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Jutba del tiempo

Ana Dahr, Yo soy el tiempo

15/02/2002 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Nada sabemos de ese tiempo invisible que nos envuelve...
Nada sabemos de ese tiempo invisible que nos envuelve...

En un hadiz qudsí, dice Allah de sí mismo "Ana Dahr", Yo Soy el tiempo. Alhamdulilah que ha llegado el momento, insha Allah, de hablar del tiempo nuestro, del Dios nuestro que traza los círculos del tiempo en un instante y los hace desaparecer sin haber sido. Nada sabemos de ese tiempo invisible que nos envuelve aquí donde respiramos y vivimos. Ahora hablamos del tiempo, cuando no sabemos siquiera si lo estamos cruzando o es él el que nos atraviesa sin que nosotros podamos evitarlo.

Decimos que no tenemos tiempo como si nos fuese posible tenerlo, detenerlo. ¿Qué haríamos nosotros con el tiempo, si pudiéramos detenerlo? Seguramente ya lo habríamos perdido. Nada ni nadie pueden tener ni detener el tiempo, porque el tiempo huye de esas fracciones en que queremos solidificarlo y dominarlo, el tiempo no son siglos ni minutos ni horas, el tiempo es un instante donde todo termina y todo empieza, el tiempo es este ahora donde tiene lugar la creación de Allah, una creación inimitable e irreproducible, sin grietas ni fisuras, que no respeta ninguna comprensión, ninguna medida que no sea el Tawhid, que no admite otra lectura que el tayalli de Allah, Su manifestación constante y única.

Decimos que ha pasado poco o mucho tiempo según las vueltas que haya dado la manecilla del reloj o según las veces que ha vuelto a nacer la luna. Vueltas y veces... recurrencias.

Allah crea los mundos dibujando círculos radiantes, espirales galácticas y cromosómicas, imprimiendo a su creación los ritmos que hacen posible la recitación incomparable de ese Corán que nos atraviesa y nos constituye por dentro y por fuera. Curvas y órbitas de unos mundos que trazan un único círculo sin principio ni fin, una forma sin forma que nos sostiene, Subhana Allah, un pálpito incesante que surge en la conciencia, porque sólo podemos saber del tiempo en el presente, aunque nuestra memoria nos hable del pasado y nosotros hablemos hoy del paso del tiempo. Sentimos el tiempo como algo que pasa y que nos roza, como si fuese el aire, pero no es el aire. Aunque a veces lo hayamos respirado y olido no sabemos donde está el tiempo. Sólo sentimos su realidad cuando vuelve, cuando volvemos, cuando reconocemos, cuando amamos.

Porque el tiempo es una forma de nuestra conciencia que nos hace regresar, reconocer, retornar. Cada vez que retornamos a una mirada, cada vez que volvemos a ver a quienes amamos sentimos la realidad del tiempo, del ahora real. ¡Alhamdulilah!

Un ciclo, un círculo, una vuelta. Un corro, un año, una rueda. Tratamos de repetir la creación y no podemos... no hay tiempo para ello. Buscamos sentido en la repetición, creyendo que quizás la próxima vez alcanzaremos el sentido, que llegaremos a alcanzar y vivir la revelación en nuestras rutinas, en nuestros hábitos. Pero la repetición y la rutina no son más que la expresión de nuestra propia incapacidad de ser reales, el eco de una palabra que no se repite nunca, que está viva y crece y vivifica porque es el aliento de Al Rahmán, el hálito que Él exhala en nosotros para que le nombremos como al Rahim y nos sintamos agradecidos por la vida que en nosotros sentimos.

Tratamos de apresar el significado de los acontecimientos mediante un movimiento del corazón, porque nuestro corazón necesita reconocer el mundo, sentir las diferencias, latir con sana vitalidad y llegar a conocer el amor porque así nos quiere Allah, sumisos a la conciencia y felices como aquellos y aquellas que ahora, cómo no iba a ser ahora ¡Alhamdulilah! están en el jardín.

