigeria, que representan mucho más al estado represor que les paga que no a Al-lâh el Altísimo.

Una vez resaltado con toda claridad que no se menciona en el Corán, la pregunta pertinente es: ¿cómo explicar que esa pena sea practicada entre musulmanes? ¿cómo puede ser que algunos juristas contradigan tan descaradamente la Palabra de Al-lâh?

Sin querer extendernos sobre el tema, recordaremos que la lapidación fue aplicada por ‘Umar ibn al-Jattab, segundo califa del Islam, en un momento en el cual el Corán aún no había sido recopilado tal y como hoy lo conocemos. La tradición de ‘Umar hizo que pasara a los códigos de jurisprudencia, enfrentándose al hecho de que no fuese una prescripción coránica. Cuando los juristas posteriores se dieron cuenta de la contradicción que suponía, trataron de hacer inviable su aplicación, mediante unas fuertes restricciones. La lapidación se hizo casi imposible, pero no fue eliminada de los códigos de jurisprudencia.

El carácter abierto del dîn del Islam imposibilita toda uniformización, y nos aboca a una multiplicidad de interpretaciones de la Palabra revelada. Dado que el Islam prohíbe el clero, y es contrario a toda doctrina y dogmatismo, los ulemas ejercen la función de delimitar lo que es o no es una ortodoxia, evitando el caos de interpretaciones de la Palabra de Al-lâh en materia de jurisprudencia. Tal vez aquí se impuso la prudencia, y no se quiso empezar a cambiar las leyes por miedo a destruir la estructura jurídica del Islam, tan arduamente conseguida. Dado que todos los jueces saben perfectamente que se trata de una anomalía, es natural que no hayan habido prácticamente casos de lapidación en la historia del Islam... hasta el siglo XX, donde el orden tradicional se ha visto profundamente alterado, con la introducción de un sistema estatalista, encaminado a ejercer un monopolio en materia de religión y economía.

La prudencia tradicional de los ‘ulemas se ha convertido en el modo por medio del cual el Estado trata de domar la fuerza revolucionaria del Islam, convirtiéndolo en un instrumento de poder. Es evidente que en este y otros casos se ha abandonado la tradición, ya que los jueces se exceden con las leyes, como nunca había sucedido, saltándose todas las restricciones y buscando aplicar las penas más extremas. Parece que han renunciado a los principios del Islam a favor de la letra muerta de una ley más que discutible, creada por los hombres, aunque sea a partir de la Palabra revelada.

Son esos mismos códigos de jurisprudencia del siglo III o IV son los que ahora pretenden imponer muchos Estados, sin ofrecer a cambio las ventajas que una sociedad islámica implica necesariamente: erradicación total del hambre mediante una seguridad social que alcanza a todo el mundo, prohibición de la usura, ausencia de impuestos, libertad de conciencia, etc. Esos Estados tratan de hacernos creer que ellos reestablecen el Islam y aplican la Sharî’a, como si las decisiones de unos determinados ulemas al servicio del gobierno de turno (omeya o abbasí) fueran vinculantes para los musulmanes actuales, incluso por encima de la propia Palabra de Al-lâh... Eso no quiere decir, ni mucho menos, que no haya grandes hombres entre los ulemas y alfaquíes del pasado, sino que debemos situar su labor en su contexto. Lo que resulta absurdo es convertir las opiniones de esos hombres en un dogma, aún cuando ellos mismos se consideraban contrarios a todo dogmatismo. Los ulemas posteriores han hecho, muchas veces, el papel de la iglesia, confundiendo el Islam con la jurisprudencia. Muchos musulmanes no damos crédito ante semejante manipulación, máxime cuando el Corán nos previene contra ella.

Para que nuestros lectores se hagan una idea clara de lo que esto significa, pondremos un ejemplo: imagínense ustedes que llegan al cristianismo enamorados de la figura talismánica de Jesús de Nazaret, que se entregan a eso que Tomás de Kempis llamaba la “imitación de Cristo”, a seguir su camino, tomándolo como modelo de las más nobles virtudes espirituales. Imagínense que les vienen unos señores y les dicen que eso no es así, que para practicar el cristianismo deben ustedes adherirse a una escuela jurídica determinada... Imagínense que les dicen ahora que ser cristiano es seguir las leyes dictadas por Justiniano en el siglo IV... que también incluían la lapidación y que provocaron una revuelta popular ya en su momento... ¡No podrían ustedes creérselo! ¿Qué harían? ¿Rechazar la figura de Cristo a causa de esos sabios crueles y sin otra moral que la del ejercicio de poder? ¿O más bien luchar para que su vía espiritual no se vea manchada por semejantes manipulaciones? Esa es la actitud de todos los musulmanes que conozco, y en ese sentido nos resulta doblemente dolorosa la política de nuestros gobernantes, empeñados en apoyar a los gobiernos que difunden esa concepción terrible del Islam, mientras se demoniza nuestro dîn a través de los medios de comunicación de masas.

