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Jutba del maqam de Ibrahim

Ibrahim era uno de los pocos seres humanos de su tiempo que aún conservaban la memoria luminosa, el recuerdo de Dios...

14/02/2002 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Jutba del maqam de Ibrahim
Jutba del maqam de Ibrahim

Comienza la luz a levantarse sobre la tierra una vez más, atravesando la tiniebla, y empiezan a crecer los días. Allah nos revela su poder de hacer la creación como Él quiere y donde quiere. Él hace brotar la vida en la tierra yerma y hace surgir el deseo de Él, el fuego de Ibrahim, la paz sea con él, en nuestros corazones.

A Adam, la paz sea con él, Allah le condujo desde el conocimiento de Sus Nombres hasta el conocimiento de los nombres de todas las cosas, desde el sentimiento de Su Presencia en el Primer Jardín hasta la necesidad de recordarLe en la tierra. Con Adam, la paz sea con él, Allah aleja al ser humano de su principio situándolo en el mundo de las palabras y de los velos materiales hasta perderse por completo.

Más adelante, Allah le encomienda a Nuh que advierta a las gentes de su extravío y les amoneste llamándoles a regresar a la verdadera existencia, pero los seres humanos de su tiempo habían perdido la memoria de su origen luminoso y eran tan sólo los habitantes de una tierra sombría. Allah purificó a esa humanidad con el agua del diluvio y le hizo gusl a la tierra, que había sido contaminada por la inconsciencia humana. Y los hijos de Nuh se dispersaron por todos los continentes, poblándolos con los antepasados de la humanidad que hoy conocemos.

A Ibrahim, la paz sea con él, le encarga la misión de reunir a la humanidad escindida y dispersa y establecer la adoración, el regreso hacia la conciencia. Para ello le revela la forma que ha de tener la llamada para provocar el recuerdo.

En Los Jardines de los Justos, An Nawawi recoge de Al Bujari un testimonio de Ibn Abbás. Se trata de una narración del profeta, la paz sea con él, reveladora de la relación íntima que Allah nos propone como modelo. El profeta nos describe el maqam de Ibrahim, un episodio central de la historia profética en el que Allah nos señala nuestra condición de criaturas dependientes y nos muestra la forma natural de relacionarnos con Él.

Allah le enseña a Ibrahim la ciencia del corazón porque es ese el conocimiento que nos procura el encuentro con la realidad. Ibrahim es el amigo íntimo de Allah, Jalilullah. Y Allah le revela que Él es el Wali de los que confían, amigo del hanif, de los corazones libres de idolatría.

Es esa intimidad con Allah la que hace posible la revelación de Ibrahim. Esa familiaridad templa la visión del profeta que vino a enseñarnos la forma de regresar a Allah mediante un conocimiento que surge del corazón.

Ibrahim, el buscador de Allah, lo buscó en todas las cosas creadas, en el sol, la luna y las estrellas, y lo encontró dentro de sí, en su más profunda intimidad. Ibrahim era uno de los pocos seres humanos de su tiempo que aún conservaban la memoria luminosa, el recuerdo de Dios, como tambien le ocurriera a casi todos los profetas y al último de ellos, la paz sea con todos. Ibrahim buscaba a su señor con todas sus fuerzas. Tal era su necesidad de luz. Él era el que más necesitaba encontrarle y por eso Allah le reveló el secreto de Su intimidad y le hizo el regalo de Su presencia.

El testimonio de Ibn Abbás nos hace oir una narración del profeta Muhámmad, la paz sea con él, que conoce por la revelación. Esta descripción maravillosa nos provoca una visión clara de la historia de Ibrahim, de su maqam, porque es la narración de quien fue sello de todas la visiones humanas. Muhámmad, la paz sea con él, conocía a todos los profetas anteriores a él. Y él fue su imam en la Mezquita Al Aqsa.

"Dijo Ibn Abbás que el profeta, la paz sea con él, dijo que llegó Ibrahim con Hayyar, la madre de su hijo Ismail, siendo éste un niño pequeño, hasta dejarlos ante el lugar de la Kaaba, junto a un árbol grande por encima del lugar de Zamzam y en lo más alto de la mezquita, sin que hubiera en Meca nada en ese tiempo, ni tan siquiera agua, los dejó allí con un hatillo de dátiles y un recipiente con agua.

Después, Ibrahim partió, volviéndose por donde había venido. La madre de Ismail lo siguió y lo llamó:

‘¡Ibrahim! ¿Adónde vas dejándonos en este valle desierto?’

