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Jutba del maqam de Ibrahim 2

21/02/2002 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Encuentro

El viernes pasado estuvimos hablando del maqam de Ibrahim, la paz sea con él, siguiendo el relato del profeta Muhámmad, la paz sea con él, que nos transmitió Ibn Abbás. Hoy continuamos con esa narración extraordinaria de quien mejor ha conocido la historia profética, por ser su culminación y su sello. Dijimos que el profeta Ibrahim, la paz sea con él acudió a Meca en dos momentos cruciales de su vida con el mandato de Allah de establecer la forma de la adoración, de la íbada. En su primer viaje, va en busca del lugar, del maqam, donde ha de establecer a su familia. Un lugar elevado junto a un árbol en medio del desierto. Ibrahim, la paz sea con él, ve la mezquita de luz que es el lugar señalado por Allah y hace un du’a para que Allah proteja a su familia y les permita transmitir una revelación.

Ibrahim retorna a Meca para seguir transmitiendo a la humanidad en qué consiste esa adoración y para explicarnos con todo detalle qué es la Casa de Allah, que no es otra cosa que el corazón humano, el maqam que procura la intimidad con Dios. Ibrahim nos habla de la vida que conocemos, de la humanidad que somos.

En la transmisión de Ibn Abbás, continúa diciendo el profeta:

"Pasó el tiempo y aumentaron las familias. Ismail se hizo mayor, aprendió el árabe con ellos (Con las gentes de la tribu de Yurhum que se habían establecido junto a Zamzam) y llegó a alcanzar cierto prestigio entre ellos.

Cuando alcanzó la pubertad lo casaron con una mujer de ellos. Después murió su madre.

Llegó Abraham para interesarse por su familia y ver cómo estaban, pero no encontró a Ismail. Entonces, preguntó a su mujer por él, y ésta le dijo:

‘¡Ha salido a buscar de comer para nosotros o a cazar para nosotros!’

Después le preguntó por su vida y cómo se encontraban.

Ella le respondió quejándose:

‘¡Estamos mal y padecemos una estrechez muy fuerte!’

Él le dijo: ‘Cuando venga tu marido, salúdale de mi parte y dile que cambie ‘el umbral de su puerta’.’

Regresó Ismail a su casa y, notando algo familiar, preguntó a su mujer: ‘¿Ha venido alguien?’

Ella contestó: ‘¡Sí! Ha venido un hombre mayor, de tal y tal aspecto. Me ha preguntado por ti y que cómo vivíamos. Yo le he contestado que vivíamos en una situación de estre­chez acuciante.’

Ismail le preguntó: ‘¿Y te ha dado algún consejo o te ha dicho algo?’

Dijo ella: ‘¡Sí, me mandó que te diera un saludo y que cambiaras ‘el umbral de tu puerta’!’

Él dijo: ‘¡Ese es mi padre y me ha mandado separarme de ti! Así pues, ve con tu familia.’

Ismail la divorció y se casó con otra mujer de la misma tribu.

Se ausentó Ibrahim durante un tiempo y regresó de nuevo a ellos. Y como no encontrara a su hijo Ismail, preguntó a su mujer por él. Y ella le dijo:

‘¡Ha salido a buscar de comer para nosotros!’

Preguntó: ‘¿Y cómo os encontráis?’ Preguntando por su vida y su estado.

Contestó ella, ensalzando y dando alabanzas a Allah:

‘¡Estamos bien y somos felices!’

Ibrahim le preguntó: ‘¿Cuál es vuestro alimento?’

Ella contestó: ‘¡La carne!’

Dijo: ‘¿Y cuál es vuestra bebida?’

Dijo ella: ‘¡El agua!’

Dijo Ibrahim: ‘¡Oh Allah, bendícelos e incrementa para ellos la carne y el agua!’

Dijo el Profeta, Allah le bendiga y le dé paz:

‘¡Y no tenían ese día para comer ni un sólo grano de trigo y aunque hubiesen tenido, Ibrahim habría pedido para ellos de la misma forma!’

Continuaron alimentándose exclusivamente de carne y agua, suficiente para ellos en Meca, pero no fuera de ella."

En su regreso a Meca, Ibrahim vuelve al lugar de la adoración. El profeta, la paz sea con él, nos dice que en ese tiempo ya había muerto su mujer, Hayyar, y que Ismail había crecido y se había casado. Ibrahim se dirige a su casa cuando va al encuentro con Ismail, la paz sea con ellos. Encuentra a la mujer de éste y le pregunta. Ante la expresión de descontento de élla le aconseja a su hijo que se divorcie. Ibrahim se marcha y, al regreso, encuentra a una esposa contenta y sometida a Allah.

