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Islam y laicismo, la mirada de un converso

25/03/2002 - Autor: Abdelkarim Osuna - Fuente: Webislam
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Laicismo
Laicismo

En algunos de los más recientes debates sociales se ha visto involucrado el Islam, ya sea como detonante o como excusa. Nos estamos refiriendo a casos como el velo o el derecho a recibir una enseñanza religiosa, pero también al nuevo posicionamiento a escala global que el mercado nos exige. Dado que el problema parece ser siempre el Islam —jamás el evangelismo, el judaísmo o el budismo— los llamados “moros nuevos de agnóstico o cristiano” nos sentimos doblemente afectados, tanto por nuestra condición de musulmanes como de occidentales, en muchos casos comprometidos ‘años ha’ en la lucha contra la dictadura y en los inicios del proceso democrático.

En el fondo de todos estos debates se halla el propio sentido del laicismo. Se están considerando los límites de la pluralidad, del derecho a la religión y al mantenimiento de identidades y costumbres. Aunque formalmente estos derechos son sostenidos por la Constitución, no todos parecen coincidir en el modo de aplicación de unos principios que, gracias a Al-lâh, nadie discute. Hemos llegado a tal punto de crispación que un simple pañuelo sobre la cabeza de una niña ofende las miradas, destapando actitudes xenófobas latentes, a las cuales no son ajenas nuestros gobernantes.

La sociedad se ve conducida a definirse frente al otro, y en ese sentido los musulmanes tenemos siempre precedencia. Para hablar del “moro” a nadie se le demanda el más mínimo conocimiento: todo está permitido. Se tratan libremente cuestiones de derecho, confundiendo los planos más dispares, se extrapolan categorías y parámetros que poco tienen que ver con el Islam con el objeto de justificar políticas de inmigración innobles. Se habla del deber de integración del emigrante, sin ni siquiera definir en que consiste ese deber, como si nuestra sociedad no tolerara que las gentes mantengan todo tipo de costumbres, como si la diversidad fuera un peligro.

En más de un aeropuerto se hallan pequeños campos de reclusión, según el modelo de los lager nazis: habitados por no-personas, por seres humanos que no han cometido ningún delito y cuya existencia el sistema pone en duda, al no tener derecho de ciudadanía... pero ¿tiene derecho el estado de decir quien es objeto de derecho? ¿O más bien el hombre tiene derechos por el mismo hecho de ser hombre, con independencia del lugar en que ha nacido...? Son las contradicciones de un sistema que está necesitando una profunda revisión, antes de que nos demos cuenta de que hemos sido abocados a un mundo basado en la exclusión que utiliza la coartada de la democracia para perpetrarse.

Siendo los musulmanes centro de muchas de estas situaciones, es más que razonable que se consulte a los conversos sobre el modelo de sociedad que defendemos, que se nos invite a participar en el debate social como miembros y no como a extraños. Debemos empezar por decir que el desconocimiento del Islam que muestran nuestras clases dirigentes raya con lo obsceno, y eso es así tanto al nivel de la universidad o la academia como de la “inteligencia” del estado.

Suelen decir los “expertos” que el Islam no ha pasado por el renacimiento y la reforma, trasplantando categorías de la historia de Europa (ya dudosas de por sí) a un ámbito distinto. Pero sucede que la universalidad y la apertura hacia todas las culturas y la libre interpretación de los textos sagrados forman parte del Islam desde su origen, y no sólo como un derecho, sino como una obligación para todo hombre sometido a la Realidad —y eso es lo que significa la palabra “musulmán”. También suelen oponer la “teocracia islámica” al laicismo, pero dicha oposición es una invención interesada.

Contrariamente a lo que suele decirse —como tantas otras cosas— en el Islam no hay lugar para la teocracia, en el sentido en que nosotros (los europeos) entendemos este término: como el gobierno de una casta de sacerdotes, representantes de dios en la tierra. Solemos hablar de la separación entre Iglesia y estado como un logro de la modernidad, pero dicha separación no tiene cabida en el Islam desde el momento en que los musulmanes no admitimos Iglesia. La idea de unos representantes de Al-lâh en la tierra es idolátrica, algo vedado para los musulmanes.