Estos días muchos cristianos nos recuerdan esas bellas palabras recogidas en el Evangelio: referidas al caso de la mujer adultera que era conducida hacia el suplicio: “quien está libre de culpa que tire la primera piedra”, como signo de la misericordia cristiana frente a la barbarie musulmana. Pero se equivocan, y mucho, los que piensan que esa práctica desapareció con el cristianismo oficial. Uno de los llamados “padres de la Iglesia”, Agustín de Hipona, (declarado santo), no interpretó tan bellamente la parábola del evangelio, tal y como nos recuerda el Pbro. Dr. Enrique Cases:

San Agustín comenta así la respuesta del Señor: Mirad que respuesta tan llena de justicia, de mansedumbre y de verdad. ¡Oh verdadera contestación de la Sabiduría! Lo habéis oído: Cúmplase la Ley, que sea apedreada la adúltera. Pero ¿cómo pueden cumplir la Ley y castigar a aquella mujer unos pecadores? Mírese cada uno a sí mismo, entre en su interior y póngase en presencia del tribunal de su corazón y de su conciencia, y se verá obligado a confesarse pecador. Sufra el castigo aquella pecadora, pero no por manos de pecadores; ejecútese la Ley, pero no por sus trasgresores (San Agustín. Tratado sobre el evangelio de San Juan. 33,5).

(La mujer adúltera, Pbro. Dr. Enrique Cases)

La lapidación se siguió practicando en el nombre de Cristo, hasta no hace tanto tiempo, incluso en los EEUU. Es conocido el caso de las brujas de Salem, el cual ha merecido varias películas. No se si en ellas se muestra la muerte por lapidación con la cual el tribunal (cristianísimo) condenó a uno de los acusados de brujería. El reverendo George Burroughs, antiguo ministro del pueblo, fue señalado como el jefe del grupo de hechiceras y Giles Cory, de 80 años, fue aplastado con grandes piedras al negarse a declarar por una acusación en su contra. Que Al-lâh los haya perdonado.

Volviendo a nuestro tema, y al escándalo que supone para los musulmanes el mantener una práctica como la lapidación, queremos terminar señalando a la fuente del “problema”. ¿Quiénes son esos ulemas que aplican la ley tan severamente, de un modo tan desproporcionado? ¿Acaso no se trata de los mismos hombres que condenaron al viejo Giles Cory ha morir aplastado? ¿Qué diferencia hay entre los unos y los otros?

¿Quiénes son esos ulemas? La respuesta la hemos encontrado en una noticia recogida por el diario español El Mundo, el Viernes, 29 de octubre de 1999:

Ahmad Sani, gobernador del estado de Zamfara, explicó que se inaugurarán 40 tribunales especiales a partir del próximo mes de enero, cuando el estado norteño disponga de los primeros jueces instruidos en Arabia Saudí...

Es una pena que el Islam vuelva a Nigeria tras una colonización infausta y sea dominado por las concepciones rigoristas que vienen de Arabia Saudí, un país que expande su concepción aberrante del Islam con el apoyo manifiesto de la “comunidad internacional”, con EEUU al frente de ella. Aquí, de nuevo, nos topamos con la misma hipocresía de siempre, con el mismo problema de las geo-estrategias internacionales que afectan a las vidas de los ciudadanos menos favorecidos.

No: la lapidación no es ni musulmana ni cristiana, sino que forma parte de un concepto cruel del Estado, de un ejercicio de poder innoble que se amparan en la religión para imponer un modelo social autoritario. Dentro de esta concepción la religión o los valores democráticos están siempre al servicio de unos pocos. La brutalidad de la ley solo alcanza a los más débiles, tanto en los EEUU como en Nigeria. Sabemos que los “corredores de la muerte” de las cárceles norteamericanas está llena de negros y de hispanos, que no tienen un duro para pagar un abogado que los salve. Las palabras de Safiya Huseini iban en esa misma dirección: “me han condenado porque soy pobre”.