Los ciclos forman ritmos y nuestra vida es posible gracias a ellos. Allah nos lo indica en numerosos momentos de Su Recitación. En los ciclos de la revelación, en los círculos de la existencia están los signos que sirven para esclarecer a los corazones ávidos de una realidad sin forma ni principio. Círculos de luz y sombra, de frío y de calor. Fuego y jardín son signos todos ellos del tiempo, del camino, pero no son el tiempo ni la vía.

Sentimos el tiempo como un secreto indescifrable, un cómputo imposible. Y sin embargo Allah nos dice que a cada una de Sus criaturas nos ha sido asignado un plazo, un espacio, una forma, un tiempo que nadie, salvo Allah, puede cambiar. Cuando Allah nos hace vivir en un espacio grande y luminoso, lleno de colores y de horizontes inmensos lo hace diciéndonos "Ana Dahr", Yo soy el tiempo. Nosotros podemos habitar un espacio, un jardín, pero no podemos habitar el tiempo porque éste no se deja concebir. Nos somete, nos reduce a nuestra condición de seres sin conciencia, de espejos que se rompen cuando creemos reflejar toda la realidad.

No podemos quejarnos del tiempo, porque lo que Allah nos procura es un espacio puro, algo que implica presencia y conciencia pero que ocurre en un tiempo que nosotros no podemos conocer más que retornando, volviéndonos hacia el otro desde adentro, tratando de recuperar en ese sincero y real regreso el sentido de aquello que necesitamos conocer, de la experiencia que estamos viviendo, de esa visión que siempre nos vela y nos crea.

Otras veces vamos en pos del tiempo huyendo de nuestra memoria y acabamos siendo prisioneros del calendario y de los relojes, adoradores de nuestra mente, de nuestro panteón repleto de señuelos, pero el invierno siempre nos coge desprevenidos aunque cada otoño nos preparemos con más conciencia, con más tiempo. Nada de eso tiene que ver con el conocimiento del tiempo porque el tiempo sólo se deja conocer por sus huellas. Sólo cuando la criatura se vuelve con insistencia una vez y otra hacia su interioridad, hasta su misma fuente, el tiempo se le muestra en toda su majestad, sin ninguna fracción, ni transcurso ni repetición. Tiempo completo y real que sentimos en el ijlás, en la conciencia de nuestra finitud, cuando aceptamos la realidad incuestionable de nuestra muerte, que sin duda acaece cuando Allah quiere, cuando nos sobreviene la conciencia de la hora que habrá de llegar un día u otro. Ese ijlás, esa sinceridad segura, nos procura asimismo el don de la belleza, el sentimiento de que nuestra vida es efímera, escasa y, por eso mismo, valiosa. Sólo disponemos de un instante, más allá del tiempo de los relojes, para alcanzar la comprensión, para adquirir sentido, que es el fin para el que somos creados en este tiempo único y sin fracciones, en este acontecer palpitante, Alhamdulilah.

Si nos imaginamos a alguien tratando de comprender el tiempo mirando a un reloj, seguramente nos vendrá a la mente la imagen de un simio curioseando un artefacto. Con respecto al tiempo, nos comportamos como seres irracionales. Trabajamos las cifras del tiempo, contamos las vueltas, tratamos de comprender los ritmos, de conocer las leyes, pero todo es en vano, porque el tiempo no se deja codificar sin corromperse y perderse así en la realidad.

Sentimos pasar el tiempo, discurrir. Nos sentimos a nosotros mismos pasar, cruzar por la existencia, ir de un lado a otro sin cesar tratando de apuntalar nuestra visión, como queriendo que las cosas estén en el mismo lugar cuando volvamos, para que el mundo sea real y permanente, pero eso nos hace tener la sensación de caminar en círculos, de pasar un día y otro por los mismos sitios. El mundo, para que sea verdadera creación, oculta lo idéntico y muestra lo diverso, alberga en su interior un secreto que se va desvelando a medida que somos capaces de vivir, de ir comprendiendo la realidad del Tawhid.