Si recurrimos a un diccionario, la palabra laicismo viene definida como “doctrina que defiende la independencia del hombre, y especialmente del estado, de toda influencia eclesiástica o religiosa”. La palabra laico proviene de “lego”: el miembro de la iglesia que no ha recibido ordenes sacerdotales, con lo cual nos mantenemos dentro del mismo tipo de estructura jerárquica, despojada ahora de su apariencia religiosa. Siendo así, resulta evidente que la palabra “laico” no tiene una aplicación correcta al hablar del Islam. Eso es así porque el Islam se presenta como la superación de las dicotomías entre lo sagrado y lo profano, el cuerpo y el espíritu, la trascendencia y la inmanencia. En este sentido el Islam es mucho más radical que nuestras democracias formales, a pesar de las apariencias. Para nosotros no hay laicismo porque existe una prohibición expresa de institución eclesiástica. Existe sociedad civil únicamente.

El Corán menciona el califato como la responsabilidad de cada ser humano por preservar el don de la vida tal y como lo hemos recibido, ni más ni menos. La idea del Islam es la de una comunidad de hombres sometidos a la realidad, donde la explotación y la usura están vedadas, en favor de las formas tradicionales de comercio e intercambio, según unos modelos válidos en el presente, incluso necesarios. La acumulación de riquezas y la degradación del medio ambiente son haram porque destruyen el orden perfecto de la Creación. Según una tradición del Profeta Muhámmad (paz y bendiciones), una comunidad en la cual un solo hombre pasa hambre no puede ser llamada propiamente “musulmana”, porque en verdad todos somos uno. El primer sistema evolucionado de seguridad social fue instaurado en el siglo primero de la hégira, siete siglos después de Jesucristo. Si un hombre pasaba hambre, el encargado de repartir el zakat (parte de las ganancias que el musulmán entrega para la comunidad) era considerado responsable, y por tanto castigado. Se trata de una medida sabia, que no dudamos en proponer ahora mismo a nuestros gobernantes. El sentido de la Unicidad de la existencia (Tawhid) conduce a un igualitarismo extremo.

La inmediatez entre Al-lâh y el ser humano es esencial en el Islam, donde no se aceptan mediadores ni nos enfrentamos a un “dios” lejano, sino a una Creación de la que somos parte, que nos está rehaciendo a cada instante. La identificación actual entre la Sharî’a y las escuelas clásicas de jurisprudencia no es más que una anomalía sostenida por intereses particulares —ya sean ideológicos o de estado—, que tratan de hacer del Islam un instrumento de poder político. Frente a ello los musulmanes nos dirigimos hacia el Qur’án y la Sunna de nuestro amado Profeta, que la paz y la salat de Al-lâh sean siempre sobre él. Todas las fuentes nos muestran que en el Islam no existe una legislación única y cerrada, sino que la Sharî’a representa el modelo a partir del cual legislar, mediante la aplicación del Iytihâd, que ha sido definido por la tradición como: “el esfuerzo máximo de reflexión para investigar y actualizar los estatutos jurídicos de acuerdo con las nuevas situaciones que concurren en las sociedades musulmanas”. En el Islam todo es movilidad y dinamismo, pues, “Al-lâh no cesa de crear”.

Los musulmanes recordamos la comunidad fundada por el Profeta Muhámmad (la paz sea con él) en Medina. Existen numerosas tradiciones que nos muestran como varias legislaciones co-existían sin ningún problema, como los judíos tenían el derecho a regirse por la Torá, y no les era impuesta la Sharî’a (la ley islámica). Existe además el documento impagable de la llamada “constitución de Medina”, en el cual se reconoce el derecho a la diversidad de una manera explícita. Desde el momento en que el Corán prohíbe la imposición del Islam y afirma la validez de todas las revelaciones anteriores, para los primeros musulmanes no existía tolerancia sino pleno reconocimiento de la diversidad, pluralidad de vías totalmente emanadas del mismo principio Creador. Gentes como Buda, Zoroastro o Lao Tsé, etc., pueden ser considerados como musulmanes: hombres que se someten a la Realidad. A lo que nos oponemos, por sectarias, es a las ideologías creadas por los hombres con el fin de enfrentarnos los unos a los otros en una guerra siempre fratricida.

En la comunidad de Medina todas las decisiones se tomaban según consenso, y no siempre fueron las opciones defendidas por el Profeta las que se impusieron. Eso es algo que se da por supuesto en una sociedad tradicional, antes de que las estructuras piramidales destruyeran el sistema de la ashura (el consejo) en favor de la estructura más compleja del estado. En la situación actual la concepción islámica podría ser definida perfectamente como una democracia directa, donde la mayoría de las decisiones se tomasen al nivel de la comunidad y no al del Estado.

