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Jutba del maqam de Ibrahim 3

El alimento que Allah nos ofrece es la realidad. Y lo hace a través de Ibrahim, que nos enseña cómo hemos de tratar a las criaturas

28/02/2002 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Los viajeros saludan a Ibrahim y éste les ofrece hospitalidad.

Seguimos caminando de la mano de Ibrahim, la paz sea con él, en la vía del sometimiento a la realidad, asistiendo al despertar del corazón sutil, que es el maqam donde se produce el encuentro con la realidad, el diálogo íntimo y la adoración.

Vamos a sumergirnos en el Qur’án para tratar de comprender cómo se producen ese despertar del corazón y ese diálogo interior que constituyen toda adoración, cualquier relación del ser humano con la divinidad, con lo sagrado, con Allah.

En el sura 11, Surat Al Hud, Allah nos revela un episodio luminoso de la historia espiritual. El profeta Ibrahim, la paz sea con él, es visitado por los ángeles en la intimidad de su hogar. Los emisarios van de viaje a advertir al profeta Lut, de la destrucción que se cierne sobre su pueblo a causa de su incredulidad y de su extravío.

Dice el Qur’án:

"Y, en efecto, vinieron a Ibrahim Nuestros emisarios celestiales, con la buena nueva. Le ofrecieron el saludo de paz, y él respondió: ‘¡Y con vosotros la paz!’ y se apresuró a presentarles un ternero asado."

Lo primero que Allah nos revela en este ayat es que Ibrahim estaba con Él. No dice que fueron o llegaron sino que ‘vinieron’ al profeta. Allah nos habla desde el propio maqam de Ibrahim, desde el lugar donde se produce la teofanía que nos provoca la conciencia de Dios, el tayali que nos produce la taqwa.

El jalil ullah, el profeta que vive en estado de intimidad, de unión con Dios, tiene como misión transmitirnos la forma en que Allah nos hace ser conscientes de Él, la forma de vivir en Su compañía.

Ibrahim conoce el éxtasis de amor y Allah le elige como jalil. El jalil es un amante totalmente entregado a su amado.

Ibn ‘Arabi nos dice que este grado de intimidad con Allah le corresponde al Insan al Kamil, al ser humano realizado, a la criatura en la que Allah se manifiesta en la más perfecta de las formas.

Los viajeros saludan a Ibrahim y éste les ofrece hospitalidad. Con ello expresa una actitud de apertura hacia el ser humano en general puesto que los viajeros le son desconocidos. Y les ofrece un alimento que no es sino la manifestación de la esencia divina. Ibrahim nos ofrece a todos esa comida de hospitalidad porque para él nada hay sino Allah y nosotros, las criaturas, no cesamos de manifestar la realidad única, aquella que, según el hadiz qudsí, sólo nuestros corazones pueden contener. Dependemos de Allah porque es Él quien nos crea y nos da la provisión y la vida. Y nos la da por medio de la conciencia, de la intimidad con Él.

El alimento que Allah nos ofrece es la realidad. Y lo hace a través de Ibrahim, que nos enseña cómo hemos de tratar a las criaturas, cómo hemos de darle lo mejor, aquello que de divino hay en nosotros y alimentarlas con Allah porque Allah es Al Qayyum, lo que nos sostiene y nos nutre. Hemos de ser la mejor expresión de Allah con Sus criaturas, alimentarlas con la luz más pura que seamos capaces de transmitir, con el amor que seamos capaces de sentir.

También Allah nos enseña cómo hemos de alimentar a nuestro Señor, a nuestro Rabb, en nuestra intimidad, en nuestro interior, para mantenernos vivos espiritualmente. Y nos dice que sólo podemos hacerlo a través de Su ángel, de aquello que nos está expresando paz, salam, buena nueva. En el maqam de Ibrahim, el ángel es huésped habitual, es la energía sutil que comunica al siervo con el señor y a éste con el siervo, la vibración unitiva y la expresión de la belleza y del bien.

Continúa Allah revelándonos el significado del maqam:

"Pero al ver que no tendían sus manos hacia el alimento se extrañó de su conducta y sintió aprensión hacia ellos. Pero dijeron: "¡No temas! Ciertamente, hemos sido enviados al pueblo de Lut."

Los ángeles no comen. Su sustento es la adoración y su conciencia es el decreto, el Qadr. Pero Ibrahim no conoce aún la naturaleza de sus huéspedes y siente miedo, porque en la tradición de los semitas del desierto el rechazo de la comida de hospitalidad es signo de clara hostilidad. Ibrahim no pensó nada, sintió..., sintió aprensión, es decir, experimentó un estado momentáneo de separación, de extrañeza. Y en ese estado de sorpresa, en ese barzaj, en ese vacío, se produce el encuentro, en ese momento se nos revela el ángel diciéndonos: ‘No temas, no sientas miedo, soy Yo’.

Y ese Yo no es sino el germen de nuestra vida espiritual, la conciencia de Allah que vive en nuestra más cercana intimidad. Sentimos aprensión hacia los demás cuando los sentimos como otros, como distintos. Esa aprensión nos lleva a preguntarnos: ¿Quién será?