Hablamos de otros tiempos, de un tiempo pasado y de otro por venir. Recordamos siempre a Jorge Manrique: "Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte contemplando/ cómo se pasa la vida/ como se viene la muerte tan callando. Cómo a nuestro parecer cualquiera tiempo pasado fue mejor...." Del pasado hablamos como si estuviera en otro sitio, en otro tiempo cuya realidad desconocemos. Siempre que recordamos algo sentimos la mordedura del tiempo, o cuando soñamos el futuro, porque, por un momento, por un tiempo, nuestra conciencia cree estar en otro sitio, en otro tiempo. Allah nos somete alternativamente al olvido y al recuerdo, como si fuera un pálpito de la conciencia, que ella necesita para latir, para conocerse a sí misma, para sentirse, para que podamos conocerla como al Rahmán.

Hemos de vivir el tiempo como un regalo que Allah nos hace, como la posibilidad que Él nos ofrece para que podamos comprenderLe, emerger en la realidad y disfrutar, por un tiempo, siempre por un tiempo, Alhamdulilah. El tiempo nos permite surgir en la conciencia, darnos cuenta de la conciencia que somos, del sentido que esconde y que expresa lo que vemos, del secreto que se guarda solo pues sólo se revela a quien es capaz de amar con un amor que sólo consiente en someterse al tiempo, que no tolera más final que la muerte. ¡Alhamdulilah!

El espacio es el molde de las formas y el tiempo es el molde del sentido. Sin tiempo no hay conciencia que pueda reconocerse. Sin tiempo no es posible conocer el fanah. Sin transcurso no es posible suspirar por la eternidad, porque no podemos ansiar aquello que escapa a nuestra conciencia. Por eso Allah nos arroja al olvido y a la inconsciencia, para que podamos así conocerle a Él como Al Hayy, como el Viviente, y como al Haqq, como la Realidad.

Y para que no nos queden dudas, Allah también nos dice en otro hadiz qudsí:

"Yo era un tesoro escondido. Quise ser conocido y creé la creación". Allah es el tiempo, el Señor del tiempo que se crea a sí mismo para que exista el movimiento, la vida, para hacernos posibles a nosotros. Sólo necesitamos tiempo para saber, para conocer. Lo demás, las formas, las apariencias son sólo signos que brotan como imágenes de la rueda del devenir, y nos hacen perder el tiempo, corromperlo en nuestra conciencia.

Allah puede hacer y hace aquello que escapa a nuestro entendimiento, porque Él también es al Hakim. Él puede crear a millones de seres únicos aunque a nosotros nos parezca incomprensible.

Allah crea la diferencia porque Él quiere, porque lo que está creando, Subhana Allah, es la propia vida que vivimos y esta vida es polaridad, diferencia y tensión. Estamos siendo creados en el vacío, en la nada, con la apariencia absoluta de realidad, con sensorialidad, con color y sonido. Pero nada de eso es el tiempo, como a veces creemos cuando vemos sus huellas, cuando descubrimos las cicatrices, las arrugas, la involución, porque nada sabemos de ese tiempo que hace posible la conciencia. Allah nos crea en el tiempo y por un tiempo fijo para que Le conozcamos a Él, que es el Señor de ese Tiempo del sentido que ahora está aquí, emergiendo en nuestras conciencias sin que podamos ni queramos evitarlo. Por eso ahora le llamamos Al Karim, porque sin eso que guarda este Nombre no nos sería posible la vida, no hubiéramos conocido ni una sola mirada.

