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Vestirse de luces

03/03/2002 - Autor: Abdul Guadud López - Fuente: Webislam
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Turbante
Turbante

Quizás sea primordial cuando se habla de maneras de vestir, dejar bien claro que El hábito no hace al monje. Y esta sabia advertencia está especialmente indicada cuando se habla de sunna (imitación) de los Profetas.

Algunas personas se muestran sorprendidas e incluso irritadas cuando ven por las calles de los países occidentales (y también ocurre ya en los orientales) a un murid sufí vestido elegantemente a la manera (sunna) del Profeta Mohammad, la paz y las bendiciones sobre él y su familia. Estas mismas personas no se sorprenden tanto cuando ven a reporteros occidentales vestidos con pantaloncitos cortos y gorrita de beisbol, sucios de días, desenvolverse con la mayor naturalidad por los más bellos y sagrados lugares de las antiguas "colonias". Parece una ironía que aquellos que tanto abogan por la libertad individual —en el vestir por ejemplo— que aceptan pasivamente modas tan peregrinas como el “piercing” (hacerse agujeros en las más diversas partes del cuerpo para rellenarlos con pedazos de acero inoxidable), el top less, el tanguita o las botas de escalada en ciudad... no puedan tolerar ver a una persona vestida a la manera tradicional, olvidando su hermoso discurso sobre la tolerancia y el respeto a las minorías, si alguna vez su discurso, además de hermoso fue minimamente sincero...

Por supuesto que la intención de los sufís no es competir en modas estrafalarias, pues sin duda y tal como están las cosas, serían los perdedores, sino que es por la consciencia que tienen de que la belleza del traje causa un efecto significativo sobre el alma de toda persona. En verdad, tanto del que viste como del que ve el traje del otro, y más todavía en razón de su efecto acumulativo. Es por eso —para que los occidentales aprendamos la virtud espiritual de la tolerancia— que algunos maestros sufis empezaron a dar consejo de vestir de sunna en países de occidente, aquellos donde esta costumbre no resultara una contrariedad para la vida diaria. Porque en muchos países donde se niega reiteradamente que exista el racismo y en los que políticos y periodistas se llenan la boca de palabras como solidaridad, tolerancia y diálogo, dejar libertad para vestirse, especialmente al modo de los profetas, sería una contrariedad demasiado grande para algunos, como la práctica nos indica.

¿Es tan difícil sustraerse a la ley que imponen las grandes industrias de la moda? Parece ser que sí. Hasta hace poco estas empresas industriales no tenían ninguna preponderancia. El sol se levantaba y se ponía a diario sin que nadie les prestara la menor atención. La raza humana entera vestía más o menos de sunna profética. Multitud de sastres y modistas eran capaces de confeccionar ropajes adecuados para toda la humanidad, cómodos y resistentes, cuando no era uno mismo quién, poseído de un espíritu ahorrativo y emprendedor que ahora se niega a los antiguos, los hacía en su propia casa. Esos trajes, hechos por manos sencillas (sin marca), laboriosas y en consecuencia de corazón puro, derramaban bendiciones sobre los objetos de su labor, tejiendo un tapiz de verdaderas relaciones e influencias positivas... que han desaparecido, que nos han arrebatado, llevándose mucho de aquello que por humano, era noble, sencillo y viejo.

¿Quién no ha llevado orgulloso el jersey tejido por su madre, lleno de satisfacción y gratitud por pertenecer a una familia de aquellas a las que hoy se acusa con el dedo, es decir, biológicas? La mayoría de las madres de hoy no saben coser ni quieren. No. Todo les viene impuesto desde las instancias “superiores” demasiado a menudo las más inferiores, espiritualmente hablando. Se trata de un fenómeno poderoso, emergente, globalizador y uniformador de hábitos y consciencias que tiene los días contados, pese a su ilusión de dominio, a la luz contrastada de la sabiduría de las verdaderas sociedades, las sociedades tradicionales.

La proscripción del sombrero

Engañados por las luces de neón del mundo moderno y convencidos de dar un paso más en el camino hacia la “liberación”, la gente del siglo XX de lo que primero que fue persuadida a desprenderse fue del sombrero. Ignorantes de toda sabiduría profética, no alcanzaron a comprender el por qué de una prenda de vestir de la que todos los Profetas (que la paz sea con ellos) enseñaron la necesidad. Todos los pueblos civilizados proveyeron a sus súbditos con trajes adecuados a sus necesidades, coronándolos con hermosos sombreros o tocas, y eso hasta los años 30 era lo normal, lo lógico, incluso en América o en la ultraindustrializada Europa...

