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El Islam ante el Futuro

15/03/2002 - Autor: Abderrahmán Muhámmad Maanán - Fuente: Verde Islam 18
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La actualidad crítica y desafiante del Islam, parece imposibilitar cualquier intento de hacer balance o valoración que arroje luz sobre sus auténticos problemas, planteamientos y perspectivas de futuro. El mundo musulmán, diverso e inestable, vive momentos conflictivos de transición y cambios acelerados, a veces vertiginosos, que hacen pretencioso y aventurado todo cálculo o previsión. Hay una dificultad añadida: los debates entorno al tema son demasiado apasionados y, generalmente, partidistas, lo cual no facilita una tarea que sólo puede arriesgar líneas muy vagas y generales.

Hoy más que nunca el Islam es invocado por millones de musulmanes para legitimar actuaciones, satisfacer necesidades, sostener luchas, fundamentar aspiraciones, alimentar esperanzas, perpetuar tradiciones y costumbres y afirmar identidades personales y colectivas frente a las fuerzas de uniformización de la civilización industrial. El Islam se ha convertido en una bandera que primero se enarboló en todos los países musulmanes, desde Indonesia hasta el Magreb, contra el Colonialismo, y ese fenómeno que convirtió al Islam en factor aglutinante y le permitió ofrecer una resistencia enconada a la dominación occidental, no ha acabado con la consecución de las independencias políticas, más aparentes que reales.

El mundo musulmán aún tiene muchas asignaturas pendientes en su historia presente, muchos traumas que superar, el Islam vuelve a convertirse en el estandarte capaz de movilizar a pueblos enteros que recurren a él para dar rienda suelta a sus anhelos y sus desencantos. Y todo ello en medio de grandes contradicciones, carencias, tensiones y equívocos que analizaremos más adelante.

No se trata, ni mucho menos, de un fenómeno nuevo, sino que sus dimensiones sobrepasan las fronteras y se nos presenta como una cuestión que nos implica a todos en esta aldea global de las nuevas estrategias geopolíticas.
Efectivamente, varios fenómenos de gran amplitud —como la creciente multiplicación de las mezquitas hasta el corazón de las mismas sociedades occidentales, la afluencia masiva a ellas, el éxito abrumador de las peregrinaciones anuales a la Meca, símbolo de unidad y coincidencia, la exigencia de un retorno a las tradiciones y costumbres islámicas, la frecuencia de reuniones internacionales protagonizadas por líderes musulmanes como síntoma del triunfo creciente del panislamismo, el éxito en las librerías de las publicaciones islámicas de contenido político-económico, incluso las más panfletarias o divulgativas— son presentados muchas veces en tonos alarmistas y apocalípticos y ha forzado a los observadores a hablar de un renacimiento del Islam, de su expansión y dinamismo actual, de su eficacia revolucionaria, en definitiva, de una revancha espiritual contra la laicidad.

Pero podemos notar con facilidad el cuño netamente occidental de estas expresiones, incomprensibles fuera de un contexto sociocultural como el europeo, con una historia propia que no es la del Islam. Lo que está sucediendo en medios musulmanes no tiene explicación lógica en nuestros esquemas de interpretación porque el Islam ha seguido sus propios derroteros, incluso en su conflictivo encuentro actual con el mundo occidental.

Los musulmanes están oponiendo sus propios recursos a la lucha contra el subdesarrollo y las nuevas formas de dominación, pero en la actualidad sólo pueden hacerlo en medio de graves contradicciones que tienen su origen en circunstancias muy diversas. Y el futuro del Islam depende de la solución que se dé a esos conflictos en los que quiere intervenir Occidente como árbitro que decide lo justo y conveniente.

El Islam como vinculante impulsor de resistencias es una constante en la historia de sus pueblos. Todas las luchas habidas en el Islam han buscado fundamentarse en él, incluso cabría decir que eran intentos por adecuarse a sus enseñanzas en el deseo de hacer realidad intuiciones e ideales que fluyen por sus propósitos más básicos. Como todo historiador sabe, el igualitarismo musulmán ha sido siempre el detonante de la lucha contra cualquier imposición o centralismo. La aspiración a la independencia es un valor extraordinariamente arraigado en la conciencia musulmana que no ha dejado de tener consecuencias y que hoy se manifiesta con una fuerza arrolladora y dramática.

