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La ciudad

El plano de las ciudades hispano‑árabes no se diferenciaba del de las demás ciudades musulmanas de la Edad Media

02/02/2002 - Autor: Titus Burckhardt - Fuente: Webislam
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Titus Burckhardt
Titus Burckhardt

El plano de las ciudades hispano‑árabes no se diferenciaba del de las demás ciudades musulmanas de la Edad Media. Su núcleo central estaba formado generalmente por el mercado que consistía en una densa red de callejuelas estrechas, en las cuales una tienda lindaba con otra y un taller con otro, ya que aparte de las distintas ramas del comercio se alojaban allí también los oficios menores, cada gremio en su callejuela o barrio. Por lo general, el mercado estaba situado alrededor o cerca de la mezquita mayor. Unas cuantas calles más importantes conducían de las puertas de la ciudad al mercado. Raras veces eran más anchas que lo estrictamente necesario para que pudieran cruzarse dos acémilas cargadas, conducidas en sentido contrario. Los barrios residenciales se extendían desde el mercado hasta las murallas. Estaban construidos sin un plano rígido, conforme se iban formando y uniendo bloques de viviendas según la voluntad de las familias o clanes, y los caminos que conducían a cada portal se reducían frecuentemente a pasadizos estrechos y angulosos. Las casas recibían luz y aire por sus patios interiores, que a veces se ampliaban formando jardines rodeados de muros.

Vista de una manera global, con las excepciones debidas a la historia particular de algún lugar, la ciudad islámica carecía de aquellos rasgos que el urbanismo romano había legado al cristianismo medieval es decir el cruce de las calles axiales orientadas hacia los puntos cardinales, con una plaza pública en el centro, que servia de mercado y lugar para celebrar actos oficiales. Lo típicamente árabe es la presencia primaria de un mercado al abrigo de un santuario, alrededor del cual se agrupan las viviendas con la libertad de un campamento beduino, es decir según la voluntad de las familias y de los individuos. Esta disposición tiene su lógica. La mezquita en el centro es el corazón de todo el cuerpo urbano, el mercado con sus vías de acceso corresponde a los órganos de asimilación, mientras los patios interiores y jardines de los barrios residenciales desempeñaban el papel de los pulmones. Al mismo tiempo, en la diferenciación de barrios mercantiles y residenciales y en la construcción cerrada al exterior de las viviendas se manifestaba aquella forma de vida islámica de la que hablamos anteriormente.

Siguiendo una costumbre oriental, el soberano raras veces residía en el interior de la ciudad residencial y mercantil; si bien es cierto que en ella existía un palacio real —al‑qasr es la palabra árabe de la que se derivó el español alcázar— sin embargo, el palacio donde residía el soberano, con los cuarteles, cuadras y jardines pertenecientes a él, estaba ordinariamente fuera de las murallas de la ciudad. Como hemos visto, Al-Mansur instaló incluso la administración pública, en una ciudad aparte, fuera de las murallas de Córdoba. El séquito del soberano y las tropas que estaban constantemente a su servicio, permanecían separados de la comunidad urbana; así era más fácil hacerlos intervenir en casos de disturbios populares.

A lo largo de las calles principales, que conducían desde las puertas hasta el mercado, y que en Córdoba eran excepcionalmente anchas y se iluminaban de noche con antorchas, se movía una corriente ininterrumpida de mulas y burros cargados, jinetes y mozos de cuerda. A los lados de estas calles estaban las alhóndigas, llamadas funduq tanto en España como en el Magrib. En el piso bajo tenían establos para las bestias de carga; en los pisos superiores habitaciones para los huéspedes y también tenían almacenes para determinados géneros que eran importados o exportados en cantidades de cierta importancia. Al‑Andalus producía en abundancia pieles, aceites, cereales y frutas secas, como higos y uvas pasas, seda cruda y ciertos metales como plata, plomo y hierro, que se extraían de las minas. Entre los géneros importados del extranjero figuraban especias, tierras y cortezas colorantes, maderas nobles, marfil y tejidos finos de algodón.

El comercio de productos manufacturados tenía lugar en las callejuelas del mercado. Los sastres, cintureros, zapateros, silleros, trenzadores y forjadores de cobre, plateros, armeros y otros trabajaban y vendían en el mismo lugar; sólo aquellos oficios que requerían instalaciones más complicadas o localizaciones especiales —por ejemplo los alfareros con sus hornos o los curtidores con sus fosas— trabajaban fuera del mercado en los barrios extremos de la ciudad. El recinto más interior del mercado, que podía cerrarse por la noche, estaba reservado para el comercio con géneros particularmente valiosos, como telas finas, vestidos, pieles, joyas y aceites aromáticos. Esta parte era la qaysârîya.

Existía un inspector de mercados llamado al‑muhtasib (de donde deriva el español almotacén), el cual vigilaba los precios y la calidad de las materias primas. Además de eso, cada gremio tenía su fiduciario (amîn) que tenía que arbitrar en litigios profesionales. Gracias a que cada oficio estaba reunido en una callejuela o en un barrio, se podía evitar la competencia desleal.