Se lo gritó varias veces sin que por ello se volviese hacia ella.

Y ella le preguntó: ‘¿Es que te lo ha dicho Allah?’

Ibrahim le contestó: ‘¡Si!’

Y dijo ella: ‘¡Entonces, no nos abandonará!’

Después ella regresó e Ibrahim se marchó."

El profeta nos está revelando una ciencia divina por la que el ser humano puede relacionarse con Él, tener conciencia Suya. Y nos remite al maqam, a la estación, al lugar donde ese profeta íntimo de Allah va a acudir en dos momentos de su vida. En esta ocasión, la primera, llega al lugar guiado por Allah y abandona allí a su familia para que establezcan el salat. Pasados unos años, Allah le hará regresar al mismo lugar, donde recibirá una revelación que ayuda desde entonces a los seres humanos a tener conciencia de Dios y conciencia del mundo, porque esa revelación es la forma que debe tener la oración, el reconocimiento de la necesidad humana de la adoración y su expresión más acertada. Allah le muestra a Ibrahim la Kaaba de luz y éste, ayudado por su hijo Ismail, que ya es un hombre, construye el santuario de piedra.

El profeta Muhámmad, la paz sea con él, nos describe un desierto seco en el que sólo había un árbol. Contempla el lugar de la Kaaba y el lugar de Zam Zam, pero cuando alude al lugar donde Ibrahim ha dejado a su familia dice "Y en lo más alto de la mezquita."

El profeta veía la misma Mezquita de Luz que Ibrahim había reconocido al llegar al lugar. Había llevado a los suyos hasta allí para establecer el salat y la peregrinación e Ibrahim no dudó que aquella fuese la Mezquita, Al Masyid, el lugar donde nos postramos irremediablemente, donde nos sometemos, el sitio desde y adonde regresamos. Allah señaló en su corazón el lugar, la casa, la forma de nuestra adoración.

La intimidad con Allah aparece con claridad en la pregunta de Hayyar, que no comprende por qué Ibrahim los abandona en aquel inhóspito lugar: ¿Te lo ha dicho Allah? Cuando Ibrahim le contesta que sí, Allah está hablando por boca de su profeta, diciéndonos que Él es wali de Ibrahim y que en su corazón no cabe la duda sobre Él. El maqam de Ibrahim es la estación de la humanidad purificada que se vuelve hacia la conciencia. Tras la purificación de Nuh viene la adoración, el reconocimiento, la vuelta, la reunión. Ese regreso comienza con el recuerdo, con la apertura del corazón.

Ibn Abbás prosigue su transcripción de la narración del profeta:

"Y cuando Ibrahim se encon­traba en un paso entre montañas, en un lugar sustraido a cualquier mirada, y antes de alejarse definitivamente, hizo el siguiente du’a, alzando sus manos y encarando a la Kaaba:

‘¡Señor, he establecido a mi familia en un valle desier­to, junto a Tu Casa sagrada para que establezcan las formas de Tu adoración. Haz, pues, que los corazones de la gente se vean moti­vados para acudir a ellos y aprovisiónalos de frutos, tal vez así sean agradecidos!’."

En su du’a, Ibrahim está viendo la Kaaba Celeste porque el santuario de piedra aún no ha sido erigido. En este momento el profeta está viendo la Kaaba de Luz, la Casa, Al Baytul, el betilo, y en su visión no caben sino la prosternación y el reconocimiento.

La casa de Allah no es un cubo de piedra sino la estación donde la criatura se Le somete, el maqam donde se prosterna. Ese sometimiento es fruto de la conciencia, del sentimiento de la necesidad, y es entregarse a la realidad cuando ésta se manifiesta sin concesiones. Allah lo ha dicho. Se lo ha dicho a sus profetas y a sus santos y lo sabe bien Su profeta amigo.

Accedemos a la revelación de Ibrahim por medio de un maqam, una estación espiritual y un lugar. Un centro de la humanidad indisolublemente unido a su conciencia, una revelación que procura la intimidad con Allah, su cercanía. Una forma de adoración seguida por todos los profetas y seres humanos sometidos a Allah que vinieron después de él.

Allah establece ese centro, el eje de su relación con su criatura, en el salat, en la prosternación, en el sometimiento voluntario y consciente a Él, en el deseo de Su intimidad.