Y el ángel nos responde: ‘Quién sino Allah’ porque el ángel es el destello de Allah en nuestras conciencias, la energía luminosa que nos transmite la buena nueva del encuentro, de la unión. El ángel es ese ser de luz que nos acompaña en nuestra travesía por estos mundos, la sonrisa sincera, la idea útil, el rostro de la belleza, la hospitalidad desinteresada y tantas otras recreaciones y presencias que a veces se dejan sentir por nosotros en los momentos en que Allah se nos revela como Al Latif, como lo sutil.

Allah ha creado a los ángeles para que nos sirvan. Y nos sirven porque purifican y confortan nuestros corazones con la presencia, porque son la forma que tiene Allah de producir la luz en nuestro corazón y por eso mismo nos dice Allah que sostienen Su trono. Ellos nos sirven porque si no existieran esos seres luminosos en nuestras conciencias no tendríamos ninguna posibilidad de encontrar el camino de vuelta.

Hemos sido creados en la sombra interior. Allí brotó la luz de nuestra conciencia, rodeada por la penumbra, y desde entonces no hemos hecho más que regresar, cruzando las sombras, los colores, las formas y los pensamientos. El ángel es el recuerdo de aquella luz primera, su eco más cercano en la creación de Allah, en la conciencia humana. El encuentro con el ángel es la báraka que nos transmite el ser humano sometido a Allah, la medicina que cura al corazón de su nostalgia. No podemos ver la luz, porque es la luz la que nos hace ver. Sólo vemos los colores, las sombras, pero la realidad es translúcida, transluminosa, transparente.

Continúa diciéndonos el Qur’án:

"Y su mujer, que estaba de pie al lado, se rió de felicidad y entonces le dimos la buena nueva del nacimiento de Ishak y, después de Ishak, de su nieto Yacúb."

La báraka de Allah se derramó en la intimidad de Ibrahim. Su casa era honrada por Dios con Su presencia angélica. Tal era el pacto que Allah había establecido con Su jalil. Su mezquita, su corazón y su casa eran lo mismo. No había ninguna fractura en su experiencia. Y por esa razón establece en él su morada, su maqam. Y lo hace con tal fuerza que su linaje se ve fortalecido con la presencia divina y surgen de él incontables profetas, enviados y santos.

Allah se le revela a Sarai y le asegura su descendencia como se la había asegurado a Ibrahim, de cuyo linaje surgen Ismail e Ishak, Yacúb y Yusuf, la paz sea con todos ellos. Éste último, según nos dice la revelación expresaba la belleza como ningún otro ser humano. Parecía un ángel.

Sarai se rió de felicidad al enterarse de que los huéspedes eran emisarios de Allah y sintió Su báraka.

La presencia de Allah se manifiesta en Sarai como alegría, como felicidad. Rió de alegría. Estaba siendo atravesada por el ángel y sintiendo aquello que siempre hemos deseado sentir, la verdadera unión, el verdadero encuentro, la muerte verdadera y la resurrección verdadera, pero, inmediatamente, su conciencia se vuelve sobre sí misma.

Dice Allah:

"Dijo ella: ‘¡Ay de mí! ¿Cómo voy a tener un hijo, siendo ya vieja y mi marido un anciano? ¡Ciertamente, eso sería en verdad algo asombroso!’."

Tras la sacudida, tras el destello alumbrador de la presencia divina, Sarai se mira a sí misma y percibe la sombra: ‘Ay de mí’, dice. Contempla su cuerpo vencido por el tiempo y siente su propia esterilidad, su incapacidad para producir la vida. Es el grito desesperado de Yerma, el dolor incontenible de la mujer que no puede tener hijos, que incluso ha incitado a su esposo, Ibrahim, para que se una con Hayyar, la esclava egipcia que le ha asegurado la continuación de su linaje con Ismail. La esterilidad de Sarai aparece aquí como una sombra que arroja la presencia de Allah, como un contrapunto inevitable.

Reconozco la luz, pero cuando la luz me anega, puedo ver aquello que ocultaba mi sombra, puedo verme a mí mismo tal y como soy, como una criatura débil y sometida al tiempo, al desgaste, a la muerte. Y además me doy cuenta de mi incapacidad para crear nada, de mi esterilidad. Sarai es entonces una criatura deslumbrada y aquí se produce el mayor contraste, la mayor tensión. No podemos eludir nuestra condición de criaturas, pero Allah nos muestra Su luz y nos provoca la pregunta: ¿Cómo puedo ser luz, atravesar la muerte y producir la vida, si no soy más que un cuerpo cansado y sometido?

"Los emisarios respondieron: ‘¿Te asombras de que Dios decrete lo que Él quiera? ¡La gracia de Dios y Sus bendiciones sean sobre vosotros, Oh gente de esta casa! ¡Ciertamente, Él es digno de toda alabanza, sublime!"

Los ángeles responden siempre a esa pregunta. Son emisarios de Allah, heraldos de Su presencia y de esa forma Le adoran, cumpliendo la orden de servir a Sus jalifas. Los ángeles expresan a Allah como An Nur porque son la mejor luz que nosotros podemos vivir antes de la Hora.

