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Jutba de Ramadán 1

El ayuno nos prepara para la recepción del Corán

15/02/2002 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Que nuestras faltas e idolatrías se deshagan como la niebla entre las horas de Ramadán.

El tiempo del ayuno comienza a envolvernos con sus sutiles bendiciones un año más, una vuelta más en nuestro tawaf, circunvalando la kaaba de la Realidad. El mes de Ramadán es un mes lleno de bendiciones y de báraka. Lo han dicho los profetas, los santos y los conocedores, y nosotros lo vamos comprobando a medida que vamos viviendo como musulmanes.

El ayuno es una práctica común a todas las tradiciones, una ‘ibada humana universal. La privación voluntaria es una decisión espiritual que equilibra el exceso, compensando el debilitamiento que nos produce la repetición. El ayuno nos hace romper los hábitos que embotan nuestras vidas y nos adormecen hasta hacernos morir.

El frío nos empuja con fuerza hacia el calor. El ayuno nos lanza de lleno a la necesidad de romperlo, Alhamdulilah, nos ayuda a recordar la soledad, el hambre, la sed y el deseo para, finalmente, dejarnos a solas con nuestro rabb, con ese Señor nuestro que habla en cada una de nuestras células, en cada uno de nuestros pensamientos. Alhamdulilah, que entonces Se nos revela como el Más Sabio y Puro Conocimiento.

El ayuno no sólo nos libera del mundo, sino también de nosotros mismos. Nos hace comprender, precisamente, que no somos algo diferente del mundo que habitamos. Tan vacíos estamos nosotros como el mundo. No hallamos la realidad por ningún sitio, sólo silencio, sólo quietud inanimada. Nos dice Allah en el Corán, en el Surat al Baqara:

"¡Oh vosotros que habéis llegado a creer! Se os ha prescrito el ayuno como se les prescribió a quienes os precedieron, para que os mantengáis conscientes de Allah."

(Qur’án. 2-183)

El ayuno nos prepara para la revelación del Corán, que se inició durante el mes de Ramadán. El mundo sutil, la vida de nuestras lataif, se nos revela cuando nuestra conciencia abandona los señuelos del mundo y nuestros sentidos se libran de los ídolos que los mantienen prisioneros. Cuando nuestra mente se apacigua y nuestros nafs están templándose con el ayuno, nos vamos limpiando de todas las adherencias que hemos ido adquiriendo en nuestro viaje. Nuestra atención se dirige inevitablemente hacia el interior, se repliega hacia dentro.

Nos damos cuenta de que nuestra percepción es interesada, de que miramos con el ojo formal de la mente en lugar de ver con el ojo del corazón. Oímos con el oído de la autosatisfacción, en lugar de escuchar la sinfonía de la verdadera creación, siempre sugerente y llena de sentido. Vemos aquello que queremos y creemos ver, en lugar de ver aquello que es en realidad. Eso es parte de nuestra peculiar condición. Pero también tenemos la capacidad de darle la vuelta a esa situación, mediante un movimiento del corazón, y ofrecernos a la Realidad, a la vida fluyente. Para ello es absolutamente necesario que el corazón esté limpio y purificado, para que pueda reconocer al verdadero objeto de su sentir.

El ayuno purifica nuestros corazones de las constricciones a que se ve sometido por la existencia, de las prosternaciones que hacemos a los ídolos consciente ó inconscientemente. Esta privación nos libera de todos los movimientos y pensamientos que no están conscientemente dirigidos a encontrar a Allah. Para eso nos ha prescrito Él el ayuno, como Misericordia, para que se incremente nuestra conciencia de Él, nuestra taqua, nuestro amor por Él, para tenernos más cerca proclamando el Tawhid.

Y por eso es el único acto de ‘ibada que el mu’min hace para Allah Solo, como ofrenda y como expresión del sacrificio de sí mismo. Por eso, quien no puede sacrificar durante el Hayy, debe ayunar diez días. El ayuno del mu’min tiene lugar en el marco de su relación personal con su Rabb porque implica una merma del nafs, un abandono de uno mismo y un reconocimiento de aquello que nos mantiene en la Realidad.

En las prescripciones legales contenidas en el Qur’án, el ayuno aparece como expiación y reparación legal, como purificación y renovación. Quien no tiene capacidad económica para reparar un daño o liberar un esclavo deberá ayunar.

En este mes bendito tiene lugar la transición cíclica en la que el mu’min, escapando del tiempo lineal, recobra la capacidad de vivir el tiempo sagrado, cuando Allah se nos revela como al Quddús y nos procura la curación espiritual sin que sepamos cómo ni de qué manera.

Por eso Allah establece el ayuno como uno de los pilares obligatorios del din del islam, para que nuestros corazones puedan acompasarse en la hermandad del Tawhid, sentir Su expresión pura y creadora de vida en nosotros. Allah nos quiere para Él al mismo tiempo que nos quiere para nosotros. Él quiere crearnos libres para que así podamos vivir la experiencia de la soledad y del deseo. De ahí que las noches del mes de Ramadán sean especialmente benditas y que la Laylatul Qadr transcurra cuando Allah nos ha despojado ya de todas las excusas, de los lastres que nos mantienen en un estado de letargo, de conciencia lejana y extrañada.