Ibrahim le pide a Allah que esa misión se vea recompensada con la conciencia, que esa prueba sirva para que las gentes tomen conciencia de Él mediante un movimiento de sus corazones. El profeta le está pidiendo a su Señor que los seres humanos reconozcan la luz escondida en el sometimiento, en la aceptación, en el regreso, que sus corazones comprendan que su familia está allí para enseñarles a adorarLe, como un modelo vivo de la relación que Él quiere que sus siervos tengan con Él. En su du’a, Ibrahim está expresando una de las formas que habrá de tener la adoración: la vuelta, el regreso, la peregrinación a aquel lugar, a la Mezquita de Luz que se estaba erigiendo en la tierra en aquel momento.

Los seres humanos habrán de volver a aquel lugar y merodear dando vueltas tratando de encontrarLe, tratando de hallar la forma de adorarLe, de hacerse oir por Él o de oirLe, porque ese maqam es la apertura del corazón humano a la realidad.

Sigue diciéndonos el profeta:

"Permaneció un tiempo la madre de Ismail amamantando a su hijo mientras que ella bebía del agua, hasta que se agotó el agua que tenían y la sed se apoderó de ellos de tal manera que la madre de Ismail veía cómo su hijo iba deshidratándose por la falta del líquido."

El maqam de Ibrahim es la estación de la confianza en Allah y por eso implica una purificación, una prueba. Cuando Ibrahim se marcha, Hayyar se queda en el desierto porque así lo ha querido Allah, Quien se lo ha dicho a su amigo Ibrahim. La adoración va a establecerse a partir del reconocimiento de una necesidad real como la sed misma, de la conciencia de ser criatura. Allah nos crea en la precariedad y en la necesidad para que Le busquemos sin cesar y así sean posibles nuestras vidas.

Hayyar está amamantando a un profeta, a un ser humano capaz de contener la revelación, dotado de visión y agraciado con la conciencia de Dios. La paz sea con todos los profetas. La sed, la necesidad, el deseo de vivir se apoderó de ellos. La sed extrema es quizás una de las experiencias de privación más duras que un ser humano puede vivir, pero el movimiento de Hayyar no está causado por el miedo a su propia muerte o por la desconfianza en su Señor, sino porque veía cómo su hijo iba deshidratándose. Estaba viendo cómo la vida, la única vida que existía en su visión de aquel lugar, además de la suya, iba secándose.

El movimiento de Hayyar trata de perpetuar la visión de la vida en la tierra. Expresa la ansiedad ante la desaparición.

Continúa el profeta Muhámmad diciendo:

"La montaña que tenía más cerca era Safá, se subió a ella y oteó el valle desde su cima tratando de divisar a alguien, pero fue en vano. Al no ver a nadie, des­cendió de Safá hasta el valle, allí se recogió el extremo de su túnica y echó a correr con las fuerzas propias de una persona agotada y hambrienta. Hasta que atravesó el valle para subir des­pués a Marwa, que era otra montaña que se elevaba frente a Safá. Desde lo alto escudriñó el horizonte tratando de ver a alguien, pero tampoco vio a nadie desde allí.

Así estuvo subiendo y bajando de una montaña a otra hasta siete veces.

Dijo Ibn Abbás, Allah esté complacido de él, que dijo el Profeta, Allah le bendiga y le dé paz: ‘Por ese motivo, la gente corre entre las dos montañas siete veces, durante la peregrinación.’

Cuando subió a la montaña de Marwa por última vez, oyó una voz y se dijo a sí misma:

‘¡Sssss!’

Después prestó atención con el oído y volvió a oír la voz."

El profeta nos recuerda que la otra forma de adoración que Allah le reveló a Ibrahim, la peregrinación, es un regreso, un recuerdo del tiempo y lugar en que se estableció la forma de nuestra adoración. Damos vueltas alrededor de ese maqam para darnos cuenta de que su centro es inalcanzable, para sentir que Su misericordia no conoce límites. El peregrino ha de correr entre las dos montañas siete veces, revivir la angustia, la búsqueda infructuosa de la vida en el horizonte de la visión, la llamada a Allah, la mirada desesperada. Finalmente, Hayyar encuentra la respuesta.

Dijo Ibn Abbás, Allah esté complacido con él, que dijo el Profeta, Allah le bendiga y le dé paz:

"Allah se compadeció de la madre de Ismail y aunque ella no hubiese escarbado en la arena de Zamzam, el agua habría manado, en cualquier caso, de forma inagotable.’