Ben Bella, el primer presidente que tuvo la Argelia independiente, lo expresó en una conferencia del Consejo Islámico (Génova, 10, 11 y 12 de marzo de 1985) en la que se refirió al estímulo que empujaba a los argelinos a luchar desesperadamente contra los franceses, aún afrontando la probabilidad de una reacción genocida, dijo del Islam:

“En ese terreno fecundo hunden sus anclas nuestras motivaciones profundas, nuestras latencias. Es nuestro santuario. Cuando debemos realizar un gesto capital, un esfuerzo supremo, cuando el muro de nuestras certezas se desmorona y los golpes llueven sobre nosotros y nuestro ser profundo es amenazado, entonces nos volvemos a ese santuario en el que buscamos refugio y retomamos aliento para poder seguir con fuerza nuestro combate”.

El Islam es estructurador, vinculante...

Es importante destacar que el Islam no es una cuestión estrictamente personal: es un factor vertebrador esencial que pertenece a un mundo de premisas sobre el que se asienta la actuación de seres humanos y de pueblos enteros. No es que el Islam sea indiscutible sino que en él hay elementos que escapan a la posibilidad de toda discusión desde el momento en que forman incluso el lenguaje mismo de los musulmanes. En este sentido, el pensador tunecino Moncef Chelli ha desentrañado la clave de algunos de esos procesos en los que se descubre que, por un motivo u otro, el Islam es conformador de una relación con el entorno y con uno mismo que va más allá de lo opcional. El Islam ha creado el universo en el que viven los musulmanes, y no es sólo un espacio concreto. A diferencia de la religión, que tiene su parcela aún cuando pretende impregnarlo todo, el Islam vincula consigo su espacio convirtiéndose en un referente vital sin el que no es posible un verdadero protagonismo.

El Islam es el reino del musulmán, el lugar en el que puede ser libre y creativo, y fuera de él pierde por completo el sentido de sí mismo. Igual le ocurre al occidental con Occidente: lo lleva consigo a todas partes, no puede deshacerse de sus seguridades y latencias más elementales. Puede cuestionarse muchas cosas, pero no todo porque quedaría desnudo de personalidad. En este sentido, el Islam es homologable a algo que trasciende a la religión como elección personal, y a la cultura como hecho formal y mudable: es la raíz de un modo de ser persona, de una manera de situarse en el mundo.

En el musulmán hay algo atávico que lo hace inasimilable y esto es lo que más alarma de él. El problema de la integración de los inmigrantes, por ejemplo, radica en parte en que el musulmán es incomprendido en su esencia. Incluso cuando se le pretende ayudar —salvando, por supuesto, las excepciones— se tropieza con un muro: es el mundo infranqueable de sus sentimientos más profundos que difícilmente podrá expresar él mismo porque pertenecen a sus mecanismos más íntimos de supervivencia, donde no llega ni él mismo. No hay nada más destructor para su personalidad que la asimilación: necesita su propio espacio en el que reconocerse y desde donde afrontar sus nuevas situaciones y evitar fracasos mutilantes. No se trata de un encuentro campechano con sus compatriotas sino de la necesidad de seguridades íntimas que reconstruyan la confianza en sí mismo en un ambiente en el que no reconoce muchas cosas, por la distancia infinita entre sus propios valores y percepciones y los de un mundo que no puede compartir fácilmente.

El Yihad como esfuerzo

El Islam no predica la resignación. La imagen del musulmán fatalista es producto de un orientalismo que descubrió un universo derrotado por la supremacía técnica y organizativa de un Occidente agresivo y expansionista. El conformismo del musulmán siempre es momentáneo, es un repliegue prudente que espera el momento propicio para reiniciar la lucha por la autoafirmación. Porque lo que sí enseña el Islam es el Yihad, el esfuerzo sabio por establecer la dignidad e independencia de los musulmanes; el Yihad no es la guerra santa de la que nos hablan los manuales divulgativos sobre el Islam, el Yihad es mucho más, es una idea-fuerza precisamente opuesta a la resignación o al conformismo y es el fundamento mismo del Islam.

En esos manuales que nos explican lo que es el Islam se citan sus famosos cinco pilares. Pues bien, el Yihad es el cimiento sobre el que se asientan. Cada musulmán construye el edificio de su sentido de la trascendencia y vive una experiencia espiritual que no excluye la realidad inmediata sino que la integra en su experiencia sin hacer distinciones entre lo profano y lo sagrado. El conjunto de los musulmanes suman sus experiencias para configurar su mundo islámico.

El Yihad, mecanismo de resistencia activa y de autoafirmación del Islam, ha sido siempre alarmante por efectivo. Los musulmanes respondían espontáneamente contra cualquier agresión sin ningún tipo de organización previa: siguiendo mecanismos incontrolables, algo urgía y aunaba a la gente contra toda pretensión de dominio sobre sus comunidades; según las circunstancias adquiría distintas formas. Se ha pretendido desacreditar al Yihad para anularlo o hacerlo inofensivo pero está demasiado arraigado en las conciencias.