Y esa era una condición indispensable para poder establecer la casa de Allah, la forma de la adoración: el contento de ánimo, el agradecimiento, el regreso, el sometimiento.

Hayyar ha muerto y la visión de la Mezquita de Luz había quedado atrás. Ahora era necesario establecer lazos de sangre y levantar muros de piedra, para que los seres humanos pudiésemos vivir sometiéndonos a Allah. El establecimiento del islam requiere de esa disposición alegre, confiada e inocente, porque es en nuestros corazones donde se produce nuestro sometimiento. Porque nuestros corazones albergan el recuerdo de aquella Kaaba de Luz que vieron Ibrahim y Muhámmad, la paz sea con ellos.

El profeta nos está diciendo que la revelación de Ibrahim sobre la adoración, la íbada, tiene que ver con la familia, y que la mujer es la puerta de la casa. Y por eso también en otros hadices, el profeta nos asegura que el matrimonio armonioso es la mitad del din, la más inmediata adoración, porque es la expresión más natural del amor, la más fecunda, la más real para nosotros que somos criaturas, seres creados para crear la vida. Sin esa condición no es posible vivir y extender el islam por el mundo por muy fuertes y elocuentes que sean nuestras palabras. Un ser humano básicamente descontento no ayuda a construir una comunidad espiritual, que es la que han tratado de establecer los profetas y los hombres justos.

Vuelve de nuevo la enseñanza de que la vida espiritual implica el mejoramiento de nuestra condición, de nuestro carácter. Pero esa es una prueba difícil porque nuestro carácter, es la expresión más elemental de lo que somos, una condición que creemos inamovible. Nuestra mente puede ser brillante, podemos comprender racionalmente muchas cosas, pero si no somos capaces de convivir, si no podemos alcanzar el diálogo, no podemos acceder a la realidad y nos debatimos en una lucha estéril y sin sentido.

El maqam de Ibrahim nos revela también que la única relación posible con Allah pasa necesariamente por la aceptación de la realidad, y nos lleva directamente al centro de la cuestión. Realidad es lo que nos ocurre, lo que nos llena o nos entristece. Nada hay fuera de la realidad, pero somos ignorantes y, sobre todo, somos dependientes de lo más elemental, del agua y del alimento, pero ¿Cómo vivimos esa dependencia? ¿Nos sentimos maltratados porque la vida es difícil y nos cuesta un gran esfuerzo obtener el sustento? ¿Estamos descontentos porque la realidad no es como quisiéramos? ¿O, por el contrario, nos sentimos agradecidos con la realidad porque Allah nos está dando sin límite?

Todos sabemos que, en algún momento, hemos salido de las sombras y hemos visto un paisaje esperanzador, una luz motivadora. Y ha ocurrido así, súbitamente, por un movimiento de nuestro corazón, que ha sido iluminado por Allah, agraciado con sus latidos. Así sabemos que es posible vivir ese cambio de nuestra conciencia, esa transición hacia la realidad que hace que toda nuestra vida sea un solo y único acto de adoración, la sura de un regreso.

El profeta, la paz sea con él, nos está diciendo con su mejor lenguaje que seamos hijos de la sonrisa, de la alegría, y que el contento de ánimo es una expresión irrevocable de nuestra condición de musulmanes. Es así de claro y de rotundo. No puede haber sometimiento, adoración, íbada, donde haya alguien descontento, un yo doliente que se interponga.

El profeta nos revela, además, un hecho singular. En el lugar donde Allah establece su casa los seres humanos pueden alimentarse exclusivamente de carne y agua. En otro lugar, no. Su casa es el jardín, porque la Mezquita de Luz se levanta en un lugar elevado por cuyos bajos fluyen los arroyos, en esta caso la fuente de Zamzam, la única fuente del Jardín cuya agua podemos beber los seres humanos en esta vida, porque es como un agua de todos los mundos que fluyera en la tierra, el agua de una humanidad despierta.

Alhamdulilah que hace que Ibrahim nos enseñe la ciencia del corazón, la que nos sirve para purificarnos, para reflexionar, para adquirir sentido.

Oh Allah: Haz que vivamos contentos, que seamos alegres y confiados. Que nuestros corazones no se endurezcan con el olvido.

¡Oh Allah!: haznos adoradores sinceros en todos los actos de nuestras vidas.

Destierra el mal humor de nuestras vidas cotidianas.

Guíanos por el sendero de los que están contentos y haznos vivir en su compañía.

Mantén la alegría en nuestras familias y entre las gentes que Te quieren.

2.