Llegados a este punto es cuando las opciones de los musulmanes cobran pleno sentido, cuando nos creemos en disposición de aportar algo a nuestras sociedades. No somos unos locos nostálgicos de una sociedad tribal ya periclitada, sino que nos abrimos al presente como el único espacio posible para las nuevas construcciones. Una sociedad abierta sería aquella capaz de integrar en su seno una pluralidad de vías, de aceptar que no existe un poder que tenga derecho a dictar el modo de comportamiento de los ciudadanos, sino a establecer un marco general en el cual convivan todas las vivencias que no pretendan imponerse como modelo autoritario. Ese modelo es, para los musulmanes, el Islam, y fácilmente puede compatibilizarse con las más valiosas adquisiciones de nuestras democracias formales, en contra de lo que constantemente se señala. Las incompatibilidades podrían situarse, por el contrario, en otros planos.

Si los medios de comunicación tienen al Islam constantemente en su punto de mira no es a causa del terrorismo sino de las propuestas constructivas que los musulmanes pueden ofrecer en todos los terrenos para humanizar un sistema que ya ha destruido el mundo. El reestablecimiento de la relación maestro-discípulo y padre-madre-hijo como ejes de la educación. La construcción de una historia plural, realizada desde el punto de vista de los pueblos y no del Imperio, nos ayudaría mucho a situarnos en este mundo plural inminente, donde el intercambio es constante.

Los que no nacimos ayer sabemos que democracia y neoliberalismo son incompatibles. Debemos denunciar eso que Roger Garaudy ha denominado el “monoteísmo de mercado”: la religión dominante en nuestros días, cuya consigna es la del máximo rendimiento, y a todas esas nuevas castas (verdaderos mediadores entre su dios y el hombre) que tratan de justificar los nuevos modos de colonialismo y someten al planeta a la rapiña, desarraigando pueblos y aniquilando identidades en nombre de ese dios cruel que es el mercado. Es por ello que defendemos el control de la usura y el cese de la carrera armamentística (una cosa conduce a la otra) como algo imprescindible. Ese debate es mucho más importante que ningún pañuelo, y a él invitamos a nuestros conciudadanos.

Se trata de redefinir la democracia como contraria a todo pensamiento que necesita imponerse como doctrina única, a todo grupo de presión jerárquico... pues, en definitiva, ¿qué es el laicismo sino una reacción a la idea de iglesia que se ve definida por aquello que rechaza? Es por eso que nuestra oposición se dirige también hacia aquellos musulmanes que han abandonado la tradición por posicionamientos ideológicos, similares a los occidentales: integrismo, laicismo, clericalismo, modernidad, doctrina...

Todo esto da miedo a los que nos gobiernan, íntimamente vinculados a intereses económicos, y explica la persecución del Islam a escala planetaria. Nos hallamos en un momento histórico crítico, en el cual nuestras sociedades deben escoger entre la pluralidad y esa nueva religión de la globalización, altamente racista y cuyos dogmas son el progreso, el consumo, la libre competencia como panacea, la superioridad de la sociedad occidental frente al resto del mundo, etc. Es por eso que muchos musulmanes vemos el llamado “laicismo occidental” como una nueva forma sutil de teocracia.

No somos únicamente los musulmanes, sino millones de hombres de todos los países (la mayoría silenciosa), quienes tenemos nostalgia de una sociedad abierta, en la cual las diferencias no sean únicamente toleradas con desprecio, sino que sea posible el reconocimiento de la diversidad como un aporte necesario. Tenemos nostalgia de esa pluralidad que la democracia nos había prometido, de la igualdad de derechos y el abandono del dominio de las castas, sean económicas, sean sacerdotales.

“El hombre tiene nostalgia de una medida perdida”, dice el poeta, y nosotros afirmamos la posibilidad de construir un espacio común (una comunidad) no mediatizado por ningún interés ni ideología, no monopolizado por ninguno de esos monoteísmos que asolan el planeta... No podemos permitir que nuestra vida se vea dominada por la nueva teocracia (con sus academias y sus dogmas), que pretende imponer un pensamiento único a todas las gentes del planeta.

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