La imaginería occidental interpreta el Yihad como algo sanguinario y bárbaro, el gérmen de actuales terrorismos, y se ha recurrido a comparaciones: frente a la caridad cristiana encontramos la violencia que se predica entre los musulmanes. Pero lo mismo que la caridad no ha evitado que surja la violencia en el occidente cristiano, en el Islam los extremismos no son imposibles.

El Yihad del que estamos hablando es un espíritu que alienta a los musulmanes y que los hace incólumes a toda absorción por parte de otros, a toda anulación. La palabra significa literalmente ‘esfuerzo’: el Yihad se describe como la tendencia a hacer mejor y más fructíferas las cosas. Cada uno tiene su Yihad, su combatividad se desencadena incluso en el ámbito de su cotidianeidad y de sus experiencias, y su fuerza está en el rigor con que los musulmanes lo han aplicado.

Yihad y definición orientalista

Tenemos una imagen deformada del Islam. Hay un Islam que no existe y que es, sin embargo, con el que Occidente pretende mantener un diálogo, o bien lo combate y quiere dominarlo y controlarlo. Es el Islam forjado por orientalistas o arabistas a finales del siglo pasado y comienzos del presente; Edward Said estudió la génesis de esa imagen en una magnífica obra titulada Orientalismo.
Occidente se acercó al Islam bien pertrechado de anteojeras que le impedían matizar perfiles y distinguir valores: necesitaba un Islam concreto que justificara la colonización y lo fue fabricando paulatinamente.

Los prejuicios no eran nuevos, simplemente se fueron demostrando de manera sistemática y aparentemente convincente: los estereotipos que se habían ido acumulando encontraban su correspondencia con lo que el occidental creía ver en el mundo musulmán pero, en realidad, éste era invisible para él, sólo contemplaba un hueco pasivo en el que cabían todas sus fantasías. Así se construyó el musulmán redimible. El Islam está demasiado cerca como para ser analizado con perspectiva y objetividad.

El Islam fue reducido y confinado a unos límites excesivos: fue descrito como una religión, cuando en realidad es un conjunto infinito de ideas-fuerzas, de intuiciones, interacciones y mecanismos mentales y espirituales vertebradores de todo el universo musulmán y su cultura posterior.

El Islam es difícil de aprehender, es fundamentalmente una forma de ser y de relacionarse con el entorno que funciona más en los niveles del subconsciente y, a la vez, es enormemente creativo e inquieto. El principio del Yihad que moviliza a los musulmanes no es fruto de una enseñanza o doctrina formal sino el resultado de una práctica enraizada en un modo de organización social y cultural determinado y basada, a su vez, en toda una cosmovisión donde prima el sentido de la Unidad.

Tawhid y Califato

El Tawhid, la interpretación unitaria de la existencia, no es susceptible de ser considerada un dogma ni equiparable simplemente al monoteísmo: no es la mera afirmación de un dios, sino un modo de ver y de relacionarse en el que prima una aspiración, el de la reunificación de todo en su misma fuente creadora.

La meta del Tawhid es el Califato, la soberanía. El Corán describe al ser humano como califa. El califa es el uno-único, el hombre singular frente a su Señor Uno, Único y Singular; hacer reales estos extremos es la aspiración de todas las enseñanzas del Islam. Las prácticas del Islam persiguen hundir al musulmán en una soledad espiritual que le abra las puertas de lo eterno y con esa experiencia rehacer el mundo, fabricar su entorno y conquistar su propia realidad.

El Islam es acción: sus directrices describen actos que, al ser llevados a cabo, engendran realidades a distintos niveles. El punto de partida es extraordinariamente sencillo. El Corán va dirigido al ser humano en tanto que cada uno es una criatura única y singular que busca a su Señor único y singular. Según nuestro Profeta, Allah ha dicho: “No me abarcan ni los cielos ni la tierra, pero me abarca el corazón del hombre que se me confía”.

Es así como una de las enseñanzas básicas del Islam afirma la inmensidad del mundo interior del ser humano, capaz de abarcar lo eterno, y así lo demanda. Allah es el correlato de esa inquietud que no tiene límites y es una respuesta liberadora: la inmensidad a la que el Islam asoma al musulmán, lo lleva a trascender todas las contingencias. Allah es sembrado en el corazón de cada musulmán en un universo en el que no hay fisuras: todo lo demás es secundario, y a esto se le llama el Califato del ser humano, la soberanía y protagonismo de su aventura existencial.