Ciertos oficios eran propiamente artes. Entre ellos figuraba el tejido de seda que en ciudades como Córdoba y Sevilla estaba tan altamente desarrollado como en el oriente musulmán o en Bizancio. Córdoba tenía fama por su marroquinería; no en vano la palabra francesa cordonnier, zapatero, se deriva del nombre de esta ciudad. Las armas con trabajo de ataujía y cincelado de Toledo siguen siendo imitadas hasta hoy. Los moros españoles eran también maestros en la fabricación de alfarería con esmaltes de color, que frecuentemente tenían un brillo semejante al del oro o al cobre.

Contrastando con la técnica moderna, que ha desarrollado sobre todo las herramientas para llegar al extremo de que una máquina reproduce con triste monotonía una y otra vez el mismo objeto desprovisto de alma, la artesanía hispano‑árabe tendía a refinar el modo de trabajar para conseguir con los medios más sencillos los efectos más nobles. Esto requiere un dominio perfecto tanto de la herramienta como del material que se trabajaba, y de aquí se deriva un autodominio sui generis, como si el artesano o el artista —ambas cosas no podían ser separadas una de otra— formara simultáneamente su obra y su propia persona; la maestría profesional era más que una habilidad externa. Recibía su trascendencia espiritual por el hecho de que con ciertos procedimientos profesionales se transmitían a un tiempo los puntos de partida de una sabiduría contemplativa. En efecto, la relación entre forma y materia que es la base de todo arte —pues siempre se trata de imprimir una forma intuida a una materia más o menos flexible, paciente o rebelde— tiene un sentido universal: en todas las partes del cosmos existen formas que expresan algo esencial e imperecedero justo en la medida en que lo permita la materia de la que se vistan. La bondad de la forma reside en su contenido esencial, y el valor de la materia en su flexibilidad. Forma y materia: esta distinción es esencial para todo el pensamiento de la Edad Media, y no sólo en el plano filosófico. Bajo el concepto de forma no se comprendía simplemente el contorno, limitación en lo local o en otro sentido, sino siempre el sello de una unidad esencial; en otras palabras, el concepto de forma era siempre cualitativo, nunca meramente cuantitativo. A su vez, el arte no consistía en imitar la naturaleza o dar rienda suelta a la fantasía, sino en imprimir a cada objeto —igual daba que fuera un edificio o sólo un vaso para beber— una forma que expresaba una unidad esencial.

El simbolismo de un arte o de un oficio no estaba sólo en las formas que producía, sino también en el procedimiento seguido. Veamos un ejemplo. Para el tejedor, los hilos de la urdimbre que están fijados en el enjullo y que atraviesan todo el tejido, representan la invariable ley divina, mientras la trama, que corre de un lado para otro, uniendo los hilos de la urdimbre en un denso tejido, correspondía a la tradición, por medio de la cual la ley divina es «entretejida» en la vida; o los hilos de la urdimbre son las verdades eternas, y la trama los sucesos temporales; o bien la urdimbre representa las sustancias invariables que se manifiestan en las «formas», mientras la trama es la tela de la cual está hecho el mundo.

Dejando atrás el mercado y las callejuelas de los artesanos en dirección a los barrios residenciales, uno se encontraba acá y allá, en los recodos de las callejuelas, plazoletas con fuentes y sombrajos de parrales. Se abrían puertas de pequeñas mezquitas que, en cualquier momento, ofrecían refugio donde también el pobre podía retirarse del ajetreo de la vida diaria hacia un mundo de contemplación y de paz. A veces estaban allí las escuelas de los niños, que eran numerosas en la antigua Córdoba; al‑Hakarn II mantenía a sus expensas cierto número de escuelas, en las cuales los hijos de las personas sin recursos económicos recibían enseñanza, alimentos y vestidos.

En cada barrio, en una de las calles que lo atravesaban, se ponían a la venta los productos alimenticios de uso diario como carne verduras, fruta, aceite, azúcar y especias. Además había cocineros que vendían guisos preparados, así como vendedores de asados y confiteros. En una esquina se encontraba el horno público, donde todo el mundo hacía cocer el pan amasado en casa. Los mozos de cuerda esperaban ser contratados y un grupo de músicos aguardaba que se le llamara para una fiesta.

No era fácil averiguar si los muros grises en los que se abrían muy pocas ventanas, situadas generalmente en la parte alta, albergaban en su interior viviendas pobres o ricas. No se podía alcanzar con la vista el interior de las casas a través de las puertas de entrada; siempre daban a un pasillo que, al formar un recodo, se ocultaba ante las miradas del exterior. A lo sumo, la presencia de un vistoso esclavo negro sentado en el umbral, o de mulas lujosamente enjaezadas que esperaban en la entrada, permitían sacar conclusiones sobre la riqueza de los habitantes. En esto se distinguían las casas de la España musulmana de las que se ven todavía hoy en los barrios antiguos de Córdoba, Sevilla, Granada y muchas ciudades andaluzas pequeñas. Se ha mantenido la disposición general de la casa, con las cámaras orientadas rectangularmente hacia el patio interior y las galerías apoyadas sobre pilares, pero se ha abierto el paso hacia la calle para que se vea el patio adornado de flores, detrás de la verja de hierro forjado. Los balcones permiten dominar con la vista la calle, donde al atardecer pasean las familias. La casa árabe era más secreta, más «celosa». Dicho sea de paso: para los árabes los celos son una virtud cuando se refieren a la familia, pues la familia, a la que pertenecen particularmente las mujeres, es un santuario; esto y nada más significa la palabra harén (haram).