Dijo: ‘Así pues, bebió la madre de Ismail y pudo seguir amamantando a su hijo. Y le dijo el ángel’:

‘¡No temáis perderos, porque aquí estará la Casa de Allah y la construirán este niño y su padre. Y ciertamente, Allah no abandonará a su familia!

En aquel tiempo sólo estaba el lugar de la Kaaba que lo constituía una elevación del terreno, como una especie de cerro, en el que las corrientes de agua pasaban a derecha e izquierda."

Vuelve a insistir el profeta en el hecho de que en aquel tiempo el lugar de la Kaaba era tan sólo una elevación del terreno. En esa elevación del terreno el profeta ve con claridad el maqam donde se produce la revelación, la mezquita de luz, el corazón que hace moverse los arroyos y ríos de la tierra. Un lugar elevado.

Allah hace brotar el agua a través de su ángel. Él muestra su poder a la conciencia que se hace capaz de Él y a la que no se hace.

Allah nos dice en el Corán, en el sura de Hud que "desde que ha dispuesto la creación de la vida, el trono de su poder ha descansado sobre el agua."

Con el agua crea Allah la vida, la muerte y la resurrección. En el desierto de Meca hizo brotar un manantial inagotable como expresión de Su poder, en el más inhóspito lugar, en el más olvidado. El agua de Zamzam es la respuesta de Allah a la llamada de Su siervo, la expresión real de Su Compasión hacia nosotros. La respuesta de Allah no es otra que la vida, su posibilidad, su continuidad. Vamos hacia la vida y para ello hemos de morir alguna vez. Vamos hacia el encuentro con Allah y Allah nos regala la vida.

La narración del profeta nos sugiere que el santuario de piedra de la Kaaba es sólo una representación material de la Kaaba de luz que no es sino el corazón de quienes se someten a Allah. La estación de Ibrahim no es el obelisco que señala el lugar desde donde el profeta encaraba la Kaaba de piedra, sino la disposición interior que ha de tener el ser humano para recibir el agua de la vida espiritual, el regalo de la presencia.

2.

Termina Ibn Abbás transcribiendo la narración profética:

"Al cabo de un tiempo acertó a pasar por las inmediaciones del lugar, una partida de gente de la tribu de Yurhum, proceden­tes del camino de Kadá, que descendieron al valle de Meca.

Vieron un pájaro que planeaba en el aire y dijeron:

‘¡Ciertamente, es un pájaro dando vueltas sobre un lugar en el que hay agua. Así pues, reconoceremos el valle y veremos dónde está el agua!’

Enviaron un emisario o dos y encontraron el agua. Después regresaron e informaron a los demás. Se presentaron todos y encontraron a la madre de Ismail en el lugar del agua, a la cual pidieron permiso para instalarse allí. Y ella les dijo que sí pero que se reservaría el dere­cho al uso y distribución del agua y no ellos. Y aceptaron quedarse de ese modo.

Dijo Ibn Abbás, Allah esté complacido con él, que dijo el Profeta, Allah le bendiga y le dé paz: ‘¡Así fue como encontró esta gracia la madre de Ismail! ¡Sien­do una mujer a la que le gustaba ser sociable!’."

No es que Allah haya respondido al du’a de Ibrahim. Allah crea el mundo a través de la visión de sus profetas. El du’a del profeta lleva a los seres humanos a la visión, en este caso a la visión de un pájaro que vuela dando vueltas, circunvalando un ojo de agua. En el ojo de agua está Hayyar, la madre del profeta. Ella y el agua son lo mismo porque ella ha sentido la sed de la vida en el desierto. El agua es de Allah y los seres humanos debemos conocer su valor, su significado. Hayyar conoce el secreto del agua no porque la hubiera buscado como Ibrahim buscaba a su Señor. No. Ella oteaba el horizonte buscando a los seres humanos en su visión, buscando a la humanidad. Por eso los seres humanos reconocemos en ese maqam la fuente de la creación y del amor.

Pedimos a Allah que conserve el conocimiento en el corazón de los seres humanos, que les guíe hacia la luz de la realidad.

Que nos haga conscientes en nuestra adoración de manera que nuestros corazones se hagan más capaces de Él.

Que nuestros corazones no se endurezcan para poder beneficiarnos de Su revelación, para seguir vivos con plena salud hasta que muramos.

Pedimos a Allah que nos mantenga sonrientes y confiados, que nos haga ser como fueron Ibrahim, Hayyar e Ismail, que haga posible la continuidad del ser humano a partir de nosotros, y que nosotros seamos todos.

Amín.


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