Alhamdulillah que nos hace conocer la privación para hacernos conscientes de Él, que a cada uno de nosotros nos regala un Qur’án que se nos revela según el grado de transparencia de nuestros corazones, según nuestra capacidad de amar y de comprender. Alhamdulilah que da vida a nuestras lataif haciéndonos oír el rumor de las alas de Yibril, alehi salem.

Alhamdulillah, que nos hace reconocer la realidad por medio de esa ciencia Suya contenida en nuestra creación, por medio de ese maestro interior que siempre reverdece, aleihi salem, y cuyo discurso nos ilumina cuando estamos vacíos, cuando somos humildes. El ayuno tiene como fin purificarnos en todos los niveles de nuestra existencia. Sobre aquellos y aquellas que se privan de algo, sea lo que sea, dice Allah en el Qur’án:

"Para todos ellos ha preparado Dios el perdón de las faltas y una magnífica recompensa."

(Qur’án, 33-35)

El ayuno, al tiempo que nos limpia, va acercándonos a la conciencia de Allah. Esta taqua acaba con el shirk, abole la idolatría, y es la antesala de la magfira, del perdón de nuestras faltas, de la reconciliación entre el siervo y su Señor. No podemos acercarnos a la Realidad mientras nos hallamos entretenidos en las imágenes, en las ideas que absorben nuestra atención, pero ¿Cuáles son nuestras faltas, nuestros errores?

Nuestras faltas son los momentos que hemos vivido alejados de Allah habiendo podido ser conscientes de Él. Nuestros errores son también esas imágenes e ideas que han quedado impresas en nuestra memoria y que, pretendiendo ser reales, no hacen sino tratar de velarnos a la Realidad, a nuestra propia conciencia trascendente. Son esos sentimientos que quedaron en algún remoto rincón de nuestro pensar, esas imágenes que quedaron grabadas con fuerza en nuestros corazones; de todas esas formas de idolatría nos libra el ayuno.

La privación sensorial devuelve la dimensión espiritual a nuestras funciones y experiencias vitales, recobrando el sentido trascendente que implican, animando la vida de las lataif. El ayuno nos ayuda a reaprender esas funciones, a valorarlas, renovando nuestra capacidad para vivir en una creación que es pura diferencia y dinamismo. Ayunar nos hace conscientes de nuestra respiración y quien ayuna gusta del silencio en su regreso hacia el interior. También recobramos la percepción, el gusto de los alimentos, el gozo de los sentidos, las vivencias más espirituales de nuestra sexualidad. "En la dificultad está la facilidad", nos dice Allah en el Qur’án. En la privación se gestan el disfrute y la abundancia de bienes.

Existe una correlación entre los mundos. Nuestro cuerpo, nuestra nafs y nuestro ruh son distintas expresiones de una sola realidad, como nos dice la Ciencia del Tawhid, y si trabajamos en una de esas expresiones, se ven afectadas todas ellas de una manera u otra.

A través de la privación de los sentidos ordinarios, al trascender los impulsos y hábitos que estructuran nuestra vida cotidiana, Allah nos procura los sentidos sutiles, despierta nuestras lataif. A través del hambre, Allah nos recuerda el valor de los alimentos, nos descubre nuevamente los sabores y olores inimitables que componen Su creación. Por medio de la sed, Allah nos recuerda que estamos cruzando el desierto del mundo, y que el Agua es el medio por el cual Él nos crea a la vida y que no podemos dar un paso sin ella. Estar sedientos es reconocer que somos una tierra seca y dura en la que Allah hace surgir la vida mediante el agua y nos convierte así en arcilla moldeable, donde exhala Su ruh dándonos la forma que Él quiere, creando el mundo que Él quiere para nosotros. Alhamdulilah.

Allah nos hace ser conscientes de nuestra necesidad, de nuestra condición de seres dependientes, de seres sujetos, de criaturas. Así nos va conduciendo sabia y compasivamente hacia Sí Mismo, de la única manera posible, sin error, sin falta. Por medio de la continencia sexual y de la interiorización, Allah purifica nuestra visión, renovando nuestra capacidad de vivir el amor en nuestra mirada. Así Se nos revela Allah en el ayuno a través de Sus Nombres, como Ar Rashid, como Aquél que nos guía por el sendero de la virtud, Aquel que es capaz de conducirnos por la senda de la Realidad, el que nos procura la realidad, el que nos regala la conciencia.

Alhamdulilah que nos ha prescrito el ayuno como uno de los pilares obligatorios de nuestro din. Así nos beneficiamos de los dones que derrama en abundancia sobre quienes se privan de algo por Su causa.

Allahumma: Haznos conscientes de que nuestro ayuno es sólo para Ti.