Otra herencia árabe en la Andalucía actual son las paredes encaladas, revestidas en su parte inferior de azulejos (del árabe al‑zulayy) multicolores, y sobre todo la fuente o el pozo en el centro del patio. Siempre que fuera posible, cada casa disponía de abundante agua, bien se trajera por medio de cañerías combinadas frecuentemente con mecanismos elevadores, o existiera un pozo con garrucha o una cisterna para el agua de lluvia. La limpieza corporal desempeña un papel importante en el Islam y se sabe que los musulmanes españoles eran particularmente pulcros.

También por esta razón, cada barrio residencial poseía por lo menos una casa de baños de vapor, al estilo de las termas romanas, que se abría alternativamente para hombres o mujeres. Estas casas de baños eran de gran importancia para la salud pública de la población urbana, y sólo cabe asombrarnos de que los reyes cristianos de la Reconquista mandasen destruirlas todas. Restos de tales baños se han conservado en Granada y curiosamente, en la Gerona catalana.

No sabemos nada de los hospitales del tiempo del califato, pero como en la misma época existían en Bagdad hospitales ejemplarmente instalados, y como por otra parte se conservó en Granada hasta el siglo pasado un manicomio árabe generosamente proyectado, con su amplio patio interior y la pila de su fuente, se puede sacar la conclusión de que no faltarían instalaciones de este tipo en la España musulmana.

Para hacerse una idea del aspecto que ofrecían las calles de la España mora, conviene saber que el modo de vestir de los hombres y mujeres no se parecía al del norte de Africa sino al de Siria y Persia. Los hombres llevaban como prenda exterior una especie de túnica de corte rectangular con mangas amplias; en invierno estaba a veces forrada de piel. Por debajo de ella llevaban una camisa larga y pantalones, y calzaban, según la estación, sandalias o zapatos. Los hombres se cubrían la cabeza con un turbante, o más frecuentemente con un gorro cónico o un casquete bordado; existía además la costumbre de cubrirse, en la calle, cabeza y hombros con un paño fino. Les gustaban las ropas de colores o adornadas de listones. El blanco se consideraba como color de luto.

Las mujeres, que también llevaban vestido amplio con mangas, se velaban cuando abandonaban la casa. Sin embargo, parece que esta última costumbre no se observaba con rigidez, bien porque cundió el ejemplo de las mujeres cristianas y judías que no llevaban velo, o porque en España se conservaron por más tiempo que en Oriente las costumbres más libres del Islam primitivo. De todos modos, los observadores de la época nos han informado muy bien sobre la belleza y gracia de las mujeres andaluzas.

Seguramente, un moro distinguiría a simple vista el estado y la procedencia de un transeúnte; por su traje y porte se diferenciaba el hombre de estudios del comerciante, el ciudadano del campesino beréber o hispano‑romano. Ahora bien, si un europeo de nuestros días pudiera dar un salto atrás hacia aquel tiempo y mundo, le chocaría más que las diferencias de estado y raza, el estilo de moverse y de conducirse que todos ellos tenían en común. Estaría sorprendido ante el ritmo sui generis que tenían todas las manifestaciones de la vida, cuyo sosiego y hasta lentitud no excluía la réplica rápida y cortante con palabras y hechos. Los hombres poseían una integridad psíquica como sólo la puede proporcionar un modo de vivir unitario en espíritu y forma. Por esa misma razón estaban tan relajados como firmes en sus manifestaciones; y cada palabra, cada gesto, tenía su forma fija, redondeada.

En el trato social reinaba la cortesía. Los jefes de familia, los hombres de ciencia, y los ancianos eran muy respetados, pero el tono no era nunca servil, y cada cual, hasta el más pobre, tenía su dignidad —rasgo que también se ha conservado en el pueblo español— Sólo se despreciaba a los recaudadores de impuestos y publicanos.

En la época del florecimiento de Córdoba, debía tenerse la impresión de que la vida apenas podía ser distinta de lo que era. No es que no existieran la pobreza y el crimen; bastaba salir de las puertas de la ciudad para ver una cabeza puesta en la punta de una lanza o el cuerpo crucificado de un ladrón o rebelde. Pero, en general, no había carencia de bienes de primera necesidad, y a nadie se le habría ocurrido que la humanidad estaba progresando hacia un estado ideal terrestre situado en un futuro lejano. La vida tenía su sentido en su orientación hacia lo eterno, y precisamente esto confería al Ahora y Aquí toda su plenitud inalterable.

*La civilización hispano-árabe, Alianza editorial, capítulo 4, pp. 59-74
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