Concluye la narración con el encuentro entre Ibrahim y su hijo, que tiene lugar precisamente en el mismo sitio donde Ibrahim y el propio Muhámmad, la paz sea con ambos, habían visto la Mezquita de Luz, en el lugar elevado junto a Zamzam, donde había un solo árbol y las aguas del manantial lo circundaban.

"Permaneció ausente Ibrahim durante un tiempo. Después regresó y encontró a Ismail afilando una flecha, bajo un árbol cerca­no a Zamzam. Y cuando éste vio a su padre, se levantó y fue a recibirlo y se saludaron como corresponde al encuentro del padre con el hijo y del hijo con el padre."

La narración nos dice que ese lugar de la adoración es el lugar natural del cazador, de Ismail, aleihi salem. Ismail sale a cazar y afila sus flechas. Puede vivir alimentándose exclusivamente de carne y de agua. No es un ser humano sedentario aunque se haya establecido allí. Recorre los espacios en busca de alimento, y cuando lo atrapa vuelve al manantial. Así hemos de vivir, lanzándonos en pos de la realidad y encontrándola a nuestro regreso. Ismail, la paz sea con él, manifiesta en esa cualidad el dinamismo que ha de tener el alma para hacerse capaz de Allah, la condición despierta, el impulso irrefrenable hacia la realidad, el incesante encuentro con ella, y la extinción.

Se saludaron de la mejor manera posible. Eran padre e hijo pero eran algo más: ambos tenían conciencia de Dios porque eran profetas suyos y estaban sometidos a Su decreto, que era transmitir la forma de la adoración, la revelación de la íbada.

Contento de ánimo, condición despierta y conciencia de Dios. Una vez establecidas las condiciones de la adoración, el profeta nos narra cómo Ibrahim, la paz sea con ambos, enseña al ser humano la forma concreta de la casa:

"Dijo Ibrahim: ‘¡Ismail, Allah me ha encomendado un asunto!’

Ismail contestó: ‘¡Pues haz lo que te ha ordenado tu Señor!’

Ibrahim dijo: ‘¿Y me ayudarás?’

Contestó: ‘¡Y te ayudaré!’

Dijo: ‘¡Allah me ha ordenado construir una casa aquí!’ (Señalando a una elevación del terreno cercana).

En ese tiempo fue cuando levantaron los pilares de la casa. Después Ismail acarreaba las piedras mientras que Ibrahim las iba colocando y de esa forma se iba elevando la construcción hasta que hubieron terminado y dijeron:

‘¡Señor nuestro, acéptanos este trabajo. Ciertamente, Tú eres El que todo lo oye, El Sabio!’."

La narración se cierra con la perfecta correspondencia entre el cielo y la tierra. Dos profetas, padre e hijo, expresan su sometimiento a la realidad. El encuentro entre Ibrahim e Ismail aparece como una suma de voluntades que quieren realizar a Allah en este mundo. Todas sus acciones son las que Allah les decreta y ellos las realizan con toda naturalidad. Pero no es sólo una concordancia entre el cielo y la tierra o un sometimiento de unos seres humanos a la ley del cielo, sino el reconocimiento tácito de la servidumbre absoluta, de la extinción en Allah.

Ibrahim es el jalil Ullah, el amigo íntimo de Dios, el que lo escucha en su corazón y el que se sabe escuchado, porque cuando hace su du’a le dice ‘Tú eres el que todo lo oye’. Ismail sabe que su padre es amigo de Allah, que mantiene un diálogo interior, y le ayuda a realizar su tarea, como si en ese momento la revelación necesitase de dos profetas para hacernos comprender el mensaje, que no es otro que el del reconocimiento, el de la conformidad, el de la adoración.

Allah les manda construir, no un templo sino una casa, un espacio para que alguien viva.

Ismail acarrea las piedras. Es más joven y tal vez más fuerte. Ibrahim las va colocando. Él es el `Arif, el que conoce las proporciones y las formas de la casa, porque había recibido ese conocimiento durante la visión de la Mezquita de Luz en su primer viaje a Meca. Finalmente hacen un du’a juntos y le piden a Allah que acepte su trabajo.

Así, el profeta, la paz sea con él, da por terminada su narración del maqam de Ibrahim sobre la revelación del establecimiento de la íbada, episodio central de la historia de nuestra Ummah espiritual.

Oh Allah: ayúdanos a mejorar nuestro carácter, a ser prudentes, equilibrados y justos.

Ayúdanos a mejorarnos unos a otros y haznos reconocer el amor.

Ilumina nuestra ignorancia y sitúanos en la verdad compasivamente.

Tú eres el Bueno, al Barr, el que nos cura del amor por el mundo. Acércanos a Ti. Abre nuestras conciencias y haz que seamos realmente los hijos de la sonrisa.


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