Procúranos satisfacción en lo sencillo, en lo claro, en lo cercano.

Que nuestra privación de nosotros mismos se haga conciencia de Ti.

Amin.

 

2.

En los planos más sutiles de nuestras maqamat, el silencio y la meditación son estados que Allah nos hace vivir para que nuestra existencia recobre su sentido, para que podamos re-conocer la realidad que se esconde detrás de cada color, de cada sonido, de cada olor que tocamos o degustamos, de todo nombre. Todo en esta creación es signo, nada más que señal. El ayuno purifica nuestras miradas, alejándolas de cualquier pretensión de seducción, convirtiéndolas en un intercambio de luz en Allah y para Allah.

Sobre las bendiciones contenidas en el ayuno de las palabras, Allah le dice a Mariam, en la Sura que lleva su nombre:

"Come, pues, y bebe, y que se alegren tus ojos! Y si ves a algún ser humano, hazle saber: He hecho voto de silencio al Más Misericordioso y no puedo, por ello, hablar hoy con nadie."

(Qur’án, 19-26)

Ayunamos de nosotros mismos, dejamos de prestar atención a nuestros ídolos y, en el mejor de los casos, cesan nuestras visiones al ser arrebatados por la Realidad. Alhamdulilah.

En el Riyyad As Salihin encontramos varios hadices que nos hablan sobre el ayuno de Ramadán. Existe uno de Abu Huraira, que oyó decir al Profeta, la paz sea con él:

"Dijo Allah, poderoso y majestuoso: ‘Toda práctica de adoración del hijo de Adam es para él, excepto el ayuno que es para Mí y Yo recompenso por él.’ El ayuno es protección. Y si estáis ayunando ni digáis obscenidades ni gritéis ni alborotéis. Y si alguno de vosotros es insultado o dañado, que diga ¡‘Estoy ayunando!’.

‘¡Por Aquel que tiene en sus manos el alma de Muhámmad, que el aliento de la boca de quien ayuna es mejor ante Allah que el olor del almizcle! El ayunante tiene dos grandes momentos de alegría: el momento de romper el ayuno y cuando llegue el encuentro con su Señor, se alegrará de haber ayunado."

(Lo relataron Al Bujari y Muslim.)

El ayuno es para Allah, porque nos priva de aquello que en nosotros Le vela. Es sólo para Él, porque los mejores frutos del ayuno son el fanah fillah, la extinción en la Realidad, y el baqá, el desembarco en Ella. Es sólo para Él porque nos procura la taqua, la conciencia de Allah como Único Sustentador, como nuestro Rabb. En medio de las horas de Ramadán nos vamos quedando solos y en silencio, regresando a nuestra existencia más elemental y no tenemos más quibla que aquella que nos señala nuestro imán.

Allah nos acompaña siempre, Alhamdulilah, y sólo quiere que nos demos cuenta de ello. Esa es la Háqiqa contenida en la prescripción divina de nuestro ayuno, porque el ayuno es la táriqa más poderosa para suscitar el Recuerdo, para resucitar nuestra fitrah.

El ayuno es una protección, porque no hay temor ninguno en la extinción ni en la subsistencia. Todo temor se quema en el fuego de nuestro fanah. Sólo las lataif están viviendo. Los órganos de nuestro cuerpo siguen sus mandatos con obediencia. Y así Él nos va curando de nuestros males, con esa Ciencia Suya que algunos seres humanos han llegado a conocer.

La alegría del ayuno no sólo está en romperlo y disfrutar con la satisfacción de las necesidades de nuestro cuerpo y de nuestra mente. La otra alegría, aún mayor, es la del encuentro con nuestro Creador, el reconocimiento de su proximidad.

Parece como si Allah nos insinuara que la ruptura de nuestro ayuno es una metáfora de nuestra vida en esta tierra, que no es sino un ayuno de Él, que romperemos cuando, tras la muerte, nos encontremos a Su lado de una manera más consciente, más real y más viva.

Nuestras vidas como hijos de Adam son vidas que transcurren en la privación. Cuantas más experiencias e imágenes alberguemos, más hambre de Él tendremos, cuantas más palabras contengamos, más sed de Allah padeceremos. Cuando dejemos de tener el hambre y la sed del mundo, romperemos el ayuno de nuestra vida, masha Allah.

Allahumma:

Te pedimos que aceptes nuestro ayuno, un año más, y facilites nuestra travesía en este tiempo bendito.

Que nuestras faltas e idolatrías se deshagan como la niebla entre las horas de Ramadán.

Que el ayuno nos sirva para fortalecer y dulcificar los lazos que nos unen.

Que nos ayude a ser más conscientes de que el Tú está en el Nosotros.

Que tus siervos que sufren en todos los rincones del mundo sean confortados por tu Rahma, ¡Ya Rahim!

Que este Ramadán se derramen especialmente Tus dones espirituales sobre todos aquellos que Te buscan sinceramente y que la conciencia que renazca de nuestras cenizas sea, sobre todo, conciencia de Ti.

Amin.


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