Sentido de la Unidad y Califato son los términos de un binomio sobre el que se alza el Islam como civilización y cultura. De esta combinación surge el musulmán como alguien que se ha emancipado de la confusión idolátrica y se autoafirma en su Señor interior que lo gobierna y rige en cada momento y del que él es la traducción y la imagen en el universo material. De ahí su necesidad de ser creativo, independiente y protagonista, a semejanza de la verdad que le hace ser y a la que sirve de reflejo.

Todo lo anterior no es dado al musulmán como doctrina en la que creer o a la que aferrarse, sino como resultado de una práctica rigurosa y a la vez sensata del Islam. Bastan unos pocos indicios para desencadenar el proceso que conduce a la realización de esos ideales, y son los que el Corán proporciona. Pocos musulmanes lo saben, pero todos lo hacen. El Islam no se comunica como sistema filosófico o teológico, sino como un conjunto intrincado de interacciones estimulantes que van dando forma al ideal de califa.

Existe una insinuación básica que consiste en la afirmación coránica de la unidad y la unicidad de quien ha creado todas las cosas, de la Verdad que las hace ser, las mantiene y las aniquila en sí, todo ello expresado en una fórmula que asegura que no hay más realidad absoluta que Allah. En el fondo, quiere decir que nuestro sentido y destino, el de cada criatura y el del universo entero, todo lo más, es una fugaz quimera.

Ahora bien, el Tawhid no pretende ser una simple declaración sino el detonante de una decisión, y se describe entonces como una senda que sigue el musulmán para comprender lo que significa exactamente esa enseñanza básica: es necesario verificarla intelectualmente y el Islam va guiando a la razón hasta una extenuación que se convierte en un fenómeno transformante; y esa reflexión se ve reforzada y estimulada por acciones concretas que tienen la virtud de sembrar sus consecuencias en lo más profundo e íntimo del ser.

Lo Absoluto, Allah, es un reto lanzado al carácter abismal del espíritu humano y ese desafío reclama la confluencia de todos los aspectos de la personalidad; en lugar de intentar colmarlo, al musulmán se le exige aceptar el reto que le lanza su propio ser, y por ello el Islam ofrece como horizonte la profundidad sin fondo de todo lo que puede ser imaginado e intuido en un constante acto de desidolatrización. En lugar de detener ese proceso en algún momento de su peregrinación y de sus descubrimientos, el Islam invita al musulmán a aceptar la radicalidad de su propia exigencia espiritual que nunca se sacia definitivamente con nada. Así es como progresa Allah Uno hacia su propia singularidad.

Lo anterior evidencia algo trascendental para su actuación en la vida: que Allah es más grande que todo, es decir, que lo verdaderamente importante y decisivo está más allá de todas las pretensiones humanas. Y esta certeza se convierte en un grito de guerra que los musulmanes han opuesto a todas las usurpaciones: el poder está en manos de Allah , en manos del que crea cada realidad y sólo es posible un consenso universal en torno a Él y en torno a lo que Él ha revelado. Sólo Allah vincula a los hombres entre sí. He aquí el germen de la rebeldía ante cualquier forma de dominación.

Más allá de la definición interesada

Aunque nos pueda parecer extraño, todo lo dicho acerca del Tawhid y el Califato es un breve resumen de la primera parte de una obra escrita por una mujer, la egipcia Hiba Rauf ‘Izzat, en la que analiza la presencia de las musulmanas en la acción política, justificándola en esas premisas e intuiciones configuradoras de la personalidad y el comportamiento de los musulmanes y su visión de las cosas.

El libro se titula Al-mar’a wa l-’Amal as-Siyasí, y es un intento de fundamentar en el Islam y sus enseñanzas sobre un hecho común aunque desconocido en Occidente: el de la participación masiva de la mujer en el activismo islámico de las últimas décadas.

Se trata de algo que no se quiere ver y que casi se oculta porque enturbiaría la imagen que ya tenemos concluida sobre la musulmana como criatura relegada a un segundo plano, pero es un hecho real y fácilmente constatable su protagonismo en acontecimientos significativos y de primer orden en los últimos tiempos. El mismo espíritu que alienta en el hombre, habita en la mujer musulmana.

No obstante, Occidente redefinió el Islam en términos paralelos a los de su propia cultura, inventó un Islam que no existe objetivamente, y en ello radican muchos de los malentendidos e incomprensiones que hacen del Islam un mundo extraño que es juzgado con el recurso a categorías casi siempre negativas: es un universo atrasado, fanático y oscurantista, y el integrismo del que se habla hoy no es sino el corolario lógico de estas características definitorias del Islam.

Efectivamente, desde la óptica orientalista el Islam es, comparándolo con el modelo occidental, del todo insuficiente y carente de elementos esenciales para su evolución hacia el ideal indiscutido de las fórmulas de civilización encarnadas por Occidente. El Islam es presentado sencillamente como lo opuesto en todo o casi todo a los valores representados por la configuración europea.