Ninguna civilización ha existido que no haya provisto a sus súbditos de uno o múltiples tipos de adornos para la cabeza, entre los que han destacado siempre —por su gran belleza— los honorables turbantes hinduistas o musulmanes y las plumas de los indios americanos. El gorro o sombrero, aparte de su función espiritual de la que ya habrá tiempo para extenderse, tiene una segunda vertiente práctica que los seres humanos del siglo XXI todavía desconocen. O que algunos conocen y optan por ocultar porque supondría darles la palabra a los representantes de Dios en la Tierra, los Profetas. Se ha demostrado científicamente y se oculta sistemáticamente que el 60% de la energía que desperdiciamos se escapa por la parte superior de la cabeza.

Nuestro cuerpo actúa como una vivienda, en la que la cabeza hace la función de las ventanas. Si éstas no están adecuadamente cubiertas y aisladas, tanto el calor como el frío escapan, obligándonos a mantener la chimenea o el aire acondicionado a la máxima potencia. El corazón, que en el cuerpo humano realiza la función del hogar o calefacción en la vivienda, debe someterse a un trabajo más intenso, por lo que se reduce su esperanza de vida. El sombrero, con una eficacia superior a la de las “nuevas tecnologías”, proporciona a sus usuarios, ya sea en forma de gorra, boina o chistera una vida más larga y pausada.

Casualmente —y para nosotros no existe la casualidad— fue a partir del momento en que los países occidentales se “liberaron” del sombrero que irrumpieron en el panorama médico las modernas enfermedades del corazón. Al desoír la voz autorizada de los Profetas, ellos mismos empezaron a castigarse con nuevos motivos de muerte violenta (cáncer, corazón, sida) y también las mujeres han empezado a experimentar enfermedades que antes eran privativas de los hombres. Sin embargo hoy en día, en nombre de la “racionalidad” y de la “libertad” el hecho de que la población de un país vista con turbante o plumas, está a un paso de justificar que reciba una copiosa lluvia de bombas de destrucción masiva, todo sea para acercarlo aún más si cabe —que ironía— a la “civilización”, al bien pensar, al diálogo, a la racionalidad, a la ciencia.

Nos ha llamado mucho la atención que la vestimenta tradicional de un país tan moderno como Argentina, el traje del gaucho sea por completo un traje de sunna islámica. Por vericuetos del destino, en el siglo pasado, el ejército otomano decidió modificar sus uniformes, siendo comprados los antiguos por el gobierno argentino, gracias a lo cual hoy podemos ver a los hijos de Martin Fierro pasear con sus hermosos camises y pantalones de sunna. Así pues no era tan descabellado en occidente utilizar trajes tradicionales islámicos hasta tiempos muy recientes, incluso por personas que montaban a caballo, dormían al raso y se jugaban la vida todos los días. Así fue como para culminar la estampa de hombre libre del gaucho argentino, vino desde el corazón del Islam hasta la pampa argentina el traje de sunna del Profeta Mohammad.

El traje islámico, más aún el masculino, es noble y majestuoso. En esto hallamos la lógica de los atributos esenciales de cada sexo: en el hombre una gota de la majestad de Allah, en la mujer una gota de la belleza de Allah. El traje enfatiza la belleza y la dignididad “sobrenaturalmente naturales” del cuerpo humano. ¿Acaso no son bellos y prácticos los variados ropajes que usaba la comunidad musulmana? Sea la simple túnica árabe, el chaleco otomano, la chilaba magrebí de aspecto monacal o la práctica camisa siria, están entre los más bellos atuendos del vestuario universal. Al contrario del traje masculino occidental moderno —pantalón estrecho y chaqueta, inspirado en los uniformes militares del siglo XVIII— que enfatiza el animal económico en el hombre y lo divide en dos, el traje tradicional trata al hombre como una unidad de la cabeza a los pies (mostrando así una sutil relación con el principio fundamental del Islam, el tawhid —la unidad divina—, pues está hecho de una sola pieza). Respecto al traje femenino occidental, poco podemos decir por los continuos cambios y dispendios a los que nuestras mujeres se ven sometidas por causa de la moda, pero tenemos la impresión de que atuendos como la minifalda con bota alta y tacón enfatizan también el animal económico en la mujer, aunque por agravio comparativo, en el peor de los sentidos...