¿Nos extrañamos del poder de Dios delante de Su Ángel? Sí, me extraño en la más cercana presencia porque estoy desapareciendo en la luz, disolviéndome en ella y mi conciencia se está expandiendo, alejándome de todo aquello que reconozco como yo. Un momento de asombro, de sombra, de vacío. A la pregunta de Sarai, los ángeles responden con otra pregunta: ¿Te asombras?, pero esa pregunta es en realidad la expresión del Qadr, del decreto de Allah cuando dice Sé y es, Kun Fayakun, cuando es pronunciado y la realidad se manifiesta en nosotros, porque inmediatamente el ángel nos transmite la báraka y nos devuelve a la presencia del Amado. ¡Oh gente de esta casa, oh huéspedes del corazón, de la confianza, del recuerdo, Allah es vuestro único huésped, vuestro único invitado. Adoradle sólo a Él porque sólo Él es digno de ser adorado, porque Él es Al Hamid, Alhamdulilah, el único capaz de ser amado. Él Sublime.

Quiera Allah para nosotros el servicio constante de sus ángeles porque esa sería la prueba de la pureza de nuestras intenciones.

Quiera Allah para nosotros lo mismo que quiso para Ibrahim y las gentes de su casa: la intimidad y la disposición para la vida luminosa.

2.

Termina Allah narrándonos el desenlace del encuentro de Ibrahim con Sus ángeles:

"Y cuando se desvaneció el temor de Ibrahim y hubo recibido la buena nueva que le fuera transmitida, comenzó a interceder ante Nosotros por el pueblo de Lut: pues, ciertamente, Ibrahim era sumamente benigno y tierno de corazón, dispuesto a volverse a Allah una y otra vez."

Ibrahim, al igual que Sarai, tras reconocer a los seres de luz que Allah les envía ha sido deslumbrado por la presencia y arrojado a su sombra. La sombra de Sarai era de naturaleza mental, era la extrañeza, el asombro ante el vacío, pero la sombra de Ibrahim, la paz sea con él, es su propio corazón donde vive el Rahim, el Misericordioso, y nada más conocer la buena nueva comienza a interceder por la humanidad perdida. Y Allah nos dice cómo era su profeta, el hanif que había preparado su casa, su corazón y su mezquita para que fuesen un lugar de adoración y de manifestación, y cumplir así un decreto que nos permite a todos regresar. Y lo mejor que puede manifestarse en el corazón humano es la compasión.

Allah elige a las gentes de su casa, a sus adoradores conscientes, entre aquellos que han purificado sus corazones de toda idolatría y se han llenado con la luz de Allah. Y lo hace así para que transmitan al ser humano la luz y le permitan así conocer el camino de regreso a ella.

Ibrahim, la paz sea con él, era muy bueno. Su sombra era la compasión. Su decreto era compartir el decreto de las criaturas, sentirlas, sentir con ellas, compadecerse de su condición y de su estado. Un corazón sano y vacío se compadece porque está reflejando la realidad. Y en ese momento la realidad son las criaturas extraviadas que sufren y van a ser aniquiladas. Ibrahim no sufre por ellos, a causa de ellos, sino con ellos, siendo capaz de contenerlos en su interior, de experimentar sus estados, de reflejar sus pensamientos. Pero Allah sabe más y termina diciéndonos:

"Pero los emisarios de Dios respondieron: ‘¡Oh Ibrahim! ¡Desiste de ello! ¡Ciertamente, el decreto de tu Sustentador ya ha sido promulgado: y, en verdad, les sobrevendrá un castigo que nadie puede impedir!"

Ni tan siquiera el jalil, el hanif que Allah había elegido para levantar su casa, puede cambiar el decreto, el Qadr. La compasión marca el límite y señala el final, el desenlace del encuentro y de la enseñanza. De la misma manera Allah advierte al profeta Muhámmad cuando le dice, en el Qur’án, en la Sura del trueno:

"Pero tanto si te dejamos ver en la vida, Oh profeta, el cumplimiento de algo de lo que les hemos prometido, o si te hacemos morir antes de su cumplimiento, tu deber es sólo transmitir el mensaje, y Nuestro es el ajuste de cuentas."

(13-40)

En nuestro caso, el deber de Ibrahim, como el de todos los profetas, la paz sea con todos ellos, es sólo transmitir el mensaje. Y el mensaje es aquí claro: el límite de nuestra capacidad de transmitir la luz está en la compasión, en ser capaces de compartir el decreto de los otros. Eso es lo más difícil y requiere, como nos dice Allah, de una naturaleza bondadosa y de un corazón tierno. Una naturaleza bondadosa es una casa abierta. Un corazón tierno es una casa donde sus habitantes intercambian sonrisas en sus miradas. Eso es lo que nos dice Allah, que a partir de ahí sólo se manifiesta en nosotros Su decreto y somos el ojo por el que Él ve y el oído por el que oye.

Quiera Allah hacernos bondadosos como Ibrahim y que nuestros corazones conserven la flexibilidad y la transparencia.

Amin.


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