El Islam seguirá siendo desconocido mientras nos conformemos con la imagen que tenemos de él; es necesario saber de qué Islam hablamos cuando nos planteamos sus perspectivas de futuro. A finales del siglo pasado se redactaron diccionarios, se escribió la historia del Islam, de su pensamiento, de su literatura, de sus instituciones y costumbres, de sus escuelas y tendencias, y se cerró prácticamente esa labor, realizada casi siempre por filólogos y no por historiadores o expertos en diversas materias. A partir de este corpus incuestionable se desarrollarán todas las investigaciones posteriores que sólo harán algunas matizaciones puntuales y secundarias. El arabista con aspiraciones enciclopédicas pretendía ofrecer una imagen total del mundo al que se asomaba con todos sus prejuicios y valores, sin hacer gala casi nunca de ningún espíritu crítico, sin cuestionarse sus métodos, seguro de poseer la verdad suficiente con la que cuestionaba todo; frente a un mundo ya definido como atrasado no hacían falta muchas herramientas.

Y aquella imagen elaborada ha seguido siendo la cantera sobre la que se ha analizado, se ha pensado y, con ella en mente, se ha intentado tender puentes hacia el Islam. No es que no haya habido aportaciones posteriores importantes o significativas sino que éstas han sido pocas, de poco calado e incapaces de poner en jaque la imagen precedente y sus consecuencias deformantes.

El pensamiento materialista en las sociedades de mayoría musulmana
Pero esto no ha sido lo peor. El triunfo del colonialismo supuso en buena medida la desarticulación del mundo musulmán. Se ha hablado mucho de los efectos políticos, económicos y sociales del colonialismo pero poco o nada de sus consecuencias desequilibradoras para la personalidad cultural del Islam. El colonialismo barrió el sistema tradicional de transmisión de conocimientos y privilegió de tal modo su saber que lo institucionalizó.

Generaciones enteras de musulmanes han sido educadas por docentes occidentales que crearon una élite intelectual llamada después a ocupar altas funciones en las sociedades coloniales y post-coloniales. Los intelectuales musulmanes actuales —al menos en su mayoría y, desde luego, los más representativos y conocidos— son herederos de esas élites y, desarraigados y ajenos al Islam anterior, se han convertido en divulgadores de esa imagen en el seno mismo de las sociedades musulmanas.

Ese Islam reformulado crea situaciones originales: aparece, por ejemplo, la figura del ateo o agnóstico. En un contexto confuso en el que se entremezclan valores tradicionales, interpretaciones exógenas, motivaciones personales y poses intelectuales, no se sabe bien a estas alturas si se trata del rechazo al Dios cristiano o al coránico. Pero, evidentemente, el ateísmo más o menos académico introduce un elemento para la reflexión dentro del Islam al que no estamos acostumbrados y ante el que se está desarmado; por ahora, la respuesta que se da al ateísmo, y eso es sintomático, se recoge de fuentes cristianas. Los musulmanes rebaten a los ateos con argumentos calcados de teólogos y pensadores occidentales, es decir, la discusión se sitúa por ambas partes en un marco exterior al Islam. ¿Se trata de un pseudo-problema que no ha sido diagnosticado convenientemente?

El carácter circunstancial del ateísmo en el Islam es constatado por su retroceso con el progresivo descrédito del marxismo tras la caída del muro de Berlín y, sobre todo, los medios universitarios, en los que podría ser digno de distinción, se han decantado en la actualidad por la militancia islamista activa. Sin mayores planteamientos, el ateísmo aparece y desaparece como fenómeno que no consigue ninguna estabilidad teórica o práctica. Incluso regímenes hostiles al Islam, como el panarabista del partido Baaz de Iraq, se ven forzados a concesiones ante la fuerza del Islam emergente y su credibilidad ante el pueblo. En Turquía crece la tensión ante la cerrazón de un Estado que quiere mantener a toda costa el calificativo de laico con la única intención de ser aceptado en el club europeo, aunque ello haga más que incierto el futuro próximo del país.

El Islam profundo

Frente al Islam de los Estados —el Islam convertido en doctrina oficial, que se divulga con medios y métodos modernos y que tiene aspiraciones de convertirse en instrumento de dominio y control— pervive el Islam tradicional arrinconado entre los desfavorecidos. Ese es el Islam de los que no tuvieron acceso a los privilegios que repartía el colonialismo, un Islam de barrios y aldeas, cuantitativamente más numeroso pero alejado de los circuitos que difunden el pensamiento a gran escala. Pero no es éste un Islam pobre ni mediocre sino todo lo contrario. A lo largo del siglo XX tal vez haya sido el que ha producido obras de mayor envergadura intelectual, aunque su desinterés por el mundo moderno y los derroteros que sigue la historia y la sociedad lo anquilosa en la marginación. Se trata fundamentalmente del Islam de los sufíes y las hermandades místicas, vigoroso y profundo, continuador de los mejores maestros de la espiritualidad clásica.