Creemos que la memoria puede salvarnos del presente, que la experiencia nos hace aprender, que podemos evitar el sufrimiento recordando nuestros errores. Pero el único aprendizaje que Allah nos pide es aprender a reconocerLe a Él en las cosas que nos ocurren, aprender a seguir Su rastro en el desierto de nuestra existencia hasta alcanzar el oasis donde le conocemos como As Salam. Él nos pacifica, nos conforta con la Dirección y el Sentido, nadie más que Él. ¿Quién si no podría hacerlo? Por eso no debemos maldecir el tiempo ni olvidarnos de él, sino tratar de acompasarnos con él para que él se compasione con nosotros y cese de devorarnos en el olvido y en la inconsciencia, para dejar de estar perdidos en medio del tiempo. Un estribillo de Juan Ramón Jiménez lo describió muy bien:

Cuando yo me muera,

Cuando yo me muera,

Seguirán los niños

Jugando a la rueda...

2.

Nacemos, vivimos y desaparecemos en el tiempo. Por eso no debemos maldecirlo. El tiempo siempre regresa, siempre vuelve, como la rueda de los niños, que pervive tras la muerte de quien ahora la contempla.

Vuelve el tiempo y vuelve el círculo a cerrarse sobre sí mismo, siempre de manera distinta, siempre idéntico. Acaba un año, doce meses lunares que regresan al tiempo del sentido. El Ramadán es el tiempo que señala la realidad de nuestros ritmos existenciales. Así quiere Allah señalarnos el tiempo, como una conciencia que despierta a la vida desde la privación, desde el ayuno, desde la distancia con aquello que necesitamos para poder vivir. El Ramadán nos devuelve al tiempo del que hemos sido exiliados por las formas, por las palabras y las ideas, por todo aquello que ha ocupado nuestra mente haciéndonos incapaces de Allah, por todos nuestros ídolos. El ayuno nos lleva de vuelta a nuestra casa, a nuestra interioridad, y nos sitúa en ese tiempo callado del sentido, donde se producen esos movimientos del corazón que tanto nos importan, esos latidos que tanto nos conmueven.

Los más grandes maestros espirituales de todas las tradiciones han expresado la necesidad que tenemos los seres humanos de vivir en ese tiempo del Tao o del Tawhid, el nombre es aquí lo de menos. Para ello debemos vencer al tiempo de los relojes, al sentimiento de la rutina, vencer al tiempo muerto, dejar atrás al ídolo caído e inerte. Hemos de romper una vez más el cerco de la repetición y del sinsentido, destrozar nuestro propio yo, nuestra memoria grosera y anecdótica, aniquilarlos, para renacer en el verdadero recuerdo, para mirarnos unos a otros en el espejo de la realidad.

Alhamdulilah wa sukrulilah porque existen el tiempo, la muerte y la belleza, que son las condiciones de la conciencia para que esta sea lo que es, para que existamos nosotros y para que nosotros nos podamos conocer.

Alhamdulilah que no podremos eludir a la Muerte porque si no, no hubiéramos sido.

Alhamdulilah que hace posible que sintamos su báraka. Y que, aunque no la sintamos, nos alcanza de todas las maneras.

Alhamdulilah que nos hace ser agradecidos.

Allahumma: Devuélvenos ahora al tiempo del sentido

Haznos regresar al principio y líbranos de la alucinación de las huellas del tiempo.

Allahumma: Tú que eres el tiempo, danos la conciencia de Tí, incrementa nuestra taqwa.

Allahumma: Haz que vivamos en el Ijlás, en la sinceridad consciente, para poder así conocer la existencia plena, la vida verdadera.

Allahumma: Haznos vivir la experiencia del Tawhid y haz que nos sirvamos de ella para instaurar el Bien y la Belleza.

Allahumma: Concede a los que se someten a Ti por Amor un tiempo luminoso que les permita mantener vivo Tu recuerdo en este mundo. No dejes que tu recuerdo se vaya de nosotros ningún tiempo. Y haznos morir recordándote y nacer contemplándote para siempre.

Amin.


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