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Cantado por la que estuvo aquí

25/03/2002 - Autor: Saint John-Perse - Fuente: Webislam
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Poema
Poema

Amor, oh amor mío, inmensa fue la noche, inmensa nuestra vigilia en la que tanto ser fue consumado.

Mujer soy para ti, de gran sentido, en las tinieblas del corazón del hombre.

La noche de verano se ilumina en nuestras persianas cerradas; la uva negra azulea en los campos; el alcaparro del borde de los caminos muestra el color rosa de su carne; y el olor del día se despierta en tus árboles de resina.

Mujer soy para ti, oh amor mío, en los silencios del corazón del hombre.

La tierra, al despertar, no es sino estremecimiento de insectos bajo las hojas: agujas y dardos bajo todas las hojas.

Y yo escucho, oh amor mío, correr todas las cosas hacia sus metas. La pequeña lechuza de Palas se deja oír en el ciprés; Ceres, la de tiernas manos, nos abre los frutos del granado y las nueces de Quercy; el lirón gris construye su nido en las ramas caídas de un gran árbol; y las langostas socavan la tierra hasta la tumba de Abraham.

Mujer soy para ti, y de gran sueño, en todo el espacio del corazón del hombre: morada abierta a lo eterno, tienda alzada ante tu umbral, y bienvenida en torno a toda promesa de maravillas.

Los atelajes del cielo descienden las colinas; los cazadores de cabras monteses han roto nuestros cercados; y sobre la arena de la avenida oigo chillar los ejes de oro del dios que traspasa nuestras verjas... Oh amor mío, de un vasto sueño, cuántos oficios celebrados en el umbral de nuestras puertas‑, cuántos pies descalzos corriendo por nuestros embaldosados y nuestras tejas...

Grandes reyes tendidos en tus estuches de madera bajo las losas de bronce, he aquí nuestra ofrenda a tus manes rebeldes: ¡reflujo de vida en todas las zanjas, hombres de pie sobre todas las losas, y la vida volviendo a tomar todas las cosas bajo su ala!

Tus pueblos diezmados se salvan de la nada; tus reinas apuñaladas se vuelven tórtolas de la tempestad; en Suabia hubo los últimos reitres; y los hombres de violencia calzan la espuela para las conquistas de la ciencia. A los panfletos de la historia se une la abeja del desierto, y las soledades del Este se pueblan de leyendas... La Muerte con máscara de albayalde se lava las manos en nuestras fuentes.

Mujer soy para ti, oh amor mío, en todas las fiestas de la memoria. Escucha, escucha, oli amor mío,el ruido que hace un gran amor en el reflujo de la vida. Todas las cosas corren por la vida como correos del imperio.

Las hijas de viuda en la ciudad se pintan los párpados; los animales blancos del Cáucaso se pagan en dinares; los viejos lacadores de China tienen las manos rojas en sus juncos de madera negra; y las grandes barcas de Holanda exhalan un perfume de clavo. Llevad, llevad, oh came­lleros, vuestras lanas de alto precio a los barrios de los bataneros. Y es también el tiempo de los grandes seísmos de Occidente, cuando las iglesias de Lisboa, con todos sus pórticos abiertos de par en par hacia las plazas, y todos sus retablos encendidos sobre fondo de coral rojo, queman sus ceras de Oriente ante la faz del mundo... Hacia las Grandes Indias del Oeste se van los hombres de aventura.

Oh amor mío del más vasto sueño, mi corazón abierto a lo eterno, tu alma abriéndose al imperio, que todas las cosas fuera del sueño, que todas las cosas por el mundo nos sean propicias en nuestro camino.

La muerte con máscara de albayalde se muestra en las fiestas de los Negros, la Muerte vestida de juglar africano ¿cambiaría de dialecto?... Ah, todas las cosas de la memoria, ah, todas las cosas que supimos y todas las cosas que fuimos, todo lo que reúne fuera del sueño el tiempo de una noche de hombre, ¡que de todo se haga antes del día depredación y fiesta y fuego de brasa para la ceniza del atardecer! —pero la leche que un jinete tártaro saca en la mañana del flanco de su cabalgadura, la recuerdo, oh amor mío, en tus labios.

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