La definición ‘integrista’

El sufismo ha sido durante siglos un factor de cohesión en medios rurales con organización tribal, pero ha ido perdiendo importancia con la urbanización forzada por el colonialismo para reducir su efectividad en campo abierto.
Este Islam tradicional ha sido incapaz o no ha querido adecuar su discurso a los nuevos tiempos y pervive por el respeto que inspira, incluso gana adeptos entre catedráticos e intelectuales que quieren rescatarlo del ostracismo. Es difícil predecir su futuro en las circunstancias actuales porque hay problemas acuciantes para los que el sufismo no tiene respuestas: Su altura intelectual, sin embargo, podría devolver al Islam la serenidad necesaria.

En cualquier caso, existen excepciones notables a esta regla, como Abdessalam Yasin en Marruecos, de extracción sufí, que ha liderado una de las resistencias más heroicas contra el régimen de Hasan II. Fue finalmente encarcelado y, debido a su avanzada edad, pasa sus últimos días bajo arresto domiciliario en Rabat. No obstante, sus seguidores continúan activos y reivindican el acceso al poder de un Islam tolerante y abierto capaz de desmantelar la corrupción y los desmanes de una administración inmoral y dirigir el país hacia la justicia social.

Los movimientos islámicos son otra cosa. Desde el momento de las independencias nacionales todas las propuestas occidentalizantes han fracasado: el marxismo con formas árabes e incluso islámicas, el liberalismo económico, las monarquías parlamentarias, los nacionalismos, la adopción de modas occidentales... Todas esas proposiciones han ido demostrando su ineficacia para solucionar los problemas reales del mundo musulmán, o bien los han agravado y han degenerado siempre en dictaduras, que en todos los casos han necesitado del apoyo del ejército y la represión para perpetuarse.

El Islam oficial con el que diversos Estados han querido maquillarse en momentos puntuales no ha convencido a nadie y, ante el caos, el Islam vinculante ha aglutinado a los jóvenes, especialmente a aquellos que tienen una formación media-alta.

Con el nombre de integrismo se pretende meter en un mismo saco un mosaico infinito de movimientos de todas las tendencias, desde las más moderadas a las más radicales. Su nexo común es la exigencia de una justicia basada en el consenso que supone el Islam. El problema en la actualidad es que sólo los más radicales encuentran interlocutores, ya sea en las dictaduras que gobiernan los distintos pueblos, ya sea en la intransigencia occidental, incapaz de asumir el Islam como un derecho natural de los musulmanes. Por supuesto el diálogo es imposible y las posiciones se agudizan.

Los movimientos islámicos —que arrancan del creado en Egipto en los años cuarenta por un maestro de escuela, Hasán al-Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes— han sabido elaborar un discurso sencillo, claro y directo, capaz de expresar aspiraciones comunes. También han sabido aprovechar las facilidades que los medios modernos proporcionan a la divulgación de las ideas y han sabido llegar a todas partes: libros, prensa, casettes, vídeos... Todo es puesto al servicio del Islam combativo de los movimientos islámicos. Su facilidad para contactar con el pueblo los convirtió pronto en una amenaza para los estados surgidos de la descolonización y han sufrido graves represiones que siempre han superado para adoptar nuevas formas en la clandestinidad o en la legalidad, según las circunstancias. Su dinamismo es espectacular y la experiencia enseña que en situaciones de normalidad son capaces de convencer a la mayoría.

La silsila del sheij al-’Alawi

Se trata de un Islam de trincheras, como lo definió en su momento el Shaij Sidi Ahmad al-’Alawi, uno de los máximos representantes de la espiritualidad sufí del siglo XX. Este maestro publicó un significativo artículo en el que lamentaba el cambio tan brusco que se estaba produciendo en la forma de vivir el Islam. Nos dice que, en menos de una generación, el universo que él había conocido cuando era joven se desmoronaba ante la necesidad de cambio que la colonización introdujo en su país, Argelia.

Ese Islam espontáneo que no necesitaba definirse porque se vivía como algo natural y que los niños aprendían en contacto con su entorno y no en lecciones organizadas, producía un tipo humano que el maestro sufí reconocía como el único musulmán realmente posible, pero se esfumaba ante el imperativo de tener que defender al Islam frente al desastre. En las ciudades comenzó a reunirse la gente para discutir sobre el carácter imprescindible de esa lucha por el Islam en todos los frentes, incluso en el teórico, por lo que se hacía necesario una reformulación que lo hiciera comprensible para las nuevas generaciones educadas por los franceses y que ya no entendían el lenguaje de sus mayores. Pero todo ello implicaba, según el Shaij, una adulteración en la que se perdían hechos fundamentales.

