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El lugar de la alabanza

Ellos están en duda sobre la segunda Creación...

18/03/2002 - Autor: Ahmed Lahori
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El determinismo descansa en una determinada concepción del tiempo que la física ha demostrado que es, cuanto menos, ficticia, pura ilusión del ego. Místicos de todas las épocas y de las tradiciones más diversas han tenido experiencias extáticas que niegan que el tiempo carezca de dimensiones. Leemos que la experiencia del místico le lleva a trascender las coordenadas espacio-temporales para alcanzar el "tiempo verdadero", la eternidad del mundo. Dichas experiencias muestran que el tiempo unidimensional del kafir es susceptible de ser anulado en el instante. Pasado, presente y futuro son categorías mentales, ilusión de los sentidos si se quiere... 

PERO LOS SENTIDOS NO SON UNA ILUSIÓN EN SÍ,
SINO SOBERANOS EN EL REINO QUE LES ES PROPIO. 

El hombre de Al-lâh no vive un tiempo puramente psíquico, sino en la meta-historia, y su obligación y fortuna es escuchar el Libro como si descendiese ahora. Él sabe que en un sentido eterno él es uno más allá de su despliegue temporal, de su aparente cambio. Para tener presente siempre ese uno que él es en Al-lâh necesita enraizarse en su ‘ibada, huir de lo disperso. Necesita orientarse, necesita una quibla. Ese acto de orientación hacia "más allá" del velo que nos cubre en busca del origen, de la fuente manantial de la existencia, es repetir el acto por el cual Al-lâh nos crea. Es recorrer el camino del ser a la nada para ver surgir de la salat nuestro destino de criatura. Ese destino de criatura sucede en la apariencia, sería un error quedarse tras el velo, en la pura potencia sin fondo. Al-lâh ha prescrito que tras la muerte haya un nuevo nacimiento, y así ha de suceder. El creyente debe purificarse y arrancar lo ilusorio de si para vivir íntegramente en el tiempo de la eternidad aquí y ahora, para vivir el velo como el lugar de la alabanza. 

Desde el momento que comprendemos esto nos acercamos de un modo diferente a la pregunta por el tiempo. El creyente sabe que la existencia temporal, sus límites concretos, son un don, aquello que le permite tener una conciencia separada capaz de elevarse en la alabanza. El mundo, tal y como lo vemos, persiste en Al-lâh como una misericordia. Él es el Único que ha desplegado el mundo para hacernos posibles, Él ha hecho posible la vida individual y concreta para que el hombre tenga conocimiento del retorno. Es desde la diversidad el único lugar desde el cual la orientación se hace posible. Negar la diversidad es negar la posibilidad del hombre de vincularse desde si mismo al infinito. 

La causalidad considerada como ley absoluta es una coartada del ego para dejarse atrapar por los objetos y no cumplir con su destino. La física moderna da que pensar, por eso no se enseña. No se realiza una traducción adecuada que permita acceder a ellas, no se fomenta el conocimiento sino la ignorancia mecanicista y la concepción cruel del hombre y la naturaleza. En el tiempo unitivo del creyente, el mundo nos ofrece un conjunto de lugares orientados hacia el infinito. Cada lugar es el centro de un mundo que se eleva.

El lazo es la Palabra revelada. Los musulmanes sabemos que el Corán tiene respuestas a todas las situaciones, a todos los estadios del hombre. El Corán es una guía, y adentrarse en ese océano perfecto es entregar la vida, es tratar de encontrar siempre el acto preciso, la palabra precisa, es tratar de tomar siempre sin violencia la dirección que nos es propia. Si el Corán no ha sido comprendido en occidente es porque se está lejos del fenómeno profético. Lejos de su correlato individual en la inspiración como norma de vida. Se está lejos en la medida en que se considera la inspiración como contraria a la razón. No se asimila el "eureka" como parte de la ciencia.  

Es hermoso ver como Al-lâh juega con el mundo,  como los físicos y los filósofos corren tras sus leyes y Él las complica o simplifica a cada paso. En verdad es inaccesible, pues Su ley es infinita y a cada instante nueva. Un océano cuyas corrientes giran y surgen y baten, cada vez de un modo único y certero. Ondas que se alejan de la fuente, ondas que convergen en la fuente. Aunque a veces el mundo nos parece terrible. Él nos enseña y nos guía, nos tira al abismo y nos salva. Nos da el conocimiento y nos lo quita, obligándonos a crecer buscando nuestro único camino. "Ésta profundidad tiene otra profundidad". Pero ellos analizan el presente desde la ilusión del presente, no comprenden la esfera, ni la espiral ni el cubo. No comprenden ni siquiera la elipse, la partícula observando su propia trayectoria y siendo atraída al mismo tiempo por un centro inaccesible. En el tiempo de la Realidad no hay instrumentos de medición porque no hay nada que medir porque todo está unido. Podemos acercarnos.  

El creyente busca dentro de su vida lineal y separada aquello que lo una al todo, y para ello debe afirmar perfectamente su vida separada, enraizarse en el mundo como el lugar de la teofanía. Vivimos tras un velo, pero ese velo es la suprema creación de Al-lâh, es el despliegue de su misericordia, de Su Rahma posibilitadora. El velo es luz sonora, sonoridad de un transitar acompasado. La salat marca el ritmo de la vida orientada hacia la Fuente. 

Nuestra ciencia atiende tanto a las excepciones como a lo que se repite, pues sabemos que el concepto de normalidad es aberrante cuando se cifra como dogma. La normalidad solo se da en el mundo desvinculado de la quibla, donde las emanaciones de la Rahma de Al-lâh dejan de percibirse. A ello no es ajena el psicologismo, según la cual lo normal es aquello que se acomoda velando su contorno propio. Pero nosotros descartamos toda opción que excluya lo excepcional como arbitraria, pues Al-lâh hace y deshace el mundo a cada instante según Su voluntad, y no podemos descartar que lo que es excepcional un día será norma. Estamos arraigados en el mundo, abiertos a lo desconocido, no damos por acabado algo que está vivo. La única Realidad es la de un universo perpetuamente en cambio en el Sí que lo sostiene, de la ilusión de la causalidad como una Misericordia que nos permite mantenernos constantemente orientados hacia Al-lâh. 

También sabemos que si dos partículas que han estado unidas se separan siguen interactuando a través del tiempo y el espacio. Si una sufre una perturbación la otra se ve afectada en el mismo instante. Para ellas el tiempo y el espacio no existen. La unidad entre los hombres es posible en cuanto estos se ponen verdaderamente en quibla. Ante la Kaaba todas las diferencias se disipan, todo muestra su unidad intempestiva. 

Según la tradición verídica, el Profeta Muhámmad —que la paz de Al-lâh esté siempre sobre él, y Su salat— sentía el dolor de un musulmán en la distancia. Su sensibilidad estaba abierta al mundo de un modo total y sin fisuras. Su perfección y pureza eran tal que pertenecía íntegramente a los mundos, ningún velo lo cubría. La orientación perfecta a Al-lâh permite entrar en el mundo de los centros, donde todos los centros son idénticos en su diversidad acompasada. El Profeta, desde su quibla inmortal, fundó una nación de hombres en su centro, perfectamente enraizados en su sensibilidad, perfectamente orientados hacia su mismo origen infinito.  

Alabanzas para él, que sigue existiendo para nosotros como aquel que más se ha acercado al Creador, como aquel cuya entrega a la Palabra y al hombre no puede ser superada.  

Todas las alabanzas para Al-lâh, que nos ha enviado a los profetas como receptores de una Palabra capaz de... 

Al-lâh sabe mejor.

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