Los complementos

Entre los complementos de la vestimenta, hay que destacar en el hombre actual la imposición de no asumir su propia masculinidad, un grave problema de fanatismo que ha vuelto a surgir en occidente y ahora por mimetismo, también en oriente, para satisfacción de los fabricantes de cuchillas, espumas y maquinillas, y desesperación de los ecologistas. La negación de la propia barba —excepción hecha de los pueblos imberbes, en que solo los ancianos llegan a poseerla, haciendo patente para todos el símbolo de la venerabilidad— es un tema que necesitaría de ayuda psiquiátrica colectiva. Si estamos de acuerdo con que se trata de una libre elección personal, ¿a qué viene la obsesión por rasurar barbas? Para ser musulmán no es necesario llevar barba, a pesar de las anti-islámicas leyes que decretaron los gobernantes talibanes, aquellos que los americanos impusieron en su día sobre la colonia Afgana. Pero para poder trabajar en una multinacional, mal hará el aspirante en no rasurar su barba, y lo decimos por experiencia propia. No es menos cierto que todos los profetas usaban barba, incluido Jesús (que la paz sea con él), por lo que es también cuanto menos sospechoso que los sacerdotes católicos opten casi al unísono por el afeitado, mientras la mayoría de sus santos eran hombres barbados. Como por otra parte aún lo son los representantes de la Iglesia Ortodoxa, aquella que aún conserva algunos de las costumbres propias de los profetas. Por lo que respecta al tasawuf, un hombre del que se dice que es un gran maestro sufi, y se aparta del ejemplo de los Profetas y rasura parte de la integridad que Dios le ha dado... es algo muy extraño, dada la dignidad de su cargo. Es como si un león se arrancara la melena, algo simplemente antinatural, por la parte que corresponde a los complementos propios del género masculino.

Entre los complementos de la contraparte femenina, el velo o pañuelo, equivalente femenino del turbante, provoca la irritación de los modernos paladines de la libertad. Miopes en grado suficiente para ver fantasmas en una prenda que ya usaron sus madres, este pañuelo anudado a la cabeza ofrece toda su protección al cabello y el rostro de las mujeres que viven en los países “colonizados” por occidente. Ellas, alejadas de la sofisticación de las grandes ciudades de plástico y hormigón, pasan la mayor parte de sus vidas al aire libre en los campos, los oasis y las praderas. Protegen sus cutis y sus cabellos de las inclemencias climatológicas al tiempo que de las miradas lascivas de los hombres. Esta prenda con que los cristianos representan siempre a Myriam, la madre de Jesucristo (que la paz sea con ambos), es considerada un signo de humillación por la mujer “moderna”. En cambio complementos tan vejatorios y antiguos como el lápiz de labios se consideran un símbolo de independencia y liberación, pese a que su origen se remonte a las “especialistas” que en los burdeles del antiguo Egipto, recaudaban fondos para la corte de Faraón. En esto de la pintura de labios, no existe realmente una queja o prohibición de su uso por parte de los escolásticos musulmanes, solo hemos querido hacer una reflexión sobre la realidad, origen y “significado” de los “símbolos” que hoy se fomentan. Por cierto que tal y como eran en el mundo antiguo los anillos en la nariz la marca de los esclavos, así fue la corbata en la sociedad feudal europea, el símbolo de la servidumbre y de la sumisión...

El turbante

No se puede dejar de decir que es la prenda más hermosa, el regalo más grande. De toda la vestimenta tradicional, el distintivo máximo de nobleza y humanidad es el turbante. Todos los Profetas los llevaron. De formas tan maravillosas que no hubo dos iguales. El Profeta Mohammad dijo que a cada vuelta de tela, Allah envía un ángel de protección que acompaña a su portador. También dijo que su comunidad empezaría a decaer cuando ya no se usaran turbantes. Bueno sería pues recordar al gobierno de Arabia Saudita que debe dejar de poner dificultades para entrar en Meca llevando turbante.

Sin embargo al tiempo que el turbante eleva nuestro rango de seres humanos, haciendo de cada uno de nosotros un sultán, un representante de Allah al que se ciñe una corona real sobre su figura, no debemos olvidar que aquél que lleva un turbante se convierte en el foco de atención de las demás criaturas, y que esta prenda magnifica tanto las virtudes como los vicios de quien la lleva. Es una insensatez vestir turbante cuando no estamos a la altura humana y espiritual que representa, por lo que nuestros defectos e impurezas quedarán bien pronto de manifiesto, manchando el buen nombre del hombre tradicional, incurriendo en una fuerte responsabilidad, al haber vestido esta prenda con la sola intención de realzar nuestra estética y nuestra vanidad personal. En España sabemos que uno no debe ponerse un traje de luces si no tiene costumbre de lidiar con toros.

Al final de su vida, se entierra al creyente envuelto en su turbante, que es utilizado como sudario. Así fueron enterrados todos los Profetas. Demos pues gracias a Allah por poner un turbante sobre nuestras cabezas.

Publicado en el nº 15 de BARAKA, revista de arte y pensamiento Sufí
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