Con ello el Islam sufría una mutación importante: empezaba a convertirse en una ideología, se daba una versión del Islam por la que había que optar y que crearía fisuras en el seno de la comunidad. La actitud del maestro sufí sería la de replegarse y volver a su mundo, derrotado y marginado por los franceses; luego lo sería también por el Estado argelino y los futuros musulmanes, quienes no podrán ya comprender ni su actitud ni sus motivaciones y que verán en él la confirmación del fanatismo e inoperancia del Islam.

Atrás queda su obra, llena de autenticidad y nervio, una de las más interesantes producidas por el Islam del último siglo. Puede ser que algún día vuelva a ser rescatada del olvido y que los herederos de aquellos doscientos mil discípulos que llegó a tener en vida reaparezcan para insuflar de nuevo el hálito de la belleza en el Islam, un Islam que ahora se margina para poder sobrevivir en condiciones adversas. Para que ello sea posible son necesarios otros despertares, una situación en la que la obra de un maestro de la altura del Shaij al-’Alawi tenga sentido y proyección.

La crítica generalizada del islamismo: una tarea difícil

No puede hacerse una crítica generalizada de los movimientos islamistas; cada uno de ellos es un mundo y tiene un proyecto distinto para el futuro. Son, en cualquier caso, una esperanza a tener en cuenta: la esperanza de que el Islam retome las riendas de su propio destino y vuelva a hacer posible genialidades que, en cualquier caso, ya están surgiendo en otros niveles.

En cualquier caso, el Islam combativo de estos movimientos es visto como una amenaza. Los analistas occidentales quieren ver en estos procesos el resultado de coyunturas económicas y culturales y, por tanto, se trataría de fenómenos transitorios. En este sentido aconsejan tomar medidas que —al solucionar las causas del descontento y devolver las aguas a su cauce— harían desaparecer la amenaza del ‘integrismo’. Pero olvidan algo esencial, y es que el Islam es una constante que no depende exclusivamente de factores que lo estimulen; la insatisfacción que está en la raíz de la agitación que vive el mundo musulmán está estrechamente ligada a la falta de coherencia consigo mismo. No demanda solamente la satisfacción de unas necesidades inmediatas sino la solución de graves problemas de identidad.

El discurso árabe contemporáneo ha sido incapaz de llenar ese vacío. Creado en época colonial como estrategia para dividir al Imperio Otomano, el nacionalismo árabe adolecía de una artificialidad que no pudo superar.
Fadi Ismaíl, en al-’Arabi al-Mu’âsir, explica cómo esa artificialidad condujo a un elitismo excluyente que creó problemas inexistentes hasta el momento de las independencias, cómo el surgimiento de otros nacionalismos que han entrado en competencia con el árabe, han ido desgarrando inútilmente la unidad de un mundo cohesionado hasta entonces por el Islam.

La reislamización contemporánea

Han cambiado muchas cosas en poco tiempo: la fisonomía de las ciudades, de la gente, todo ello se ha visto alterado en los últimos años. Pasear hoy por cualquier ciudad musulmana revela cómo el Islam se va abriendo paso aún en las situaciones más angustiosas y represivas; abundan los hombres con barba, las mujeres con velo, se construyen mezquitas por todas partes y en todas ellas alguien está comunicando un Islam rebelde, igualitario, reivindicativo; en las librerías de cualquier medina casi sólo se encuentran libros de temática islámica. Grande es la oferta y la demanda en sociedades donde escasean los recursos materiales y la alfabetización.

El proceso de reislamización es profundo, acelerado y prácticamente espontáneo. En este sentido, si bien la labor de los movimientos islámicos es importante, también es secundaria. Se respira un ambiente favorable al Islam, un saludable retorno a las raíces donde se retoma el aliento, y los islamistas son los primeros sorprendidos ante el miedo injustificado que producen, lo que causa seguramente cierta insatisfacción.

Ante este mundo revuelto, agitado, tremendamente dinámico y vitalista, hay grandes retos: ¿Está capacitado el Islam para dar respuesta satisfactoria a todos ellos?

Otro de los grandes mitos falsificadores es el del supuesto inmovilismo del Islam. Nos encontramos con un problema: el de la Sharî’a, la Ley Coránica que algunos quieren ver restaurada pero que produce pánico a otros. Se nos da el ejemplo de Arabia Saudí o Irán y se nos repite que es un código medieval en el que prima el ojo por ojo y del que la mujer es su principal víctima y que, al ser una Ley sagrada, es intocable. ¿Cómo salvar este escollo? De nuevo nos encontramos con juicios que nada tienen que ver con la realidad.