En ese sentido es en el cual se han interpretado las palabras de Jesús de Nazaret: “quien está libre de culpa que tire la primera piedra”.

La ley penal hebrea exigía que, llegado el momento de la lapidación, el principal testigo de cargo arrojara la primera piedra sobre el condenado (Dt 13,10; 17,7). Jesús pretende con sus palabras ir en contra de los que se erigen en protectores de la ley, sin preocuparse por ser los primeros en responder a sus exigencias; en contra de una sociedad que practica una doble moral, con el agravante de condenar únicamente los pecados y delitos de los débiles y oprimidos. Los delitos de los "fuertes" son de "guante blanco" y muchas veces se llaman "negocios" o son realizados en nombre del "honor" o del "servicio a la patria"; no es raro que se premien con condecoraciones. Los delitos de los "débiles", siempre de menor cuantía, llenan las cárceles...

(Francisco Bartolomé González, Acercamiento a Jesús de Nazaret, ed. Paulinas Madrid 1985, págs. 160-174)

Llegados a este punto nos soltamos, no podemos pararnos sin llegar a las últimas consecuencias. Si existe un “caso de Safiya Huseini” con más razón existe un “caso de Nigeria”, que afecta no solo a una sino a millones de personas, incluida ella.

El caso de Nigeria es de aquellos que, como decimos por aquí, claman al cielo: “Me han condenado por ser pobre”, dice Safiya, pero no lo ha dicho todo: la han condenado a la pobreza porque su país posee inmensas riquezas que codician las empresas extranjeras, empresas que se amparan en la jurisprudencia más cruel que haya inventado el ser humano, desde la prehistoria a nuestros tiempos. El derecho internacional, el derecho de los ricos a devorar a los pobres, el derecho de las naciones a esclavizar a poblaciones enteras en nombre del nuevo monoteísmo —el del mercado—, de una doctrina fanática que se apoya en una serie de dogmas sobre el hombre, sobre la creación del mundo: el hombre es un lobo para el hombre, el evolucionismo, la idea de progreso, la manipulación de masas y la fachada de la democracia. No hay lapidación que pueda compararse a eso, la “solución final” (la shoa) de nuestro tiempo, funcionando ahora mismo como una maquinaria incuestionada. Desde la primera sentencia a Safiya hasta su absolución han muerto de hambre en el mundo unos 260.000 niños, sin cargos, tribunales ni delito.

¿Por qué no se realiza ninguna campaña para juzgar a los culpables? ¿Por qué no se pone en tela de juicio el marco legal que propicia semejante genocidio? ¿Por qué hay surtidores de gasolina Shell en nuestras carreteras y nadie se para a pensar de donde viene el petróleo que consume?

Hoy estamos conmovidos por la actitud de nuestros conciudadanos, y de todos los organismos que han logrado salvar a Safiya de morir a pedradas. Siguiendo con el ejemplo, y ya desatado el altruismo, instamos a Amnistía Internacional y a las demás organizaciones y medios de comunicación que tan noblemente se han comportado a mantener su actitud y extenderla al resto de la población nigeriana y, por extensión, a la del resto de África.

Proponemos el boicot a la Shell, Elf, Agip, Mobil y Chevron, que se revise un sistema de derecho internacional que permite a unas compañías impuestas mediante la guerra seguir explotando los recursos naturales de unos países cuya población tan solo sufre la suerte de tener tanta riqueza... Proponemos no votar a partidos que no se opongan a los planes del Fondo Monetario Internacional y que mantengan políticas de inmigración racistas e innobles. Proponemos la anulación de la deuda externa, detener el genocidio, destinar los presupuestos de armamento de todos los países de la OTAN a la devolución de los recursos naturales que se han robado en dos siglos de colonialismo. Estamos hartos de la hipocresía, de un sistema que se basa en la destrucción y en la rapiña, estamos hartos de la mentira de una democracia dominada por la banca. No hay democracia si hay usura. No hay justicia si esta no llega para todos. Queremos regirnos por los principios de una ley revelada, no fabricada por el hombre según los intereses de un grupo dominante. Una ley vinculada directamente con la tierra, basada en el equilibrio interno de las cosas.

Al-lâhu Akbar.

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