La Sharî’a consiste principalmente en enunciados generales cuyos propósitos son interpretables por los musulmanes y adaptables sin demasiadas reticencias a imperativos de sociedades modernas y democráticas.

Es cierto que hay movimientos y tendencias que preferirían algunas de las interpretaciones de siglos pasados, las más restrictivas y drásticas, por simple pereza intelectual o por fidelidad a algún maestro concreto, pero ello no quiere decir ni mucho menos que sea la única postura o la única posibilidad. Es verdad que son los que más ruido hacen, pero también son a los que más oídos se prestan porque posibilitan los sensacionalismos que alimentan esa imagen negativa que se tiene del Islam.

Aun así prevalece el sentido común y es muy difícil encontrar entre los musulmanes a quien mantenga que la mujer no pueda salir de casa, recibir instrucción o que tenga que sufrir alguna mutilación, especialmente cuando dichas restricciones contravendrían directrices establecidas claramente por el Profeta.

Existen criterios legítimos en el Islam, perfectamente desarrollados por los ulemas, que permiten la actualización de la Sharî’a sin que por ello se tenga que seguir ningún modelo cultural distinto al propio. Y se está haciendo. Sólo falta la cordura necesaria que haga resaltar esos trabajos y los destaque por encima de radicalismos infundados que se parapetan en la intransigencia con el ánimo de salvar una identidad amenazada.

La Sharî’a puede ser fácilmente un valor positivo. Desde luego es un marco que aporta seguridades a los musulmanes y, por tanto, es una reivindicación justa, pero también puede ser detonante de reflexiones enriquecedoras y experiencias aprovechables.

Las ciencias islámicas están conociendo en la actualidad un auge extraordinario. Su divulgación permite aportaciones que posibilitan un debate serio que será fecundo con la maduración de las ideas. Este debate quiere, sobre todo, hacerse con independencia, con confianza en las propias capacidades, sin servilismos, enfrentándose a las propias contradicciones. Aún en condiciones adversas, el Islam está dando muestras de recuperación de la creatividad que le caracterizó en tiempos pasados; si las circunstancias no truncan ese desarrollo, sus frutos pronto podrán ser saboreados y serán el augurio de un renacimiento verdadero, insha Allah.

En el mundo musulmán —mezquitas, universidades, debates y coloquios— se está gestando su futuro. Especialmente las mezquitas, construidas casi todas ellas por suscripción popular, están recuperando su función tradicional de espacios de encuentro e intercambio. Se imita en lo posible el modelo ideal de la mezquita del Profeta en Medina. Desde el Islam como acción vinculante y socializadora se están buscando soluciones y se hacen proyectos.

Al margen del Estado —y muchas veces contra el Estado— se intenta desarrollar una forma de vida que saque del caos y la desesperación del presente a buena parte de la humanidad.

El Islam tiene garantizada su continuidad en cada musulmán. De forma desordenada, caótica incluso, los musulmanes crean comunidades en todo el mundo con el fin de mantener vivo su Islam. La inexistencia de jerarquías e instituciones favorece su expansión espontánea, descentralizada, que depende exclusivamente de su voluntad de conservar sus señas de identidad porque, en realidad, el Islam es extremadamente sencillo: no necesita de accesorios, reside de forma natural allá donde haya un musulmán, y hay más de mil trescientos millones pertenecientes a etnias diversas, a culturas diferentes, con experiencias históricas propias e idiosincrasia particular.

He querido señalar en este trabajo sólo algunas líneas generales de la situación del mundo islámico de modo global: cada cuestión de las mencionadas tiene su plasmación propia en cada país, inclusive en cada región. La imagen del Islam como un todo monolítico choca con la realidad de cientos de pueblos que, compartiendo cosas esenciales, han sabido desarrollarlas a su manera, según su propio genio y sus limitaciones.

BIBLIOGRAFÍA
Moncef Chelli, La parole arabe; Sindbab, París, 1980.
Edward Said, Orientalismo; Ed. Libertarias, Madrid, 1990.
Fadi Ismail, al-Jitab al-’Arabi al-Mu’asir; The International Institute of Islamic Thought, Maryland, 1991.
Hiba Rauf ‘Izzat, al-Mar’a wa l-’Amal as-Siyasí; The International Institute of Islamic Thought, Maryland, 1995.
Shayj Sidi Ahmad al-’Alawi, Adâmim al-Madd as-Sari; Alif, Tánger, 1986.

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